Mi novi@ es una App

Se cuentan por miles las personas que se han creado una pareja y una relación virtual. Es fácil; basta con instalarte una App (pagar por el servicio) y crearte a tu gusto una pareja virtual con la que poder mantener una relación “amorosa” . Podrás comunicarte con ella, recibir mensajes de voz o de texto, incluso notas escritas y, pronto, regalos o flores. Sin ninguna duda, la aplicación y sus “funcionalidades” se puede perfeccionar mucho más. La creatividad no tiene límites.

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Pero, sin juzgar o antes de juzgar el valor de esta relación, ¿es posible enamorarse de una virtualidad? Sin lugar a dudas, y con rotundidad, afirmo que sí es posible enamorarse de est@ personaje virtual. El amor es un juego solitario, reza el título de un libro de Esther Tusquets. Buena parte de nuestra capacidad de enamoramiento está en la imaginación. Se enamora el que tiene ganas de enamorarse, el que está dispuesto a hacerlo. A veces el enamoramiento nos permite dar un vuelco a la vida. Francesco Alberoni  habla de una “revolución a dos”. Para revolucionar la propia vida hay que, de algún modo, sentirse insatisfecho con ella. Pensad cuantas locuras se han hecho por eso que llamamos “amor” cuando uno/una se siente enamorado. Para muchas personas, el enamoramiento funciona como el desencadenante –y la energía necesaria- para revolucionar la vida, para darle un giro y reposicionarla.

En el proceso del enamoramiento la imaginación juega un papel central. Es este mismo poder de la imaginación el que nos permite enamorarnos de ese personaje que hemos generado al “otro lado” del smartphone. Claro que sabemos que no se trata de un ser de “carne y hueso” –de esos que están, en muchos sentidos, en proceso de extinción-, pero nos permite establecer con él una comunicación-relación que, con ayuda de la imaginación , nos suscita emociones y sentimientos, tan fuertes y tan reales como si los mensajes recibidos nos los hubiera enviado un también supuesto ser de carne y hueso. A fin de cuentas, ¿dónde está la diferencia? No hay ninguna si nos mantenemos en el nivel de ficción realidad que hemos creado. Si nos ponemos a pensar, también sabemos que los personajes de una película no son “reales”, pero nos emocionamos con ellos, lloramos y reímos, y pueden tener un papel muy relevante en nuestras vidas. La realidad no es uniforme, y el error lo cometeríamos si quisiéramos reducirla a un solo orden de acontecimientos. Pero esa es otra cuestión.

Pueden ser muchos y variados los motivos que lleven a una persona a instalar en su smartphone y en su vida una “relación de pareja” virtual y a aceptar entrar en la “órbita del enamoramiento”. De hecho, muchos otros tipos de relaciones (presenciales o virtuales) se instalan de la misma manera insospechada, inesperada y a veces fugaz en nuestras vidas. En buena medida, lo que acaba siendo la relación se limita a un flujo de comunicación “electrónica” y a lo que nuestra imaginación y emociones son capaces de crear y sentir. Jugar a tener una pareja puede responder, como digo, a muchas motivaciones. Se “juega” por muchos motivos: por diversión, por adicción, por necesidad, por aburrimiento, por “ver qué pasa”, porque nos sentimos obligados, porque nos lo han pedido, porque nos seduce la idea… ¡Cuántas veces no hemos afirmado que la vida es un juego!

Así pues, una vez alguien ha decidido instalar en su vida esa ficción, ¿por qué no iba a poder “dejarse arrastrar” (téngase en cuenta el oxímoron, pues en eso consiste en buena parte el enamoramiento) por los sentimientos que, sin ninguna duda reales, le puede suscitar esa halagadora, dulce y tierna relación? (Demasiado larga, difícil de leer) ¿Puedes quietar paréntesis? ¿Distribuir la información en dos oraciones?

“Mi novi@” es una APP. Sí, bien, se trata de un ser virtual. Profundicemos un poco más. ¿Cuántas relaciones de las que mantenemos en las redes sociales, relaciones de amistad o “amorosas”, son, en el fondo, virtuales? ¿Cuántas relaciones profesionales o instrumentales con personas a las que jamás vamos a tener frente a frente, ni les vamos a dar la mano, no pasan ni pasaran nunca de la virtualidad? O por extremar el argumento ¿cuánta virtualidad hay en las relaciones que mantenemos con los seres que transitan por nuestra cotidianidad? ¿No son nuestras relaciones cada vez más virtuales? Nuestra misma presencia en el mundo (en los muchos mundos que habitamos), o eso a lo que nos referimos como nuestra “identidad”, ¿no es cada vez más virtual?

Pues sí, en el extremo de este proceso de virtualización , podemos encontrar personas (todavía de carne y hueso) que están encantadas –piénsese en todos los significados del término- de que su “novi@” sea una App.

 

 

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