Retos virales.

La pregunta sobre la que quiero reflexionar es por qué se aceptan los retos (virales), por qué motivan i/o nos resultan atractivos. Por qué se llevan a cabo.

Si buscamos en el diccionario la palabra “reto” la encontraremos definida como el tener, o proponerse, o aceptar un objetivo que es difícil de cumplir o conseguir. No se trata de una acción cotidiana sino que requiere saltarse de algún modo el guion. En este sentido, el reto constituye un estímulo o un desafío para quien lo afronta. Resalto las ideas de estímulo y desafío.

index

El hecho de que los retos nos resulten estimulantes nos dice mucho de su lugar en nuestra manera de ser. En el vivir cotidiano, en la monotonía del día a día, la mayoría de las acciones que llevamos a cabo se producen como de forma automática. No tenemos que pensar en ellas, se suceden casi inadvertidamente y sin aparente esfuerzo. Son eso que hacemos cada día, que hemos repetido cientos o miles de veces. El hecho de que el vivir diario se gestione de este modo nos facilita mucho la vida y nos hace, digámoslo así, más eficaces. Si nos paramos a pensar, si algo nos hace reflexionar sobre este hacer cotidiano, puede resultarnos aburrido y lo podemos valorar como anodino. Uf, cada día lo mismo! Parece como si la falta de experiencias nuevas nos hiciese perder interés por la vida. Echamos de menos el “ah!” de sorpresa y emoción que va asociado a una primera vez (“la primera vez que…”). De ahí que muchas personas, cuando toman consciencia de su “normalidad”, pues en definitiva estamos hablando de eso, se sienten empujadas a buscar nuevas experiencias y nuevas sensaciones. Nos estimula lo diferente, lo que puede aportar ese plus de emoción a nuestra monotonía. Los retos pueden tener características y dimensiones muy diversas: gravar o participar en un pequeño vídeo en el que vamos a congelar nuestro movimiento y expresión, subir una cima de 6 mil metros, nadar 50 piscinas, conquistar el amor de una persona o obtener un doctorado en física.

Continua llegint

Anuncis

Fantasías de amor. “Borrar el tiempo” (por F. Núñez)

Era una tarde de verano tan luminosa que podía leerse en la celda con las celosías cerradas. El mundo dormía la siesta. Sólo las cigarras y el crujir de la tierra bajo el sol infatigable irrumpían en el silencio y perturbaban la paz de siglos encerrada entre los gruesos muros de piedra del monasterio. Era el cuarto verano que pasaba parte de mis vacaciones en ese lugar que parecía haberse sustraído al paso del tiempo. No era ni pretendía ser original, pues semejante retiro se había puesto de moda hacía ya algunos años, hasta el extremo de llegar a limitar la estancia a un máximo de tres semanas. Tres semanas para sustraerse del mundo, para entrar en un espacio anclado en el pasado, extendiendo entre mi vida y esos días la distancia insalvable de los años.

Continua llegint

Fantasías de amor: “La vendimia” (por F. Núñez)

Viajaban hacinados, hacinados habían nacido y vivido, y la falta de soledad física era, tal vez, lo que mejor los definía. Aquella no era, pues, una situación especial, compartían ahora, una vez más, el espacio estrecho y largo del tren.

Empezaba a salir el sol y con él surgía de nuevo un calor en la sangre que la noche de insomnio y alcohol barato había conseguido apagar. Otros prefirieron el sueño, si bien tampoco les importaba mucho el duro trabajo hacia donde se dirigían los vagones “especiales”.

Dos hombres jóvenes de edad, pero de profundas cicatrices en la mirada y en la piel, se vigilaban uno al otro y vigilaban también un mismo compartimento. Eran muchas circunstancias las que los unían, pero aquella vez no fue su igual deseo motivo de unión, porque no podía ser compartido y ninguno de los dos estaba dispuesto a renunciar a lo único que en los próximos meses podía dar algún sentido a su existencia. Por eso el sol calentó su sangre e hizo surgir el deseo, pero también el miedo y el odio por quien podía ser un leal enemigo. Ya se habían avisado con las miradas y estaba claro para los dos que no laceraban menos que sus navajas, las cicatrices mostraban que la hoja, siempre bien afilada, había sido estrenada alguna vez.

Caminaban de un lado a otro del vagón entre botellas bacías, cuerpos adormecidos, guitarras cansadas y fajos llenos de recuerdos y ropa limpia y bien planchada por última vez durante muchas semanas. Se ignoraban en su presencia física, pero ambos eran, el uno para el otro, una idea constante, un motivo de preocupación y un desencanto. Ninguno de los dos era cobarde, ninguno de los dos esquivó nunca una pelea, bien lo sabían sin conocerlos los que con ellos compartían el vagón; por eso nadie sospechó nada cuando uno de ellos fue encontrado, todavía con la sangre saliendo a borbotones, agarrado a la taza del lavabo, con cuatro puñaladas en la espalda.

Continua llegint

Fantasías de amor: “Al otro lado del cristal”

Esteban vivía recluido en casa de sus padres, en su pueblo natal, un pueblo no muy grande, de cinco mil habitantes, donde tenía los amigos de toda la vida, con los apenas coincidía en nada. Así que, casi todas las noches, fines de semana incluidos, se los pasaba en el pueblo, aburrido, sin saber, sin querer, sin poder hacer otra cosa que rondar los bares donde pegar la hebra o beber unos gin-tonics. La inspección, de diez a quince minutos de duración, no solía tener éxito. De vuelta a casa consolaba su pequeña decepción con el propósito de una noche de trabajo y estudio: intentaba sacar adelante una tesis doctoral sobre las ánforas romanas para encontrar escape a la millonaria y blindada oficina del banco de la ciudad vecina donde trabajaba. A la decepción seguía el fracaso y su carcomida voluntad no resistía la siempre seductora idea de quitarse el mundo de en medio, con la seguridad de que al despertar, temprano, con el alba, los ánimos serían excelentes. ¿Por qué, pues, resistir a una soledad que por la noche se le agarraba al cuerpo como una niebla espesa? Esteban gustaba de pensar que sus ritmos biológicos, que su talante y su buen ánimo, caían junto al sol al llegar la noche y retornaban al amanecer.

Continua llegint

Fantasies d’amor: “A l’altra banda del vidre” (per F. Núñez Mosteo)

L’Esteve vivia reclòs a casa dels pares, en el poble on havia nascut, un poble no gaire gran, d’uns cinc mil habitants, on tenia els amics de tota la vida, amb els quals no compartia gaires afeccions ni mantenia una relació fluïda. Així doncs, la gran majoria de les nits, caps de setmana inclosos, se’ls passava al poble, avorrit, sense saber, sense voler, sense poder fer altra cosa que rondar els bars on era possible fer petar la xerrada o beure uns gintònics. La ronda, de quinze a vint minuts de durada, sovint no solia tenir èxit. Es tancava a casa i es consolava de la petita decepció amb el ferm propòsit d’una nit de treball i estudi: intentava treure endavant una tesi doctoral sobre les àmfores romanes per trobar sortida a la milionària i blindada oficina bancària on treballava. A la decepció seguia el fracàs i la seva corcada voluntat no resistia la sempre seductora idea de defugir del món amb la seguretat que al despertar l’endemà al matí, d’hora, gairebé a l’alba, els ànims serien excel·lents. Per què, doncs, suportar una soledat que per la nit se li enganxava al cos com una boira espessa? A l’Esteve li agradava pensar que els seus ritmes biològics, que el seu tarannà i el seu bon ànim queien, amb el sol, en arribar la nit i ressorgien quan el sol tornava.

En veritat, allò que enyorava aquelles nits de frustrats encontres i d’impossible treball era un amant, algú a qui penetrar amb el desig fins l’epicentre de la seva ànima. L’Esteve no ho ignorava, sabia el motiu del mal que l’afligia i recordava amb melangia impossible aquells somriures, aquelles mirades indesxifrables, aquells éssers de vegades tan bonics que se li acostaven per dotzenes a diari per lliurar-li o demanar-li diners a canvi de variar en una llibreta que tots miraven i guardaven amb cura, unes no menys irreals xifres que els seus somnis. I a tots ells, inexorablement, els veia allunyar-se darrera els vidres blindats de la seva presó. De vegades l’oprimia el deler d’agafar la mà que a l’altra banda del vidre li acostava uns bitllets, però el seu aïllament era tan perfecte que només els bitllets podien travessar-lo gràcies a un calaix giratori.

Continua llegint

Fantasias de amor: “Disparo casual” (por F. Núñez Mosteo)

Hará unos tres meses que salí una tarde del trabajo con la intención de ir al cine, no tanto porque me apeteciese ver alguna película en concreto, pues había decidido ser mucho más selectivo, sino por no estar solo, físicamente solo. Esa tarde me bastaba con ver un poco de gente, quería excitar mi imaginación encontrando esa mirada, ese rostro, esa piel, ese cuerpo con cuyo propietario no dudaría en hacer el amor. De hecho, también estaba intentando abandonar este desazonador entretenimiento, pero iba a concederme una licencia.

Continua llegint

Fantasías de amor: “Una tarde de domingo” (por F. Núñez Mosteo)

Detesto las tardes de domingo, y aunque es un sentimiento compartido por muchos, nunca podremos ponernos de acuerdo para eliminarlas del calendario.

Hoy es domingo, por la tarde, y como todas las tardes de domingo estoy en casa, solo, sin saber qué hacer, sin querer hacer nada por saberlo. Generalmente leo, no tanto por afición como para que pase el tiempo más deprisa; estoy resignado a que haya al menos una tarde de domingo a la semana. Temo que alguna vez alguien pueda incluir una o más en el calendario. Algunos amigos me han aconsejado que me case y tenga hijos como el mejor remedio contra el aburrimiento del domingo por la tarde, pero no es de aburrimiento de lo que adolezco y estoy seguro que esta solución ha de comportar otro tipo de problemas. He de confesar que también detesto los niños.

A veces, porque he acabado la lectura y he olvidado de tener a mano una nueva, o porque me da pereza empezar un nuevo libro, voy al cine. En realidad, siempre me da pereza empezar un libro, o tal vez no sólo son los libro nuevos lo que me da pereza empezar, sino cualquier cosa que sea nueva, por más que estoy convencido que debería empezar una nueva vida. Claro que si todos los que pensamos esto nos decidiésemos a hacerlo, el mundo cambiaría de aspecto cada día; me temo que incluso no podría haber mundo, aunque tampoco estoy seguro que no fuese preferible. Digo, pues, que a veces, cuando no leo, el domingo por la tarde, voy al cine.

Continua llegint