FUTBOL. FIFA World cup. ¿Panem et circenses? (por F. Núñez)

Pan y circo, pan y espectáculo… pan y fútbol. El hecho de que ya en la Roma clásica se repartiera un poco de trigo gratis entre la población pobre, aunque libre, es decir, una minoría, y se ofreciera entretenimiento para rebajar tensiones sociales –a la vez que los que así actuaban ganaban en prestigio y consideración- puede hacernos pensar que algunas dinámicas sociales han cambiado muy poco. Pero para salvar las distancias, y entender el presente, debemos matizar.

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Las razones del amor (por F. Núñez)

Recientemente he leído un libro de H. G. Frankfurt, titulado The Reasons of Love (Princenton University Press, 2004), que me hizo recordar mi tesis de licenciatura en sociología (“El sentit de l’amor en la joventut” -1994-, en la que argumentaba la importancia del amor como fuente de sentido en los jóvenes) y el libro de J. Elster sobre la alquimia de las pasiones (una de cuyas tesis básicas es la centralidad de las pasiones para dar sentido a las cosas). Intento trenzar las dos ideas.

El libro de Frankfurt comienza recordándonos la vieja pregunta socrática (que todavía sigue mareándonos) “¿cómo hay que vivir?”. Suponemos, claro está, que hay formas de vida (estilos, elecciones) que son mejores unos que otros. Aunque puedan haber muchos, y particularizarse cada uno de ellos, no deja de ser significativa la pregunta por si estamos eligiendo aquello que nos conviene, que nos sienta bien. Porque a lo que sí que estaríamos todos dispuestos a acordar es que de lo que se trata es de vivir bien.

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Fantasías de amor: “La vendimia” (por F. Núñez)

Viajaban hacinados, hacinados habían nacido y vivido, y la falta de soledad física era, tal vez, lo que mejor los definía. Aquella no era, pues, una situación especial, compartían ahora, una vez más, el espacio estrecho y largo del tren.

Empezaba a salir el sol y con él surgía de nuevo un calor en la sangre que la noche de insomnio y alcohol barato había conseguido apagar. Otros prefirieron el sueño, si bien tampoco les importaba mucho el duro trabajo hacia donde se dirigían los vagones “especiales”.

Dos hombres jóvenes de edad, pero de profundas cicatrices en la mirada y en la piel, se vigilaban uno al otro y vigilaban también un mismo compartimento. Eran muchas circunstancias las que los unían, pero aquella vez no fue su igual deseo motivo de unión, porque no podía ser compartido y ninguno de los dos estaba dispuesto a renunciar a lo único que en los próximos meses podía dar algún sentido a su existencia. Por eso el sol calentó su sangre e hizo surgir el deseo, pero también el miedo y el odio por quien podía ser un leal enemigo. Ya se habían avisado con las miradas y estaba claro para los dos que no laceraban menos que sus navajas, las cicatrices mostraban que la hoja, siempre bien afilada, había sido estrenada alguna vez.

Caminaban de un lado a otro del vagón entre botellas bacías, cuerpos adormecidos, guitarras cansadas y fajos llenos de recuerdos y ropa limpia y bien planchada por última vez durante muchas semanas. Se ignoraban en su presencia física, pero ambos eran, el uno para el otro, una idea constante, un motivo de preocupación y un desencanto. Ninguno de los dos era cobarde, ninguno de los dos esquivó nunca una pelea, bien lo sabían sin conocerlos los que con ellos compartían el vagón; por eso nadie sospechó nada cuando uno de ellos fue encontrado, todavía con la sangre saliendo a borbotones, agarrado a la taza del lavabo, con cuatro puñaladas en la espalda.

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