‘Yo no soy mi cerebro’ de Markus Gabriel

Yo no soy mi cerebro. Filosofía de la mente para el s. XXI es el segundo libro de Markus Gabriel que publica la editorial Pasado & Presente. La tesis que se quiere defender es que no es la neuroquímica del cerebro la que gobierna nuestras vidas. Contrariamente a lo que el neurocentrism da por supuesto, que sólo somos seres materiales absolutamente determinados, se argumenta que a pesar de formar parte del reino animal somos seres espirituales absolutamente libres.

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La propuesta de Gabriel sigue fiel a las ideas presentadas en El mundo no existe, donde argumentaba, como también hará en este nuevo libro, que hay que superar el materialismo que nos quiere hacer creer que sólo existe lo que se encuentra en el universo, el mundo de la materia-energía y las causas anónimas. Esta concepción estrecha de la realidad -afirma Gabriel- se desespera buscando una concepción del espíritu que pueda reducirse a la conciencia, y ésta a las tormentas neuronales (pág. 292). Se ignora que somos ciudadanos de muchos mundos, que poblamos diferentes universos de significado, que nos movemos en el reino de los propósitos y que esto hace posible el reino de la libertad.


El “reino de los propósitos” no es ningún tipo de entelequia, sino que es, sencillamente, “el orden de los conceptos que utilizamos para hacernos comprensibles las acciones humanas; conceptos como amistad, engaño, regalo, presidente federal, derechos de autor, explotación, enajenación, ideología, revolución, reforma e historia “(pág. 272). Conceptos que, por otra parte, son diferentes de los que usamos para hablar de los procesos y leyes de la naturaleza, claro está, pero que son tan reales los unos como los otros.

La perspectiva en la que nos sitúa el libro de Gabriel no solo es inteligente y audaz, y que demuestra conocer bien la literatura científica y filosófica sobre las muchas cuestiones que aborda, sino que también es valiente porque está oponiéndose a la concepción dominante sobre la ciencia y a algunas de sus aspiraciones más genuinas como, por ejemplo, el pretendido reduccionismo a un solo mundo y un solo orden causal. Gabriel considera que lo que se esconde detrás son fantasías de omnipotencia que tienen muy poco de científico y son poco demostrables. Ciertamente, no encontramos el espíritu en el universo, es decir, en el área objetual de la realidad física, sin embargo, ¿quiere decir esto que no existe? De hecho, reducir todo lo que existe en el universo es un artículo de fe, se puede defender filosóficamente, pero no demostrar (como creo que sí muestra-demuestra muy bien Markus Gabriel).

Me permito incidir en esta cuestión para argumentar que lo que se esconde detrás de esta concepción de la realidad sufre de los problemas de la epistemología moderna representacionista: la mente y sus representaciones. Se trata de la misma idea que hay detrás del neurocentrisme cuando quiere reducir y explicar la conciencia (y la identidad) como si se trataran de procesos neuroquímicos que tienen lugar en el cerebro y que poco podemos saber de lo que hay más allá lo que le pasa al cerebro. La vieja imagen del cerebro en una probeta, imagen que la película Matrix ha versionado de forma mucho más entretenida.

Retomando una idea de Ch. Taylor y Dreyfus (Recuperar el realismo), afirmo que no somos seres desvinculados del mundo, el cual contemplamos y pretendemos conocer como “desde ninguna parte”, lo que dice hacer la ciencia moderna. Algo así como si nos limitáramos a registrar hechos. Sin embargo, no hay por un lado el mundo y por el otro el “cerebro” (la mente) que registra los “hechos”, sino que hay seres en contacto con el mundo, estos “seres en el mundo” que somos nosotros y que coproducimos con el mundo la imagen que tenemos de él y de nosotros mismos. Como defiende también Gabriel, puede haber diferentes maneras de describir el mundo y todas ellas pueden ser verdad. Esto también nos permite salir de la dicotomía “cientifismo” o “relativismo” (¿si la naturaleza es una, como puede haber diferentes visiones “verdaderas” de la ciencia?).

El libro de Gabriel se sitúa, como he dicho, fuera del mainstream del pensamiento contemporáneo. Su planteamiento es irónico: la ironía de que quizá no hay nada más egoísta que la fantasía de una descripción completamente objetiva (lo que hemos llamado “desde ninguna parte”) de la realidad, en la que no interviene ninguna vivencia subjetiva. De esta manera lo que se quiere es barrer también de la visión del mundo cualquier aspiración ética, derivada del hecho de que hay vidas conscientes que acogen actitudes proposicionales (pág. 103). El miedo, la esperanza son actitudes proposicionales que mantenemos los humanos y que, como se argumenta bien, implican ser consciente de que hay otras vidas conscientes de que esto es el fundamento de las actitudes éticas. En definitiva, se quiere sostener que aunque pensamos -y sea cierto- que hay leyes de la naturaleza, no quiere decir que todo lo que tiene lugar en el mundo (y aún menos en el universo) responda a las conocidas leyes de la naturaleza. Si hacemos caso a estos reduccionismos, nunca entenderíamos por qué alguien hace un esfuerzo para ir a tomar un café en un bar o para llevar determinada pancarta en una manifestación.

Un último apunte que me parece relevante para entender la postura que quiere adoptar Markus Gabriel en este libro. ¿Qué podemos decir de la conciencia? Hace mucho tiempo que le damos vueltas al tema. Los filósofos quizás le han dedicado muchas horas sin llegar a ningún puerto, y los científicos mucho dinero para seguir aún navegando por mares inciertos. Los dualistas quieren distinguir el cerebro de la conciencia, y los neuromonistes reducir la conciencia en el cerebro (o alguna de sus partes). ¿Cuál es el error crucial que cometen los dos? Dar por supuesto que la conciencia es un objeto. La argumentación es compleja, pero la idea central es mostrar que “conciencia” es un concepto que pertenece a nuestro autorretrato, es la forma en que nos vamos comprendiendo como humanos. La conciencia -dice Gabriel- no es una realidad que exista independientemente a la manera en cómo nos hacemos una idea de ella. Tiene historia y está estrechamente ligada a nuestra condición como ser hablantes. Y como seres naturales que somos, claro, también está ligada a unas condiciones biológicas, pero que por sí solas no la hacen comprensible, porque para entender la conciencia debemos tener presente su incrustación en relaciones sociales, muy diferentes de los procesos cerebrales . La epigenética nos debe hacer “conscientes” de que el cerebro es el órgano clave de la evolución humana y no lo podemos comprender descontextualizado. No podemos ignorar como los contextos sociales forman parte de su dinámica y evolución.

El argumento que he apuntado, se hace extensivo a la comprensión del yo. Tampoco lo podemos describir como algo entre las cosas, como pretende el naturalismo moderno, como si el universo fuera una sola película. De hecho, el descubrimiento del yo también tiene lugar en el marco de procesos históricos de autocomprensión. Tiene mucho que ver con el autorretrato que nos hacemos de nosotros mismos en medio de procesos históricos y sociales. Todo ello pone de manifiesto unas condiciones de libertad que son irreducibles, cree Gabriel, en nuestra condición.

Para resumirlo en un solo párrafo:


“El neurocentrismo supone que somos una cosa entre las cosas y que solo hay cosas. Yo soy algo-cerebro, Usted se otra, ya Nuestro Alrededor hay partículas elementales que també son cosas (aunque a veces muy extrañas y que funcionan de un modo muy distinto, como por Ejemplo gatos). en este modelo resulta bastante comprensible creer que Podemos pensar en las cosas, ya que solo hay cosas. Pero es un error que solo Haya cosas, Porque hay, además, valores, esperanzas y números, que no pasan fácilmente miedo cosas (…) Este universo cosificada es una fantasía disparatada (…) Somos Ciudadanos de muchos mundos, nos movemos en el reino de los propósitos, que Pone a nuestra disposición toda una serie de condiciones de libertad. ” (P. 270ss)


Yo no soy mi cerebro es una reflexión filosófica que quiere dialogar con la ciencia. Como pensamiento crítico, no quiere dar por supuesta la visión dominante que algunos científicos quieren dar de la conciencia y de nuestra supuesta condición de seres gobernados por un cerebro material. Se trata de mostrar los límites (las limitaciones) de esta comprensión del yo y permitir ensanchar las realidades en las que tiene lugar la vida humana. Hay que imponer el realismo a las fantasías de la neurociencia.

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