Pagar para pasar miedo

¿Por qué hay personas que compran una entrada de cine para ver una película de terror? El cine de terror, las películas de “miedo”, tienen su público. Algunas han recaudado millones de dólares, recuérdese “El exorcista”, “El sexto sentido”, “Expediente Warren”, “Annabelle”, “La señal”, “El proyecto de la bruja de Blair” o las de Freddy Krueger. ¿Cómo es que pagamos para tener miedo, una emoción que se clasifica entre las negativas? El miedo nos produce pesar, nos atenaza, nos puede angustiar… disminuye nuestra potencia de existir. ¿Por qué, entonces, pagamos por ello?

Siempre hay, claro está, quién lo pasa tan mal viendo este tipo de películas que se abstiene de hacerlo. El cine de terror puede despertar viejos fantasmas, provocar pesadillas o revivir malos momentos del pasado. Sin duda, si se sabe esto, es mejor abstenerse. Pero estamos hablando de una minoría de personas. Por lo general, a quién no le atrae este género cinematográfico es porque, sencillamente, no le interesa o le resulta aburrido. Esto nos da una primera pista de por qué hay quien sí está dispuesto a pagar por ver una película de terror. Si a una persona al salir del cine, aún con los pelos de punta o muy excitada, le preguntamos por qué ha ido, nos resonderá que porque le encanta, que lo ha pasado muy bien, que le ha gustado el miedo que le ha provocado, o los sustos que ha sufrido. De algún modo está satisfecha, se siente bien. El efecto final no es el pesar o emoción negativa a la que antes me refería.

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Hipocresía social

En el último salón erótico de Barcelona resulto polémico un video que pretendía mostrar la hipocresía de la sociedad española, o de todas las sociedades en general.

Como producto publicitario, debe de reconocerse a este video su capacidad de afectación/convencimiento porque hace que sin ninguna duda parezca hipócrita el comportamiento de muchas personas en relación con el sexo. No obstante, tengamos presente que hipocresía no solo se refiere a esconder los sentimientos o motivos reales de una acción, o a la inconsistencia entre aquello que se dice i aquello que se hace, sino que también se refiere a la falsedad con la que se hace lo que se hace, es decir, cuando se pretende conseguir un determinado estado de opinión y un determinado comportamiento en la audiencia aunque las intenciones (intereses) están alejadas de lo que parece. El vídeo en cuestión demuestra (o aplica intencionalmente) un profundo desconocimiento de los mecanismos de la vida social, pero es enormemente hipócrita en el último sentido de la definición. No en vano es un producto comercial. Veamos.

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Emociones y tecnología

¿Qué papel tiene la tecnología en la construcción de emociones? ¿De qué manera se están tecnologizandolas emociones hoy? [Fragmento de una comunicación presentada junto con Pau Alsina en el IX congreso de la FES. Barcelona 2007.]

“Si intentamos comprender las técnicas mientras asumimos que la capacidad psicológica de los humanos está dada de antemano, no conseguiremos entender ni cómo se crean ni cómo se utilizan las técnicas” Latour, De la mediación técnica.

Sabemos que muchas de las emociones, incluso de las denominadas sociales, las compartimos con algunos animales. Pero, entonces, ¿qué tienen los colectivos humanos que no tienen los babuinos? Bruno Latour nos ayuda a responder esta pregunta: la mediación técnica. Siguiendo esta caracterización, y la del ‘medio’ que nos singulariza, recordaremos que la técnica es una forma de delegación que nos permite movilizar, durante las interacciones, movimientos hechos anteriormente, en algún otro lugar, por otros actantes.

Internet, así como un repositorio de vídeos en internet como youtube, no impacta en el medio social y en la vida emocional de las personas como si se tratase de un factor externo caído del cielo, determinando fatalmente nuestras relaciones. Más bien se trata de un factor endógeno del proceso social, pues tecnología y sociedad se co-producen simultáneamente. Podríamos afirmar que espacios como youtube lo que ‘únicamente’ hacen es amplificar un proceso social de largo recorrido. Se trata de ver ahora algunas de las consecuencias de esta mediación.

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Aprendizaje emocional

Sentir las emociones, aprender a reconocerlas (en uno mismo y en los demás), saber expresarlas, disciplinarlas o controlarlas, es un proceso fundamental en la vida de cualquier ser humano. Los niños deben aprender a hacerlo. Las emociones no son (o no solo son) innatas. Lo que sentimos y cómo lo sentimos, pero sobre todo, la interpretación de lo que sentimos y lo que sienten los demás, o suponemos que sienten, no es un saber innato y hay que aprenderlo. Esto no quiere decir que no haya una base biológica común sobre la que se construye -y es posible- nuestro paisaje emocional.

El aprendizaje emocional, es decir, saber qué es eso que sentimos cuando lo sentimos, por qué lo sentimos o cómo se debe sentir y si es correcto sentirlo de una u otra manera, es un aprendizaje que se lleva a cabo generalmente en el contexto familiar y en el ámbito de las relaciones (primarias) que se tienen durante la infancia. Suele ser un aprendizaje no intencional, indirecto, basado en el ejemplo (bueno o malo) y  resultado de las relaciones que se establecen con el entorno y en respuesta a estas relaciones. Este aprendizaje en los primeros años de vida marca profundamente nuestro “tono emocional”, es decir, lo que sabemos sentir y lo que no, nuestra capacidad de empatizar con los demás, de simpatizar o de sentir compasión, de entender el propio malestar emocional y de expresar las emociones correctamente. Sencillamente, saber expresarlas, bien o mal, condiciona el hecho de poder tenerlas. También puede ser un aprendizaje intencional y programado, como el que se lleva a cabo en algunas escuelas o cuando los padres son conscientes de la importancia y de la necesidad de educar las emociones, en definitiva, de enseñarlas.

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L’amor, l’estiu i els divorcis

Demà, al programa l’Illa de Robinson d’Eduard Berraondo (El Punt Avui TV) em demanen l’opinió sociològica sobre l’augment (suposat) de divorcis al setembre, un cop passades, per la majoria de parelles, les vacances estivals.

Què hi ha de veritat en aquesta “percepció”? Quines podrien ser les causes del fet que això fos així? Una mínima cerca per la xarxa ens permet recuperar notícies, de diferents fonts i anys, que fan referència al suposat augmentes de divorcis després de les vacances (també les de Nadal). Facilito uns quants enllaços (Què, 20 minutos, Abogados, Enero). Això no obstant, i més enllà de l’experiència dels advocats o consellers matrimonials –que reben més trucades al setembre- i de les dades del Consejo General del Poder Judicial (que diuen que hi ha un augment el tercer trimestre de l’any, però que jo no he pogut –o no he sabut- veure), les evidències/dades no semblen confirmar aquest augment de separacions-divorcis. A la Web de l’Idescat, la consulta només es pot fer per anys (o tampoc l’he sabut fer d’altra manera).

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Los “buenos propósitos”

“De bons propòsits l’infern n’és empedrat”

(dicho popular)

“Del dicho al hecho hay mucho trecho”

(dicho popular)

 

Recientemente he intervenido en dos programas de RNE-R4 hablando sobre los buenos propósitos con motivo del final del verano e inicio de un nuevo tramo (laboral y vital) del año. En el primer programa, el interés periodístico se centraba en por qué nos formulábamos repetidamente tantos buenos propósitos si la mayoría de las veces no se acababan cumpliendo. En el segundo programa, el interés quería centrarse en cómo hacer más probable su cumplimiento.

Mi interés sociológico –y personal- por el tema es encontrar alguna explicación de por qué tantas personas se hacen buenos propósitos en determinados momentos del año, aún sabiendo, como reiteradamente nos confirma la experiencia, que casi nunca se acaban cumpliendo y que son muy pocos (por no decir ninguno) los que se cumplen. Ciertamente, el comportamiento llama la atención y despierta la admiración que incita a la reflexión.

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¿Qué es el amor? El compromiso. Teoría triangular del amor.

El diccionario de la RAE define compromiso como una obligación contraída, la palabra dada y que, obviamente, se tiene intención de cumplir. Su etimología (del latín: compromissum) nos la relaciona con “promesa” (pro/antes y missus-mittere/enviar): aquello que se hace por adelantado (se avanza su cumplimiento), como cuando antes de irte dices o anuncias que volverás. Comprometerse implica, pues, que cumplirás aquello que dices. Te obligas a realizar en el futuro la acción ahora enunciada, prometida, dicha/hecha por anticipado. Las promesas, los compromisos, pueden no cumplirse, pero comportan una ruptura, una traición.

En la teoría triangular del amor de Robert Sternberg el compromiso es uno de los tres elementos que configuran el amor consumado o, también podríamos decir, verdadero. Los otros dos elementos son la intimidad y la pasión (o erotismo). En la breve entrada sobre la teoría de Sternberg nos comprometimos a desarrollar algunos de los cambios o de las tensiones que la modernidad tardía o postmodernidad ha comportado en estos tres elementos. En esta entrada insistiré en el compromiso.

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