Mi novi@ es una App

Se cuentan por miles las personas que se han creado una pareja y una relación virtual. Es fácil; basta con instalarte una App (pagar por el servicio) y crearte a tu gusto una pareja virtual con la que poder mantener una relación “amorosa” . Podrás comunicarte con ella, recibir mensajes de voz o de texto, incluso notas escritas y, pronto, regalos o flores. Sin ninguna duda, la aplicación y sus “funcionalidades” se puede perfeccionar mucho más. La creatividad no tiene límites.

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Pero, sin juzgar o antes de juzgar el valor de esta relación, ¿es posible enamorarse de una virtualidad? Sin lugar a dudas, y con rotundidad, afirmo que sí es posible enamorarse de est@ personaje virtual. El amor es un juego solitario, reza el título de un libro de Esther Tusquets. Buena parte de nuestra capacidad de enamoramiento está en la imaginación. Se enamora el que tiene ganas de enamorarse, el que está dispuesto a hacerlo. A veces el enamoramiento nos permite dar un vuelco a la vida. Francesco Alberoni  habla de una “revolución a dos”. Para revolucionar la propia vida hay que, de algún modo, sentirse insatisfecho con ella. Pensad cuantas locuras se han hecho por eso que llamamos “amor” cuando uno/una se siente enamorado. Para muchas personas, el enamoramiento funciona como el desencadenante –y la energía necesaria- para revolucionar la vida, para darle un giro y reposicionarla.

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Retos virales.

La pregunta sobre la que quiero reflexionar es por qué se aceptan los retos (virales), por qué motivan i/o nos resultan atractivos. Por qué se llevan a cabo.

Si buscamos en el diccionario la palabra “reto” la encontraremos definida como el tener, o proponerse, o aceptar un objetivo que es difícil de cumplir o conseguir. No se trata de una acción cotidiana sino que requiere saltarse de algún modo el guion. En este sentido, el reto constituye un estímulo o un desafío para quien lo afronta. Resalto las ideas de estímulo y desafío.

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El hecho de que los retos nos resulten estimulantes nos dice mucho de su lugar en nuestra manera de ser. En el vivir cotidiano, en la monotonía del día a día, la mayoría de las acciones que llevamos a cabo se producen como de forma automática. No tenemos que pensar en ellas, se suceden casi inadvertidamente y sin aparente esfuerzo. Son eso que hacemos cada día, que hemos repetido cientos o miles de veces. El hecho de que el vivir diario se gestione de este modo nos facilita mucho la vida y nos hace, digámoslo así, más eficaces. Si nos paramos a pensar, si algo nos hace reflexionar sobre este hacer cotidiano, puede resultarnos aburrido y lo podemos valorar como anodino. Uf, cada día lo mismo! Parece como si la falta de experiencias nuevas nos hiciese perder interés por la vida. Echamos de menos el “ah!” de sorpresa y emoción que va asociado a una primera vez (“la primera vez que…”). De ahí que muchas personas, cuando toman consciencia de su “normalidad”, pues en definitiva estamos hablando de eso, se sienten empujadas a buscar nuevas experiencias y nuevas sensaciones. Nos estimula lo diferente, lo que puede aportar ese plus de emoción a nuestra monotonía. Los retos pueden tener características y dimensiones muy diversas: gravar o participar en un pequeño vídeo en el que vamos a congelar nuestro movimiento y expresión, subir una cima de 6 mil metros, nadar 50 piscinas, conquistar el amor de una persona o obtener un doctorado en física.

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Pagar para pasar miedo

¿Por qué hay personas que compran una entrada de cine para ver una película de terror? El cine de terror, las películas de “miedo”, tienen su público. Algunas han recaudado millones de dólares, recuérdese “El exorcista”, “El sexto sentido”, “Expediente Warren”, “Annabelle”, “La señal”, “El proyecto de la bruja de Blair” o las de Freddy Krueger. ¿Cómo es que pagamos para tener miedo, una emoción que se clasifica entre las negativas? El miedo nos produce pesar, nos atenaza, nos puede angustiar… disminuye nuestra potencia de existir. ¿Por qué, entonces, pagamos por ello?

Siempre hay, claro está, quién lo pasa tan mal viendo este tipo de películas que se abstiene de hacerlo. El cine de terror puede despertar viejos fantasmas, provocar pesadillas o revivir malos momentos del pasado. Sin duda, si se sabe esto, es mejor abstenerse. Pero estamos hablando de una minoría de personas. Por lo general, a quién no le atrae este género cinematográfico es porque, sencillamente, no le interesa o le resulta aburrido. Esto nos da una primera pista de por qué hay quien sí está dispuesto a pagar por ver una película de terror. Si a una persona al salir del cine, aún con los pelos de punta o muy excitada, le preguntamos por qué ha ido, nos resonderá que porque le encanta, que lo ha pasado muy bien, que le ha gustado el miedo que le ha provocado, o los sustos que ha sufrido. De algún modo está satisfecha, se siente bien. El efecto final no es el pesar o emoción negativa a la que antes me refería.

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Hipocresía social

En el último salón erótico de Barcelona resulto polémico un video que pretendía mostrar la hipocresía de la sociedad española, o de todas las sociedades en general.

Como producto publicitario, debe de reconocerse a este video su capacidad de afectación/convencimiento porque hace que sin ninguna duda parezca hipócrita el comportamiento de muchas personas en relación con el sexo. No obstante, tengamos presente que hipocresía no solo se refiere a esconder los sentimientos o motivos reales de una acción, o a la inconsistencia entre aquello que se dice i aquello que se hace, sino que también se refiere a la falsedad con la que se hace lo que se hace, es decir, cuando se pretende conseguir un determinado estado de opinión y un determinado comportamiento en la audiencia aunque las intenciones (intereses) están alejadas de lo que parece. El vídeo en cuestión demuestra (o aplica intencionalmente) un profundo desconocimiento de los mecanismos de la vida social, pero es enormemente hipócrita en el último sentido de la definición. No en vano es un producto comercial. Veamos.

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“Encuéntrate a ti mismo y síguete”. Reflexión sobre un despropósito.

8 Things Society Says You Need To Do (But You Really Don’t

Creo que fue un Tweet el que me llevó a este documento (que no merece la pena leer). La última afirmación, una especie de “mandamiento” para resumir los anteriores, dice lo siguiente:

Find yourself – follow your own heart and mind. The point of this whole article is that you need to find yourself. Follow your own heart and mind, don’t conform to anything just because that’s what society expects from you.

(Encuéntrate a ti mismo – sigue tu corazón y tu mente. El núcleo de todo este articulo es que necesitas encontrarte a ti mismo. Sigue lo que te dicte tu corazón y tu mente, no te conformes con cualquier cosa sólo porque sea lo que la sociedad espera de ti)

Sinceramente, me escandaliza que tan enorme despropósito (como trataré de explicar) pueda pretender ser propuesto como un “mensaje de verdad y de liberación personal”. No obstante, no quisiera menospreciar el hecho de que sea bien recibido por muchísima gente. Es más, el axioma “escucha tu voz interior y no te sometas a las exigencias sociales”, en sus múltiples versiones (novelas, películas, publicidad, terapeutas, etc.), tiene gran difusión y amplio número de seguidores. Intento argumentar su falsedad y el porqué de su extraordinario éxito.

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Sobre la amistad

Los seres humanos establecemos múltiples formas de relación con otros seres humanos. El conjunto de estas relaciones, buenas y malas, condiciona el sentido de nuestra vida. Puede afirmarse con rotundidad que el valor de una vida humana depende de los encuentros que tenemos con otros seres humanos. Deseos, pasiones obligaciones, intereses, compromisos… caracterizan estos encuentros, el valor que tienen para nosotros y sus consecuencias.

La amistad es un tipo de relación que establecemos los seres humanos. Una relación de amistad es distinta del parentesco, de una relación erótica, de la solidaridad entre miembros de un colectivo, distinta a la identificación con una persona o grupo, distinta a la admiración y a tantos otros tipos de relación que podemos tener o establecer con nuestros semejantes. A veces, pueden darse juntas o mezclarse. También podemos confundirlas.

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Emociones e internet. Mirar y ser mirado.

Sencillamente, las emociones importan porque si no las tuviéramos, nada más importaría. Unas criaturas sin emoción no tendrían ningún motivo por el cual vivir ni tampoco, en realidad, por el que suicidarse. Las emociones son la materia de la vida… Las emociones son el cemento o el vínculo más importante que nos liga a las demás personas…. Desde el punto de vista del interés, las demás personas son esencialmente fungibles; desde una perspectiva emocional, no.

Elster. Alquimias de la mente

 

 

[Fragmento de una comunicación presentada junto con Pau Alsina en el IX congreso de la FES. Barcelona 2007.]

El individualismo moderno presupone un gran margen de libertad en la expresión social de las emociones y de los sentimientos. Hemos pasado de una representación social bien regulada y codificada de las emociones a una supuesta presentación espontánea de las mismas. Así la espontaneidad, convertida ahora en norma de expresión en público, se ha experimentado como la capacidad de liberarse de las convenciones sociales, que en el s. XVIII todavía regulaban totalmente la representación pública de las emociones. Pero habrá que ver si la supuesta espontaneidad de la expresión emocional en los espacios tecnológicos no está fuertemente regulada, es decir, tipificada e ‘institucionalizada’ por la estrecha fusión entre lo social y lo tecnológico.

Las emociones tienen en toda la historia de la cultura occidental, y especialmente en el mundo contemporáneo, un papel preponderante. Independientemente de cómo las comprendamos y cuál sea el papel que les asignemos en la naturaleza humana, la vida emocional, su expresión y su manifestación, tienen un lugar destacado en la comprensión de la acción social. En La retórica, Aristóteles, por ejemplo, “muestra, mejor que ningún otro filósofo, cómo las emociones están enraizadas no sólo en la psicología individual, sino también en la interacción social” (Elster, 2002:74).

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