Sobre el odio. Odio en la red.

El odio suele considerarse una fuerte emoción. En el sentimiento de odio, cuando decimos sentir odio hacia alguien o hacia algo, como sucede con su contrario el amor, están implicadas muchas emociones y tiene siempre muchos matices. Podemos decir que

Odio-red

odiamos las lentejas, las playas abarrotadas de gente, los políticos corruptos, los… póngase cualquier nacionalidad, odiamos las arañas, la comida prefabricada, las personas arrogantes, odiamos al vecino que no nos deja dormir, la persona que nos ultrajó, la que nos traicionó y odiamos a quién mató a nuestro hijo. Claro está que todos estos “odios” que alguien puede sentir son bien distintos y nos implican y nos mueven a la acción de forma muy diferente. Aún odiando las playas abarrotadas de gente puedes aceptar ir a una de ellas, e incluso pasarlo bien, pero difícilmente compartirás una cena con la persona que asesinó a tu hijo, a no ser que estés preparando la venganza.

Pese a todas las intensidades y variantes que puede tener el “sentimiento de odio” hay un rasgo característico y central, que ya Aristóteles destacó en su Retórica: el que odia a alguien o a algo, cuando no es solamente una manara de hablar, lo que se quiere es que ese alguien o algo no exista, que no exista en tu vida, que no forme parte de ella o, más aún, borrarlo de toda existencia. El odio no es una emoción pasajera, de hecho no es simplemente una emoción, como trataré de argumentar. El odio, a diferencia por ejemplo del enojo, la rabia o la ira que algo o alguien te puede hacer sentir en una circunstancia determinada, no suele desparecer con el tiempo. Tiene un carácter permanente que no es propio de las emociones. El odio puede no curarse nunca, puede ser permanente. Además, no suele dirigirse a un caso particular, como por ejemplo a ese pasajero que te ha arrollado en la calle sin consideración y ha despertado tu ira, sino que suele sentirse hacia todo el “genero”: odio las lentejas, odio a los políticos corruptos, odio a los… de tal nacionalidad, odio las arañas, etc. Los odio a todxs!

Cuando alguien te enoja o te suscita ira de alguna manera, lo que quieres –describe sutilmente Aristóteles- es que te las “pague”, hacerle pagar por lo que te ha hecho. La rabia-ira te mueve al castigo, a hacer daño para apaciguarla o para sentirte reconfortado. Puede ser que una vez “desahogadx” te invada la pena o la lástima por el mal causado o por ti mismo decepcionado por lo que has hecho. El que siente ira puede ser compasivo. No, en cambio, el que siente odio. El que odia quiere que aquello odiado no exista. No siente pena sino placer o satisfacción de consigue hacerlo desaparecer. Es algo parecido a la venganza, pues suele ser un producto del odio. Imaginar la venganza posible o llevarla a cabo causa placer y no pena. El odio, a diferencia de la ira, puede sobrevivir en el espacio de la imaginación, puede proyectarse en el futuro, puede congelarse e incluso incrementarse en el tiempo. Esta característica del odio lo hacen fácilmente cultivable en las redes sociales. Por ejemplo, el odio puede encapsularse fácilmente en un twitt o (re)presentarse en un vídeo. No es solo una instantánea de la emoción, sino una forma de materializarse y también de propagarse. Y no caduca. La indignación o la rabia claro está que pueden compartirse y extenderse, pero son mucho más efervescentes y pasajeras.

Esta característica del odio hace que se le pueda equiparar más a una actitud que a una simple emoción o a un sentimiento. Ciertamente, intervienen emociones/sentimientos pero también pensamientos, ideas, estereotipos, prejuicios, experiencias. En definitiva, detrás del oído hay todo un aprendizaje. Se aprende a odiar.

El odio, que puede tener causas e inicios muy variados, puede y debe cultivarse. Curiosamente como el amor, aunque pueda surgir e iniciarse inesperada y espontáneamente, suele instalarse en nuestro ánimo y lo revestimos de motivos, de ideas y argumentos para que se solidifique. En este sentido, podemos decir que el odio es más una actitud o una predisposición que un estado emocional. La a veces aparente irracionalidad del odio esconde la adquisición a lo largo del tiempo de determinados estereotipos sociales, prejuicios, y elaborados argumentos para “justificar” la necesidad de eliminar a lo que se odia. El odio, que puede comportar antipatía y repulsión espontánea, requiere sobretodo de una elaboración conceptual y simbólica que acompaña y justifica lo que se siente o se muestra como un sentimiento.

Como he dicho, el odio se deja encapsular muy bien y distribuirse fácilmente. En un solo twitt o en una retahíla de ellos, en un mensaje de Facebook o en una web temática, pude mostrarse y expresarse, así como difundirse y contagiarse, el odio hacia alguien, hacia un grupo de personas o hacia una institución. El odio puede expresarse y manifestarse de muchas maneras, pero se acompaña bien de la calumnia, el menospreció, la vejación, la mentira o el ultraje (porque también lo incitan). Y todo ello se puede elaborar de muchas y originales maneras. Se puede, por ejemplo, mostrar a alguien como una amenaza para la propia existencia y, consecuentemente, se odia a los que amenazan nuestra existencia.

El odio puede adquirir una dimensión social, convertirse en un constructo social. Esta dimensión difícilmente la puede tener la ira o la rabia, mucho más pasajera e individual. Debido a estas características que vengo exponiendo, es posible cultivar y difundir el odio, es muy común encontrar actitudes de “postureo” del odio: lucir, mostrar o promocionar el odio hacia determinados colectivos o nacionalidades. Además, compartir el odio fortalece las relaciones entre los que odian lo mismo. De la misma manera que se suele ser amigo –o es más fácil serlo- de los amigos de los amigos, así también se odia más fácilmente a los que odian a los amigos o son odiados por ellos. En un sentido muy parecido se dice que el enemigo común une a los colectivos.

No solo puede reconfortar mostrar el odio que se siente, como si se tratase de una especie de catarsis o liberación o como una forma de buscar solidaridad entre los que odian eso mismo, sino que también se puede mantener una “retórica” del odio. Es propio de los que odian querer extender su odio hacia lo que odian, pues el objetivo del odio es la destrucción de lo odiado. En el aprendizaje del odio, y en la acción de compartirlo, se aprende a promover aquello que lo suscita.

El mundo virtual (la prensa escrita, Twitter, blogosfera, etc.) facilita tanto el “postureo” del odio (con la voluntad de mostrarlo –efecto catártico- ) como la retórica del odio (con la voluntad de expandirlo y compartirlo). Mientras que, como es manifiesto, la ira necesita ser encarnada y vehiculada en una acción corporal (quieres que “te las pague” inmediatamente), el odio es más fácilmente encapsulable y vehiculable a través del lenguaje y en acciones simbólicas. Se propaga bien por lo digital. Por este motivo el odio toma muy fácilmente la forma del estereotipo, del prejuicio y se transmite fácilmente en la red y se incorpora sutilmente en los pensamientos y comentarios de muchas personas. La red “envalentona” fácilmente, pero eso tiene que ver poco con el valor. En la red, no hay que poner el cuerpo. Pero sobre el valor, podemos hablar otro día.

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