Eliminar la felicidad

Propongo eliminar la palabra FELICIDAD de nuestro vocabulario.(*)

A los pocos días de escribir la última reflexión de este blog cayó en mis manos –y leí casi de una tirada- el libro de E. Cabanas y E. Illouz, Happycracia, donde se muestra como la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas.

El libro de Cabanas e Illouz nos desvela los presupuestos de la felicidad en nuestros días y el tipo de individuos que se supone que somos o debemos ser. Desenmascaran ese mensaje tan generalizado que nos dice que la meritocracia funciona porque el esfuerzo personal, el optimismo y la tenacidad siempre son recompensados. Y el que no lo consigue es porque no vale y, por tanto, no se lo merece. Especialmente me preocupa que una de las consecuencias de esta creencia sobre cuál es el camino de la felicidad es que, como nos dicen, cuanto más convencidos estemos de que la solución a nuestros

sonrisa-falsa

problemas pasa por una simple cuestión de resiliencia y esfuerzo personal, la posibilidad de imaginar y luchar de forma colectiva para efectuar cambios sociales queda desarticulada y muy limitada (**). Por resumir con sus palabras el argumento (central): “Una de las principales razones por la que la felicidad se ha erigido como un producto tan central en el capitalismo del siglo XXI es porque las mercancías emocionales de la felicidad no se limitana ofrecer al consumidor momentos de alegría, tranquilidad, evasión, esperanza, reafirmación, etc., sino, principalmente, porque de forma más o menos explícita estas mercancías emocionales convierten la felicidad en un estilo de vida, en una mentalidad y, en último término, en un tipo de personalidad para definir en términos psicológicos el ideal neoliberal de ciudadano contemporáneo”.

Su lectura nos describe una situación vital que, si nos fijamos bien, ya hace tiempo que se nos hace evidente y nos muestra una más de las consecuencias no deseadas de la modernidad y una más de las tiranías del neoliberalismo. Pero no ha sido esta lectura la que me ha llevado a sugerir que dejemos a un lado la búsqueda de la felicidad, que retiremos la palabra de nuestro vocabulario. Hace tiempo que me “ronda” la idea, y el libro de Cabanas e Illouz me la confirman.

No parece que buscar la felicidad (personal) sea una empresa a la que merezca la pena dedicarle mucho tiempo, pues seguramente no está en nuestras manos el conseguirla, por más que nos digan lo contrario los voceros de la psicología positiva. Si el lenguaje es el acervo de la sabiduría del pueblo que se muestra en lo que habla, muchas lenguas nos indican lo azaroso y contingente de la felicidad en la vida.

En alemán felicidad se dice Glück, que, curiosamente, también quiere decir suerte. O sea, que la felicidad es una suerte, y como la lotería te puede tocar o no. La persona feliz es una “suertuda”, independientemente de que se lo haya “currado” o no. En Francés, la felicidad se llama Bonheur, es decir, una instantánea, esos momentos de la vida, sometidos al implacable Kronos, en los que si pudiéramos detendríamos el tiempo. Pero pasa… son momentos. En Inglés la felicidad és Happyness, que seguramente quiere decir que es algo así que “pasa” (to happen), que te pasa o que te puede no pasar. Te asalta, viene e, igual que viene, se va, deja de “pasar”. En Italiano, la Felicidad es la Ventura, un concepto del mismo orden que la Fortuna, esa diosa loca que lo mismo te toca y te protege que te abandona y se va. En conclusión, no parece que merezca mucho la pena esforzarse por la Felicidad. La sabemos en manos del azar y para los humanos sus leyes son difíciles de comprender, como pasa con la Providencia.

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La felicidad: cuestión de palabras

El lenguaje, también lo podríamos decir de la literatura, sirve para expresar la experiencia, nuestra experiencia de la vida. Las palabras que sirven para expresar esta experiencia, aquello que pensamos y, sobretodo, aquello que sentimos, dan forma y contenido a lo que vivimos. Algo así como que la experiencia sin palabras, sería ciega. Y claro, las palabras sin experiencia, estarían vacías. Si las palabras desaparecen o se deterioran, se empobrece la experiencia del mundo. Por ejemplo, buena parte de lo que podemos llamar una crisis de la religión, tiene que ver con una crisis del lenguaje religioso (Lluís Duch, dixit). Lo mismo podemos decir análogamente de la felicidad. Al reducirse las palabras que hablan de ella, que nos pueden servir para definirla o matizarla, reducimos aquello que podemos vivir y experimentar como felicidad. Nuestra ignorancia nos ocultará la experiencia, la empobrecerá. Como hemos dicho, el lenguaje es como una linterna que ilumina lo real, aquello que hay o tiene lugar.

Felicidad

En realidad, la felicidad más que una realidad tiene lugar siempre como una esperanza, un imaginario de futuro, algo de lo que podemos hablar pero difícilmente concretar en una experiencia que pueda ser común a todos, o a algunos. No obstante, pese a su naturaleza imaginaria, según la imaginemos, según hablemos de ella, condiciona lo que hacemos, nuestro actuar, para conseguir-la. Condicionamos el futuro y condicionamos nuestra posible experiencia de felicidad, su realización. Por eso son tan importantes y tan decisivos los colores –las palabras- con que la pintamos. Al hablar de nuestro futuro, lo diseñamos y definimos, al mismo tiempo, nuestro presente. Si, por ejemplo, decimos que la felicidad para nosotros consiste en una vida familiar tranquila, con las necesidades satisfechas y el control de nuestra vida o, por el contrario, para ser feliz anhelamos una vida llena de emociones, excitación y cambio, sea como sea, cualquiera de las múltiples versiones posibles, está condicionando aquello que hacemos para conseguirla y, en caso de alcanzarla, tendrá ese contenido.

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