La felicidad: cuestión de palabras

El lenguaje, también lo podríamos decir de la literatura, sirve para expresar la experiencia, nuestra experiencia de la vida. Las palabras que sirven para expresar esta experiencia, aquello que pensamos y, sobretodo, aquello que sentimos, dan forma y contenido a lo que vivimos. Algo así como que la experiencia sin palabras, sería ciega. Y claro, las palabras sin experiencia, estarían vacías. Si las palabras desaparecen o se deterioran, se empobrece la experiencia del mundo. Por ejemplo, buena parte de lo que podemos llamar una crisis de la religión, tiene que ver con una crisis del lenguaje religioso (Lluís Duch, dixit). Lo mismo podemos decir análogamente de la felicidad. Al reducirse las palabras que hablan de ella, que nos pueden servir para definirla o matizarla, reducimos aquello que podemos vivir y experimentar como felicidad. Nuestra ignorancia nos ocultará la experiencia, la empobrecerá. Como hemos dicho, el lenguaje es como una linterna que ilumina lo real, aquello que hay o tiene lugar.

Felicidad

En realidad, la felicidad más que una realidad tiene lugar siempre como una esperanza, un imaginario de futuro, algo de lo que podemos hablar pero difícilmente concretar en una experiencia que pueda ser común a todos, o a algunos. No obstante, pese a su naturaleza imaginaria, según la imaginemos, según hablemos de ella, condiciona lo que hacemos, nuestro actuar, para conseguir-la. Condicionamos el futuro y condicionamos nuestra posible experiencia de felicidad, su realización. Por eso son tan importantes y tan decisivos los colores –las palabras- con que la pintamos. Al hablar de nuestro futuro, lo diseñamos y definimos, al mismo tiempo, nuestro presente. Si, por ejemplo, decimos que la felicidad para nosotros consiste en una vida familiar tranquila, con las necesidades satisfechas y el control de nuestra vida o, por el contrario, para ser feliz anhelamos una vida llena de emociones, excitación y cambio, sea como sea, cualquiera de las múltiples versiones posibles, está condicionando aquello que hacemos para conseguirla y, en caso de alcanzarla, tendrá ese contenido.

No parece que hay UNA vida humana que podamos denominar feliz, no está nada claro y menos aún compartido el que pueda ser el horizonte –o el camino- de la felicidad. No siempre hemos pensado lo mismo, ni todos pensamos en la felicidad en los mismos términos. Por mi parte, no quiero dejar de pensar que en el fondo de todo ser humano, y aún más allá de lo humano también, pueda haber el deseo, el atisbo o la esperanza, de una vida bienaventurada, de una vida buena.

Sin embargo, aquello que sea la felicidad, carece de consistencia. Entre la eudaimonía griega, el ocio como cultivo del alma, como sosiego espiritual (o aún en versión estoica, el poder disfrutar de la amistad y los placeres tranquilos de la vida) y la felicidad prometida en las sociedades neoliberales de consumo(ismo), como satisfacción constante de nuestros deseos de placer y bienestar (en la consecución de los bienes que anhelamos), entre estos dos modelos de vida feliz hay un gran abismo. Nada tienen que ver. Como entre otros muchos que podríamos describir. Por eso, insisto, el dibujo que nos hacemos de la felicidad, lo que decimos de ella, la manera en como nos la representamos condiciona enormemente lo que hacemos para conseguirla. No sabría decir si hay un sentimiento común cuando dos personas afirman sentirse felices, aunque sea por un breve tiempo.

Seguramente, como seres lingüísticos que somos, seres que nos hacemos humanos (o lo que lleguemos a ser) en conversación e interacción con otros seres (humanos y no humanos), el lenguaje nos permite expresar y compartir las emociones. Es gracias al lenguaje que podemos ir más allá de los sentimientos-emociones básicas (placer, tristeza, miedo, ira…) y tener emociones más intensas y refinadas. La autoconciencia de nuestro abanico emocional nos proporciona los matices. Ensancha las posibilidades y formas de la felicidad. Al hablar de las emociones, o de la felicidad, con otros seres humanos (pues la conversación es fundamental en la vida emocional de las personas) formamos y transformamos nuestra experiencia. El ser humano, por ejemplo, no solo siente rabia (como también lo puede sentir un perro cuando está rabioso), también puede sentir indignación. Un perro no puede indignarse (Taylor dixit).

El amor, o eso que llamamos amor, puede tener muchas variedades y matices: admiración, fascinación, estima, agradecimiento, respeto, deferencia, cariño, ternura, devoción, inclinación, etc., etc., etc. Es hablando, en conversación, que aprendemos todas las posibilidades de las emociones o, también, claro está, de la felicidad. Depende de la riqueza de nuestro lenguaje, del interés de nuestra conversación y, en definitiva, del valor de nuestros interlocutores, el que la felicidad tenga una u otra dimensión, sea más rica o más pobre.

Excursus.

¿Existe la felicidad?

No recuerdo dónde aprendí que la felicidad, como proyecto personal de vida, es un objetivo inútil o fracasado. Nadie puede pretender buscar la (propia) felicidad sin saber que no está en sus manos conseguirla. Esta es la cuestión decisiva: la felicidad no depende (exclusivamente) de nuestra voluntad, no está a nuestro (solo) alcance. Somos seres finitos, limitados, sometidos a las incertezas del mundo. Vivimos en la contingencia. Las cosas que nos pasan pueden no ser como nos gustaría. No está en nuestro poder decidir lo que nos pasa. A veces, lo vemos y lo vivimos, nos pasan cosas que disminuyen nuestra potencia de existir. Nos debilitan y nos entristecen. No podemos elegir lo que nos pasa.

Ahora bien, lo que sí que podemos hacer es responder de una forma u otra a lo que nos pasa. Esto es lo que los optimistas recalcitrantes –e ilusos- han interpretado como una especie de omnipotencia de la voluntad, “si quieres, puedes”. No tenemos este poder sobre las cosas o sobre el mundo. Sí que tenemos la virtud de responder de una manera u otra ante el mundo que nos hace frente. Por ello, sin que podamos hacer que nuestra vida sea feliz porque no tenemos poder sobre ella, sí podemos decidir, de la misma manera que decidimos nuestra respuesta a lo que nos acaece, esforzarnos por la felicidad (por el bienestar según lo comprendamos) de los que nos rodean. Si, como me atrevo a afirmar, buena parte del valor de la vida depende de los encuentros que tenemos en ella y de las relaciones que sabemos establecer, mejorando la vida de los que nos rodean, con los que hemos topado, mejoramos sin duda aquello que podemos considerar la felicidad.

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