El amor como una forma de crédito.

El amor es y puede ser muchas cosas, pero hoy quiero destacar su valor para dar crédito a las personas… que amamos. Querer a alguien, “enamorarse” de alguien (y vamos a suponer que este es el inicio del amor o del querer), es una forma de tomar partido por esa persona, de apostar por ella, de elegir entre el indefinido resto de posibles amores. Enamorarse es, así visto, una forma de reducir la complejidad del mundo; nos permite tomar decisiones, hacer elecciones de una manera que parece más segura, que nos da seguridad. El amor-enamoramiento da un brillo particular a la persona por la que se siente amor, la singulariza y hace que no sea indiferente o vulgar. Por qué esa persona, y no otra, es una cuestión que merecerá ser atendida en otra ocasión.

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El giro lingüístico

Vull compartir el resum de la perspectiva que Javier Gomá ofereix sobre el gir lingüístic, la seva reflexió i la proposta de “sortida” que ens fa. En l’entrada “contra la autenticitat” m’he referit profusament a aquest autor. I seguiré fent-ho perquè estic convençut del valor de la seva obra. Segur que la posteritat li farà justícia.

 

EL GIRO LINGÜÍSTICO Y LA EXPERIENCIA DE LA VIDA

1. El universal lingüístico

Sólo hay ciencia de lo universal [una verdad, casi una obviedad, que solemos olvidar], pero lo universal puede ser concreto o abstracto [esta observación ya no es tan evidente, pero sí fundamental]. El universal lingüístico es necesariamente universal abstracto… (pág. 29) [referencia a Husserl en nota 1]

El lenguaje por sí mismo carece de contexto espacio-temporal y, sin embargo, la verdad depende siempre del contexto… (29) [Esto merece un momento de atención, pues no parece que el lenguaje, su adquisición y su “significado”, o como vehículo de expresión, pueda adquirirse o comprenderse sin un contexto –aunque aquí Gomá seguramente quiera subrayar una paradoja, una tensión básica entre la “abstracción” del pensamiento i su encarnación].

El estudio que se presenta pretende desarrollar una filosofía del ejemplo entendido como un caso individual que encierra una ley universal; en suma, como un universal concreto (30).

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Promesas de amor

F. Nietzsche, en el aforismo 58 de Humano, demasiado humano, titulado “Lo que se puede prometer”, afirma:

“Podemos prometer acciones, pero no sentimientos, pues estos son involuntarios. Quien promete a alguien amarle siempre u odiarle siempre o serle siempre fiel, promete algo que no está en su mano; lo que se puede prometer es acciones que, en verdad, son originariamente las consecuencias del amor, del odio, de la fidelidad, pero que también pueden provenir de otros motivos, pues a una sola acción conducen caminos y motivos diversos. La promesa de amar siempre a alguien significa, pues: en tanto que te ame, te demostraré las acciones del amor; si dejo de amarte, seguirás, no obstante, recibiendo de mí las mismas acciones, aunque por otros motivos, de modo que en la mente de las demás persista la apariencia de que el amor será inmutable y siempre el mismo. Por tanto, se promete la persistencia de la apariencia del amor, cuando, sin cegarse a sí mismo, se promete a alguien un amor eterno.”

La promesa es la capacidad humana (solo humana, pienso, y no sé si “demasiado humana”) que intenta sobreponerse a la contingencia del mundo, a la imposibilidad de pronosticar las consecuencias de un acto, de nuestros propios actos. Nada nos puede garantizar que mañana seguiremos siendo quienes somos (por más que nos lo gravemos en la piel). Si la apertura del futuro, es decir, su indefinición y el riesgo que hay que asumir por el hecho de vivir, es el precio que hay que pagar, como dice H. Arendt (ver entradas sobre su libro La Condicion Humana), por el hecho de ser libres, la promesa es el acto moral para tratar de afirmar la indeterminación del futuro y reducir la ansiedad que esta condición puede generarnos. Hacer y mantener promesas nos afianza. Confiar es, en buena medida, creer en las promesas que nos hacen los demás. También la seguridad en uno mismo viene de la mano de creernos capaces de cumplir lo que nos proponemos, las promesas que hacemos o que nos hacemos. De hecho, solemos acusar a las circunstancias, a las emociones, a las presiones a las que estamos sometidos, a las tentaciones, y a un sinnúmero muy grande de “causas”, de nuestra incapacidad de cumplir las promesas que nos hemos hecho.

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Eros y Ágape

Denís de Rougemont inicia su extraordinario y sorprendente libro El amor y Occidente con una afirmación provocadora: El amor feliz no tiene historia. Sólo el amor mortal, amenazado y condenado por la propia vida, es novelesco.

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Ana Karenina (http://es.wikipedia.org/wiki/Ana_Karenina ) empieza con una sentencia complementaria: “Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera”. A esta idea le dedicaré pronto un pequeño análisis a partir de datos empíricos.

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En la base de esta afirmación está el implícito, que ahora exploraremos, de que la pasión implica sufrimiento, y de que el amor pasional comporta el adulterio. En el fondo, se trata de una paradoja: queremos la pasión y la desgracia, aunque no queramos reconocerlo (Rougemont, 2002: 17). Dejar el amor en manos de la pasión [que bien pudiera ser una característica del enamoramiento en su versión romántica] es ponernos en manos del destino [¡sin hacerlo necesidad!] y renunciar a nuestra libertad y responsabilidad. El juicio de Rougemont es que amamos más al amor que al objeto de este. Amamos la pasión, el amor-pasión que nos hiere y que, en caso de triunfar, nos aniquila. Esta es una condición trágica del amor en Occidente, por más que nos negamos a reconocerlo abiertamente [se trata de un deseo reprimido, y no de un deseo no deseable al que, por no estar reprimido, se le puede combatir racionalmente]. Esto hace concluir a Rougemont que el porvenir de Europa puede ser desgraciado (pàg. 52). [Téngase en cuenta que el libro fue escrito en los años 30 del siglo pasado]

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