Eros y Ágape

Denís de Rougemont inicia su extraordinario y sorprendente libro El amor y Occidente con una afirmación provocadora: El amor feliz no tiene historia. Sólo el amor mortal, amenazado y condenado por la propia vida, es novelesco.

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Ana Karenina (http://es.wikipedia.org/wiki/Ana_Karenina ) empieza con una sentencia complementaria: “Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera”. A esta idea le dedicaré pronto un pequeño análisis a partir de datos empíricos.

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En la base de esta afirmación está el implícito, que ahora exploraremos, de que la pasión implica sufrimiento, y de que el amor pasional comporta el adulterio. En el fondo, se trata de una paradoja: queremos la pasión y la desgracia, aunque no queramos reconocerlo (Rougemont, 2002: 17). Dejar el amor en manos de la pasión [que bien pudiera ser una característica del enamoramiento en su versión romántica] es ponernos en manos del destino [¡sin hacerlo necesidad!] y renunciar a nuestra libertad y responsabilidad. El juicio de Rougemont es que amamos más al amor que al objeto de este. Amamos la pasión, el amor-pasión que nos hiere y que, en caso de triunfar, nos aniquila. Esta es una condición trágica del amor en Occidente, por más que nos negamos a reconocerlo abiertamente [se trata de un deseo reprimido, y no de un deseo no deseable al que, por no estar reprimido, se le puede combatir racionalmente]. Esto hace concluir a Rougemont que el porvenir de Europa puede ser desgraciado (pàg. 52). [Téngase en cuenta que el libro fue escrito en los años 30 del siglo pasado]

Expondré algunos de los argumentos e ideas de El amor y Occidente para seguir indagando sobre ¿qué es el amor? A estas alturas ya podríamos, parafraseando el título de otro libro, cambiar nuestra pregunta por esta otra: ¿qué es esa cosa tan rara que llamamos amor?

En nuestra tradición, encontramos una historia de amor que, como un diapasón, marca el tono de las verdaderas historias de amor: la de Tristán e Isolda (aquí las 20 primeras páginas), un mito de nuestra cultura occidental. Su (desgraciada) historia de amor encierra la paradoja que Rougemont apuntaba, Tristán e Isolda no se aman, como ellos mismos afirman, sino que aman el amor, el hecho mismo de amar. Y actúan como si hubieran comprendido [esa es “nuestra” contradicción, nuestra paradoja] que todo lo que se opone al amor lo preserva y lo consagra en su corazón; para exaltarlo hasta el infinito en el instante del obstáculo absoluto, que es la muerte. “(43)

[En un tono muy diferente, y muy matizado por los aires del Sur, la historia de amor de Florentino Ariza y Fermina Daza, en El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez, también atraviesa el tiempo, sin deteriorarse, porque es imposible y solo hasta el final, con la proximidad de la muerte, puede consumarse. Esta historia merecerá ser comentada más ampliamente.]

Indagando en la historia de Tristán e Isolda, que tal vez podría juzgarse como un ejemplo de “tensión básica” o heracliteana de nuestra humana naturaleza, Rougemont descubre dos polos de tensión (enfrentados y opuestos) del amor en Occidente. Por un lado, la atracción erótica y el deseo sin fin de un amor entendido como arrebato, es decir, como entusiasmo y endiosamiento, una fuerza que parece poseernos desde fuera y anula la razón (éste es el Eros bien presente en las obras de Platón, pero también en el druidismo y en el maniqueísmo). En definitiva, un deseo de unidad con lo infinito-absoluto, un deseo de carácter religioso que implica la negación del ser finito y actual en su sufriente multiplicidad. (pàg. 62)

La pasión quiere que el yo se haga mayor que todo, tan poderoso como Dios… y que su muerte sea el fin de todo… (pàg. 265). No dejemos de notar, porque es muy significativo para la comprensión del amor romántico, como de afín es este sentimiento con el advenimiento del yo en Occidente [como hemos explicado en las entradas “contra la autenticidad”).

Frente a este amor pasión (o apasionado), Denís de Rougemont contrapone el Ágape o amor cristiano. En este caso el amor, tal y como lo ejemplificaría Jesucristo (el mejor de los hombres) no es huida del mundo o rechazo de la finitud, sino lo contrario: encarnación, amor desinteresado. El ágape reconoce al prójimo y lo ama ya no como un pretexto para exaltarse, sino tal como es en la realidad de su desamparo y de su esperanza… [El eros, por decirlo así, no tiene prójimo, el eros quiere la unión, la fusión en dios. También, en un post sobre “Post coitum, tristitia”, me he referido a los fantasmas que acechan el deseo cuando alcanza el objeto deseado y ya no puede seguir siendo “deseo de”.].

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Una primera conclusión:

El amor pasión glorificado por el mito fue realmente en el siglo XII, fecha de su aparición, una RELIGIÓN en toda la plenitud del término, y especialmente, UNA HEREJIA CRISTIANA HISTÓRICAMENTE DETERMINADA.

De lo cual se podrá deducir:

  1. Que la pasión, vulgarizada en nuestros días por las novelas y las películas, no es sino el reflujo y la invasión anárquica en nuestras vidas de una herejía espiritualista cuya clave hemos perdido [la herejía cátara],
  2. Que en el origen de nuestra crisis del matrimonio está, nada menos, el conflicto de dos tradiciones religiosas; es decir, una decisión que tomamos casi siempre inconscientemente, con toda ignorancia de su causa, de sus fines y de los riesgos que se corren, a favor de una moral superviviente que ya no sabemos justificar. (144)

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A Denís de Rougemont le parece que el mito (el que ejemplifica la historia de Tristán e Isolda) juega contra el matrimonio, los amantes (los tocados por la sed de amor) buscan la intensidad de la pasión y no su apaciguamiento [que iría acompañado de tristeza, de aburrimiento, de decepción. Post coitum…]. Curiosamente, a partir del s. XII el que comete adulterio se convierte en un personaje interesante [desconozco como estuvo tratado en la tradición greco-romana].

Con la modernidad, los “enemigos” de la institución matrimonial aumentan. Al romperse la unidad del mundo clásico (y, consecuentemente, relajarse las obligaciones sagradas, religiosas y sociales del matrimonio como institución) el matrimonio deja de estar garantizado por la “estructura social”. De hecho, con la emergencia del individuo y su irrenunciable deseo de autonomía y libertad (el “yo”) el matrimonio sólo se podrá fundamentar en decisiones individuales. Mucho antes que A. Giddens  y su idea de amor confluyente  o del amor líquido de Z. Bauman , Rougemont es consciente de los enemigos y los peligros del matrimonio fundado en el amor y la libertad individual, en la idea de que la felicidad de la pareja deba de coincidir y ser acordada por los dos individuos que la componen.

La felicidad convertida en un bien (de consumo) del cual se puede disponer, se convierte, cuando no se tiene, en una ausencia insoportable. La osadía está, para Rougemont, en fundamentar el matrimonio en la felicidad…

“el sueño de la pasión posible actúa como una distracción permanente, anestesiando las rebeliones del aburrimiento. Se presiente que la pasión será una desgracia más bella y más “viva” que la vida normal, más exaltante que la felicidad sin problemas (… ) O el aburrimiento resignado o la pasión: ese es el dilema que introduce en nuestras vidas la idea moderna de felicidad. Conduce a la ruina del matrimonio en tanto que institución definida por la estabilidad (…)” (282-3)

Y este es el poder del mito, presente en tantas de las historias de amor noveladas, filmadas o cantadas: ¡Amar es vivir! Éste es para Rougemont el gran error: el moderno es hombre/mujer de pasión, pero no sabe –y no cree- que esto sea una intoxicación del alma y espera del amor (fatal) alguna revelación sobre sí mismo (su yo profundo y auténtico) o sobre la vida en general. Ve en la pasión la gran aventura, aquello que [como las revoluciones en el sentido que hemos visto que habla de ellas F. Alberoni para referirse al enamoramiento] estamos convencidos que va a cambiar nuestra vida, a enriquecerla con algo imprevisto, con riesgos exaltantes, con goces cada vez más intensos o halagadores (pàg. 284)

En nuestra sociedad Holywoodiense, el amor-romance ocupa un lugar privilegiado, donde amor y matrimonio son dos términos casi equivalentes, si se ama hay que casarse (y solo debe casarse por amor), sin temor, porque el amor triunfa por encima de todos los obstáculos (294). Así nos lo siguen diciendo muchas películas.

El romance se alimenta de obstáculos, de breves excitaciones y de separaciones; el matrimonio está hecho de costumbre, de proximidad cotidiana. El romance quiere el amor de lejos de los trovadores; el matrimonio, el amor al “prójimo”. Si alguien se casa a raíz de un romance, una vez evaporado éste es normal que a la primera constatación de un conflicto de caracteres o de gustos se pregunte: ¿por qué estoy casado? Y es normal que obsesionado por la propaganda universal a favor del romance, se acepte la primera ocasión de enamorarse de otro (… ) pues un nuevo amor es una nueva promesa de felicidad. (295)

A mi juicio, el diagnóstico (en tanto que descripción de la enfermedad) es acertado, otra cosa es compartir las causas que se le asignan o el remedio y tratamiento que se propone. Como siempre en estos casos, hacen falta muchos matices, y son posibles otros razonamientos. Para Rougemont, en la línea de Octavio Paz (y también de Eric Fromm) que en otras ocasiones he mencionado, el matrimonio, la pareja es una decisión. Elegir una persona [Rougemont dirá “para toda la vida”, pero los partidarios del amor confluyente pueden decir “mientras converjan los intereses”] es apostar. Y no se trata de apostar por la persona que creemos que colmará nuestros sueños y aspiraciones –eso que a veces llamamos “nuestra media naranja”- sino que consiste en elegir la persona con la que se quiere compartir la vida, y esta sería la única prueba de amor posible [volveré sobre este tema más adelante] (pàg. 308). Para Rougemont, Eros salvado por Àgape.

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Me permito dos citas en un excurso final para deshacer dos posibles malentendidos y para animar a la lectura de este libro El Amor y Occidente que, aunque que pueda resultar polémico, es enormemente sugerente (abono para el espíritu y la inteligencia) y atractivo.

Sobre el carácter prometeico de Occidente (con todas las luces y sombras que esto supone:

“(…) El dinamismo occidental, el genio técnico, no podría ser remitido ni por un instante a la pasión. La actitud humana que demuestra es la antítesis exacta de la pasión: es una afirmación del valor de las cosas creadas, de la materia, y una aplicación del espíritu al mundo visible. Ni la pasión ni la fe herética de la cual nació podrían proponer como meta de nuestra vida el dominio de la Naturaleza, puesto que esa es la finalidad y la función original del Demiurgo, y puesto que la salvación es justamente escapar de su ley demoníaca”. (321)

Y para no caer en la tentación, propia de nuestros tiempos, de equiparar la pasión con el instinto:

 “¿Qué es el lenguaje, en efecto? El poder de mentir tanto como el poder de expresar lo que es. Un animal es incapaz de mentir, de decir lo que el instinto no hace, de ir más allá de lo necesario y más allá de la satisfacción. La pasión, el amor al amor, es por el contrario el impulso que va más allá del instinto y que, con ello, miente al instinto. El responsable de tal mentira no podría ser más que “el espíritu”. (Sentimos aquí a qué profundidad el amor pasión, la expresión y la mentira, se encuentran vinculados… mentir para salvar la esencia misma de la pasión…) (173)

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  • Rougemont, Denis de (2002). El Amor y Barcelona: Kairós.
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