Retos contemporáneos

Entendemos por retos del mundo contemporáneo aquellas características/ dimensiones de la vida humana en la tierra a las que tendrán que hacer frente durante los próximos años las diferentes sociedades humanas y la humanidad en su conjunto. Es decir, habrá que responder activamente de manera individual y colectiva a estos desafíos que nos hacen frente.

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Des del momento en que tuvo sentido hablar de “la Humanidad”, la humanidad se ha visto sometida al reto fundamental de la supervivencia en un horizonte donde siempre está presente la muerte. Durante milenios, el hambre, la enfermedad y la violencia (ejercida por otros humanos) han sido los retos a los que han tenido que hacer frentes todas las comunidades humanas. Se puede afirmar que “toda sociedad humana es en última instancia una congregación de seres humanos frente a la muerte” (P. Berger dixit).

La humanidad ha crecido enormemente y se ha hecho mucho más plural. En los últimos doscientos años, la racionalidad científico-técnica ha variado radicalmente los retos a los que los humanos nos vemos enfrentados, por más que pueda mantenerse el trasfondo. Si bien hemos contenido el hambre, la enfermedad y la violencia, hemos abierto otros horizontes que nos inquietan o atemorizan. Cada vez son más las voces que nos advierten que “este mundo en el que vivimos” está amenazado, que la misma idea de humanidad puede ponerse en tela de juicio y que debe pensarse de nuevo nuestra condición humana, como de hecho siempre venimos haciendo. Se abren las puertas al posthumanismo.

Los retos a los que una sociedad o un individuo pueda verse abocado o sentirse interpelado dependen de su contexto socio-histórico y biográfico y de las necesidades que tengan que afrontarse. En este sentido, los retos contemporáneos pueden ser tan variados como lo son los colectivos humanos y los individuos. No obstante, podemos delimitar tres grandes ámbitos en los que se generaran y donde se están produciendo ya los mayores retos a los que las sociedades contemporáneas debemos responder.

En primer lugar, tendríamos la necesidad de responder a los interrogantes (y amenazas) que se nos abren en relación a la sostenibilidad de nuestros modelos de consumo y desarrollo, y los efectos que estos están teniendo en el medioambiente. Para manifestar la importancia de la huella humana en el planeta (Gea) el premio nobel de química Paul Krutzen acuño el termino antropoceno: una nueva era en la que debemos tomar consciencia de nuestra responsabilidad para con la Tierra.

Numerosos estudios evidencian que el ritmo de explotación de recursos y de consumo energético actual es insostenible y puede comportar, por ejemplo, una crisis climática sin retorno. Son muchas las reflexiones que desde la filosofía nos propone la necesidad de replantearnos nuestra relación con el planeta y con todos sus habitantes (no solo humanos). Se trataría de “desapropiarnos” de la tierra, de definir las condiciones de un mundo viable y habitable (Y. Ch. Zarka).  Nuestra preocupación no es ecológica, económica o política (que lo puede ser también), sino profundamente filosófica. Nos planteamos una pregunta onto-antropológica: ¿qué/quien somos? ¿Cuál es nuestra condición como seres vivos o, mejor aún, como humanos que habitamos la tierra? ¿Cuál es nuestra relación con el planeta y el resto de sus habitantes? La pregunta y la interrogación filosófica es transversal a las diferentes disciplinas y multidisciplinar también en tanto que no se limita a la perspectiva –desde ninguna parte– que nos ofrece la racionalidad científica.

El segundo foco (en un orden lógico y no de prioridad) de retos del mundo contemporáneo procede de nuestra condición de seres sociales, de animales políticos. El hecho de que la realidad del mundo social y cultural tiene que ver con nuestra acción en el mundo y con las maneras de pensar y pensarnos como seres sociales es un hecho mucho más evidente que el que implica el concepto de antropoceno.

Propiedad, formas de producción, conquista, sobreexplotación, desigualdad, inmigración, conflictos armados, terrorismo, machismo, sexismo, tiranías, y un largo etcétera, son algunos de los conceptos y de los retos/desafíos a los que nos vemos enfrontados todos los colectivos humanos. No son independientes de los retos anteriores y muchos de nuestros comportamientos socio-políticos tienen consecuencias o están estrechamente relacionados con los retos ecológicos.

Los interrogantes que nos plantean estas cuestiones son también filosóficos y desbordan, sin soslayarla, claro está, la práctica profesional de las diferentes disciplinas humanísticas, de las ciencias sociales o naturales. Conceptos como neoliberalismo, democracia, justicia, libertad, igualdad, desarrollo, violencia (política o de género), deontología, etc., reclaman un indagación filosófica que nos permita abrir/delimitar caminos/sendas en el bosque y decidir nuestra acción social y política. Nuestra propuesta de formación filosófica pretende que los estudiantes (y profesionales de cualquier ámbito o disciplina) adquieran las competencias y las herramientas de la “disciplina” filosófica que les permitan tener criterios para pensar y actuar (tomar decisiones personales y profesionales) en el complejo y cambiante mundo socio-político.

En tercer lugar, la revolución científico y técnica de los últimos siglos, ahora concentrada en las tecnologías de la información y de la comunicación, en la inteligencia artificial y, también, en los enormes y radicales descubrimientos de la biología (genética, ingeniería de tejidos, cirugía, etc), o de la investigación sobre nuevos materiales o en física, etc., está abriendo un horizonte de posibilidades que se nos proponen como retos y inquietantes interrogantes.

La posibilidad de una explosión de inteligencia artificial (conocida como la strong AI) que se escapa del control humano y en la que las máquinas/robots pudieran autogestionarse y producir otros robots aún más inteligentes ha estado motivo de numerosas películas de ciencia ficción, pero también se trata de una preocupación presente en la comunidad científica. Hace ya mucho tiempo (¿desde su inicio?) que al ensamblarse la tecnología con los procesos humanos y sociales se hace muy difícil o imposible predecir sus consecuencias y aún controlar su desarrollo. El conocido como problema de la “emergencia”.

Por ejemplo, es extraordinario lo que la tecnología CRISPS (tijeras tecnológicas para intervenir genéticamente) permite modelar y remodelar en la biología de animales y plantas, como sorprendente resulta la producción de “organoides” (pequeños ojos o corazones) en un laboratorio o magníficos los proyectos de la geo-ingeniería para producir energía. También es inquietante la falta de legislación (o escasa legislación en el mejor de los casos) sobre el uso de estas tecnologías (al alcance de la mano de individuos particulares) en la mayoría de países del mundo.

Sin necesidad de dar crédito a los “mitos de la tecnología”, o a las aspiraciones de los “trans-humanismos”, los interrogantes y retos que la tecnociencia nos abre y nos plantea son también filosóficos. Es desde la filosofía, y con las herramientas conceptuales y argumentales del pensamiento filosófico, que cualquier profesional científico o técnico puede/debe plantearse estos retos. Una vez más, la reflexión que se precisa es de carácter ontológico (y epistemológico), pues nos estamos interrogando por las condiciones de posibilidad del conocimiento tecnocientífico, por su condición de saber social y por los límites (y la dificultad de marcarlos) de sus consecuencias.

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