El arte de lo invisible

En todo que decimos y hacemos en el mundo, por ejemplo en el discurso de un político, en la regañina de una madre a su hijo, en la bofetada a alguien que te ha ofendido profundamente, en el diagnóstico que el médico da al paciente, en el argumento del juez para dictar la sentencia, en los gritos en una manifestación o en la indignación ante la televisión por los gritos de unos manifestantes, están implicadas emociones. No importa el tipo de discurso o acto que llevemos a cabo o de las intenciones que lo muevan. Todas estas, llamémosles, “acciones” tienen, claro está, objetivos muy diferentes, es decir, queremos hacer y obtener cosas distintas con ellas. Lo que pretendemos depende de nuestra “situación” en el mundo y de la manera en cómo estemos implicados.

En toda la variedad de situaciones descritas y la inacabable lista que pudiéramos añadir, las emociones no son un añadido o, como a alguien le pudiera parecer, un estorbo o impedimento para manejarse con “libertad”. De hecho, son/muestran las diferentes maneras de estar implicados en el mundo. Claro está que las muchas maneras de estar implicados dependen de nuestra educación, de nuestra biografía y, quizás también, de nuestra biología.  Los discursos y razonamientos que ponemos en acción, y que también dependen de la educación recibida, del dominio técnico del lenguaje, del sentido común o de nuestros prejuicios, se producen en función de los objetivos que tenemos: comunicar, convencer, seducir, fastidiar, herir, etc. Así, en la vida pública (pues estamos hablando de nuestra interacción con los demás) hay que dominar, como decía Aristóteles, el arte de la retórica. Dicho brevemente, interaccionar con los demás (pareja, hijos, amigos, colegas, clientes, subordinados, etc.) implica tres dimensiones: a) saber incidir en el pathos del oyente (es decir, saber llegar al terreno emocional, suscitando, controlando, despertando emociones –resultando “empático” de algún modo u otro); b) mostrar un ethos adecuado ( es decir,  hay que poder controlar la imagen que queremos dar de nosotros a los demás, en la que está implicado nuestro comportamiento, las emociones que manifestamos, cómo vestimos, cómo nos movemos, etc. –esto es a lo que Bourdieu denomina habitus); c) dominar el lenguaje y el razonamiento (es decir, conocer las formas discursivas, las formas de razonamiento, las falacias, el arte de hablar). En este ejercicio de retórica que llamamos comunicación las emociones son fundamento invisible de lo que nos mueve y pretendemos mover. La base, pues, de las relaciones humanas (personales o sociales).

La buena “comunicación” con el otro, si quiere ser empática, requiere este saber “desenmascarar” (en el sentido de ver, de comprender, de “sacar a la luz”) el lugar desde el que se habla, las emociones que nos mueven, los objetivos que se tiene, lo que se pretende. En el ámbito de la cotidianidad, pero no solo en ella, lo que solemos pretender es seducir al otro para que haga lo que queremos que haga, para convencerlo, para educarlo, para… Moverlo a la acción.  Es un arte, el arte de saber vivir, el arte de lo invisible. Y claro que los humanos, además de ser humanos, podemos ser padres, jueces, médicos, fruteros, amantes… Interpretamos muchos papeles en los que el equilibrio y tensión entre emociones y razón es diferente en cada caso y , además, está cambiando constantemente. Cada momento requiere su arte. El dominio de estos diferentes manejos Aristóteles le llamaba Sophrosine (prudencia). También se le puede llamar cautela. “Los cautos, decía Confucio, rara vez se equivocan”.

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out /  Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out /  Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out /  Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out /  Canvia )

w

S'està connectant a %s