Hipocresía social

En el último salón erótico de Barcelona resulto polémico un video que pretendía mostrar la hipocresía de la sociedad española, o de todas las sociedades en general.

Como producto publicitario, debe de reconocerse a este video su capacidad de afectación/convencimiento porque hace que sin ninguna duda parezca hipócrita el comportamiento de muchas personas en relación con el sexo. No obstante, tengamos presente que hipocresía no solo se refiere a esconder los sentimientos o motivos reales de una acción, o a la inconsistencia entre aquello que se dice i aquello que se hace, sino que también se refiere a la falsedad con la que se hace lo que se hace, es decir, cuando se pretende conseguir un determinado estado de opinión y un determinado comportamiento en la audiencia aunque las intenciones (intereses) están alejadas de lo que parece. El vídeo en cuestión demuestra (o aplica intencionalmente) un profundo desconocimiento de los mecanismos de la vida social, pero es enormemente hipócrita en el último sentido de la definición. No en vano es un producto comercial. Veamos.

Creo que ya Sócrates lamentaba que incluso cuando sabemos perfectamente lo que nos conviene, hacemos todo lo contrario. Seguro que esta inconsecuencia la venimos sufriendo desde tiempos inmemoriales. En el plano ideal pensamos y creemos, decimos y valoramos, aspiramos y esperamos, queremos y nos proponemos un sin fin de… objetivos, metas, personas, acciones, etc. PERO, ay, lo que hacemos, cómo actuamos o cómo nos comportamos, puede distar mucho de esas aspiraciones. Recordemos aquello de “entre el dicho y el hecho hay mucho trecho”. ¿Quién se atreve a ignorar el poder de las circunstancias? ¿Quién no se ha dado cuenta de que sus ideas son mas pequeñas que ellas mismas? [esta ocurrencia no es mía, pero no recuerdo dónde la leí]

¿Quiere decir esto que somos todos una pandilla de indecentes, dobles y falsos? ¿Nuestras acciones no pueden responder –ajustarse a- lo que pensamos y creemos? ¿No podemos ser consecuentes? ¿Y la dignidad? Pensémoslo.

Somos humanos, es decir, contingentes, finitos, limitados, por más que nos moleste y pretendamos luchar tenazmente contra ello. Así pues, la respuesta a los anteriores interrogantes no puede ser satisfactoria en un solo sentido. No puede haber un sí o un no rotundo. Ello no nos exime ni un ápice de responsabilidad. Sin embargo, lo primero que hay que decir es que nuestro comportamiento siempre tiene lugar en el mundo, en un determinado mundo y en un determinado contexto social. ¿Determinismo? No, ni mucho menos. No somos seres inmorales movidos por “genes egoístas” que solo buscamos la satisfacción de nuestros deseos (o de los más variados intereses) pese a que los escondamos de mil formas atractivas (para los demás). Esto sería la hipocresía.

No, hay miles de circunstancias en que esto no es así –no somos egoístas e hipócritas- y solemos obtener mucha más satisfacción en el reconocimiento social que resulta de hacer el “bien” a los que nos rodean, de trabajar con y para los demás, que cuando buscamos nuestro propio beneficio. Justamente es aquí donde se forman las tensiones de nuestro comportamiento, en nuestra condición social. Vivimos en un entorno social i moral condicionado por la horda, pero en las sociedades modernas, plurales e individualistas, la horda (el grupo) se desdibuja, a la vez que nos podemos mover (y comprometer) con muchas “tribus” diferentes. Los diferentes roles que jugamos deciden buena parte de nuestra moral y de nuestro comportamiento. Por ejemplo, baste pensar cómo de absurdo sería y de inconveniente [pese a lo que insinúa el vídeo que ha motivado esta reflexión] que un maestro o una maestra se comportase en clase como lo hace cuando sale de fiesta con sus amigos, o que revelase sus gustos sexuales o las prácticas que pueda llevar a cabo con su compañero/a o amantes. Todos sabemos como de inconveniente y absurdo resultaría decir siempre lo que piensas, manifestar siempre lo que sientes. Afortunadamente, somos educados y, por norma general, sabemos comportarnos como “mandan” las circunstancias.

Sí, claro, lo que esto tiene de bueno también lo tiene de inquietante. A veces las circunstancias (la horda) manda, impone u obliga a un comportamiento denigrante. Mucha gente (la historia así lo ha demostrado muchas veces) opta por matar antes que pasar como un cobarde (un traidor o lo que sea) delante del grupo… Aquí sí que deberíamos apelar a la dignidad y a la responsabilidad, aunque el precio que pagásemos fuese muy alto.

Sea como sea, el vídeo en cuestión, cuyo principal objetivo es promover unos determinados productos, apela a las malas conciencias de los que se esfuerzan –en nombre de la autenticidad- a comprometer su comportamiento con sus ideales (per más que también viven múltiples contradicciones) para que puedan compararse con los que están aún más lejos de esa pretendida coherencia y autenticidad. Ah, siempre sienta bien compararse… si se elije bien con quién se compara uno, claro está.

Sería fácil apelar a la sentencia bíblica: “el que esté libre de culpa, que tire la primera piedra”, pero no creo que sea aquí donde la reflexión nos debe llevar, sino a comprender la dificultad de hacer juicios morales sobre el comportamiento de los demás, sin tener en cuenta nuestra condición de seres sociales y finitos. Propondría, como posible guía para nuestro juicio y comportamiento (en tanto que no queremos ser hipócritas ni sentir que no hacemos nada de lo que nos conviene), el imperativo de la ejemplaridad de Javier Gomá: “sé ejemplar, es decir, obra de tal manera que tu comportamiento sea imitable y generalizable en tu círculo de influencia, produciendo un impacto civilizatorio”.

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