Sobre la amistad

Los seres humanos establecemos múltiples formas de relación con otros seres humanos. El conjunto de estas relaciones, buenas y malas, condiciona el sentido de nuestra vida. Puede afirmarse con rotundidad que el valor de una vida humana depende de los encuentros que tenemos con otros seres humanos. Deseos, pasiones obligaciones, intereses, compromisos… caracterizan estos encuentros, el valor que tienen para nosotros y sus consecuencias.

La amistad es un tipo de relación que establecemos los seres humanos. Una relación de amistad es distinta del parentesco, de una relación erótica, de la solidaridad entre miembros de un colectivo, distinta a la identificación con una persona o grupo, distinta a la admiración y a tantos otros tipos de relación que podemos tener o establecer con nuestros semejantes. A veces, pueden darse juntas o mezclarse. También podemos confundirlas.

El termino amistad –“mi amiga”, “mi amigo”, “mis amigos”- se utiliza, de hecho, para referirse a muchos tipos de relación, algunos de las cuales tienen poco que ver con la amistad. Hablamos de los amigos/as del colegio, los amigos/as del trabajo, los amigos con los que voy de excursión, los amigos del café, los amigos del gimnasio, y un sin fin de relaciones o clases de amistad que decimos tener. Incluso podemos considerar que un perro es amigo de otro perro o de un gato, o que una tortuga se ha hecho amiga de un delfín. Decimos que “le perro es el mejor amigo del hombre”, o que nos hemos hecho amigos de un animal. De algún modo, somos conscientes que no todas estas relaciones son “amistad” o que no lo son en el mismo grado ni del mismo sentido. Afirmamos, también, que amigos “verdaderos” los hay muy pocos. Por eso, hablamos de compañeros, colegas, cofrades, conocidos, “amigotes”, compinches, cómplices y otros conceptos con los que referirnos a nuestras relaciones.

Además, en las relaciones entre humanos, o con otros seres no humanos, intervienen las emociones. Las emociones son las que tiñen de color las relaciones y las hacen más o menos significativas. Las relaciones sin emoción son fácilmente intercambiables. Muchas de nuestras relaciones son instrumentales, interesadas, nos sirven para determinados fines. Así suelen ser la mayoría de relaciones que tenemos con los diferentes profesionales que nos proporcionan lo que necesitamos a lo largo de un día y lo suelen hacer a cambio de dinero: el panadero, la conductora del autobús, la pediatra o el maestro. Estas relaciones son fácilmente substituibles y reemplazables. Por algunas de estas personas sentimos más simpatía o antipatía que por otras, lo cual marca la diferencia y hace que prefiramos, por ejemplo, ir a una farmacia o a otra. Un cazador poco empático no duda en deshacerse de su perro cuando le parece que no sigue bien las piezas que quiere a cazar. En otro extremo, hay quien daría la vida por su querido perro. Podríamos decir que el “amor” hace la diferencia.

Sin embargo, no está nada claro que la relación que podamos tener con un perro o con un periquito, por más que nos conmueva, pueda calificarse de amistad. Como difícilmente puede ser una relación de amistad la que tenemos con un hijo, y como no necesariamente lo son las relaciones que tenemos con nuestros compañeros de trabajo o con nuestros amantes. ¿Qué es, pues, la amistad? Trato de concretarlo y caracterizarla.

La amistad, las relaciones de amistad y la manera como las hemos definido y explicado tienen en nuestra cultura occidental una larga tradición. Y desde siempre han ocupado un lugar preeminente en el ranquin de nuestras relaciones. Para muchos estaría muy por encima de las relaciones paterno/materno – filiales y, con menor duda todavía, por encima de las relaciones erótico amorosas, por citar las dos que seguramente consideramos como las más importantes.

En el vivir diario, cada uno se forja las relaciones de la mejor manera que puede. A veces, de la única manera que se sabe, porque relacionarse con los otros seres humanos, a parte de una necesidad, es un arte, un saber hacer que depende mucho de los ejemplos que hemos tenido de cómo se hace o de cómo no debe hacerse. Podría afirmar que la amistad no está al alcance de todos o que no a todos les resulta del mismo modo fácil hacer y tener amigos. La amistad no es solamente una relación cargada de afectos y emociones, no es una emoción que sentimos por alguien. Sería mejor definirla como una “virtud”, en el sentido que implica una práctica, una voluntad, un esfuerzo. Esto no excluye, ni mucho menos, que el amor pueda acompañar a este tipo de relación.

Definir el concepto de amistad en el mundo griego, que marca el tono de lo que seguimos entendiendo por amistad, requeriría de un ensayo. Filia (el término griego que solemos traducir por amistad), en Platón y Aristóteles, significa amor, amistad, afecto y es definida como una virtud que se caracteriza por un deseo de benevolencia hacia otra persona. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, reconoce que el deseo de amistad puede surgir rápidamente, no en cambio la amistad, que implica una disposición del carácter, actuar de determinada manera y tener experiencia (de la vida). También nos advierte que la hay de varios tipos. Entre estos encontramos la amistad por interés.

Muchos són los libros que se han escrito sobre la amistad. Destaco el de M. T. Ciceron, Lelio o diálogo sobre la amistad (De amicitia), como aquel en el que lo que entendemos por amistad en nuestra tradición, aquello que es o debería de ser la amistad, queda mejor definido y establecido. Resalto las características principales de la amistad tal y como Cicerón las establece y que son, todavía, un modelo –un tipo ideal- al que aspirar.

Creo que la mayoría somos conscientes del valor que la amistad tiene en la vida humana. Podemos tener ingenio, inteligencia, salud, belleza, dinero, una gran familia y otras cualidades (dones) que la vida puede otorgarte, pero que también puede negarte. La amistad puede suplir las “faltas” de la vida. Los amigos pueden ser, como de hecho son para muchas personas, los pilares más firmes y seguros de la vida. Quien conoce la amistad, que la tiene, sabe que este es un valor que la sitúa entre los bienes más preciados de la vida. Cicerón considera que después de la sabiduría es el don más valioso de los dioses a los mortales. A mi juicio, no dudo en ponerla por encima de la sabiduría.

Esta capacidad de la amistad para compensar las “faltas” de la vida pudiera hacernos pensar que el deseo de amistad nace de nuestra debilidad y desvalimiento. Necesitamos tener amigos. No obstante, aunque el tener amigos sea o pueda ser necesario, la amistad no nace, ni puede nacer, de la necesidad y la indigencia. En verdad, nos dice Aristóteles en su Ética a Nicómaco (y Cicerón confirma en su diálogo), la amistad perfecta es la que surge entre personas buenas e iguales en virtud, y consiste en desear el bien el uno del otro y en quererlo por y para él otro (independientemente del beneficio que a uno le pueda reportar). En definitiva, si se me permite añadir un matiz, se trata de “amor” en el sentido de que, como sabemos que la felicidad propia no está en nuestras manos –pues muchas veces depende del azar- nos esforzamos por conseguir la felicidad del otro, pues este esfuerzo (esta benevolencia) sí depende de nosotros y está en nuestras manos [esta idea la tomo en parte de J. Grondin].

Esta forma de determinar nuestra acción y voluntad (de aquí que se hable de virtud y no de “sentimiento”), que suele ir acompañada de simpatía, deseo y apreció, y que puede acabar siendo una forma de amor, requiere que nos sintamos bien con nosotros mismos. “Cuanta mayor confianza tiene uno en sí mismo –constata Cicerón-, cuanto más armado está uno de virtud y sabiduría, hasta el punto de no necesitar de nadie y juzgar que tiene dentro de sí todos sus bienes, más sobresale en ganar y cultivar amistades”.

La amistad, pues, comporta disponer de un fondo de virtud y de bondad y requiere que el que ha de ser amigo también disponga de él. El mismo Cicerón nos advierte que la peor plaga para la amistad es la ambición, de dinero y riquezas, de fama y honores. Quien está movido por estos anhelos, difícilmente no traicionará una amistad. El amor en la amistad no debe traspasar todas las fronteras, no es escusa que en nombre de la amistad cometamos injusticia o obremos mal. Es más, la ley fundamental de la amistad puede formularse así: “No pedir cosas deshonestas (al amigo), ni hacerlas si nos las piden”. Piénsese qué lejos estamos de la caracterización (novelesca y filmográfica) del amor pasión, del amor romántico y de sus excesos: que no daría yo –que no haría yo- por ti!

Así definida la amistad, y marcadas las líneas de acción a seguir, es necesario pensar que el deseo de amistad y la posibilidad de que este deseo se convierta en amistad verdadera (pues el deseo puede estar movido por el interés o la búsqueda de provecho) surja entre personas que atisban el uno en el otro ese brillo de virtud y de bondad. Se saben semejantes. La semejanza invita a la amistad. Cicerón considera una atracción natural la que se da entre personas de buena voluntad y entre las que es fácil que surja una benevolencia recíproca. La amistad, a diferencia de otras relaciones, requiere necesariamente la reciprocidad. Dos no son amigos si uno de los dos no quiere. Más aún, aunque dos personas quieran ser amigos, o así lo declaren o lo crean, no pueden serlo si no se da esa cordialidad mutua, si no se da esa semejanza.

La igualdad, en el sentido indicado, es imprescindible en la amistad. No nos referimos a una igualdad en riqueza, a una igualdad de procedencia étnica, a una igualdad en características físicas, sino a una igualdad en virtud y en bondad, en ser capaz de cumplir las “leyes” de la amistad. Piénsese en las personas que juzgaríamos de “malos”, es decir, en las malas personas: personas movidas solo por el interés y el egoísmo, por la ambición de riqueza, por la fama, personas incapaces de sentir simpatía y compasión, de ponerse en el lugar del otro, de valorar las consecuencias de sus acciones más allá de la satisfacción o el inmediato resultado… y cuantas otras formas de ser “malo” pudiéramos acordar (y que tal vez están más claras que lo que consideraríamos bondad). Pensemos, digo, en estas personas y juzguemos cuánto tiempo serían capaces de no incumplir la ley más básica de la amistad, la honestidad para con el amigo. ¿Cuánto tiempo tardarían en no pedir (o hacer) algo deshonesto? ¿En qué circunstancia no antepondrían su interés al del amigo? ¿Y quien quiere ser amigo de una persona así, si uno mismo no es así? Y si uno es así, qué clase de amistad puede surgir que no sea un “grupo” de interés que se disolverá (o traicionará) en el momento en que el interés deje de ser común.

Desde esta manera de comprender la igualdad, afirmamos que en la amistad es fundamental que haya un cabal acuerdo de voluntades (de buenas voluntades), de deseos y pensamientos. No estamos diciendo que los amigos deban de desear o pensar lo mismo, está claro que no, sino que los amigos comparten aquello que es deseable (y lo que no lo es) y que acuerdan en su manera de entender el mundo y de pensar qué es lo valioso o recusable.

He afirmado varias veces, con Aristóteles y Cicerón, que una cosa es el deseo de amistad y otra cosa es que ese deseo se realice en una relación mutua entre personas a través del tiempo. El tiempo es una variable muy importante en la amistad. No porque sea importante estar “todo” el tiempo o “mucho” tiempo con los amigos, sino porque el tiempo, el paso del tiempo, consolida la amistad. El tiempo concede valor. Las amistades viejas son más valiosas que las nuevas y se las debe de cuidar más y mejor.

Alberoni, en su libro sobre la amistad y en la estela milenaria de Cicerón, considera que la amistad puede surgir en cualquier momento en una relación. Cuando se da ese encuentro de voluntades entre seres iguales puede surgir la amistad pero se construye y consolida a través de una “filigrana de encuentros”. El encuentro con el amigo/a en una conversación, dando un paseo o celebrando una fiesta, es un momento de intensidad vital y de felicidad compartida. Nos sentimos a gusto con el amigo, encaja con uno mismo y con nuestra vida. Con los amigos no nos importa ligar nuestro destino al suyo y nos esforzamos por ello. El tiempo no erosiona la amistad, antes al contrario. Cada reencuentro con el amigo –y pueden haber pasado años!- es un “hola, ¿cómo estás?, y se sigue con esos momentos de bienestar a su lado y en el deseo de mejorar el suyo. La amistad es una forma de amor, pero se tratad de un amor que escoge sus objetos con criterios éticos, porque sin benevolencia y virtud no es posible la amistad. Se puede estar enamorado de un imbécil, o mantener con un imbécil cien formas de relación, pero no se puede ser amigo.

En la mayoría de culturas existe un término para referirse a formas de relación que con nuestros ojos calificaríamos de amistad. Desconozco los matices y las diferencia importantes que seguramente puede haber. Debe de ser algo así como las diferentes que hay entre las diferentes formas de organizar la reproducción, eso que llamamos familia. Hay muchos tipos de relaciones de parentesco, claro esta, como las debe de haber de entender y realizar la amistad. Pero seguramente en todos los casos se trata de personas de buena voluntad que deciden trenzar sus destinos porque juntos se dan cuenta que su vida tiene mucho más sentido y vale mucho más.

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