Emociones e internet. Mirar y ser mirado.

Sencillamente, las emociones importan porque si no las tuviéramos, nada más importaría. Unas criaturas sin emoción no tendrían ningún motivo por el cual vivir ni tampoco, en realidad, por el que suicidarse. Las emociones son la materia de la vida… Las emociones son el cemento o el vínculo más importante que nos liga a las demás personas…. Desde el punto de vista del interés, las demás personas son esencialmente fungibles; desde una perspectiva emocional, no.

Elster. Alquimias de la mente

 

 

[Fragmento de una comunicación presentada junto con Pau Alsina en el IX congreso de la FES. Barcelona 2007.]

El individualismo moderno presupone un gran margen de libertad en la expresión social de las emociones y de los sentimientos. Hemos pasado de una representación social bien regulada y codificada de las emociones a una supuesta presentación espontánea de las mismas. Así la espontaneidad, convertida ahora en norma de expresión en público, se ha experimentado como la capacidad de liberarse de las convenciones sociales, que en el s. XVIII todavía regulaban totalmente la representación pública de las emociones. Pero habrá que ver si la supuesta espontaneidad de la expresión emocional en los espacios tecnológicos no está fuertemente regulada, es decir, tipificada e ‘institucionalizada’ por la estrecha fusión entre lo social y lo tecnológico.

Las emociones tienen en toda la historia de la cultura occidental, y especialmente en el mundo contemporáneo, un papel preponderante. Independientemente de cómo las comprendamos y cuál sea el papel que les asignemos en la naturaleza humana, la vida emocional, su expresión y su manifestación, tienen un lugar destacado en la comprensión de la acción social. En La retórica, Aristóteles, por ejemplo, “muestra, mejor que ningún otro filósofo, cómo las emociones están enraizadas no sólo en la psicología individual, sino también en la interacción social” (Elster, 2002:74).

Pera entender la importancia actual de la experiencia y de la expresión emocional, hemos de tener en cuenta el proceso social que ha elevado la expresión de la vida emocional al primer plano de la vida pública. Veámoslo a través de algunas de las tesis expuestas por R. Sennett en su obra La caida del hombre público (1978).

Hasta el siglo XIX la vida social queda bien recogida en la metáfora “el gran teatro del mundo”. El hombre público (la representación que se hace en la escena pública) es un actor, un ejecutante. Como actor público, conoce y domina el código social de la representación y las emociones las presentan, siguiendo ese código social, públicamente. En tanto que actor social tiene una identidad (asume un rol) y el presentar –jugar– en público esa identidad comporta establecer con los otros unos determinados vínculos sociales. La expresión como presentación de la emoción es el trabajo del actor, su identidad se basa en hacer de la expresión un trabajo de presentación (Sennett, 1978: 138).

 

Por efecto de la concepción romántica del alma humana (de la naturaleza humana), congruente con la autonomía moral del individuo ilustrado, el actor público se convierte en un individuo cuya condición natural debe ser expresada sin las ataduras (y deformaciones) del orden y las convenciones sociales. A la condición de hombre libre se le suma la necesidad de poder expresar, de representar, sus experiencias individuales e íntimas. El problema de la autenticidad –frente a la hipocresía o castración social– se pone en primer plano. Está en juego la felicidad del individuo cuya consecución, curiosamente, pasa a formar parte de los compromisos que debe asumir el Estado.

 

 

El concebir al hombre natural como a una criatura expresiva, y al hombre social como a un ser cuyo pensamientos y sentimientos son débiles, fracturados o ambivalentes porque no son verdaderamente suyos, se transformó en el sentir común romántico en el periodo posterior a la Gran Revolución y luego pasó tanto a la cultura popular como a la intelectual.(Sennett, 1978: 96)

 

 

Según interpreta R. Sennett, el hombre público se pierde en la cultura urbana moderna, que reemplaza la vida expresiva y la identidad del hombre público con una nueva vida, más personal, más genuina y, considerando todos los aspectos, más vacía.

 

Si aceptamos esta hipótesis, la rebelión contracultural de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, se inscribe perfectamente en este rechazo por parte del individuo que busca un camino de expresión personal (y de autenticidad) que se confronta contra las tendencias normativas y unificadoras de la sociedad de masas y de consumo (por más que el consumo moderno se sustente también el la dimensión ‘romántica’ del individuo moderno) [Campbell, 1987; Heath & Potter, 2005].

 

En esta línea de interpretación (Taylor, 2003), es importante destacar que en las sociedades occidentales los años sesenta del siglo XX parece culminar la revolución cultural del individualismo expresivo. El expresivismo es un invento romántico de finales del s. XVIII. Las elites intelectuales y artísticas se esforzaron a lo largo de todo el s. XIX por encontrar una forma auténtica de vivir y de expresarse. Lo que los años sesenta aportan es que este tipo de, en definitiva, cultivo del yo (self) se convierte en un fenómeno de masas en el que la revolución del consumo ha jugado un papel fundamental.

 

En una cultura de personalidades, la libertad se transforma en una cuestión de no comportarse ni aparecer de la manera en que lo hacen los demás; la libertad se vuelve una expresión idiosincrásica antes que una imagen de cómo puede vivir la humanidad como tal.

 

Al irrumpir la personalidad en la vida pública la personalidad del hombre público pude tomar dos direcciones: continuar expresándose activamente en público (mostrarse y ser visto) o dedicarse a mirar y contemplar la representación de los otros, es decir, convertirse en espectador (audiencia). Mirar y ser mirado son dos actitudes fundamentales de los individuos modernos. Espacios como youtube (y en general todo el vídeo en Internet y también la televisión en general) no hace más que potenciar al máximo esta característica.

 

El Mundo de la moda es un buen ejemplo de estas “modernas’ formas de relación social en la que los espacios de exhibición mutua adquieren una gran importancia, apuntando hacia nuevas formas de estar juntos dentro de la sociedad (Taylor, 2003). La moda es un buen ejemplo de este funcionamiento. La presencia de alguien que intente innovar (con su indumentaria o con un vídeo) solo tiene sentido si la masa de individuos son capaces de reconocer y compartir de algún modo el código des de donde se produce la innovación. En medio de este constante fluir de “expresiones individuales” la estructura general resultante no es la acción común, sino la ‘exhibición mutua’ (por eso, las formas de institucionalización resultante también serán diferentes). Lo que importa es el hecho de que otras personas sean testigos de lo que estamos haciendo y, por tanto, contribuyan a definir el significado de nuestra acción.

 

En las modernas sociedades urbanas cada vez son más importantes y usuales los espacios donde se mezclan una gran cantidad de personas que ni se conocen ni tienen trato entre sí y que, sin embargo, se influyen mutuamente y forman el contexto ineludible de la vida de cada uno. Los espacios de comunicación y relación electrónica encajan perfectamente en esta categoría. En estos lugares, cada individuo o grupo pequeño actúa de forma autónoma pero es consciente que su exhibición dice algo a los demás, suscitará un respuesta en ellos, contribuirá a crear un humor o un tono colectivo que influirá sobre las acciones de todos (Taylor: 2003: 89ss). Nuestro interés estriba en analizar algunos de los mecanismos de generación de este “tono colectivo”.

 

Como venimos interpretando, la experiencia del ‘espectador’ es estructurante de la experiencia del consumo (del consumidor moderno). En el caso del que mira (en el acto de mirar), el poder gratificante de la imaginación fundamenta el deseo (Campbell, 1987). En el caso del que es mirado, si tiene talento y es expresivo (como se le supone al artista), puede hacer que los demás sientan en una determinada dirección, puede ofrecer patrones de ‘sentimiento’ y de ‘expresión’.

 

En la interpretación de Sennett (1978) estamos ante formas de comportamiento social no activo. No se trata de verdadera acción social colectiva sino de expresión emocional como objeto (¿pobre? ¿vacío?) y como objetivo de la vida pública. Ser más que hacer o actuar. La vida social y moral ha cedido el lugar de la pregunta por “¿qué debo y qué puedo hacer?” a la pregunta por “¿qué siento?” y “¿qué es lo que soy?”. De esta manera parece como si el desarrollo de la personalidad y de la acción social se volviesen antitéticas. No en vano, la preocupación por la comunidad (el grupo, la clase) ha cedido a la preocupación por el yo (cultivo del “self”) y el psicólogo (bajo sus múltiples caras) ha pasado a asesorar la vida social.

 

En la calle el espectador aprende que sus códigos para la interpretación de la expresión emocional son también códigos para aislarse de los demás; aquí aprende una verdad fundamental de la cultura moderna, que la búsqueda del sentimiento y del conocimiento personal es una defensa contra la experiencia de las relaciones sociales. La observación y el “dar vuelta las cosas en la cabeza” toman el lugar del discurso… (Sennett, 1978: 264)

 

Como decimos, “Mirar y ser mirado” articulan buena parte de las relaciones sociales. Incluso en ‘no-lugares’ como un aeropuerto o una zona comercial, mirar i ser mirado vertebran las interacciones sociales. En el caso de Internet, i de los repositorios de video, podemos hablar de un caso extremo de esa relación (con las características tecnológicas que más tarde analizaremos) y en los que la exhibición mutua caracteriza la relación social.

 

Bauman, al tener en cuenta el poder estructurador que la mirada puede tener sobre del deseo habla de nuevas formas de ejercicio del poder. Si en las sociedades clásicas el ideal del control es resumía en el panóptico, en las sociedad de consumo el ‘nuevo’ modelo de dominación puede representarse como un “sinoptico”. “Muchos observan a unos cuantos. Los que son observados son las celebridades, que pueden proceder del mundo de la política, del deporte, la ciencia o el espectáculo…Hablen de lo que hablen cuando están en antena, comunican el mensaje de todo un estilo de vida: su vida, su estilo de vida… En el Synopticon, los locales observan a los globales. La autoridad de estos últimos está asegurada por su gran alejamiento… son inaccesibles pero simultáneamente están a la vista, son sublimes y mundanos a la vez, infinitamente superiores pero un ejemplo brillante para todos los inferiores que hay que seguir –o que se puede soñar en seguir-, admirados y envidiados al mismo tiempo, una realeza que guía en lugar de governar” (Bauman, 2001: 91)

 

Independientemente de la consideración política, no cabe duda que el mundo del consumo sintetiza perfectamente algunos de los elementos que estamos analizando. El consumo conjuga el control de las emociones como fuentes principales de placer y de dolor (y de ahí buena parte del pode regulador), la mirada como generadora de deseo y la imagen como portadora de valores y sentido.

 

No deja de ser significativo que detrás del ‘espíritu del consumo’ podamos encontrar la ‘ética romántica’. Está es la tesis de C. Campbell en La ética romántica y el espíritu del consumo moderno (y que he desarrollado en otras entradas de este blog)

 

 

 

Excursus: ¿Qué entendemos por emociones?

Las emociones (y, en menor medida, sus derivados los sentimientos) nos interesan, como argumentaremos, por su importancia para la comprensión de la vida social.

 

Aunque ‘emoción’ es una palabra muy usual no es fácil proponer una definición universalmente aceptada. Etimológicamente la palabra emoción viene del latin (emotio, -onis) y es una combinación formada por e(ex, hacia afuera) y motio (movimiento, acción, gesto).

 

El estudio psicológico de las emociones tiene poco más de cien años (La expresión de las emociones en los animales y en el hombre, de Darwin (1982) y ¿Qué es una emoción?, de W. James (1984) son los primeros estudios en utilizar metodología científica (ver: Elster, 2002: 71). El último cuarto de siglo, desde la neurobiología, se ha avanzado enormemente en la comprensión de las emociones. Como definición de referencia para el presente estudio, bástenos la que ofrece uno de los mejores especialistas sobre el tema, Antonio Damasio. En su libro En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, nos ofrece la siguiente definición: “las emociones son acciones o movimientos, muchos de ellos públicos, visibles para los demás pues se producen en la cara, en la voz, en conductas específicas… Los sentimientos, en cambio, siempre están escondidos, como ocurre necesariamente con todas las imágenes mentales, invisibles a todos los que no sean su legítimo dueño, pues son la propiedad más privada del organismo en cuyo cerebro tiene lugar.

 

Las emociones se presentan en el teatro del cuerpo. Los sentimientos en el teatro de la mente… las emociones y el sinnúmero de reacciones asociadas que les sirven de fundamento forman parte de los mecanismos básicos de la regulación de la vida… Las emociones y las reacciones relacionadas parecen preceder a los sentimientos en la historia de la vida… “(Damasio, 2005:32).

 

Creo que se puede afirmar que afirma que algunas emociones son esencialmente sociales, es decir, vienen provocadas exclusivamente por creencias que hacen referencia a otras personas. Si lo que queremos es observar las emociones en la red, es importante destacar que el impacto de las emociones (sociales) sobre la conducta depende enormemente de las normas sociales a las que se adscriben los agentes, es más, las normas sociales en general actúan a través de emociones como la vergüenza y el despreció. En el caso concreto de los vídeos colgados en Internet, temas como la ‘fama’, la ‘popularidad’ o el ‘cool’ (y sus concomitantes emocionales estrechamente ligados a la vergüenza o el desprecio) son fundamentales para comprender los flujos de producción.

 

En verdad, la idea de la regulación emocional y de las emociones interiorizadas como guía y regulación de la conducta y base del cumplimiento de las normas sociales (más allá de los mecanismos sancionadores) está en la base de la sociología. La mayoría de comunidades humanas no se fundamentan en cálculos racionales (sin negar que pueda haber conciencia de grupo e interés mutuo) sino en una fuerte emoción, el sentimiento de un grupo de gente que son parecidos y se reconocen. Podríamos afirmar que comparten unos mismos rituales sociales y unos mismos mitos que son la fuente de creación de sentido los puntos de referencia estables en un mundo de riesgo y de constantes cambios.

 

En la vida social contemporánea el objeto sagrado que está en juego, y que centra buena parte de nuestros rituales sociales de interacción en la vida cotidiana es el yo (self) (Collins, 1992). Como muy bien describe E. Goffman, el yo individual se forma y se produce a través de rituales particulares. “Continuamente ponemos énfasis en que estamos dando nuestra opinión, broma e ironía son muy apreciados, son maneras de demostrar que nos mantenemos a distancia de las muchas presiones sociales. Acordar y criticar son actividades conversacionales muy frecuentes… También son frecuentes las interacciones cooperativas: ayudan a crear la autoimagen del otro. En muchas conversaciones introducimos pequeñas mentiras (white lies), exageraciones, y construimos la vida diaria para hacerla más excitante de lo que es, pretendemos ser más inteligentes, simpáticos o ricos… de lo que realmente somos…. Damos la oportunidad de que el otro formule el mismo tipo de exageraciones, las esperamos… La conversación es una serie de pequeños rituales en los que el culto al ego se mantiene… La interacción social es un procesos circular en el que cada uno da al otro un ideal de yo y recibimos a cambio un yo de parte de los otros.” (Collins, 1992: 56)

 

Bibliografia citada:

  • Campbell, C. (1987) The romantic ethic and the spirit of modern consumerism. Oxford, UK: Blackwell.
  • Collins, R. (1992) Sociological Insight. An introduction to non- obvious sociology. Oxford: Oxford University Press.
  • Damasio, A. (2005) En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos1989. Barcelona: Crítica.
  • Elster, J. (2002) Alquimias de la mente. Racionalidad y emociones. Barcelona: El Roure-Paidós.
  • Sennett, R. (1978) El declive del hombre público. Barcelona: Península.
  • Taylor, Ch. (2003) Las variedades de la religión hoy. Barcelona: Piadós Studio.

 

 

 

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