El baúl digital de los recuerdos

Durante siglos, tal vez cientos de miles de años, la memoria biológica, y algunos pocos objetos, han sido el único medio humano de recuperar y rememorar el pasado. Para los griegos, ser cantado por los rapsodas era la única forma posible de inmortalidad. El baúl de los recuerdos era la mejor imagen-metáfora de la posibilidad de traer al presente lo que estaba de algún modo enterrado y olvidado. Una madalena para Proust o, para otros, un pequeño juguete en el fondo de un cajón, o una nota manuscrita entre las páginas amarillentas de un libro, nos permite evocar el tiempo pasado y trasladarnos a él.

Con la revolución digital la capacidad de almacenar y recuperar diferentes dimensiones del mundo vivido (fotos, vídeos, textos, sonidos, pronto olores y sensaciones táctiles) revoluciona también la capacidad de memorizar y de recuperar el recuerdo. Memoria digital, memoria externalizada que multiplica casi por infinito las posibilidades de almacenar momentos y de recuperarlos o rememorarlos a voluntad. Es posible filmarse de múltiples maneras las veinticuatro horas del día y guardarlo digitalmente, y seguramente alguien lo esté haciendo ya. Pronto un padre podrá decirle a su hijo: “Toma (entregándole un xip), la vida de tu abuela, toda, filmada en directo”. De momento, reconozco que me da pereza pensar lo que esto pueda suponer. [En el tercer episodio de Black Mirror, algo se nos cuenta de ello].

En cualquier caso, cada vez son más millones los individuos que guardan por miles los “documentos” de su vida en la memoria hard de sus disco, en la nube, en alguna de las múltiples redes sociales por las que transitan, escriben, se comunican, mandan imágenes, o compran. Si el viejo Platón temía que la escritura pudiera debilitar nuestra memoria, qué no podría suponerse de la noomorfosis digital, es decir, de los cambios que la digitalización puede comportar y está comportando ya en nuestras formas de pensar, de comprender, de mirar la realidad, de guardar los recuerdos, de recuperarlos, de relacionarnos y comunicarnos con los demás (es decir, de crecer en la relación con los otros). Es fácil observar que estas transformaciones son ya una realidad. Transformaciones que podemos considerar los efectos en la conciencia de los cambios que han tenido lugar en nuestras acciones y en las formas de organización de la vida social . También se están observando (y denunciando) cambios en nuestras formas de compromiso y de fidelidad. Acabamos confiando más en la tecnología (para recordar, para organizar nuestro día a día, para encontrar con quien ligar, etc.) que en nosotros mismos y en los otros seres humanos.

A voluntad, podemos recuperar la celebración de nuestro X cumpleaños, las canciones que nos cantaron nuestros padres y amigos, la emoción sentida y manifestada ante la Torre Eiffel la primera vez que estuvimos en París (o en cualquier otro sitio), los momentos de aquel viaje feliz en que nos enamoramos más aún… o como era mi pierna o mi cara antes de la operación. Ay, los recuerdos. ¿Son estas las nuevas formas de recuerdo? ¿Tienen el mismo poder que una magdalena? Ya no hace falta ser Proust para llenar siete volúmenes del tiempo recuperado. Quien duda de lo fuerte que golpea en algún lugar de nuestro multidimensional ser el oír la voz de nuestro tan querido… pero ya desparecido. ¿No pensarían los griegos que hemos conseguido la inmortalidad, alguna forma de inmortalidad?

Pero si el recuerdo se ha multiplicado por mucho, por muchísimo, ¿qué pasa con el olvido? ¿Tenemos derecho al olvido? ¿No es el olvido una necesidad de nuestra psique, de nuestro espíritu? No solo el olvido es necesario para hacer a veces la vida soportable, sino que lo es para poder afrontarla con aire nuevo y de forma creativa el porvenir. ¿No puede resultar un tormento esta memoria pilotada? ¿Qué licor o qué droga nos puede ahora garantizar el olvido? ¡Delete! Quiero borrar el disco duro, pero no soy ni tan solo dueño de mi recuerdo. Ay, ayer Facebook me recordó que hace tres años que éramos amigos. Maldito Facebook, ¿qué sabes tu de mi desventura? Y además, ya no bebo leche de soja, ¿por qué me la siguen ofreciendo tantas engañosas ofertas?

Necesitamos de un nuevo psicoanálisis que nos permita afrontar los traumas digitales. Hay que hacer frente al recuerdo pilotado e inducido (no siempre por nosotros mismos) y gobernar de algún modo el inconsciente digital.

 

 

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