La primera vez

Podríamos clasificar las experiencias que tenemos a lo largo de la vida en dos tipos:

  1. Las experiencias sorpresa, es decir, que nos sorprenden porque es la primera vez que las tenemos. Son experiencias de descubrimiento, por más que puedan ir acompañadas de conocimiento, como por ejemplo cuando decimos: “he visto a mucha gente besarse, pero nunca he besado a nadie”.
  2. Las experiencias de repetición. La segunda vez que, la quinta vez que, o siempre que… Si una experiencia se repite muchas veces acaba convirtiéndose en rutina. Las rutinas, por más que puedan resultarles aburridas a mucha gente, son muy importantes para hacer la vida más fácil y para orientarnos en el mundo con rapidez. Nos liberan de tomar decisiones.

Es importante tener presente que entre uno y otro tipo de experiencia lo que se da es un proceso que va de la “sorpresa” del descubrimiento –la primera vez que mantienes una relación sexual- a la “confortabilidad” de la rutina –siempre que haces el amor-. La vida es un transitar entre experiencias que son nuevas, y de alguna manera extraordinarias, y experiencias que se convierte en un hecho cotidiano. Envejecer es el proceso de ir reduciendo, que no perdiendo, la posibilidad y capacidad de sorpresa.

En los procesos vitales de la mayoría de las personas, “la primera vez” es muy importante porque queda como referente y puede servir para fundamentar el “mito” de aquellas acciones o momentos clave que tienen lugar en la vida de una persona: “La primera vez que…” En el caso del sexo la excitación que suele acompañar la experiencia, y los preliminares-expectativas que lo acompañan (y que pueden alargarse meses o años), le confieren a esa primera vez una especial relevancia y un lugar destacado en nuestro recuerdo.

[No quiero ignorar que en el caso del sexo la primera vez puede ser una experiencia no deseada, resultado de un abuso sexual o de circunstancias en las que uno no querría haberse encontrado. No creo que sea necesario dar razones del dramatismo de la situación y de la desgracia de quien se ve forzado a ello].

En el caso del sexo, para mucha gente, siempre hay una primera vez. No obstante, como ocurre con muchas otras experiencias, aunque especialmente con el sexo, se llega a ella con un montón de “conocimientos” (prejuicios?) sobre el tema. Se ha hablado sobre el tema, te han contado, se ha leído, se ha escuchado y, sobre todo, se ha visto. El mundo en el que vivimos (quizás cualquier mundo en el que se pueda vivir o haber vivido) está lleno de referencias implícitas o explícitas al sexo. Ahora, está especialmente lleno de todo tipo de imágenes. Fotos, vídeos, películas o espectáculos sobre sexo (o con sexo) están al alcance de cualquiera. Forman parte de la cotidianidad. Los jóvenes, sin experiencia alguna, pueden saber muchas cosas sobre el sexo, haber visto docenas, centenares de imágenes sexuales.

Y junto a esta situación que yo consideraría inflacionaria, se generan muchas –y altas- expectativas. No solo el sexo está muy presente en mundo en el que vivimos, sino que se le da una importancia central en la vida de las personas (seguramente más de la que tiene) y se le supone que nos ha de proporcionar, o se le exige que nos proporcione, los mayores goces, placeres y satisfacciones de la vida. No es poco lo que se suele esperar de él. Esto lo problematiza.

Hay una regla psico-social que suele funcionar siempre: cuanto mayores son las expectativas generadas por algo que está por venir, mayor suele ser la decepción (o el desajuste entre lo que es y lo que se esperaba que fuera) . En el caso del sexo la “ley” suele funcionar aún más porque el imaginario que lo rodea (las imágenes y la narrativa cinematográfica -y pornográfica- con que se suele mostrar) suele estar muy desfigurado, en el sentido que responde a estereotipos, deseos de agradar o objetivos comerciales.

En este sentido, podríamos decir que hay un desnivel, a veces un abismo, entre la imagen que la sociedad nos da en relación al sexo y la realidad posible de la primera experiencia. Además, a menudo, los interrogantes que podamos tener sobre el sexo, pese a la sobreinformación y sobreexposición, no tienen respuesta en el contexto familiar y educativo más cercano (el de la socialización primaria, el poblado por los “otros significativos” –la gente que queremos y nos quiere-) sino que suelen tener respuesta en el contexto del grupo de amigos, de la visualización de películas, de revistas, de pornografía. No deja de ser, como mínimo, curioso, que una dimensión de la experiencia humana a la que se le da tanta importancia se deje en manos (su aprendizaje y “transmisión” de conocimientos) de los medios de comunicación o la industria pornográfica. O en el mejor de los casos, se cuenta con el boca a boca de los amigos.

Seguramente, nuestras sociedades modernas han perdido muchos de los rituales de iniciación (los rituales de paso) que en relación al sexo ha habido –y aún hay-, como los hay aún en muchas culturas. Por norma general, se solían pautar los tiempos (las edades, las épocas del año) y los lugares en los que se podía y debía llevar a cabo la iniciación. Así mismo, las personas que podían llevarla a cabo y con quién se podía mantener una relación sexual. El ritual, como toda estructura vital, ordena la vida social (y personal) dando dirección a la experiencia, y lo que es más importante, dándole sentido. No estoy diciendo, no quiero afirmarlo, que a esta significativa pérdida (y aún habría que analizar hasta que punto es radical) le haya sobrevenido un caos, y que no pueda haber alguna ventaja significativa (principalmente en términos de libertad y de reconocimiento de muchas otras formas de relación sexual).

Nunca el sexo ha estado estrictamente unido a la reproducción (por más que todas las sociedades se han ocupado, y mucho, de organizar la reproducción, como una de las tareas centrales de la vida colectiva). Y menos hoy que nunca. Hoy el sexo se vive como una dimensión fundamental de la experiencia humana y central en la realización de los individuos, de sus “psiques”. Podríamos decir que como ocurre con tantas esferas de la vida social, el sexo y la iniciación al sexo se han privatizado, se ha dejado en manos de los individuos, de su formación personal, de su capacidad de elección … Y cada uno ha de espabilarse como pueda (que esta es la norma de las sociedades industriales capitalistas)!

Esto no quiere decir que no pueda haber en los diferentes estratos sociales diferentes rituales (más o menos encubiertos, más o menos públicos) de iniciación.

Me refiero a que cada grupo/tipo de jóvenes genera sus dinámicas de iniciación al sexo: momentos, edades, situaciones… y sus inercias y presiones y mecanismos de control y regulación. Aumenta la “excitación” y la presión social, las demandas y exigencias, las oportunidades, las crecientes expectativas. Sí, son muchas y diferentes circunstancias, pero no son solamente “casuales”.

Para acabar, quiero volver a resaltar la cuestión de la sobreexposición y la magnificación al sexo que caracteriza nuestras sociedades (capitalistas y de consumo). Una de sus manifestaciones es la hipersexualización de los jóvenes, la hipersexualización de sus cuerpos, de la ropa que visten, de las actitudes que mantienen entre ellos, de los gustos, etc. Y uno de los resultados (de hecho, causa y consecuencia) es las expectativas que envuelve a “la primera vez” y cómo estas pueden condicionar la autoimagen que uno tiene de sí mismo, fundamental para la autoestima y el encaje social. ¿Soy guapo/a? ¿La tengo grande o pequeña? ¿Son atractivos mis pechos? ¿Tengo el culo gordo? ¿Caído?… Y un millón más de interrogantes-dudas-miedos que se suscitan. Esto, ligado a la presión social para que llegue “la primera vez” puede ser un cóctel explosivo y angustioso.

 

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