¿Qué quiere decir “sociedad líquida”? (según Z. Bauman)

El concepto “sociedad líquida”, y la idea de “líquido” aplicada al miedo, al amor, a las relaciones personales, etc., ha sido puesto en circulación por el sociólogo Zigmunt Bauman. El éxito de la metáfora “vida líquida” ha sido tan enorme que casi podríamos decir que forma parte del vocabulario cotidiano para hablar de la sociedad contemporánea. Este hecho, el de la incorporación en el sentido común del término “liquido”, me sugiere la conveniencia de definir qué es exactamente lo que Bauman entiende por sociedad líquida y cuáles son, según este autor, algunas de sus consecuencias. Veamos.

“La Sociedad moderna líquida es aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en una rutina determinadas” (Bauman, Vida líquida, pág. 9)

Así definida, lo que hace líquida a una sociedad es la imposibilidad de que sus miembros puedan tener rutinas y hábitos de comportamiento. También podríamos interpretar que se está impidiendo la consolidación de las instituciones y, en este mismo proceso, dificultando la producción de sentido, del sentido de la acción social y, en definitiva, de la vida social.

Antes de pasar a las consecuencias de estas “fluidas” (y no estables) condiciones de la acción social, las que no nos permiten rutinizar y objetivar los comportamientos, resaltaré la importancia de la rutina en la vida de las personas. Y de las instituciones en la vida social.

Toda actividad humana tiende a convertirse en un hábito (Berger i Luckmann, La construcción social de la realidad). Esta afirmación es fundamental para entender nuestra condición humana pues, seguramente, esta necesidad de rutinas tiene que ver con nuestro equipamiento biológico. La repetición (básica en todo proceso de aprendizaje) genera pautas que facilitan la reproducción de los comportamientos. Las acciones que devienen hábitos son significativas para los individuos, pues son la transformación en “rutinas” de conocimientos y acciones que han sido puestas a prueba en el pasado y nos facilitan las acciones futuras. Son significativas. Además, nos permite reducir la pluralidad de acciones posibles con un claro beneficio en términos de adecuación al medio y de bienestar psicológico. La rutina evita estar constantemente redefiniendo la situación. Los comportamientos exitosos, rutinas y hábitos, son imitados por otros individuos y acaban formando parte del acervo social. La mayoría de los problemas a los que nos enfrentamos (nos recuerda también Berger i Luckmann en Modernidad, pluralismo y crisis de sentido) afloran a la vez en las vidas de otras personas y las soluciones que damos son “intersubjetivamente” relevantes, es decir, significativas para muchos.

De hecho, estamos hablando de las instituciones sociales, entendidas como reservas de sentido socialmente objetivad y procesado. Las instituciones, que son hábitos objetivados, nos liberan de estar constantemente buscando soluciones a los problemas que nos plantea el mundo

La sociedad líquida hace difícil, por no decir imposible, esta rutinización y consolidación de la experiencia. Justo cuando empezamos a acostumbrarnos a un nuevo contexto social, cuando empezamos a “aprender” cómo tratarnos con las nuevas realidades… ya han empezado a cambiar. La tecnología digital sería una especie de colmo de esta situación. Veamos algunas de sus consecuencias.

CONSECUENCIAS DE LA SOCIEDAD LÍQUIDA:

  1. La rápida disolución del patrimonio o acervo cultural nos impide predecir tendencias futuras y adaptar o ajustar nuestro comportamiento al porvenir. Así, tiene sentido hablar también, con otra metáfora de éxito (esta de Ulrich Beck), de sociedad del riesgo. Nuestros rutinas, si llegamos a producir alguna, quedan muy pronto obsoletas y no cumplen con su función de ayudarnos a reducir la complejidad y tomar decisiones acertadas (en el sentido de actuar en una u otra dirección). Cada vez hay más opciones (de vida) ante nosotros, más posibilidades de elección. La probabilidad de equivocarse se incrementa por la falta de hábitos en los que afianzar nuestra acción.
  1. Precariedad de la vida líquida. La vida líquida se vive en unas condiciones de incerteza constante pues, como hemos dicho, se han vaciado los depósitos de sentido de nuestra acción social (instituciones) y tenemos que estar adoptando constantemente soluciones biográficas (personales, individuales) ante lo que se nos viene encima, que por norma general no son problemas personales sino sociales y sistémicos, como a Bauman le gusta subrayar.
  1. La vida líquida es una sucesión de nuevos comienzos. Esta es también una característica, según Bauman, de la sociedad de consumo: una vida marcada por la posibilidad de nuevos comienzos. Y como consecuencia de esto, una vida marcada por numerosos, breves e indoloros finales. Por ejemplo, poner fin a las múltiples relaciones (afectivas, eróticas, profesionales, lúdicas, etc.) que tienen lugar a lo largo de la vida es uno de los desafíos más grandes con los que nos hemos de enfrentar y, a juicio de Bauman, una de nuestras mayores preocupaciones. Nos resulta más difícil deshacernos de las cosas que adquirir de nuevas, de ahí, dice nuestro autor, que haya tantos expertos en relaciones de pareja.
  1. Una consecuencia de lo que acabamos de decir es al producción de residuos. La vida líquida produce muchos residuos y es clave para nuestra supervivencia (como individuos y como sociedad) saberlos eliminar. Es muy importante no formar parte de estos desperdicios o productos sobrantes (en el lugar de trabajo, en las relaciones personales… en definitiva, en la sociedad de consumo). Se habla en términos de “eliminación creativa”, pero el resultado –dice Bauman- es que nos estamos cargando formas de vidas y, en definitiva, a los seres que las practican. Sobre este tema, me remito a la idea-metáfora de “vidas sobrantes” o “desperdicios humanos” (como crítica, claro está, al consumismo). Otra consecuencia de esto es que debemos reinventarnos constantemente como objetos de consumo (y, por lo tanto, de deseo).
  1. La vida líquida no tiene momentos de reposo. La vida no puede pararse, ralentizarse. Hay quien se refiere a ello como modernización, crecimiento, innovación.

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Nota: Cada vez hay más las reflexiones que nos advierten de los peligros esta              “aceleración”. Me refiero sólo a dos:

– Byung-Chul Han (2016) El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Barcelona: Herder.

– Hartmut Rosa Aceleración. El cambio de las estructuras temporales en la Modernidad.

 

[Me propongo hablar de ellos próximamente]

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  1. Identidades “collage” (o pastiche). La identidad también se ve afectada en la vida líquida. De hecho, la columna vertebral de aquello que somos (y que llamamos identidad individual) está hecha de los habitus que nos configuran y de los roles que adoptamos (como incorporación de lo social-institucional dentro de nosotros). No es fácil el encajar constantemente todos los “kits” de identidad que nos ofrece la sociedad consumista, ni resistirse a la tentación de los nuevos principios.

 

 

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