La tecnología, ¿nos determina o nos libera?

La utilización de herramientas para relacionarse con el entorno no es un comportamiento exclusivo de la especie humana, pero solo los seres humanos hemos hecho de la mediación tecnológica el eje central de nuestra vida, de nuestras relaciones con el mundo y con los otros semejantes.

Seguramente hubo un día en que un primate se ayudó de algún tronco para cruzar el rio que se interponía en su camino o en su huida de algún peligro. Se trata de un momento parecido a aquel que dramáticamente simboliza la película “2001 Odisea en el espacio” cuando uno de nuestros antepasados (de ese remoto y oscuro pasado de donde supuestamente procedemos) utiliza una herramienta-hueso para destrozar un cráneo. Entre el “primer” tronco y un trasatlántico, entre esa primera arma (mortal, eso sí) y un avión-dron equipado con sofisticados mísiles nucleares, han pasado algunos miles de años durante los que nos hemos dedicado a conservar y transmitir los conocimientos que nos permiten perfeccionar nuestras “tecnologías” para hacer todo eso que hacemos en el mundo. En relación a esta habilidad humana son pálidas las semejanzas con el resto de especies animales. “Hacernos un mundo” –un mundo humano- es una de esas actividades en las que estamos enzarzados hace tantísimo tiempo.

Como solemmos decir, la tecnología está en nuestro ADN. Lo digo más en un sentido simbólico que real. Requeriría una –y otra- larga reflexión repasar cómo en nuestro hacer en el mundo, en nuestras diferentes maneras de hacer en el mundo, nos construimos y modelamos a nosotros mismos a la vez que lo transformamos y lo remodelamos a él. En este “trabajo” el lenguaje juega un papel muy importante, pues es el que nos permite ir “conociendo” el mundo, acumulando este conocimiento y transmitiéndolo a las generaciones futuras. Así del tronco cortado por un rayo, siglos después, pasamos a las piraguas, a las trirremes , a las carabelas, a los barcos de vapor … o a los portaviones nucleares. Entiendo que alguien pueda pensar que mejor nos hubiéramos quedado con los veleros y el placer de ser empujados por el viento. Pero eso igual no está en nuestro ADN o nuestro ADN se modifica cuando se le incorporan procesos humanos en su “naturaleza”. Esta es otra cuestión.

Sea como sea, la tecnología nos da alas y ensancha –y de que manera- nuestra potencia de acción. Nos hace más capaces, más fuertes, más longevos, también más tóxicos, claro está, nos hace… MÁS, en definitiva. Ciertamente, podría dudarse de que estas enormes conquistas, parece que sin límites, “engranden nuestra estatura humana”. Independientemente de cuál sea nuestra valoración (y no estoy diciendo que debamos ignorar las consecuencias no previstas de nuestra acción tecnológica), el que sí está claro es que la tecnología nos hace más humanos en el sentido que nos capacita más y más en esta nuestra manera de estar en el mundo. Volamos de un continente a otro, construimos ciudades en medio del desierto, perforamos montañas, cortamos el curso de los ríos y regulamos sus cauces, atravesamos estrechos por túneles submarinos, trasplantamos órganos y combinamos los elementos de formas insospechadas para producir “drogas” extraordinarias. Y tenemos móviles y ordenadores, cómo no.

Recuerdo haber leído un artículo de Eudald Carbonell en dónde defendia, medio en broma medio en serio, que la humanización (el alejarnos paulatina y progresivamente de nuestra condición animal) se dirigía inexorablemente hacia la digitalización. En un futuro no muy lejano, nuestros X-nietos nos preguntarán horrorizados si es verdad que hubo un tiempo en que nos abrazábamos y besábamos, como movidos por un resorte “animal”. Al saber la respuesta, sentirán asco de nuestro comportamiento. Ja, ja. ¿Por qué no queremos imaginar semejante futuro?

En cualquier caso, la tecnología y sus consecuencias, previstas o no, deseadas o no, ahí está, poblando-ocupando el planeta, mediando nuestra relación con el mundo y con el resto de semejantes (o no semejantes). La capacidad de, digámosle, acción de la/s tecnología/s, al margen de nuestro control, o voluntad, o capacidad de decisión, es muy grande y se pone de manifiesto de diversas maneras.

En primer lugar, tenemos las consecuencias no prevista de la acción (social, tecnológica): lo que podríamos llamar los efectos perversos o, en metáfora de M. Delibes en su ya lejano discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua Española (El mundo en su agonía), el efecto culetazo. Como pasa con un proyectil que cuanto mayor es su capacidad para llegar lejos, mayor es el retroceso o “efecto culetazo” que tiene. Cuanto más espectacular es aquello que nos propone una tecnología (piénsese en la energía nuclear, en la intervención genética, en el motor de explosión, etc., etc., etc.) mayores son sus (posibles/probables) efectos no deseados. La contaminación, por ejemplo, o el uso económico y político de los medicamentos. De mayor alcance y más difícil control (y mucho más peligrosos) pueden ser los efectos “perversos” de la tecnología cuando introducimos procesos humanos en ámbitos naturales, como en la fusión nuclear o en la manipulación genética, que bien puede pasar que no tengamos manera humana de frenarlos.

En segundo lugar, podemos destacar que las tecnologías, los múltiples cachivaches que rodean nuestras vidas (las de algunos más que las de otros), tienen su capacidad de actuar en el mundo, de marcarnos un curso de acción. Quiero decir, que no sólo están ahí, reposada y tranquilamente, esperando que nosotros les demos un buen o mal uso, sino que es nuestro encuentro con ellos que da lugar a una posibilidad nueva, a una realidad (o dimensión) distinta a la que habría sin uno u otro de los dos polos. Por ejemplo, mi mano sola no podría matar a un ser vivo que estuviera a 100 de distancia, como tampoco lo podría hacer un fusil sin una mano humana. Si se juntan ambos, no obstante, cada uno con sus “capacidades”, el resultado es que sí es posible esa nueva “entidad” que mata a distancia.

Sin que se pueda ignorar que los contextos de uso (quién, cuándo y dónde) de una tecnología (de una herramienta cualquiera) condicionan enormemente el uso (concreto) de esa tecnología, el cómo y el para qué se la hace servir, tampoco debemos ignorar que los diferentes “aparatos” llevan inscrito el guión de sus diferentes posibilidades de uso-acción (de cómo y para qué se le puede hacer servir). Sin duda que lo definitivo es el encuentro del actor humano, por un lado, con el capacitador de la acción (que no deja de ser el resultado de miles de acciones humanas previas inscritas en él), por el otro, y que da lugar una nueva “realidad”. La mano-pistola que mata a mucha distancia. O la mano-pistola que sirve para clavar un clavo. O la mano-pistola que avisa que la carrera puede comenzar, o que ha acabado la revolución o que por fin ha llegado el día de celebrar el recuerdo del Santo Patrón o… vaya usted a saber.

Mucho antes de que Bruno Latour con su teoría del actor red nos hiciera reparar en que una cosa que modifica un estado de cosas introduciendo alguna diferencia es un actor (o un actante), Jorge Luis Borges nos brindó el cuento “El encuentro” para reflexionar sobre la “agencia” de los objetos.

 

Resumiendo. No parece que sea fácil decidir si las tecnologías (piénsese en las digitales) determinan el curso de nuestra acción, la manera en como nos comunicamos, en como trabajamos, en como ocupamos nuestro tiempo libre, etc., o si es gracias a ellas que podemos diversificar nuestras formas de actuar, si podemos aumentar nuestra potencia de existir y, por consiguiente, nuestra libertad. Sí creo que debemos de ser conscientes de que no hay un determinismo tecnológico y que lo que sea el futuro dependerá, en buena medida, de la dirección de nuestras acciones. Sin olvidar (o menospreciar) la capacidad de los artefactos tecnológicos para desequilibrar o modificar una situación y que su “naturaleza” (aquella para lo que se nos ofrecen) no es producto del azar sino que encierran múltiples decisiones humanas (es decir, políticas). Hay encuentros que deben evitarse (con cosas o con personas) porque debilitan y disminuyen nuestra potencia de acción, social e individualmente.

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