Pluralismo y mito_6/7

4. La dificultat del dialogo y del pacto social (continuación)

(…)

Ya he dicho (y sigo parafraseando a Bauman) que esta situación es incómoda, tanto para el ciudadano normal como para el que quiere o debe gobernar (que no quiere decir, recordémoslo, tener el poder de tomar decisiones) y ha de dirigir el supuesto “super-Jumbo” hacia una buena vida que pueda satisfacer a todos, o al menos al mayor número posible. Seguro que no es nada fácil establecer el orden de prioridades “mayoritarias”. Parece ser que frente a las presiones antes aludidas, los gobernantes optan por la estrategia, ante la falta de alternativas, de ponerse en manos del mercado (sin capacidad, como había sido su objetivo de origen, por regularlo) o, en el mejor de los casos, intentan encontrar soluciones “nacionales”.

Los individuos, por su parte, no dejan de sufrir las presiones y escuchar los mensajes “tranquilizadores” que, en nombre de la libertad, les piden que “se busquen la vida”.

La desregulación es el lema, la flexibilidad (léase: no a los compromisos a largo plazo) el eslogan, y el recorte del gasto público la sustancia de la vocación del Estado (…)

Incluso, de modo más incongruente aún que la búsqueda de soluciones locales a problemas globalmente generados, se alienta la búsqueda de soluciones biográficas a problemas de origen social, y se espera que éstas sean encontradas (…)

Abandonada por la política estatal, la escena pública cae fácilmente en las garras de la política de vida individual… La búsqueda de la felicidad y de una vida significativa se ha vuelto la principal preocupación de las políticas de vida, abandonando la construcción de un futuro mejor por la búsqueda febril de un presente diferente, una búsqueda que nunca se detiene, y que dura tanto como la sucesión de momentos presentes que buscan con desesperación esa diferencia” (Bauman, 2004, 32 i 33).

Sin embargo, a pesar de las dificultades de vivir en una “sociedad sitiada” y pese a la “corrosión del carácter” en la que la mayoría nos vemos sometidos (consecuencia personal del trabajo en el nuevo capitalismo -Sennett, 2000-), el mundo de la vida cotidiana sigue siendo el mundo de la ejecución donde hay que actuar para resolver los problemas que se plantean y que requiere de certezas y recetas para la acción. Todo individuo nace en una comunidad de vida ya terminada cuando él se incorpora. También se incorpora en diferentes comunidades de sentido y aprende a transitar de un universo finito de significado a otro sin que ello le produzca desconcierto y sin perder de vista cuál es el eje central (su mundo cotidiano) desde donde lleva a cabo los cambios de conciencia que requieren las transiciones.

Las especiales características del tiempo en el neocapitalismo han creado un conflicto entre carácter y experiencia, la experiencia de un tiempo desarticulado que amenaza la capacidad de la gente de consolidar su carácter en narraciones duraderas (Sennet, 2000: 30)

La capacidad de desprenderse del pasado, la seguridad necesaria para aceptar la fragmentación: éstos son dos rasgos de carácter que se manifiestan en Davos entre las personas que de verdad se sienten cómodos en el nuevo capitalismo (Sennet, 2000: 65)

La cultura moderna del riesgo se caracteriza porque no moverse es sinónimo de fracaso, y la estabilidad parece casi una muerte en vida. Por tanto, el destino importa menos que el acto de partir. Inmensas fuerzas económicas y sociales dan forma a la insistencia de marcharse; el desorden de las instituciones, el sistema de producción flexible, realidades materiales que se hacen a la mar. Quedarse quieto equivale a quedar fuera de juego. (Sennet, 2000: 91)

Una de las consecuencias no deliberadas del capitalismo moderno es que ha reforzado el valor del lugar y ha despertado un deseo de comunidad. Todas las condiciones emocionales que hemos explorado en el lugar de trabajo animan ese deseo: las incertidumbres de la flexibilidad; la ausencia de confianza y compromiso con raíces profundas; la superficialidad del trabajo en equipo; y, más que nada, el fantasma de no conseguir hacer nada de uno mismo en el mundo, de “hacerse una vida” mediante el trabajo (Sennet, 2000:145)

No hay duda de que las “reservas de sentido” están acosadas y deterioradas, que las instituciones han perdido profundidad y fuerza normativa. Pero el individuo singular (que siempre es un ser social) difícilmente puede tolerar la falta de sentido -son pocos los que afrontan la sabiduría silénica-, la ausencia de mitos, aunque sólo sean los mitos (personales) que ayudan a dar coherencia a la biografía narrada por uno mismo. Difícilmente encontramos hechos absurdos en la vida cotidiana de las personas, o acciones incoherentes o carentes de un profundo sentimiento moral más allá de lo que la conciencia puede iluminar.

Son pocos, dice Bauman, los que están llamados a participar en la cumbre de Davos y que tienen la capacidad de desprenderse del pasado y la seguridad para aceptar la fragmentación. También son pocos los verdaderamente móviles en el mundo global -por más que sean envidiados y mirados por muchos con codicia-. La mayoría sigue viviendo en comunidad -y deseando hacerlo- con el miedo de no poder “hacerse una vida”. Mientras que para una minoría el pluralismo es el mito del mundo global, para la mayoría silenciosa es una experiencia que puede resultar muy dolorosa, porque es la experiencia de aceptar al otro (que te cuestiona) o ser extranjero -o más tarde extraño- en un mundo que no te pertenece.

Si bien la vida cotidiana de la mayoría de la gente que vivimos en el occidente moderno está llena de extraños, de extranjeros con los que no tenemos un pasado común ni compartimos los mitos que dan sentido y coherencia a la vida, también es cierto que, sin perder el sentido de la realidad primordial, somos capaces de transitar por diferentes universos de sentido. El enfrentamiento de intereses y la reivindicación de derechos (desde posiciones que se quieren absolutas) es una experiencia social presente desde hace siglos en occidente.

 

Para eliminar este desconocimiento entre las gentes, uno trata de volver íntima y local la escala de la experiencia humana, o sea que uno trasforma el territorio local en algo moralmente sagrado, es la celebración del ghetto.

Ahora bien, lo que se pierde precisamente en esta celebración es la noción de que las gentes crecen sólo mediante procesos de encuentro con lo desconocido. Las cosas y las personas que son extraños pueden alterar las ideas familiares y las verdades recibidas; el terreno desconocido sirve a una función positiva en la vida de un ser humano. La función a la que sirve es la de acostumbrar al ser humano a correr riesgos. El amor al ghetto, particularmente al ghetto de clase media, niega a la persona la oportunidad de enriquecer sus percepciones, su experiencia, y de aprender la más valiosa de todas las lecciones humanas, la capacidad de cuestionar las condiciones establecidas de su vida. (Sennett, 1978: 364)

La respuesta a esta experiencia no siempre ha sido la retirada hacia comunidades de vida y de sentido “depuradas” y enfrentadas con las de los vecinos que no comparten la propia identidad. Cuando hay necesidad de entenderse con el vecino -un vecino que puede tener unas formas de comportarse que entran en contradicción con las nuestras- y la situación social no ha atrofiado la capacidad de distanciarnos de las reglas del juego y poner -nos en el lugar del otro para ver qué debemos cambiar -de las reglas del juego social para hacer posible la vida social, cuando ello es posible, la convivencia no se convierte en enfrentamiento, sino en acuerdo (Sennett dixit).

Los proyectistas urbanos aún deben aprender una verdad profunda que los escritores conservadores percibieron pero a la que dieron un uso equivocado. Es la que se refiere a que las gentes pueden ser sociables sólo cuando disponen de cierta protección con respecto a los demás; sin la existencia de barreras, de fronteras, sin la distancia mutua que constituye la esencia de la impersonalidad, las gentes son destructivas. Esto no se produce porque “la naturaleza del hombre” sea maligna –el error conservador– sino porque el efecto total de la cultura, transmitido por el capitalismo y el secularismo modernos vuelve lógico el fratricidio cuando las gentes utilizan las relaciones íntimas como un fundamento para las relaciones sociales. (Sennett, 1978: 384)

En las sociedades modernas las personas se han vuelto actores sin arte (Sennet, 1978: 388). La vida social nos la podemos seguir imaginando con la metáfora del “teatro”, pero las personas han dejado de actuar. La expresión en la vía pública consistía en la representación de estados y tonos de los sentimientos con un significado propio independiente de quien los estaba representante. Por ejemplo, se sabía cómo mostrar luto sin que fuera necesaria la pena personal. En la “sociedad íntima”, la esencia de una emoción depende de quien la proyecte. Al perderse la distancia entre la acción social y la personalidad (resultado no deseado del proceso de individualización al que hemos aludido más arriba), el encuentro con el otro se vuelve en un enfrentamiento personal. Si la pérdida de la capacidad de “jugar” (de apasionarse en una situación impersonal regida por reglas) por parte de los individuos es preocupante por sus consecuencias destructivas debidas a los enfrentamientos “personales” a los que vierte, la pérdida de esta capacidad a nivel social y político es aún mucho más inquietante. (Sennet, 1978: 388)

La relación entre el juego infantil y la cultura adulta que actualmente lo desvirtúa puede presentarse en forma de un conflicto entre dos principios psíquicos. Uno de ellos es el principio que conduce a que los niños inviertan un gran montante de pasión en una situación impersonal regida por reglas y a considerar a la expresión dentro de dicha situación como una cuestión de reconstrucción y perfeccionamiento de aquellas reglas a fin de proporcionar mayor placer y promover una mayor sociabilidad con los demás. Esto es juego. Es incompatible con el principio que ha llegado a gobernar el estado de la cultura adulta que lleva a los adultos a invertir un gran montante de pasión en la revelación de sus propios móviles para la acción y los móviles de aquellos con quienes entran en contacto. Estas revelaciones de motivos internos e impulsos auténticos son considerados tanto más libres cuanto menos gentes se encuentren impedidas por reglas abstractas o forzadas a expresarse en ellas mismas en términos de “clisés”, sentimientos estereotipados u otros signos convencionales. La característica de la seriedad de esta investigación reside en la propia dificultad en emprenderla; su legitimación es el dolor más que el placer, y su consecuencia es una retirada de la sociabilidad superficial dentro de una vida “más profunda”, habitualmente a expensas del compañerismo y la amistad ocasional. El narcisismo es el principio psíquico que gobierna esta cultura adulta. (Sennett, 1978: 389-390)

 

 

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