Los “buenos propósitos”

“De bons propòsits l’infern n’és empedrat”

(dicho popular)

“Del dicho al hecho hay mucho trecho”

(dicho popular)

 

Recientemente he intervenido en dos programas de RNE-R4 hablando sobre los buenos propósitos con motivo del final del verano e inicio de un nuevo tramo (laboral y vital) del año. En el primer programa, el interés periodístico se centraba en por qué nos formulábamos repetidamente tantos buenos propósitos si la mayoría de las veces no se acababan cumpliendo. En el segundo programa, el interés quería centrarse en cómo hacer más probable su cumplimiento.

Mi interés sociológico –y personal- por el tema es encontrar alguna explicación de por qué tantas personas se hacen buenos propósitos en determinados momentos del año, aún sabiendo, como reiteradamente nos confirma la experiencia, que casi nunca se acaban cumpliendo y que son muy pocos (por no decir ninguno) los que se cumplen. Ciertamente, el comportamiento llama la atención y despierta la admiración que incita a la reflexión.

La reflexión que propongo no pretende hacernos más “capaces” de cumplir los buenos propósitos, ni pretende ofrecer estrategias de acción para hacer posible su realización. El objetivo es encontrar alguna explicación de por qué nos los hacemos si sabemos (o deberíamos saber) que no los vamos a cumplir, pues hemos comprobado que no los cumplimos nunca. Más: ¿Por qué, si nos los proponemos repetidamente, no los cumplimos? ¿Qué función tiene proponérselos? ¿Por qué nos los proponemos y nos satisface hacerlo?

La demanda radiofónica me llevó a formular cuatro respuestas/explicaciones a estos, para mí, inquietantes interrogantes. En primer lugar, los buenos propósitos (de final del verano) tienen una función terapéutica para acallar, digámoslo así, la mala conciencia después de la distensión o relajación estival. Después de los diferentes excesos que haya podido comportar este período excepcional, nos proponemos moderarlos o ponerles fin. No solo queremos retornar a la “normalidad”, sino que pretendemos re-poner una situación vital ideal como la que muchas veces hemos pensado que “deberíamos” o “querríamos” tener. Por ejemplo, mejor alimentación, hacer ejercicio físico regularmente, dedicarle más tiempo a la familia, a los amigos o a uno mismo… Estudiar, escribir… Dejar de fumar, dejar de… Y un infinito de “buenos propósitos” que nos solemos hacer. Con el final simbólico del año astronómico también imaginamos un inicio mejor o ideal del nuevo año.

Resaltar que de la misma manera que en “vacaciones” –y en el periodo prevacacional- se genera un clima social (un consenso) que sostiene que las vacaciones son para romper rutinas, para hacer eso que generalmente no hacemos y, en definitiva, excederse de muchas maneras, del mismo modo, digo, se nos anima a formularnos buenos propósitos en esos momentos que abren un nuevo periodo. Está, digámoslo así, en el ambiente.

En segundo lugar, podríamos pensar que el incumplimiento de los propósitos está acompañado del olvido del incumplimiento reiterado de los buenos propósitos en años pasados y de cierto autoengaño (o falsa confianza en uno mismo necesaria para sentirnos bien y para aceptarnos tal y como somos, claro está) sobre nuestras (in)capacidades para llevar a cabo lo que nos proponemos. Las incapacidades, entiéndase bien, no solo tienen que ver con deficiencias o impotencias personales, que las puede haber, sino también, y sobretodo, con la inconsciencia de que cambiar hábitos, muchos de ellos incorporados en nuestra manera de ser y de actuar desde hace muchos años, no se hace de la noche a la mañana o en un breve espacio de tiempo. Y mucho menos basta con la decisión de cambiarlos o de introducir otros nuevos. A ello hay también que sumarle la fuerza de las circunstancias que suelen decidir el decurso de la vida humana. La fuerte determinación de dejar de fumar se desvanece en el contexto social de una cena de amigos y un poco de alcohol, por poner un ejemplo típico. O cuando suena el despertador por la mañana, modulamos o reformulamos nuestra intención de madrugar para hacer ejercicio o ir a un gimnasio. Claro está que algunos lo consiguen (pero este es otro tema).

En tercer lugar, habría una explicación “optimista” sobre el porqué y el valor de los buenos propósitos: cumplir, al menos, un tanto por ciento. Nos proponemos 10 para cumplir cinco, tanto en el número de propósitos como en intensidad. Y esto nos sirve también para justificar y alcanzar el autoperdón. Me he propuesto 6 objetivos y solo he cumplido… dos; me he propuesto practicar piano cada día (o leer o estudiar un idioma) y solo lo hago uno… o tres. Algo es algo y eso es mejor que nada.

En cuarto lugar, y como explicación en mi opinión más valiosa, está la autocomplacencia y satisfacción que nos produce hacernos buenos propósitos. El hecho de tenerlos, de pensarlos, de planear cómo vamos a llevarlos a cabo… “Mañana empiezo”, nos produce satisfacción, nos complace, nos hace sentir bien. Y esa es la clave. Anticipar lo que vamos a hacer, cómo y cuándo, nos colma de satisfacción-placer. Este mecanismo tiene que ver con el papel de la imaginación en la producción de emociones (el mismo que funciona en el consumo y que he descrito en otras entradas de este blog). Imaginar que a partir del día 1 de enero vamos a… (lo que sea), esta imaginación que puede ser muy vívida y detallada y que nos anticipa la acción, nos despierta sentimientos de bienestar y de satisfacción. Eso es lo que queremos hacer y lo vamos a hacer tal y como lo imaginamos y “vemos” que somos capaces de hacer. La imaginación produce emociones y las emociones que produce la imaginación son tan vivas y tan emocionantes como las que pudiera producir una situación real. Esta es la regla: las emociones son emociones (las mismas, o casi) tengan la causa que tengan. Las imaginaciones del cumplimiento de los buenos propósitos nos producen emociones placenteras, (gran) satisfacción.

Sin duda que en el origen de los buenos propósitos y en su reiterado incumplimiento hay muchas más causas y/o razones que las que acabo de enumerar. Por lo que se refiere al origen podríamos pensar, entre muchos más motivos, en los valores morales de superación y mejora persona, la necesidad de cambió, el de deseo de novedad o el deseo de agradar a los que nos rodean y nos animan a ir en esa o aquella dirección. Y por lo que al incumplimiento se refiere, pensemos en las dificultades del esfuerzo, de la constancia, del sacrificio, de adecuar medios a fines, etc. El mimo concepto “hacerse buenos propósitos” puede ser incorrecto, llevarnos a pensarnos en un modo que contenga en sí mismo las raíces del “fracaso”. En cualquier caso, ahí están, como ahí está su incumplimiento.

 

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