Comte y el positivismo

(Con motivo del aniversario de la muerte de Auguste Comte publiqué esta entrada en el blog de Humanidades de la UOC que transcribo aquí en castellano)

AUGUSTE COMTE (1789-1857)

Hoy [el 5 de setiembre] hace 158 años de la muerte de Auguste Comte. Muy probablemente lo que más se conoce de él es lo que se sintetiza en la entrada que le dedica la Wikipedia: que fue un filósofo francés considerado el fundador del Positivismo y de la Sociología.

Sin embargo, su recuerdo está muy difundido, pero más pequeño de lo que sería esperable dada su huella en el pensamiento contemporáneo. De hecho, el tratamiento que recibe en la Wikipedia es más bien escaso, en castellano poco más de 20 líneas y un poco más en francés, inglés y alemán. Presente, eso sí, en muchísimas lenguas.

Es difícil tachar una vida de feliz o desgraciada. La de Augusto Comte estuvo marcada por la pobreza económica (mucho tiempo a remolque de la caridad de J. S Mill, que lo admiraba profundamente), la enfermedad (mental) y el poco reconocimiento de su obra (a la que dedicó esfuerzo y vida). En la red se encuentra fácilmente información sobre las circunstancias más relevantes de su biografía.

Desde este blog, queremos recordar una figura y un pensamiento que han sido muy importante en el siglo XX. Destacaré lo que creo que es más relevante de este autor y que nos puede ayudar a entender un poco más nuestro presente (para hacer esto, seguiré, principalmente a R. Aron y a L. Kolakowski)

Aún ahora nos admiramos (en el sentido aristotélico del término, como fuente de nuestro interés intelectual) de las consecuencias, previstas o no, de las muchas “revoluciones” (políticas, industriales, científicas) que abrieron lo que llamamos modernidad, hace unos 200 años. Comte nace cuando todo este estruendo está teniendo lugar o está muy vivo todavía en su presente. Su mirada crítica, que caracteriza al humanista, no le deja indiferente y quiere entender -y explicar- qué está pasando, cuáles son las causas de todos los cambios que el mundo está sufriendo.

En este sentido, como bien saben los que habéis estudiado Sociología, la mirada del sociólogo, del humanista, es hija de la admiración, sí, pero también del desconcierto, de lo que nos hace frente y de la voluntad de comprender qué es lo que está teniendo lugar en el mundo social. También, quizás, del deseo que puede surgir de la voluntad de control y de sometimiento a la propia voluntad.

 

“¿Cuáles son los rasgos particulares de las sociedades modernas, surgidas de estas revoluciones, y en que se diferencian de las sociedades anteriores?” Esta es la pregunta que unirá a los considerados padres de la sociología ”

Para Comte, uno de esos “padres” fundadores, el advenimiento de la modernidad es consecuencia de los cambios que se están produciendo en las esferas del poder y del conocimiento (siempre unidas y implicadas). Cambios (como los de la Revolución Francesa de 1789, el año de su nacimiento) que no siempre son positivos. Su obra se inscribe en las reacciones a la Revolución francesa (y a la Ilustración, responsable de la RF), que consideraba que había dejado una situación de desorden y anarquía. Seguramente de ahí su propuesta “positiva” para luchar contra la filosofía “negativa” de la Ilustración. De entrada, llamó su propuesta “física social” y más tarde acuñó el término “sociología”. La sociología debía ser la “ciencia” por excelencia, la madre de todas las ciencias porque las integraba a todas. El objetivo era encontrar las leyes (naturales!) que impulsaban la vida social. Es decir, había que estudiar las estructuras sociales y los procesos que movían al cambio, de tipo natural y que, sin necesidad de revoluciones, y con sólo reformas sociales, permitían dirigirnos en la buena dirección. Comte, es un reformista (como JS Mill y todo el utilitarismo), no un revolucionario.

En la propuesta de Comte, dice Aron, la sociología debe ser la ciencia que nos permitirá resolver la crisis del mundo moderno descubriendo el sistema de ideas (científicas) que deben presidir la organización social. Más allá de esta idea, que podría estar teñida de utopía (en un sentido no “positivo” del término), lo que es importante destacar de la propuesta de Compte ,y que por eso es importante –supone una novedad- y marcará el futuro del pensamiento sociológico, es la consideración de la sociedad como una entidad supra-individual. La sociedad, las estructuras sociales, no son el resultado de un pacto entre seres egoístas (Hobbes), hecho sobre la base del cálculo de costes y beneficios (liberalismo); al contrario, son los individuos los resultados de las estructuras sociales, constructos intelectuales. Es la sociedad la que está dotada de realidad orgánica y, como todo organismo, tiene unas etapas de desarrollo y crecimiento. Esta es la gran herencia de Comte.

Desde esta perspectiva, la historia es vista como una sucesión de épocas orgánicas (conservación) y épocas críticas (cambio y disolución). Cada etapa orgánica supera a la anterior (como una especie de síntesis hegeliana). Este proceso es un devenir necesario.

En este sentido hay que interpretar la famosa “ley de los tres estadios” (la tercera de las ideas más conocidas de Comte). La humanidad avanza desde sociedades dominadas por guerreros y sacerdotes (estado teológico), hasta una sociedad organizada a partir de la industria y el dominio del poder económico (una sociedad que reduce el poder militar y sustituye la religión por la ciencia (estado positivo ) [Aún no había llegado el s. XX, claro]. En medio, se ha pasado por un estado “metafísico” en el que la mente humana ya ha madurado lo suficiente para no ir a buscar fuera de la naturaleza las causas de los acontecimientos .

Es muy importante destacar que lo que singulariza a Comte y lo hace importante en la historia del pensamiento es que esta “ley de los tres estadios” describe realidades sociológicas que tratan el saber humano, sus contenidos, como factores indisociables de la vida social ( sigo la interpretación de Kolakoswki).

 

En relación a la herencia de Comte, quisiera destacar dos ideas importantes y muy influyentes. Por un lado, el papel que otorga a la religión en el “moderno” estadio positivo y, por otra parte y sobre todo, la idea del positivismo.

En relación a la religión, R. Aron destaca que, en el pensamiento de Comte, ésta resulta de una doble exigencia. Toda sociedad implica necesariamente consenso, es decir, acuerdo entre las partes, unión de los miembros que constituyen la sociedad. La unidad social exige el reconocimiento de un principio de unidad por parte de todos los individuos, es decir, una religión. La religión contiene ella misma la división ternaria característica de la naturaleza humana. Incluye un aspecto intelectual, el dogma; un aspecto afectivo, el amor, que se expresa en el culto, y un aspecto práctico, que Comte llama el régimen. El culto regula los sentimientos, y el régimen la conducta privada o pública de los creyentes. En su “visión” del futuro, Comte piensa que la religión deberá ser de inspiración positivista, aunque responde a una necesidad permanente del ser humano. El hombre tiene necesidad de religión porque tiene necesidad de estimar algo que lo rebase. Las sociedades tienen necesidad de religión porque tienen necesidad de un poder espiritual, que consagre y modere el poder temporal y recuerde a los hombres que la jerarquía de las capacidades no es nada al lado de la jerarquía de los méritos.

Comte, fascinado -dice Kolakoswki- por el universalismo católico, cree que la religión de la humanidad ha de imitar exactamente el sistema de la Iglesia católica (ritos y rituales, sacramentos, clero…). Deberá haber, entre otros, sacramentos, bautismo, confirmación, incluso habrá un Papa Positivo. Los ángeles guardianes de esta nueva religión serán las mujeres. Comte llegó a hablar de una Gran Madre Virgen, que engendraría hijos gracias a la inseminación artificial. Más allá de esta anécdota, su “visión” es sociológicamente muy relevante.

En relación al positivismo (y en esto también seguiré el pequeño-gran libro de Kolakowski), hay que decir que esta idea o, mejor, esta actitud intelectual, marcará profundamente el devenir del pensamiento filosófico y científico del s. XX. El positivismo, para Comte, tenía muchas dimensiones: era un estado de la mente, un programa de enseñanza, una concepción del conocimiento científico, una etapa de la historia y un modelo de organización social. Todas ellas han sido influyentes para dar lugar (y pora entender) el mundo actual.

En definitiva, el positivismo, que se ha mostrado de muchas maneras a lo largo de la historia, siempre ha tenido la intención de alertar de los peligros de la “metafísica”. En una de sus versiones más modernas diría esto: “sobre lo que no se puede hablar, mejor es callarse” (Wittgenstein). ¿Hay que tratar la metafísica como si fuera poesía? En cualquier caso, dice Kolakoswki, se trata de una recomendación para vaciar nuestra imagen del mundo y los contenidos intelectuales en general de todo aquello que no pueda expresarse en forma de proposición en sentido lógico.

No todos los “filósofos” analíticos serían tan contundentes como Wittgenstein, y Carnap, por ejemplo, incita sólo a la distinción entre los enunciados que tienen sentido y los inverificables, puramente expresivos o líricos, y pide que no se confunda lo que sólo expresan con lo que también significan. En definitiva, lo que Carnap dice es que no se consideren los gestos emocionales, que sólo son verbalizaciones metafísicas, religiosas, o los juicios de valor como convicciones auténticas [también incluye la filosofía], la fundamentación de las cuales puede ser objeto de controversia … En esta versión del positivismo la práctica de la metafísica es legítima en la actitud positivista, a condición de que no se le dé un valor cognitivo (estoy transcribiendo Kolakowski).

Jasper, a fin de salvar la filosofía del ataque positivista, no la considera un conocimiento positivo, sino sólo un esfuerzo para esclarecer; y con ello no infringe el código positivista. Toda la fenomenología existencial podría aceptar esta distinción (entre estudio y meditación, exactitud científica y precisión filosófica, entre problema y interrogación, entre problema y misterio).

Incluso corrientes teológicas recientes (protestantes) [el libro de Kolakowski está publicado en 1966] aceptan el reto positivista y hacen una interpretación religiosa del mundo aceptando los postulados. No se preocupan de probar que la interpretación teológica del mundo se reduce a una descripción de los hechos o en la construcción de hipótesis. Reconocen (estos teólogos) que se trata de una operación de interpretación gracias a la cual los hechos cobran significación particular en su calidad de elementos que participan de un orden teológico, organizado por la intención de la Providencia.

Resumiendo:

En la versión moderada, el positivismo sólo sería una tentativa de la ciencia de constituirse a sí misma en su distinción respecto de la teología, la religión, la política, el arte. Es decir, un tipo de secreción natural y conciencia de su posición irreductible en la vida social.

La versión radical tiene otro sentido cultural. Es una tentativa de confirmación de la autarquía de la ciencia como actividad que agota toda asimilación intelectual posible del mundo. Las realidades del mundo se pueden interpretar según las ciencias naturales, pero también constituyen para el ser humano un objeto de curiosidad existencial, una fuente de espanto o de preocupación, un lugar de compromiso o de rechazo. Y todas estas realidades, si deben ser captadas por la reflexión y la palabra, se reducen, en la concepción empirista, a sus cualidades empíricas. El sufrimiento, la muerte, las luchas ideológicas, los antagonismos sociales, los conflictos de valores; todo se rodea, en virtud del principio de silencio, en un gesto de rechazo, el principio de verificabilidad es la articulación. El empirismo así entendido es un acto de fuga ante las cuestiones que comprometen, una fuga enmascarada por una definición de la ciencia que invalida estas cuestiones por ilusorias. El positivismo lleva a una concepción de la vida deliberadamente amputada, quiere imponer un lenguaje que libera del deber de tomar la palabra en los conflictos más importantes de la vida humana y constituye una armadura que insensibiliza contra los Ineffabilis mundi, los datos indescriptibles de la experiencia, porque son cualitativos.

 

La interpretación de Kolakowski la podemos compartir o no. Soy consciente de que es muy polémica, justamente porque cuestiona el núcleo duro, el “dado por supuesto”, el “es así” de buena parte de la ciencia del s. XXI. Sin embargo, por esta razón, como humanistas, no debemos ignorarla y hay que dejarse “importunar” por sus exigencias.

Por más que se sale del homenaje a la memoria de Augusto Comte, muerto un 5 de septiembre, no puedo dejar de repetir las profundas reflexiones de Kolakowski en relación al positivismo que, insisto, es fundamental para entender los luchas intelectuales del s. XX y las tensiones con las que nos encontramos.

Se puede constatar que hay una ideología cientificista que propone exponer una especie de disciplina intelectual que pondría remedio a la arbitrariedad en el pensamiento, sometiéndose a la obligación irresistible del hecho… Implica una renuncia a la metafísica de manera irrevocable sin una segunda legitimación, ya no en el terreno de la verdad, sino de la utilidad … (K, 1981: 253)

“Verdad, bien y belleza” no pertenecen a los elementos de la experiencia; estos caracteres nacen al término de las modificaciones socialmente condicionadas de la experiencia y pertenecen siempre a “alguien”. Por tanto, son las diversas circunstancias vinculadas a la situación ecológica del organismo las que deciden de lo que es verdad, de lo que es falso, bueno omalo; la verdad es una actitud, del mismo modo que lo es el reconocimiento de un conjunto de experiencias como agradable y doloroso … Esta epistemología implica -dicen- una renuncia trágica al orgullo humano. El mundo de los valores se deshace (y la objetividad y la eternidad) y se reduce a reacciones biológicas.

Esta última afirmación es la interpretación, no del positivismo, sino del naturalismo o aún más del pragmatismo, de toda doctrina que deliberadamente reduce la descripción de las actividades cognitivas a la descripción de un comportamiento biológico, privando de objeto la cuestión sobre la verdad . [Esto es lo que denunció Husserl de los positivistas del s. XIX]

En definitiva, ¿esta corriente del positivismo evolucionista engendrada por la sacudida de la teoría de Darwin (y arraigado en la crítica de Hume), esta reducción del conocimiento a instrumento biológico de adaptación, esta corriente, pues, es únicamente una variante del pensamiento positivismo, una modificación, una aberración, una desviación, una mutación contingente de esta última? O todo positivismo lleva a esta relativización biológica?

El empirismo lógico, por ejemplo, sólo se interesa por los procedimientos del conocimiento y el análisis de los resultados. No se interroga sobre el origen y finalidad de las creencias metafísicas. Caracteriza las condiciones de la experiencia legítima rechazando o apartando la cuestión de su rango ontológico. (p. 255)

El positivismo sólo puede dar una respuesta naturalista: el conocimiento es un comportamiento biológico. Esta respuesta resuelve negativamente la cuestión de la verdad concebida en términos trascendentales, paraliza la fe posible en la experiencia o en la razón, que no nos dicen nada del mundo. Verdad y falsedad no tienen que ver con las cosas, sino con proposiciones: no se puede saber si las cosas son “verdaderamente verdaderas”. El problema, sin embargo, es verbal: al limitar el campo de aplicación del atributo “verdadero”, no se arruina la cuestión filosófica sobre los límites de la autenticidad del conocimiento.

Hay posibilidades para distinguir conocimiento de error en los límites de una experiencia. Ahora bien, cuando la cuestión trata sobre la totalidad de la experiencia, la pregunta no tiene sentido. No se puede dilucidar una cuestión epistemológica, porque no es una cuestión, dado que no apela a datos de la experiencia. Por el contrario, es una pregunta holista y, por tanto, metafísica.

No se pueden formular preguntas genéticas relativas al conocimiento. Con el fin de dilucidar los temas de la percepción correcta, hay que remitirse al carácter “correcto”, en la concordancia de la experiencia intersubjetiva de los hombres, y no se puede atravesar el terreno desde el punto de vista ontológico.

Cada respuesta a la cuestión sobre la concordancia del conocimiento intersubjetivo debe referirse a la comunidad de caracteres humanos genéticos. Cuando se plantean cuestiones genéticas, el neutralismo positivista se transforma en una interpretación naturalista, biológica, del conocimiento, y no puede evitar la relativización. La verdad se reduce a la especie humana, que tiene un grado considerable de constancia, pero se le rechazan los valores trascendentales … (K, 1981: 257)

De la relación sujeto-objeto, sólo se mantiene la relación natural sistema nervioso-medio ambiente y la cuestión epistemológica se convierte en una parte de la biología, y el valor verdad es un género particular, explicable en términos biológicos, de la interpretación genérica hecha por los seres humanos de sus propias experiencias.

 

Kolakowski (1981: 258) afirma (como conclusión y abriéndonos algunos interrogantes):

  • Si el positivismo es radical, renuncia a la concepción trascendental de la verdad y reduce los valores lógicos a rasgos de comportamiento del organismo. Rechazar la posibilidad de juicios sintéticos a priori (esto instituye al positivismo como doctrina), he aquí lo que puede identificarse con la reducción de todo conocimiento a reacciones biológicas. La inducción es un reflejo condicionado, y interrogarse por las condiciones de la inducción es preguntarse por las condiciones en que esto es favorable desde el punto de vista biológico … No hay verdades que sean necesarias desde el punto de vista cognoscitivo y que también nos digan cómo debe ser el mundo y no como es efectivamente

Lo que diferencia la “ciencia” del conocimiento de otros animales es que opera con un sistema de inscripciones abreviadas que permite la acumulación y la transmisión de las asociaciones adquiridas !!!

La pregunta que se nos formula (y que no interesa a los positivistas) es como explicar esta pretensión particular, muy viva en el pensamiento desde hace siglos, de encontrar los valores irreductibles de la razón como capacidad de descubrir las necesidades del mundo, ya que parece que son quiméricas. ¿De dónde viene el deseo de una certeza metafísica que sólo tiene una satisfacción ilusoria? La respuesta positivista es de orden cognoscitivo y crítica. La crítica de Hobbes, por ejemplo, es exhaustiva. Entre muchos otros temas y problemas, Hobbes señala el abuso de las palabras y las inercias gramaticales (por ejemple, transformar verbos en sustantivos).

  • Si la totalidad del conocimiento no analítico no tiene otro sentido que las experiencias singulares en las que se apoya, si, por tanto, las facultades cognoscitivas del hombre se distinguen per su única capacidad de inscribir su experiencia y, consiguientemente, por su capacidad de acumular y de transmitir ésta, el deseo perseverante de un “conocimiento necesario” equivale a la nostalgia de un paraíso epistemológico perdido (es comparable a la búsqueda del Graal). La persistencia en esta investigación (la autonomía de la razón) daría testimonio de cierta degeneración intelectual humana. Cómo comprender sino tan estéril esfuerzo? La decadencia biológica humana se queda testimoniada por la vida intelectual del hombre: la búsqueda de la certeza metafísica no tiene ningún valor desde el punto de vista biológico, al menos en la medida en que no multiplica las capacidades tecnológicas de la especie ( Kolakowsky 1981: 259-260).

También podríamos suponer que la vida racional del ser humano es el resultado de la participación de  éste en un orden ontológico distinto de aquel en el que participa su cuerpo, sus necesidades animales. Lo que es fecundo para la ciencia (se puede reducir a reflejos condicionados articulados simbólicamente) pertenece a operaciones biológicas que sólo el sistema de transmisión modificaría. Todo lo que proviene de otros esfuerzos debería considerarse de la participación en otro mundo no animal.

No hay fundamentos “científicos” para decidir / elegir una u otra (o ninguna de las dos) hipótesis. Se trata de una disquisición metafísica que no interesaría a los positivistas, que se podría evitar.

En definitiva, piensa Kolakowski, se trata de una animalización del esfuerzo del conocimiento, pero sin explicar lo que se opone a él (el anhelo metafísico) que tan sólo se considera un error y que una vez reconocido como tal no exige ninguna otra interpretación.

 

Ignoro hasta qué punto A. Comte fue consciente de cuán radical podría llegar a ser la propuesta “positivista”, pero su pensamiento nos conduce a esta trascendental reflexión y este es un mérito que hay que reconocerle.

 

Bibliografía:

Aron, R. (1994) Las etapas del pensamiento sociológico. Vol. I. Los fundadores. Montesquieu, Comte, Marx y Tocqueville. Barcelona: Herder.

Kolakowki, L. (1981) La filosofía positiva. Madrid: Cátedra

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One thought on “Comte y el positivismo

  1. Retroenllaç: Contra el positivisme. | CESC_Blog de Francesc Núñez Mosteo

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