La sociedad del cansancio (de Byung-Chul Han)

En nuestras sociedades modernas (y tecnológicas), la “potencia de acción” es un valor unánimemente compartido… llamémosle positividad. Es común pensar que sería un gran logro el poder alargar las horas de vigilia (lo que como sueño manifestamos en un “ojalá el día tuviera XX horas más”), y que nos resultaría muy rentable aumentar nuestro rendimiento… llamémosle productividad.

[Véanse en este blog las entradas: “Dormir y l’exeperiència del temps” y “El lado oculto de la vida”]

El muy de moda filósofo alemán Byung-Chul Han, de origen coreano, dedica su breve ensayo La sociedad del cansancio a desenmascarar alguno de los peligros que se encierran en esa extendida concepción sobre la vida humana y los valores de los que es portadora. Se trata de una crítica radical a uno de los ejes vertebrales del pensamiento filosófico occidental. No me ha parecido que nos ofreciese una perspectiva pesimista o paralizante de nuestra deriva en las sociedades (post)industriales, sino una original –y casi divertida- reflexión sobre algunas de las paradojas de nuestra condición tecnológica, de los efectos de la “positividad” en la consciencia.

Reproduzco (selecciono e interpreto) algunas de las tesis e ideas que me parecen más destacadas. Puesto que se trata de una “selección e interpretación” hay que leer el ensayo para poder juzgar por uno mismo. Han, Byung-Chul (2012) La Sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.

El libro empieza con una afirmación (tesis o metáfora) que puede resultar sorprendente: “Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas”.

Los antibióticos habrían puesto punto y final a la época bacterial. Estaríamos, pues al final de la época viral (aunque todavía nos suscite muchos miedos). No obstante, el siglo XXI será neural. Enfermedades como la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de personalidad (TLP) o el síndrome de desgaste ocupacional (SDO) definen el panorama patológico de comienzos de este siglo. La característica de estas enfermedades no es la infección, la negatividad (un fallo de) sino un exceso de positividad. Por eso no se pueden atacar con técnicas inmunológicas.

La analogía (una especie de sinécdoque o metonimia) entre las enfermedades de una época y los procesos psico-socio-filosóficos que tienen lugar en esa época le sirve a Han para darnos la clave explicación del mal que padece el mundo moderno. En el reciente mundo del que venimos, el del paradigma inmunológico, el vocabulario dominante es el de la guerra fría (la metáfora seria “ataque-defensa”). El momento presente se sustrae del esquema inmunológico en el que la otredad i la extrañeza son características fundamentales. De hecho, en este paradigma, cada reacción inmunológica es una reacción frene a la otredad. Ahora, en lugar de la otredad, comparece la diferencia, que no produce ninguna reacción inmunitaria. (14). Vivimos en un tiempo pobre de negatividad.

La “metáfora” es sugerente y es una bonita explicación. Cada época tiene su enfermedad, como si estos procesos revelasen la naturaleza ontológica de la realidad (social). El resultado es bueno si una vez mostrada la analogía, ignoramos la enfermedad y no valoramos como “mejor” el virus que la depresión. Ambos pueden producir la muerte. En la metáfora, no obstante, cada enfermedad es portadora de diferentes valores.

Nuestro autor quiere poner el acento en el “mal” que comporta el exceso de positividad, que también genera formas de violencia. Por ejemplo, la violencia que resulta de la superproducción, el superrendimiento o la supercomunicación. La repulsión frente al exceso de positividad no consiste en ninguna resistencia inmunológica, sino en una abreacción digestivo-neuronal y en un rechazo (pág.19).

Agotamiento, fatiga, asfixia… estos son los síntomas de las enfermedades (psicosomáticas) del s. XXI. Se trata de una violencia que no es privativa, sino saturativa, no es exclusiva, sino exhaustiva… no parten de una negatividad del sistema (pág. 23) (son el sistema).

Una nueva metáfora (metonimia): “Más allá de la sociedad disciplinaria”.

La sociedad disciplinaria de Foucault ya no se corresponde con la de hoy en día. Esta era una sociedad de la negatividad, definida por la prohibición (pág. 25). Nada de esto nos caracteriza ya tanto, ahora estamos en una sociedad de rendimiento (gimnasios, bancos, oficinas, aviones, centros comerciales, etc.). Se trata de una positividad del poder, que es mucho más eficiente que la negatividad del deber. Aunque el sujeto del poder es también disciplinado (pág. 28)… Por ejemplo, el depresivo es aquel animal laborans que se explota a sí mismo, a saber: voluntariamente, sin coacción externa. Verdugo y víctima a la vez. Libertad y coacción coinciden (la libre obligación de maximizar el rendimiento) (32).

[Las tensiones que nos propone Han son experienciales. No hace falta haber experimentado la depresión para darnos cuenta, los hombres y las mujeres de este siglo –que vivimos en este siglo- como la “positividad”, la necesidad de estar activo, de atender los diversos frentes del vivir cotidiano en cualquier ciudad actual, nos lleva a autoexigirnos niveles de rendimiento y de trabajo –en horas de trabajo y en exigencia de calidad- muy por encima, en ocasiones, de la esclavitud arcaica o del obrero del XIX]

Contrariamente a lo que se suele suponer o pensar, el multitasking se nos presenta como una regresión en la escala evolutiva… (pág. 33). Es propio del animal, no del ser humano civilizado y culto. Y también nos sorprende con una apología del “aburrimiento profundo” [una especie de estado de “latencia” en el sentido de J. Roiz al que me he referido en una entrada mencionada más arriba]. El aburrimiento es más creativo que la “pura agitación” de la que no se genera nada nuevo pues se limita a reproducir y acelerar lo ya existente [Como académico, no puedo dejar de pensar cuánto de esto hay en el tipo de producción académica actual. Pura agitación sin reflexión, sin profundidad, motivada más por la necesidad de “puntuar” que por la voluntad de conocer].

Esta vita activa epidérmica se caracteriza también por la pérdida de creencias que afectan a la realidad misma y que hacen que la vida humana se convierta en algo totalmente efímero el mundo se vuelve efímero. Nada es constante ni duradero. Ante esta falta de Ser surgen el nerviosismo y la intranquilidad… El yo está aislado (no consuela ni el pertenecer a la especie)… Ni tan siquiera sirven las religiones como liberación del miedo a la muerte. La desnarrativización general del mundo refuerza la sensación de fugacidad: hace la vida desnuda… (pág. 46),

Aprovechando una crítica a H. Arendt, en La condición humana, Han hace una apología del pensamiento (de la reflexión filosófica). Este, diría Arendt, es el menos perjudicado del desarrollo social negativo y aunque el futuro del mundo dependa del poder de los hombres en acción y no del pensamiento, este, no obstante, no será irrelevante para el futuro del ser humano, puesto que es la más activa de las actividades de la vita activa y supera a las demás (pág. 49). Sin saberlo, Arendt hace un llamamiento a favor de la vita contemplativa (aunque no se percata que la pérdida de esta capacidad contemplativa es la responsable de la histeria y nerviosismo de la moderna sociedad activa) (51)

A favor de la vida contemplativa, como contrapartida a la positividad, hay que aprender a mirar: mirar con calma, con paciencia… que las cosas se acerquen al ojo… Uno tiene que aprender a “no responder inmediatamente a un impulso, sino a controlar los instintos que inhiben y ponen término a las cosas”. Reaccionar inmediatamente y a cada impulso es, al parecer de Nietzsche, en sí ya una enfermedad, un declive, un síntoma del agotamiento (pág. 54).

Es una ilusión pensar que la libertad va de la mano de la actividad… La pura actividad solo prolonga lo ya existente [podríamos llamarle compulsión y algo que nos hace confundir la actividad mental con el pensamiento]. Una vuelta hacia lo otro requiere la negatividad de la interrupción… Es necesaria la vacilación (para que la acción no se convierta en trabajo). Hay que recuperar el “entre”, el entretiempo.

Pero nuestra condición moderna es muy diferente. Vivimos en una sociedad que nos exige el máximo rendimiento (… llamémosle productividad) y nos lleva a una actividad creciente que produce cansancio y agotamiento excesivo. El aumento excesivo del rendimiento produce el infarto del alma (las enfermedades neuronales antes mencionadas). Se trata de un cansancio que destruye toda comunidad, toda cercanía, incluso el mismo lenguaje… Es el cansancio de la actividad compulsiva, de la productividad. Actividad mental sin pensamiento, sin vacilación, sin posibilidad de decir no.

No obstante, hay otra posibilidad de cansancio, un cansancio inspirador, un cansancio de la potencia negativa, del “no-…”). Se trata de un “entre-tiempo” (no de un tiempo positivo, productivo, sino generador, creativo). A la manera en como Dios declaró el séptimo día sagrado… un día del no-…, un día que hace posible el uso de lo inutilizable. El entre-tiempo es un tiempo sin trabajo, un tiempo de juego, que se diferencia asimismo del tiempo de Heidegger, que es un tiempo de cuidado y trabajo… El cansancio fundamental suprime el aislamiento egológico y funda una comunidad que no necesita ningún parentesco… (pág. 78).

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