¿Qué es el amor? El compromiso. Teoría triangular del amor.

El diccionario de la RAE define compromiso como una obligación contraída, la palabra dada y que, obviamente, se tiene intención de cumplir. Su etimología (del latín: compromissum) nos la relaciona con “promesa” (pro/antes y missus-mittere/enviar): aquello que se hace por adelantado (se avanza su cumplimiento), como cuando antes de irte dices o anuncias que volverás. Comprometerse implica, pues, que cumplirás aquello que dices. Te obligas a realizar en el futuro la acción ahora enunciada, prometida, dicha/hecha por anticipado. Las promesas, los compromisos, pueden no cumplirse, pero comportan una ruptura, una traición.

En la teoría triangular del amor de Robert Sternberg el compromiso es uno de los tres elementos que configuran el amor consumado o, también podríamos decir, verdadero. Los otros dos elementos son la intimidad y la pasión (o erotismo). En la breve entrada sobre la teoría de Sternberg nos comprometimos a desarrollar algunos de los cambios o de las tensiones que la modernidad tardía o postmodernidad ha comportado en estos tres elementos. En esta entrada insistiré en el compromiso.

En una reciente entrada sobre Illouz, recordé que para los individuos modernos “comprometerse significa realizar una elección en la que se renuncia a la posibilidad de aumentar el propio bienestar. El compromiso implica una capacidad específica de proyectarse en el futuro, la capacidad de frenar el proceso de búsqueda y toma de decisiones desistiendo de encontrar mejores candidato”. El compromiso, pues, implica una orientación hacia el futuro en la que se supone que la persona será y querrá aquello que es y quiere en el presente. Pero en nuestra modernidad líquida y en una toma de decisiones basadas en un régimen de autenticidad “el cumplimiento de las promesas resulta ser una carga para el yo porque las decisiones deben reflejar su más profunda esencia emocional y deben seguir la dinámica de la autorrealización… la autorrealización presupone la discontinuidad potencial del yo (tal vez mañana sea algo que hoy no soy)”.

La paradoja viene a consistir en que el compromiso con nosotros mismos, con nuestro bienestar (y el no querer renunciar a una mejora de nuestra situación futura), nos lleva a no querer comprometernos con una relación/persona presente o a romper la relación si un encuentro casual o una búsqueda sistemática nos lleva a encontrar una relación/persona que consideramos mejor.

 

“Hasta que el interés nos separe”

Si los dos miembros que entran en una relación amorosa ponen esta premisa como base de su relación, como la fórmula principal de su contrato, “hasta que el interés nos separe”, nos encontramos ante lo que A. Giddens ha definido y descrito como amor confluente o relación pura (Las transformaciones de la intimidad). La relación pura se refiere a una situación en la que la relación social (amorosa) se establece por iniciativa propia (los dos individuos son libres), asumiendo lo que se puede derivar para cada uno de una asociación sostenida con otro y que se sigue manteniendo solo en la medida que se juzga, por parte de los dos implicados, que la asociación produce suficiente satisfacción para cada una de las partes. Podemos afirmar que los “contratos matrimoniales” modernos (y las relaciones sexuales a las que dan lugar o que los preceden, pero que son un elemento esencial de la relación) han evolucionado a una forma de relación pura o amor confluente.

El amor confluente ha substituido, en buena medida, al amor romántico. Se trata de un amor contingente, activo y que no se adecua en nada a las viejas expresiones que lo definían como “para siempre”, “para toda la vida”, “único” y otras propias del amor romántico. La sociedad de los divorcios y las separaciones, dice Giddens, es un efecto del amor confluente y no, como a veces se quiere pensar, una causa.

En una relación pura se presupone la igualdad en el dar y en el recibir emocional y erótico-sexual (se trata de un intercambio entre “iguales” que se mantiene mientras se considera que es apropiado para los dos). Se parte del implícito que cada parte de la pareja obtienen suficientes beneficios de la relación y que por eso merece la pena continuarla. Se acaba cuando ya no es así. Evidentemente, las “cláusulas” implícitas o no de la relación, como por ejemplo la exclusividad sexual, pueden variar de pareja en pareja. Ni que decir tiene que las “prácticas” diarias y particulares de este tipo de relación pueden alejarse mucho y mucho del guión marcado.

 

“Vivir en la incertidumbre”

Como insinuaba en el último párrafo, el día a día de una relación, de cada relación particular, no se puede ajustar a ningún guión previo. Todos sabemos que el “amor perfecto” es una construcción cultural –por más que pueda buscarse y desearse-. Y también sabemos que el sentimiento amoroso, lo que quiera que esto sea, no es uno y el mismo en todas las personas y que se expresa de formas diferentes, sino que hay muchos indicios para pensar que es un sentimiento diferente, entre hombres y mujeres, entre individuos concretos.

A. R. Hochschild en su libro La mercantilización de la vida íntima, nos advierte que en la cultura actual el sentimiento amoroso padece una gran tensión: Por un lado, se invita a los enamorados a que se entreguen de verdad y a que confíen plenamente en el otro (esto es lo que está implicado en el guión del “amor verdadero”); pero, por otro lado, se les advierte que si hacen esto no podrán estar seguros. Es decir, por un lado, se pretende que el amor sea lo más emocionalmente satisfactorio posible, que sea una relación expresiva y plena para los miembros de la paraje. Pero, por otro lado, en una situación de amor confluente, cada vez es menor la certeza de que el amor pueda perdurar, pues es un hecho que el índice de rupturas no para de aumentar. Esta es otra de las tensiones a las que el compromiso se ve sometido.

Hochschild nos dice que el miedo a la ruptura, a la pérdida de la persona amada –el fin del amor- no es nada nuevo, pero cuando la defensa contra la incerteza surge de la propia cultura del amor (un amor “capitalista” en su versión “confluente” como instrumentalización de la relación y aplicación de la fórmula “costes-beneficios”) hemos de reflexionar profundamente para comprender qué está pasando.

Esta reflexión que nos propone Hochschild, que hemos visto también en la perspectiva de E. Illouz, nos lleva a pensar que la emoción ha adoptado la estrategia del capital. Dicho de otro modo, se ha racionalizado (instrumentalizado), se ha vuelto más móvil y cambiante. De hecho, estamos aprendiendo a gestionar las emociones de otra manera y lo que sentimos (ahora y en nuestro compromiso con el futuro) no es independiente de la manera en cómo gestionamos las emociones.

“Al manejar el sentimiento en parte lo creamos… No estoy diciendo que la gente establezca relaciones más livianas que hace treinta años, o que considere que los vínculos superficiales son mejores que los profundos, sino que una importante estrategia para manejar las emociones consiste en desarrollar la habilidad de limitar los vínculos emocionales, dado que nos adapta a la supervivencia en la cultura desestabilizadora del capitalismo… “ (pág. 186 de la edición de Katz)

 

Para acabar, no creo que podamos o debamos afirmar que el compromiso, la obligación que se contrae con una persona cuando se entra en una relación, llamémosle, amorosa (o de pareja), haya dejado de formar parte del triángulo amoroso en los términos propuestos por Sternberg. Sencillamente, lo digo con ironía, el compromiso se ha “coplejizado”, impregnado, teñido o contaminado –no todas las metáforas nos están diciendo lo mismo- con las tensiones propias de los tiempos modernos. Por eso duele el amor.

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  1. Retroenllaç: L’amor, l’estiu i els divorcis | CESC_Blog de Francesc Núñez Mosteo

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