¿Què és el amor? El amor que duele. Eva Illouz.

Esta entrada es un resumen -y una interpretación-, principalmente, del libro de Eva Illouz  Por qué duele el amor. Una explicación sociológica. Madrid: Katz. 2012.

 

Una de las afirmaciones del libro que creo que es básica para entender el análisis del amor que hace esta autora, nos dice que “el amor refleja el atrapamiento del yo en las instituciones de la modernidad configuradas por las relaciones económicas y de género” (Illouz, 2012: 16). Aparentemente puede parecernos que libera, pero no nos ha hecho más felices y, además, ha dejado sometidas a las mujeres.

[Nota: Me permito recordar la idea de “el amor como invento de los hombres para someter a las mujeres” que hemos tratado en otras entradas de este bloc.]

El resultado dramático a juicio de Illouz es que las “mujeres heterosexuales de clase media se encuentran en una posición históricamente inédita, pues nunca han sido más soberanas de su cuerpo y emociones, pero a la vez están dominadas emocionalmente por los hombres de un modo que no tiene precedentes” (Illouz, 2012: 311)

Del análisis que Illouz lleva a cabo de este proceso, quiero destacar la voluntad de esta autor por no quedarse en una sola y excepcional descripción del proceso, sino que también manifiesta su voluntad, política y moral, de conseguir y de proponer que la sexualidad se transforme en un dominio de la conducta humana regulado al mismo tiempo por la libertad y por la ética (320). Se trataría de una regulación moral de la sexualidad, desde la libertad de los individuos (hombres y mujeres), que debería poner fin al sometimiento de las mujeres a las reglas implícitas en el campo sexual y de relaciones de pareja.

Veamos cuáles han sido alguno de los cambios en la estructura del yo romántico que reflejan los cambios sociales y que han llevado a las mujeres a la situación de “dominación” y a que el amor sea un asunto “doloroso”. ¿Por qué duele el amor?

[Nota: Anotar antes que Illouz, así nos lo dice ella misma, ha querido hacer con las emociones lo que Marx hizo con las mercancías, es decir, demostrar que las emociones están configuradas por las relaciones sociales, que no circulan libremente, que su carácter “mágico” en verdad es social y que condensan y contienen en sí las instituciones de la modernidad. En este sentido, el amor es un elemento central que nos permite entender la modernidad, pues enmarca las dos revoluciones culturales más importantes del s. XX: la individualización de los estilos de vida y la intensificación de los proyectos de vida emocionales y, por otro lado, la economización de las relaciones sociales o la utilización generalizada de los modelos económicos para configurar el yo y sus emociones (pág. 20).

Estamos ante un entrelazamiento de lo emocional y lo económico, un entrelazamiento que ha hecho que elección, racionalidad, intereses económicos y competencia hayan transformado los modos de buscar, conocer y cortejar a una potencial pareja, así como los modos de consulta y toma de decisiones acerca de los propios sentimientos (pág. 21)].

 

Cambios en la estructura de la voluntad.

En primer lugar destacamos las transformaciones que se han producido en la manera de hacer la “elección romántica” (la persona amada), transformaciones que afectan la “ecología de la elección” (es decir, el entorno social en dónde se llevan a cabo estas elecciones y que ha cambiado profundamente –la familia, las relaciones personales, el mundo laboral y social, etc.-) y la “arquitectura de la elección” (es decir, los esquemas mentales, la manera en como tomamos decisiones y el papel que otorgamos a las emociones y a la razón, etc.).

Concretando, estos serían algunos de los cambios significativos:

  • ampliación considerable en la cantidad de opciones disponibles, con la consiguiente sensación de contar con una infinidad de posibilidades;
  • la prolongación y complejización del proceso que lleva a quedarse finalmente con una opción;
  • el refinamiento cada vez mayor de los gustos en una variedad de dominios (desde la cultura hasta el físico y sexual);
  • la individualización y racionalización del proceso destinado a evaluar a otras personas;
  • la incorporación estructural en las relaciones de la idea de que siempre se puede mejorar la elección realizada…

En segundo lugar, hay que poner de manifiesto, por su importancia cada vez mayor en las relaciones de pareja (y por la autonomía que parece tener), el surgimiento del campo sexual. Estas son algunas de sus características:

  • La sexualidad pasa a ser una dimensión autónoma del emparejamiento, un área de la vida social que presenta un alto grado de mercantilización y un criterio independiente de evaluación…
  • Los actores compiten entre sí en tres sentidos:
  1. a) por las parejas sexuales más deseables;
  2. b) para determinar quién acumula más parejas sexuales, y
  3. c) en la exhibición de sus proezas sexuales y de su sensualidad… (pág. 314)

El campos sexual [utilizamos “campo” en el sentido de P. Bourdieu ] con mucha más frecuencia de lo que sucedía en otras épocas antecede e interfiere al denominado “mercado matrimonial”, también un espacio de relación social donde a la hora de buscar pareja era relevante el estatus económico, la educación, la personalidad, el encanto, etc. Actualmente, las personas tienden a quedarse más tiempo en el campo sexual y a preferirlo. Ahora bien, el campo sexual es dominado por los varones porque pueden permanecer en él durante más tiempo… tal dominación se refleja en su mayor renuencia a formar vínculos estables a largo plazo… (Illouz, 2012: 315)

Illouz expone algunos de los motivos de por qué es ventajosa esta situación para los hombres: el status social masculino depende hoy en día más de los logros económicos que de la constitución de una familia con hijos; la reproducción no les define biológica ni culturalmente (la búsqueda puede prolongarse mucho tiempo); y dado que los hombres emplean la sexualidad como símbolo de estatus, y las normas del atractivo sexual dan mayor valor a la juventud y la discriminación etaria proporciona una ventaja a los varones, la cantidad de candidatas potenciales para los hombres es mucho mayor que la de candidatos potenciales para las mujeres. (pág. 315)

Como conclusión de este apartado, podríamos afirmar que los hombres son más proclives a ver el merado matrimonial como un mercado sexual y tienden a permanecer más tiempo en dicho mercado, mientras que las mujeres tienden a concebir el mercado sexual como un mercado matrimonial y a permanecer menos tiempo. (Illouz, 2013: 109). Sexualidad acumulativa frente a exclusivismo emocional.

En tercer lugar, y como último cambio referido a la estructura de la voluntad, Illouz nos habla del miedo al compromiso:

Comprometerse significa realizar una elección en la que se renuncia a la posibilidad de aumentar el propio bienestar. El compromiso implica una capacidad específica de proyectarse en el futuro, la capacidad de frenar el proceso de búsqueda y toma de decisiones desistiendo de encontrar mejores candidato (134). El compromiso, pues, implica una orientación hacia el futuro en la que se supone que la persona será y querrá aquello que es y quiere en el presente. Pero en nuestra “modernidad líquida” y en una toma de decisiones basadas en un régimen de autenticidad “el cumplimiento de las promesas resulta ser una carga para el yo porque las decisiones deben reflejar su más profunda esencia emocional y deben seguir la dinámica de la autorrealización… la autorrealización presupone la discontinuidad potencial del yo (tal vez mañana sea algo que hoy no soy)” (135)

 

[Nota aparte: No puedo resistirme a hacer notar la “ironía” y la paradoja que encierra el que muchas de las personas que viven este drama ante la imposibilidad de cerrar un compromiso –el amor confluente, del que también hemos hablado en este blog- son también las que, muchas veces, se hacen tatuajes para “fijar” algún rasgo biográfico o de personalidad o… con el cual adquieren un compromiso con el propio cuerpo, con uno mismo, que con el tiempo fácilmente se hace poco deseable.]

 

Cambios en la constitución del reconocimiento.

La manera en como otorgamos reconocimiento a las personas y muy particularmente a la que queremos que sea o consideramos como “mi pareja” se ha transformado profundamente en la modernidad, y especialmente en la más reciente. Reconocer la singularidad, la especificidad del otro, su yo “único” y “auténtico”, se ha convertido en un imperativo que trasciende, en buena mediada, al reconocimiento de clase y de estatus social.

En este cambio en el reconocimiento, la sexualidad (y el amor) son componentes muy significativos en el proceso de valoración. Hoy se utiliza el atractivo y el encanto sexual como señales y herramientas de valor social, lo que les otorga un papel central en los procesos de reconocimiento… El fracaso en estos ámbitos amenaza el sentido del valor propio y la identidad (pág. 316) [Una amiga me explicaba como una sobrina suya, preadolescente, llegaba a la conclusión, desolada, que “¿si eres fea, qué pasa entonces, nadie te quiere?”]

Sentirse especial, sentirse desead@… es una señal imprescindible del reconocimiento por parte del otro, de “tu” pareja. En la relación amorosa este reconocimiento es fundamental para la percepción de uno mismo, par la construcción del valor propio en una era en la que el valor social es incierto y debe de generarse constantemente (pág. 161). No es algo que se tenga de por vida. No sé tiene tampoco de antemano, se genera de un modo preformativo (es decir, hay que actuarlo, crearlo haciendo, siendo y comportándose de una determinada manera), de ahí la ansiedad que pueden llegar a provocar las interacciones románticas pues se está poniendo en juego el valor del yo, el valor de un@ mism@ (pág. 166). De hecho, y este es una de las causas de la importancia del amor, el amor produce valor social y lo estabiliza. Es una especie de fuente de valor ontológico, o debería de serlo si no fuese por la facilidad con que puede entrar en “crisis” o ser puesto en duda.

 

[Otra nota aparte: Tampoco puedo dejar de hacer notar como la Trilogia de James 50 sombras de Greg trasciende y supera con enorme facilidad y satisfacción, sobre todo para Ana, alguna de estas paradojas y fuentes de sufrimiento amoroso. Además, téngase en cuenta también que la relación sadomasoquista, sobretodo en la posición del masoquista, es una fuente de seguridad ontológica excepcional, pues se pone en manos de otro del cual se confía absolutamente el placer, y el reconocimiento del yo. Es una especie de actitud religiosa. P. Berger, en El dosel sagrado, explica muy bien que la teodicea es un esfuerzo humano por el sentido, no es posible una vida sin sentido (hay que “justificar” las terribles contingencias de la vida), y el masoquista encuentra el sentido en la absoluta entrega a un amo y señor. Someterse a la absoluta voluntad de otro te libera de la búsqueda de la interpretación y del sentido. Obediencia absoluta. Las cosas son como son porque así lo quiere el señor. Esta es, en buena medida, la condición del individuo respecto a toda divinidad. Algunas de las críticas radicales a la religión se hacen desde la no aceptación de esta sumisión (del individuo moderno y autónomo) a la divinidad]

 

En nuestro contexto de modernidad, el reconocimiento implica una dinámica en la que cada persona debe exhibir su autonomía (175), hay que equilibrar la demanda (la necesidad) con la autonomía. ¿Puede esta situación llevar al compromiso del matrimonio, como un acto de reconocimiento del valor de la relación y de la persona? Debido al entrelazamiento institucional y narrativo entre el amor y el matrimonio, el compromiso constituye el telos narrativo del proceso de reconocimiento, el elemento que liga lo emocional con lo institucional. Son muchas (si no casi todas) las relaciones amorosas que deben desembocar en un “compromiso”, o bien finalizar. Sin embargo, gracias a la estructura de la autonomía, el compromiso es justamente lo que no se puede pedir a la otra persona (pág. 176). Esta es una nueva paradoja de la modernidad que hombres y mujeres deben comportarse como si el compromiso no estuviera englobado a priori en el vínculo. La intención de comprometerse debe ser un logro, no un requisito previo para iniciar la relación… (180)

La tensión entre el imperativo de sostener la autonomía y el de obtener reconocimiento genera una concepción económica del yo y de la psique… (la falta de disponibilidad funciona como señal económica de valor y “amar” puede transformarse en “amar demasiado”) (185) En este complicado mecanismo de negociación, las mujeres suelen llevar las de perder. Las relaciones íntimas tienen como fundamente la libertad contractual (en un mercado dominado, como hemos dicho, por los hombres) que excluye la posibilidad de responsabilizar moralmente a quien se echa atrás… (pág. 195). Y en estas relaciones las mujeres abandonadas tienden a culpabilizarse ellas mismas, a pensar en términos de “falta de valor” o de “no disponibilidad del hombre”.

Termino este apartado (de sutil y complejo desarrollo) con tres citas que nos dan muestra de la perspectiva adoptada por nuestra autora:

“Culturalmente, estas mujeres se ven impulsadas a asumir la culpa (conocida con el eufemismo de “responsabilidad”) por forjar relaciones con hombres que no están disponibles o, incluso, a culparse por “amar demasiado”. Lo que se activa en estos casos es la idea implícita, proveniente de la psicología, de que el yo es responsable por haber elegido mal y por necesitar un sostén inherentemente social, como lo es el reconocimiento o la asignación de valor.” (Illouz, 2012: 198).

“Los consejos [de los libros de autoayuda], que consisten en reemplazar el amor ajeno por el amor propio, niegan la naturaleza fundamental y esencialmente social del sentido del valor propio y exigen que los actores sociales generen algo que no pueden generar por sí mismos. El amor propio, en tanto obsesión e imperativo de la modernidad, constituye un intento de resolver por medio de la autonomía la necesidad concreta de reconocimiento, pero éste sólo puede ser otorgado si se acepta que uno depende de los demás (199-200) [La psicología moderna ha sido nefasta en este sentido]

“El proceso de reconocimiento no sólo se ve dividido según el género, sino que probablemente exprese las divisiones sociales fundamentales entre hombres y mujeres. A diferencia de lo que ocurre en la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, en la que el primero sólo puede ser debidamente reconocido por un esclavo autónomo, los hombres necesitan el reconocimiento femenino en un grado menor al que las mujeres necesitan el reconocimiento masculino. Y esto es así porque tanto hombres como mujeres necesitan el reconocimiento masculino” (pàg. 204)

 

Cambios en la activación del deseo

En las emociones amorosas contemporáneas operan dos estructuras culturales:

– una basada en la potente fantasía de la fusión emocional y la entrega absoluta a los impulsos eróticos;

– otra que se basa en los modelos racionales de autorregulación emocional y optimización de las elecciones.

De la primera estructura forma parte la idea del amor romántico como arrebato amoroso, y también como amor a primera vista, un amor difícil de justificar, un amor que parece sagrado, que supera la realidad experiencial del que ama, que nos hace olvidar de los propios intereses.

Pero en la actualidad, cree Illouz –y nos situaríamos en la órbita de la segunda estructura-, el amor no compromete ni moviliza la totalidad del yo… La pérdida de tal capacidad para generar creencias románticas es resultado de la racionalización de dichas creencias en tres ámbitos: la ciencia, la tecnología y la política. (pág. 212)

Amor ciencia y tecnología: El amor convertido en intimidad y la vida emocional sometida a las reglas de conducta (que marca la psicología para tener una “vida emocional sana”) imposibilitan la pasión amorosa. Se reduce la capacidad de transformar el amor en una fuerza mítica, transcendente a sí misma (pág. 222)

Amor y política: En este caso será el “feminismo de segunda ola” quien modificará la idea del amor como emoción. La voluntad es romper la desigualdad en las relaciones de pareja, buscar nuevas formas de simetría y equilibrio de poder en la relación, pero el efecto del mayor control en la emoción comporta el desencanto. Las relaciones íntimas se racionalizan y se transforma la naturaleza del deseo.

 

“El método hipercognitivo y racional para la elección de pareja [a lo que nos hemos referido más arriba como “arquitectura de la elección”] va de la mano con la expectativa cultural de que el amor proporcione experiencias sexuales y emocionales de naturaleza auténtica y no mediada…” (236)

[Nota: Internet ha radicalizado la noción del yo en tanto entidad que elige y la idea del encuentro romántico en tanto resultado de la mejor elección posible (239). El tercer capítulo de Intimidades congeladas de Illouz está dedicado a este tema]

En este proceso de transformación del “deseo” la imaginación moderna ha jugado un papel importantísimo. En este blog hemos tratado el tema de la imaginación en numerosas entradas [y volveré a ello de la mano de C. Campbell en relación con el consumo]. Resumo, brevemente, las tesis de Illouz.

La imaginación ha transformado la naturaleza misma del deseo… Ha codificado las fantasías culturales mediante las que se imagina el amor como un relato, como un suceso y como una emoción, y ha hecho del anhelo fantasioso su condición perpetua. El resultado es que se ha tornado difícil desentrañar lo imaginario de lo real en la experiencia amorosa… Las fantasías colectivas afectan la experiencia romántica… nos imponen “guiones” o esquemas sobre la naturaleza del deseo romántico (pág. 260)

“La imaginación es la capacidad de sustituir la experiencia “real” del objeto mediante sensaciones cercanas a las que sentiríamos en la vida real. Por lo tanto, ésta no anularía la realidad, sino que más bien intentaría imitarla valiéndose de las sensaciones, los sentimientos y las emociones que hacen presente aquello que está ausente.” (Illouz, 2012: 261)

La imaginación es pues, la capacidad de inventar algo que antes no existía y cuando nos enamoramos en gran medida inventamos el objeto de nuestro propio deseo… Esto lleva a preguntarnos por la autenticidad, en nuestro mundo, de los sentimientos que activa la imaginación justamente porque el amor puede crear su propio objeto mediante ella… (pág. 262)

“Con el advenimiento de la modernidad, el amor y el bienestar emocional se convierten en objetos de la fantasía utópica… La cultura consumista articula con gran potencia un proyecto emocional de autorrealización personal y organiza la subjetividad privada y emocional del individuo moderno en trono a sus sentimientos y fantasías, a la vez que deposita el ejercicio de la libertad en una individualidad que debe realizarse y también imaginarse…

Así, lo que se conoce como “proyecto de vida” es en realidad la proyección institucionalizada de la propia vida personal hacia el futuro, por medio de la imaginación. En efecto, la modernidad institucionaliza las expectativas del sujeto y su capacidad para figurarse sus propias oportunidades de vida en la práctica cultural de la imaginación. Las emociones son transformadas en objetos de la imaginación en tanto un proyecto de vida no es sólo una práctica cultural imaginada sino que puede incorporar también proyectos emocionales que a veces son muy elaborados.” (Illouz, 2012: 265)

Este poder de la imaginación, que la hace tan valiosa, es el poder que también la hace tan peligrosa y un vehículo de sometimiento a las formas culturales (del poder) y a la cultura que nos propone la industria cultural (es decir, la industria del consumo y de los intereses económicos). Un buen ejemplo es el amor, una emoción que “se empieza a entrelazar cada vez más con las tecnologías culturales que liberan la actividad imaginativa pero, la mismo tiempo, la codifican al organizarla en el marco de ciertas fórmulas narrativas bien delimitadas” (pág. 265). Más aún, como le pasa a la desgraciada Madame Bobary “La imaginación es el motor mismo que le da fuerza a la colonización del porvenir, pues permite anclar las elecciones actuales en la imagen que uno se ha formado del futuro, lo que a su vez configura ese futuro.” (269)

El problema de la imaginación tiene que ver con la organización del deseo, con los modos en que se desea, en que ciertas cogniciones culturalmente destacadas le dan forma al deseo, y en que tales deseos inducidos por la cultura generan determinadas formas comunes de sufrimiento, como la insatisfacción constante, la decepción la nostalgia perpetua. Llegados a este momento del análisis, Eva Illouz plantea dos cuestiones-dilemas que me parecen cruciales y cuya respuesta –su misma formualción- tienen que ver con el carácter ético que hemos querido resaltar de esta investigación: uno de ellos reviste carácter epistemológico, ¿lo que vivo es la experiencia en si misma o su representación?; y el otro es de naturaleza ética, ¿cómo afecta mi capacidad para llevar una buena vida? (pág. 270)

La confusión, llamémosle así, entre imaginación y realidad, y la tematización de las emociones a la que la industria cultural nos somete [la comparación con otros modelos nos hace más propensos a percibir con matices negativos nuestra experiencia cotidiana] tiene, entre otros efectos que “la imaginación eleva el umbral de aspiraciones masculinas y femeninas sobre los atributos deseables en la pareja y/o sobre las posibilidades de una vida en común… se coloca en la misma línea que la experiencia de la decepción que muchas veces viene de la mano de la imaginación… y en el amor constituye una fuente importante de sufrimiento” (280).

La decepción se convierte en una práctica cultural y, por ejemplo, el sentimiento de decepción con la pareja, con nuestra propia vida o con nuestra falta de pasión no es solo una experiencia psicológica de la esfera privada ni una expresión del determinismo de las hormonas, sino también un tropo dominante en el ámbito emocional… (281). Más aún, en la modernidad el rasgo dominante del amor no es solamente la decepción, sino la anticipación de la experiencia decepcionante. (281)

“Cada vez cuesta más que conecten entre sí el deseo, la imaginación y lo real, debido a dos factores fundamentales. Primero, la imaginación va quedando cada vez más estilizada y vinculada con los géneros y las tecnologías que activan emociones ficcionales, estimulan la identificación y anticipan las fórmulas narrativas y las escenas visuales. Segundo, la vida cotidiana se basa en categorías culturales y cognitivas que dificultan la organización de las experiencias y relaciones románticas en un esquema cognitivo de naturaleza holística. En consecuencia, la imaginación y la fantasía han ido adquiriendo cada vez más autonomía con respecto a sus objetos. Sin embargo, me atrevo a sostener también que la imaginación y la fantasía no sólo son autónomas, sino también se han tronado autotélicas, es decir, que llevan en sí mismas la justificación de su propio fin (placentero)”. (pág. 302-3)

Como dijimos al principio, Illouz nos muestra que las emociones, y especialmente el amor –que no es simplemente una emoción-, no brotan de un fondo personal (i/o animal) que las hace únicas y singulares, sino que están configuradas por las relaciones sociales, que condensan y reflejan las instituciones de la modernidad. Los cambios estructurales, los cambios sociales, tienen siempre su versión en las conciencias de las gentes. El amor (más allá de lo que tenga que ver con nuestra biología y con nuestras hormonas, que tiene que ver, claro está) es, antes que nada, un ideal de nuestra cultura (una manera de comprender y de llevar a cabo un tipo de relación), pero, como dice Illouz, más aún que un ideal el amor constituye un sostén social del yo, un sostén que se ha visto afectado por los cambios en las “fuentes” de donde mana su caudal. “Justamente por ello, hace falta que la ética regrese de manera urgente a la esfera de las relaciones sexuales y emocionales, en tanto dichas relaciones han adquirido una importancia crucial par la formación de la dignidad y el valor propio.” (321)

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