Amor y sexo por compasión

Podría afirmarse que la compasión y la simpatía, también la conmiseración, la pena e incluso sentimientos más complejos como la piedad o la misericordia, incluyen de alguna manera el amor, o pueden mover al amor o el amor puede llevarnos a ellos. Menos claro está que esos sentimientos puedan incitarnos a mantener una relación sexual. Intentemos analizar algunas de estas complejidades –y recovecos– del corazón.

Si nos remitimos a la etimología de la palabra “compasión”, veremos que está compuesta por la preposición latina “cum” (con) más la palabra de origen griego, “pathos” (de donde deriva pasión). El “pathos” vendría a ser la sede de las emociones, el lugar donde tienen lugar los sentimientos. Com-pasión indica pues el conmoverse con el sentimiento (generalmente el dolor o la pena) de alguien. Sentimos compasión por quien se siente desgraciado o triste por la pérdida de alguien, porque ha sufrido una desgracia, porque la vida, en definitiva, no le sonríe. Pero no lo juzgamos, porque la compasión es un sentimiento premoral, sentimos con él (una especie de solidaridad) su dolor, le acompañamos.

El mecanismo emocional de la compasión es el mismo que el de la simpatía (de la partícula griega sim –que significa “con” – más “pathos”: exactamente la misma etimología que compasión). Sentir simpatía por alguien, algo que se siente también muchas veces antes de conocer (bien) a una persona y poder juzgar su valor moral (si es una buena o una mala persona), es sentirse inclinado a compartir su emoción, sus sentimientos, su pathos. Mecanismos emocionales muy próximos son la conmiseración, la conmoción o la empatía. Una aproximación emocional a la otra persona, un sentirnos próximos de forma pre-judicativa. Una especie de pre-juicio. Ahora bien, una vez conocidos y valorados los actos de esa persona pueden llevarnos a pensar que no merecía nuestra “simpatía”, nuestra emoción, en definitiva, nuestro amor, que se lo otorgamos antes de conocer su comportamiento, su valor moral, su calidad como persona, su conveniencia para nosotros mismos.

Comprendido así este mecanismo emocional, no nos ha de extrañar que algunas personas, no sé si muchas o pocas, hagan servir el mecanismo de producir “pena” (lástima) cómo un camino para conseguir el amor, la compasión-simpatía de otra personal. Esta es la estrategia de algunos hombres (muchos más que mujeres, por el tipo de educación recibida) para conseguir la atención (simpatía, emoción en definitiva) de alguna mujer, que en su condición (producto de la educación también) más empática-afectica se siente conmovida por la persona que se muestra afectada, entristecida, como demandando la compasión (la simpatía en definitiva) de alguien que lo va a sacar del agujero en el que está sumido (podríamos arriesgar a decir que este es un mecanismo emocional al que recurren muchos niños: retirarse enfadados-apenados a un rinconcito esperando que un progenitor –que suele ser la madre– vaya a sacarlos-salvarlos de la situación, despertando la compasión-simpatía. Una modalidad (¿una semilla?) del amor que redime.

[Un buen ejemplo de ello, lo digo en relación a una entrada anterior, es el amor de Anastasia, en 50 sombras de Grey, que es capaz de redimir al ensombrecido –y sumido en un caos emocional– Christian, quien a cambio, como buen macho alfa que en el fondo también es, le dará seguridad, estabilidad, reconocimiento y de alguna manera le permitirá mantener su autonomía. Recuérdese también como muchos de los personajes representados por Woody Allen en sus películas –¿el mismo W. Allen?– recurren a esta estrategia de la “pena” –el desvalimiento emocional– para ligar-enamorar.]

Sin lugar a dudas, este juego-mecanismo emocional de pena-compasión, un mecanismo de afectos, tiene múltiples variantes en las relaciones de pareja. Si bien el contrato matrimonial es, entre otras cosas, un permiso de acceso sexual entre los miembros de la pareja (este es uno de los aspectos relevantes que regula el matrimonio-pareja de hecho, con o sin papeles, con todas las infidelidades e incumplimientos, claro está, que la calidad de los valores morales o las circunstancias pueden comportar), este acceso sexual está regulado, también y principalmente, por la compleja trama emocional que se teje a lo largo de una relación. Aunque la relación sexual pueda pensarse que idealmente debe de ser motivada por… (y aquí caben muchas versiones), es evidente que los mecanismos emocionales de la simpatía, la compasión, el con-sentimiento (no deja de tener gracia la similitud etimológica del término) –que no siempre implica agrado, ni pasión, ni, ni…– son motivo de muchos de los encuentros sexuales en una relación de pareja (y aún fuera de la pareja).

No estoy seguro si en el “consentimiento” para mantener una relación sexual, cuando es movido por el objetivo de obtener algo de alguien (tal vez también pudiéramos decir por el deseo), por ejemplo el perdón (por un supuesto daño o agravio causado) o un don concreto, está implicado el movimiento emocional genérico que hemos descrito como compasión-simpatía. No hay duda, es verdad, que ese acto de consentir (y ofrecer-ofrecerse) puede comportar el movimiento emocional, y despertar con la relación sexual las emociones del otro de quien se espera obtener algo.

En este sentido, es evidente que la relación sexual (con un/a desconocido/a, o con la propia pareja) puede hacerse servir como un elemento de “retórica emocional”, es decir, como una estrategia para despertar las emociones del otro, para conmover, esto es, para llegar a su “pathos”, hacerlo sentir… simpatía, compasión. Recordemos que el arte de la retórica es, en un buen grado, el arte de saber despertar o conmover las emociones de la audiencia.

La frontera entre el consentimiento y el don (el regalo el ofrecimiento), cuando no hay violencia y coacción, claro está, es bastante difusa. Por ejemplo, es difícil valorar qué hay de compasión-simpatía en el hecho de que alguien con gran capital erótico (belleza o juventud, pongamos por caso) acepta, consiente, propone [soy consciente que no es lo mismo, pero insisto en la debilidad de trazar las fronteras en la práctica] mantener una relación sexual con alguien que está muy por debajo de su “valor erótico” (por seguir con la metáfora del capital) y que no lo compensa con un capital cultural o económico (como tantas veces sucede en este tipo de relaciones, perfectamente documentadas por las revistas del corazón, las novelas eróticas o muchas películas de amor). No sé muy bien si en este caso lo que mueve a la relación es una especie de acto de conmiseración-simpatía (en el sentido indicado), o hay también un sentimiento de poder (el que hay en el que otorga un don, en el que hace un regalo a quien no puede o no tiene), alguna forma de satisfacción, e incluso alguna forma de soberbia ante la constatación del poder que se tiene. Puedo y doy. Regalo porque tengo y puedo. Una forma de “poder” (y que puede o no tener efectos de dominación; puede, insisto, pero no necesariamente debe).

Y aún quiero considerar a un personaje singular que podría encajar en esta dinámica del amor y del sexo movido por la compasión (si bien la dirección no es nada clara). Se trata de la figura, mujer exclusivamente, diría, que ha habido y todavía hay en muchas poblaciones (pueblos las más de las veces pero podría darse en comunidades urbanas) que sin hacerlo por dinero, ni mucho menos, se ha encargado de iniciar en el sexo a mucha de la población masculina del pueblo o de la comunidad en cuestión. No tanto porque los hombres la pretendieran – y fueran capaces de conquistarla– por su gran atractivo (capital erótico), sino por su desvalimiento, por su disponibilidad, por su capacidad de simpatizar –y/o de provocar simpatía (no solo atracción sexual)-. El efecto de su condición la acababa haciendo atractiva-simpática a muchos de los, en definitiva, desvalidos y necesitados machos y machitos de la población. No hay duda que muchas circunstancias pueden hacer difusa y variable la delimitación entre el interés (de las dos partes) y la compasión y/o simpatía también de las dos partes. [En la literatura, en el cine y en algunas canciones puede encontrarse este personaje].

Para acabar, aunque he de confesar que me siento inseguro, podríamos situar en esta órbita de emociones, el sexo-asistencia a personas discapacitadas, si es que puede hablarse en estos términos. No cabe duda de que se puede llegar aquí por dinero, pues por dinero se hacen y se pueden llevar a cabo muchas acciones, pero también es posible pensar en términos de compasión o incluso de imperativo moral, de generosidad. No lo sé, el tema merece respeto (es decir, saber juzgar rectamente) y una reflexión profunda.

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2 thoughts on “Amor y sexo por compasión

  1. Buenas noches Francesc, decir que ha sido una gran alegría encontrar este blog ya que fui alumna tuya en el Instituto Baldiri Guilera del Prat de Llobregat en las clases de Psicología, Sociología y Filosofía. Siempre nos hemos acordado mis compañeros y yo de tus clases y las muchísimas cosas que aprendimos contigo y que hoy en día mcuahs veces aún digo y explic0 mi entorno. A partir de ahora tienes una lectora más. Saludos !!

    • Qué ilusión este “reencuentro”! [aunque por Mireia, sin más, no te ubico]. Lo que me dices me satisface enormemente y renueva el sentido de mi trabajo y el esfuerzo de esos años. Un enorme regalo el que me haces, grande de verdad, y te lo agradezco mucho, con todo mi corazón. Gracias.

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