Intimidad. Teoria triangular del amor.

La intimidad, qué es la intimidad, no se puede describir o definir fácilmente, pues tiene muchas dimensiones. Para empezar, no debe confundirse con interioridad (aquello que es personal, propio), ni tampoco con privado (doméstico), como lo opuesto a lo público. Esto no quiere decir que en ningún caso tenga que ver con lo personal ni con lo que suele mantenerse en un espacio no público.

Por norma general, la intimidad se comparte con alguna o varias personas, suele tratarse de una relación, de una conversación, de un trato “cuidadoso” entre personas. En este diálogo-relación se tejen vínculos, se comparten emociones, conocimientos, se llevan a cabo acciones; proporcionan conocimiento mutuo y autoconocimiento. Podríamos decir que se crea una esfera mini-pública de relaciones personales. Generalmente lo íntimo, si se hace público, en el sentido de extraerlo de la esfera en la que se ha tejido voluntariamente –pero a veces involuntariamente, como por ejemplo en la entrevista con un médico-, es un dato, un conocimiento que nos puede perjudicar, que puede deteriorar nuestra imagen, que alguien puede utilizar para hacernos daño de algún modo. (En parte, esta idea de intimidad proviene de Viviana Zelizer en The Purchase of Intimacy)

La intimidad tampoco es una emoción, si no, como digo, una experiencia compartida (sigo ahora al maestro R. C. Solomon), una experiencia que nos aproxima a la “identidad” de la persona con la que se comparte y que, en el caso del amor, nos ayuda a configurar la nuestra propia. No nos hace vulnerables, ni mucho menos, sino más consistentes al “fundirnos” con otra persona, al crisolarnos ante la mirada atenta y los cuidados de “otro”. Por eso es tan valiosa, y por eso, si se descontextualiza, pueda hacerse servir para dañarnos.

El amor suele implicar la intimidad, el sexo suele considerarse una relación íntima, y creemos que la intimidad requiere la confianza y el compromiso. Ciertamente, suele ser así, pero no es necesario. El sexo puede tenerse sin intimidad y la intimidad sin compromiso, y el compromiso sin sexo, etc. Si alguna cosa comporta la intimidad es proximidad, compartir experiencias, emociones, conversaciones. Forjarse la identidad en cercanía de otro(s). En el amor esta proximidad suele implicar el estar disponible, abierto a las necesidades del otro. Estamos, pues, hablando de relación; las relaciones son variables, entre personas y a lo largo del tiempo. La intimidad que alcanzamos con una persona nos modifica y se modifica. Por eso, tal vez, puede resultar más excitante o atrayente al principio de una relación.

Si aceptamos que estas pueden ser definiciones “esenciales” de lo que entendemos por intimidad, no parece que este trato personal no se haya podido dar en buena parte de nuestra historia y aún de cualquier otra cultura humana. Pero esta no es la cuestión que nos ocupa.

Lo que sí ha cambiado en los dos últimos siglos, estos que denominamos “modernos”, es la ubicación de lo íntimo, su reclusión en la esfera privada (en la antigüedad, esta era la esfera económica apartada de lo público-social). La modernidad (cito mi entrada anterior) construyó y privilegió los espacios para cultivar y hacer crecer lo íntimo y, al separarlo y esconderlo del espacio público (y como efecto de la autopercepción de la profundidad del yo), lo convierte en aquello que se supone privado y que también resulta ser una fuente de sentido y autenticidad.

Foessel, en un sorprendente y sugeridor libro (La privación de lo íntimo. Las representaciones política de los sentimiento. Barcelona: Península, 2010) argumenta que la esfera de la intimidad surgirá en la vida moderna como una exigencia de autonomía personal frente a las intromisiones de la familia, la tradición y la religión. El mundo moderno no inventa la intimidad pero sí que proporciona las condiciones de posibilidad de su institucionalización (y reclusión a la vida privada).

Esta reclusión de lo íntimo en lo privado, de equiparación de lo uno con lo otro, ha tenido algunas consecuencias que podríamos llamar no deseadas, pues se supone que, como propiedad privada que es lo íntimo, se tiene sobre ello un derecho exclusivo pero que, claro está, se puede intercambiar o alienar mediante contratos. Y a su vez, nos vuelve conmensurables –intercambiables [valor de cambio]- con los demás (Foessel, 2010:112).

Este es un hecho que hace que lo íntimo privado también esté atravesado por el cálculo y el interés instrumental. Es un prejuicio pensar (dice Zelizer ) que la intimidad sólo tiene que ver con emociones y privacidad, una especie de espacio de reclusión y recogimiento en el que estamos protegidos del “despiadado” mundo exterior. Un espacio en el que solo nos movemos por sentimientos, lealtades y ternura y no por intereses económicos y cálculos y demás estratagemas. No, la esfera íntima-privada no está en absoluto separada de la esfera económica y en las condiciones de la sociedad actual, los entrecruzamientos entre esfera íntima y económica son múltiples y, muchas veces, fuente de conflicto. No en vano, han crecido conjuntamente. Y no podemos obviar lo que es un hecho de la vida cotidiana.

No obstante, vida privada y vida pública funcionan como dos esferas separadas cuyos sentidos y significados son diferentes (y aún dentro de cada una de ellas encontramos esferas diferenciadas con sentidos y significados también diferentes). Las personas transitamos sin dificultades de una esfera a otra, y al cambiar cambiamos casi sin darnos cuenta nuestros discursos, valores y juicios. Podemos afirmar una cosa y casi la contraria según la situación (la esfera de acción) sin que nos demos cuenta de la posible contradicción. También es verdad que sabemos lo que se puede decir y lo que no según la esfera en la que nos situemos y es posible que nuestras valoraciones y juicios sean diferentes. ¿Mentimos? No exactamente, nos adecuamos a la situación; somos camaleones (que se adaptan a la circunstancia) y no mentirosos o hipócritas, como ingenuamente se puede pensar.

Una última consideración. Hay que tener en cuenta que la segunda modernidad –la modernidad líquida o era del consumismo– desborda lo íntimo de sus espacios privados y lo hace implosionar en el espacio público. A esto le podemos llamar extimidad como proyección pública de la íntimo, consecuencia, en parte, de un mundo dominado por la imagen. [Más adelante dedicaré una entrada a la importancia de la imagen –consumo visual- en nuestra cultura] En verdad (lo reitera E. Illouz, a quien parafraseo) las TIC permiten una enorme reflexividad que convierten al yo en algo que se puede dimensionar fácilmente y presentar en los espacios públicos. No en vano, hemos saturado la esfera emocional, la hemos comercializado y, con la ayuda de la psicología clínica, hemos transformado el yo –y algunos de los espacios íntimos de su construcción en la vida moderna- en una representación y, casi, en un espectáculo.

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