EXTIMIDAD. Fotogramas del alma (por F. Núñez y Pau Alsina)

El texto que sigue forma parte del catálogo de una exposición, “Extimidades”, que tuvo lugar en el centro de arte ES BALUARD, en Palma de Mallorca el noviembre de 2010.

(https://paualsina.wordpress.com/2010/11/20/texto-extimidades-en-la-era-digital/)

 

“¿Os imagináis cómo sería vivir en una casa con paredes de cristal, abierta al público y sin ningún tipo de intimidad? Así se sentirán los nuevos concursantes de La casa de cristal… La concurrida explanada de Nuevo Centro es el lugar elegido para que los concursantes elegidos convivan 33 días en un apartamento transparente de 18 metros cuadrados. El reality consiste en que durante el mes de noviembre dos personas tendrán que vivir en ese espacio totalmente vetado de intimidad. También podremos seguir los pasos de las dos personas elegidas por televisión, radio, prensa e Internet 24 horas.”

Así se presenta un reality show que se basará en mostrar la intimidad de los participantes. La experiencia tiene un precedente en Chile. Pero la irrupción de las cámaras en los espacios privados y domésticos no es nada nuevo. La exhibición de la intimidad, propia y ajena, está a la orden del día.

La intimidad era antaño la fuente de la autenticidad, el atributo esencial del hombre, pues venía a “representar la diferencia sustantiva entre el hombre y el animal” (Ortega y Gasset). Esa misma intimidad es hoy banalizada, reducida a una privacidad inexistente, convertida en un puro espectáculo. Las cámaras de Gran Hermano emiten en vivo y en directo las relaciones privadas de los concursantes. Y estos confiesan en la habitación más secreta de la casa sus más íntimos pensamientos. Las revistas del corazón publicitan los avatares de la vida íntima de los famosos. Al tiempo que miles de cámaras de televisión instaladas en espacio públicos y privados y un ejercito de cámaras fotográficas y videocámaras instaladas en ordenadores y teléfonos móviles vuelven públicas nuestras vidas.

No hace falta recurrir a la distopia del Gran Hermano omnipotente que anunciaba George Orwell en su novela 1984, porque desde la llegada al espacio público de los satélites espías, que hicieron las delicias de las agencias de inteligencia en tiempos de guerra fría, hasta las aplicaciones populares como Google Street View, que escanea completamente la faz de la tierra, nuestras vidas están siendo constantemente monitorizadas. Nuestra intimidad, ahora fusionada con la privacidad misma, se ha visto sacudida y difundida a diestro y siniestro. Y hemos aprendido a vivir con ello, o quizás ya no podemos vivir sin ello. La sociedad panóptica que anunciaba Michel Foucault ha superado las expectativas; se ha pasado de la producción de subjetividades temerosas del poder a las afirmaciones del sujeto deseante y constituido bajo las tecnologías del yo, instalado en el asedio a ese “sí mismo” que deviene objeto de discursos como el de la sexualidad y “que sirve de soporte a esa antigua forma, tan familiar e importante en Occidente, de la predicación” [FOUCAULT, Michel. (1995) Historia de la sexualidad. Vol 1. Madrid: Siglo XXI. Pág 14.]

Psicólogos, psicoanalistas, diseñadores, estilistas, periodistas, técnicos y expertos redecoran nuestros hogares, nuestros deseos, nuestra imagen o la vida misma mientras ponen a prueba los límites entre lo público y lo privado. Cuanto mejor se soporte la vergüenza que pueda suponer la exposición pública de lo que se ocultaba en el secreto, íntimo, y mejor se sepa vender la propia imagen, generalmente reservada como muestra de autenticidad, mayor es el premio que se obtiene.

El hic et nunc de nuestro cuerpo y nuestra vida se digitaliza para volverse inmortal. A nadie le sorprende ya, y nos mostramos casi indiferentes por nuestro parcial ingreso en el mundo de los inmortales. Jóvenes que se hacen famosos desde su habitación abierta al mundo, o que se muestran satisfechos por poder colgar en la red vídeos de sus proezas eróticas para regocijo de los consumidores de amateurismo casero a la caza de esa denostada autenticidad. Estudiantes que son sancionados por propagar con el bluetooth del móvil imágenes captadas en las duchas de su colegio. Cámaras de seguridad que controlan nuestro paso por oficinas bancarias, centros comerciales o salas de aeropuerto donde, al mismo tiempo, se digitalizan las huellas de las mano y el fondo de los ojos. Y centenares, miles, millones de conferencias por videochat mantenidas por parejas, amigos o desconocidos, que han decidido, solitarios, compartir sus intimidades, proyectándose, de forma intemporal e indeleble, por el espacio tiempo.

En unas ocasiones, la intimidad se confunde con la identidad; en otras, con la privacidad; a menudo se acepta que la intimidad es lingüísticamente inexpresable, para, finalmente, ser considerada radicalmente incompartible. Pero ¿qué es realmente la intimidad? ¿Se trata de un sucio secreto que hay que ocultar? ¿Es un derecho ineludible a preservar? ¿O es la fuente originaria de nuestra humanidad más esencial? ¿Cuáles son los atributos que la singularizan respecto a la interioridad o la exterioridad misma? Tal vez la intimidad no sea un secreto del individuo, sino más bien un efecto del lenguaje, que presupone a la comunidad; intimidad y comunidad como límite y condición de posibilidad una de la otra. “La intimidad, más que presentarse como una condición del lenguaje, aparece como un efecto suyo. Pero un efecto tan necesario que su falta es suficiente para que el lenguaje deje de ser una lengua efectivamente hablada por seres humanos. Ahora bien, ese fondo (o más bien doble fondo) de intimidad cuya sombra se añade a la superficie brillante del significado público de las palabras, ese doblez del lenguaje, no siendo lo que nos hace posible hablar con otros, es sin embargo lo único que hace que hablar con otros nos merezca la pena o, dicho de otro modo, nos guste” [PARDO, José Luis (1996) La Intimidad. Valencia: Pre-Textos. Pág 53.]

Hoy nos situamos ante una interioridad que en el pasado, bajo los ideales ascéticos que rigieron en la Antigüedad el pensamiento europeo, era considerada la mínima expresión del exterior. Esos ideales ascéticos de los que habló Nietzsche [NIETZSCHE, Friedrich (1972) La genealogía de la moral. Madrid: Alianza. (Tercer tratado)] implicaban un fuerte anhelo de la metafísica en Occidente, con su enraizada pretensión de progreso hacia lo suprasensible, abandonando lo sensible. El rechazo de la sensibilidad, de la afección, de todo aquello que implique una dependencia del alma respecto al exterior hizo que los órganos sensitivos se convirtieran en “agujeros del alma por los cuales corre el peligro de derramarse”. El “afuera” centrado en el cuerpo, el espacio o la carne del alma se convierten en nada, desertizando al exterior mismo para no desear nada, no necesitar nada, no sentir nada. Pero, paradójicamente lo que nos revela esa interioridad formada bajo ideales ascéticos, que desertizan lo exterior, no es otra cosa que el primado de esa exterioridad: es desde lo sensible desde donde pretendemos elevarnos hacia el orden nouménico de la metafísica. Porque “ser es ante todo ser sensible, ser sentido (aunque luego se pretenda que ser es, sobre todo, ser suprasensible, ser inteligible)”, para poder afirmar entonces que “las sensaciones no solamente están fuera del sujeto-alma (a saber, en el cuerpo, en el exterior), sino que, además, son antes que él (primado de la exterioridad)”. [PARDO, José Luis (1992) Las formas de la Exterioridad. Valencia: Pre-textos. Pág 26.]

En los pueblos más antiguos y entre los griegos de la época clásica se podría distinguir entre el “afuera” de la vida pública, del ágora en la que los hombres libres llevaban a cabo sus acciones y sus discursos, y la interioridad de un espacio privado, el gineceo, que devenía propiedad del hombre libre, desde donde las mujeres y los esclavos manejaban la economía familiar. Como bien señala Pardo [PARDO, José Luis (1998). “Políticas de la intimdada. Ensayo sobre la falta de excepciones. Logos. Anales del seminario de Metafísica , vol. I, pp. 145-196. Pàg. 147] solo los hombres libres y públicos disponían del espacio de la libertad. Si es específicamente humano el poder de recortar una parcela de continuidad e infinitud del espacio, separarlo de todo el mundo restante y configurar con ello un sentido, es específicamente moderno otorgarle a la vida cotidiana y a la privacidad el valor y el sentido que en Occidente hemos llegado a otorgarle.

Las modernas ciencias sociales, por ejemplo, la sociología, la psicología, la economía o la pedagogía, como también los profesionales del mundo del periodismo, la publicidad, el marketing o hasta los sesudos juristas y los artistas más creativos, han centrado su atención, directa o indirectamente, en la caída del hombre público, así como en la emergencia de la vida privada y el advenimiento de lo íntimo como valor central de la vida humana y espacio de sentido. Parecería ser que es desde la supuesta interioridad del espíritu humano (las fuentes del yo) de donde brota el valor y la autenticidad de nuestras vidas. Lo íntimo requiere de lo privado (de lo que no está sometido a las reglas explícitas de la vida pública) como el tesoro del pirata, de ser enterrado y escondido de la mirada de los otros.

Aunque estos órdenes de cosas se dan juntos (a saber, caída del hombre público, advenimiento de la vida privada y autocomprensión como seres que poseemos una interioridad insondable fuente de lo más personal e íntimo y de nuestra singularidad), no debemos confundirlos con la intimidad, por más que se entrecrucen, se necesiten o se complementen. Si hablamos de la identidad como algo íntimo, es porque, como decimos, consideramos que la identidad brota de las profundidades de nuestro ser, de aquello que está escondido, que es singular y único (por más que manifieste nuestra humanidad). Si hablamos de la intimidad como algo privado, es porque la modernidad –la caída del hombre público- y el giro hacia la valoración de la vida cotidiana, hace de los ámbitos de la vida privada (el hogar, la familia, los amigos) el espacio propicio para la expresión y presentación de lo íntimo, de lo que brota de dentro y está –o debe estar– escondido: los afectos, los deseos, los vicios, las pasiones. Apartada del espacio público, donde lo interior es representado siguiendo las normas establecidas, y originada en lo auténticamente nuestro, la intimidad se confunde también con lo radicalmente inefable y con lo que no puede ser compartido. El “mi” que suele acompañar a expresiones como “mi vida (privada)”, “mi identidad”, “mi intimidad” no denota tanto la posesión del sustantivo que acompaña, como la singularidad del yo que lo expresa; por eso se confunden; por eso se tornan inefables.

Puede ser íntimo un pensamiento, el pálpito del corazón, lo que guardas en un cofre debajo de la cama o la caricia del amante. Pero también podría ser de otra manera, porque la forma de entender la intimidad, lo que es propio o lo que no lo es, lo que está dentro o fuera, lo que es público o privado son conceptos no acabados, como la naturaleza humana misma. Quedan lejos los tiempos en que se afirmaba que “si la verdad del hombre es pensada como su coincidencia consigo mismo (o en otras palabras su identidad) y puesto que la autoexploración nunca dejará de arrojar un saldo negativo (falta de coincidencia, falta de identidad) la intimidad siempre será experimentada como pecado y como maldición (de los que hay que liberarse mediante confesión) como falta y como culpa, dejando aparte que la responsabilidad última de esa culpa haya de recaer sobre la falsaria sociedad que nos obliga a declinar nuestra identidad o sobre nosotros mismos que, como pecadores, nos apartamos del camino recto seducidos por mezquinos intereses de brillo social” .[ PARDO, José Luis (1996) La Intimidad. Valencia: Pre-Textos. Pág 135.]

El vocablo “íntimo está compuesto por la locución latina inti, que significa interior, y el sufijo superlativo mus. Así, Intimus remite a algo muy interior, muy “adentro”, y por extensión, a algo escondido, que no está expuesto a la mirada de todos y a lo que cuesta acceder. El concepto de intimidad puede hacer referencia tanto a algo material como, especialmente, a una noción de carácter espiritual y personal. Por ello, a su alrededor resuenan otras nociones como “recogimiento”, “ensimismamiento” o hasta “conciencia de sí mismo”, que si bien hacen posible la existencia de la intimidad no la abarcan en su totalidad. Porque más allá de solipsismos y egoísmos metafísicos también podríamos decir con San Agustín que ese “ir hacia sí mismo” no significa “bastarse a sí mismo”, ya que la intimidad no sólo aparece en soledad, sino también acompañada. Y es así como, paradójicamente, puede ser descrita, como “ser en sí”, y a la vez como “ser fuera de sí”, como “encerrarse” y a la vez “dejar de encerrarse”; es decir, como “entrega de sí”.

“Extimidad” es un término cuya invención se atribuye a Jacques Lacan, y podría utilizarse para definir algo así como la exterioridad de lo más íntimo. Por lo tanto, lo mismo podríamos entender algo que sin ser interior, incluso sin saberse muy bien de qué se trata, forma parte esencial de uno mismo, nos constituye y determina, o algo que, siendo muy interior, se forja en lo que, por estar fuera, no está a nuestro alcance y se percibe como no propio.

El conjunto de prácticas artísticas que se muestran en la presente exposición combinan arte, intimidad y tecnología para dar lugar a lo que podemos calificar como “extimidades”. Encuentros e interacciones entre individuos y tecnología que, en los diferentes trabajos artísticos expuestos, permiten reconfigurar lo que está dentro con lo que está a fuera, lo propio con lo percibido como ajeno, lo público con lo privado, lo que está a mano con lo que se nos muestra lejano, inalcanzable. Se trata de una pérdida de control de lo que se supone íntimo, por singular y por propio; de una capacidad de afectar a lo lejano y aparentemente íntimo. Pero se trata también de una reconfiguración de lo que se supone que está dentro y es constitutivo de uno mismo –aquello que nos puede hacer ser auténticos, únicos–, producida por procesos que se dan fuera, gracias a tecnologías que nos ponen en contacto (¿encuentros?) con interioridades que de otro modo serían difícilmente alcanzables y no nos pertenecerían. Lo íntimo se hace externo y lo externo nos configura.

La modernidad construyó y privilegió los espacios para cultivar y hacer crecer lo íntimo; y, al separarlo y esconderlo del espacio público (y como efecto de la autopercepción de la profundidad del yo), lo convierte en aquello que se supone privado, fuente de sentido y autenticidad. La segunda modernidad –la modernidad líquida o era del consumismo– desborda lo íntimo de sus espacios privados y lo hace implosionar en el espacio público. De ello, no resulta una renuncia de los individuos –permítasenos la advertencia- a la singularidad y autenticidad de lo que consideran más propio.

En tres espléndidas conferencias impartidas Eva Illouz en Frankfurt [ILLOUZ, Eva (2007). Las intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo. Madrid: Katz Editores], describe cómo en los últimos veinte años la esfera pública se ha transformado en un campo de exposición de la vida privada, de las emociones y de las intimidades, como hemos ejemplificado al principio de este texto. A finales del siglo XIX y principios del XX, explica Illouz, el surgimiento del psicoanálisis freudiano fue una muestra de la retirada del yo hacia la esfera privada (retirada iniciada a finales del siglo XVII). Durante el siglo XX, la saturación de la esfera emocional, el intensivo proceso de mercantilización de todas las esferas de la vida humana y la ayuda de la psicología clínica (con todos los discursos que genera) transforman el yo emocional en una representación (¿un espectáculo?) y en un texto público que se presenta en todo tipo de espacios sociales: la familia, la empresa, los talk shows televisivos y, más recientemente, Internet. De hecho, las TIC permiten una enorme reflexividad, que convierte al yo en algo que se puede dimensionar fácilmente y presentar en los espacios públicos.

Como traté de señalar, estamos cada vez más divididos entre una hiperracionalidad que mercantilizó y racionalizó el yo, y un mundo privado cada vez más dominado por fantasías autogeneradas (…). Ahora el repertorio cultural de costo-beneficio del mercado no sólo se usa en virtualmente todas las interacciones domésticas y privadas, sino que también es como si se hubiera hecho cada vez más difícil pasar de un registro de la acción (el económico) a otro (el romántico). La hegemonía de la hiperracionalidad, a su vez, afecta a la misma capacidad de fantasear. Cuando analiza la película de Stanley Kubrick Ojos bien cerrados, Zizek dice: “No es que la fantasía sea un potente abismo de seducción que amenaza con devorarnos, sino lo opuesto: esa fantasía es, por último, estéril. Las fantasías nunca fueron tan abundantes y múltiples en una cultura que las construye sin cesar, pero pueden haberse tornado estériles porque están cada vez más desconectadas de la realidad e integradas al mundo hiperracional de la elección y la información sobre el mercado. (236-7) [ILLOUZ, Eva (2007) Las intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo. Madrid: Katz Editores. Pág. 236-237]

Como vemos en las diferentes obras y prácticas artísticas de la exposición, las tecnologías pueden romper fácilmente lo dado por descontado de la intimidad, esto es, el equilibrio entre lo que parece que nos pertenece, y nos constituye desde dentro, y lo que nos es invadido, expuesto a la mirada y a la acción de los otros, individuos o artefactos. Los encuentros con la tecnología, como con las personas, nos reconfiguran y reconstituyen, desbordan nuestros límites, rompen lo propio, el aquí y el ahora de la existencia singular, y nos abocan en un nuevo marco de relaciones.

Panta rei. Si cambiamos las formas de comunicarnos, cambiamos nuestras relaciones; si modificamos los marcos relacionales y las formas de ligar y desligar los signos de las cosas (el logos), si desplazamos las fronteras de lo interior o de lo exterior, estamos alterando las maneras como somos y como nos comprendemos. En esta construcción relacional de los actores sociales, es difícil destacar un a priori esencialista o universal humano que no sea la pura esencia (¿solo una existencia?) que nos constituye en una red de relaciones y de aprioris históricos, temporales y, en definitiva, contingentes. Lejos de buscar las condiciones posibles de la intimidad, hemos de conformarnos con las condiciones reales de la intimidad y de la experiencia. La investigación artística indaga los límites y el sentido de alguna de estas prácticas relacionales en ese eterno juego entre intimidad y extimidad, nuevos encuentros, nuevas formas de vida y de existencia.

Y así hoy, de la mano de las excelentes propuestas artísticas mostradas en la presente exposición, nos preguntamos: ¿podemos limitar la investigación artística y filosófica a un noble ejercicio de desenmascaramiento del entramado relacional que nos constituye, de sus dinamismos y de sus ortopedias, sin comprometernos en un horizonte de sentido hacia el que se orientarían tanto las prácticas artísticas como la misma reflexión filosófica y científica? Puesto que hemos reflexionado sobre la intimidad y sobre lo que nos constituye, permítasenos una última reflexión que interpela a aquello que se sitúa en los límites, en la frontera donde Wittgenstein optaba por silenciar su discurso: ¿podemos (como artistas, como filósofos o como científicos) no comprometernos con la verdad y con la libertad, por más que sospechemos que no hay más verdad que la que cada sistema de poder presenta como propia, ni más libertad que la que permite la contingencia? Quizás nos llegue a pasar entonces como a aquel personaje de Leopardi que se dirige a la selva para ver si allí puede hablar con la Naturaleza y es devorado por un León, indiferente.

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s