Veinticuatro horas en la vida de una mujer

Recientemente he leído Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig y me ha parecido un pequeño tesoro para el estudio de las emociones. John Elster, en su Alquimias de la mente, recomienda la literatura como una de las fuentes “primarias” para estudiar y poder desenredar los entresijos emocionales. Sin duda, esta es una observación metodológica que los interesados en el tema no debemos olvidar. La buena literatura disecciona y narra los misterios del corazón mejor de lo que lo harían docenas de entrevistados/as. Esta novela de Zweig nos proporciona algunas muestras magníficas de las secretas fórmulas que dan lugar a las emociones. Destaco algunas de ellas.

La protagonista de la novela, Mrs. C., confiesa y relata al joven narrador las veinticuatro horas más excitantes e intensas de sus 64 años de vida burguesa. Veinticuatro años después del suceso que centra la historia, todavía no ha logrado deshacerse de la impresión que le causó. Con la revelación a su joven interlocutor de la verdad guardada quiere salir de la prisión emocional en la que el suceso la ha mantenido toda su vida. El paso de los años ayuda a amortiguar las emociones. “El tiempo, (…) posee la fuerza profunda y la vejez un poder singular para quitar intensidad a los sentimientos. (…). La vejez no significa nada más que dejar de sufrir por el pasado”.

Tras la muerte de su marido, con el que había compartido “todos los instantes y todos los pensamientos” durante los 23 años de su feliz matrimonio de conveniencias, Mrs C. “había renunciado del todo a la vida”, de la que ya no esperaba nada. Su posición social* no le permitió que su matrimonio fuera por amor, pero los años de convivencia y de conversación hicieron posible la unión de sus almas. A diferencia del amor complemento (la media naranja de la que nos habla Platón), el suyo fue un amor crisol y un amor cemento. La conversación, las experiencias compartidas, y un poco de suerte, hicieron posible encontrar al hombre con el que vivir a gusto. ¿Alguien da más?

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*No deja de ser curioso que el prestigio del amor romántico y la importancia del amor como fundamente de la relación de pareja –el amor enamoramiento- lleven a los príncipes y reyes que todavía quedan en el Viejo Continente a anteponer su corazón a las conveniencias de su condición e incluso traicionar al Estado al que deberían servir. En la historia reciente de Europa tenemos varios casos de renuncia a coronas por amor, a matrimonios con “plebeyas” y a no pocos disgustos por causa de amor de las reales familias. Ay! Lo que puede Cupido no lo pueden ni las más rancias instituciones. No hay duda de que Cupido ha sabido que tenía que apelar a las consciencias de los individuos para hacer frente a las instituciones y a las tradiciones.

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Tras el abrupto final de su matrimonio, Mrs C. quedó con el “corazón partío”, o mejor, con el alma desgarrada e incompleta al perder a la persona con la que durante años la había cultivado. Matrimonio conversación, matrimonio cuidado del alma. Un azar viene a distraerla y finalmente a sacarla de su letargo. De hecho, el azar puede o suele tener ese poder de irrumpir en las vidas de las gentes e incluso de socavar los pilares más sólidos de la existencia: el poderoso azar que en los mundos seculares ha venido para suplantar a la providencia. En el tapete de juego de un casino de Montecarlo, donde intentaba distraer su aburrimiento, la capacidad expresiva de unas manos le subyugan la atención. No es el rostro, no es la mirada, no es ni siquiera el cuerpo, solo las manos, unas manos expresivas como nunca había visto la señora C son las que atraen y fijan su mirada. Las manos son en este relato parte del alma.

Extraordinarias las páginas en que Sweig describe el poder expresivo de las manos (pág. 33ss). No son un espejo, un reflejo, no, son la emoción misma encarnada en las manos; manos elocuentes como lo puede ser una voz, una mirada, capaces de despertar las emociones que encarnan a quien sabe observarlas. Aquellas manos, o el fuego que emanaba del cuerpo y del rostro que las poseía, absorbieron la atención y de algún modo el corazón de Mrs C. No hubo amor a primera vista, pero sí excitación, arrebato, interés, pena, conmoción, una alquimia emocional que llevaron a Mrs. C a perder su voluntad, a sentirse arrastrada, a despertar de su letargo pese a la ausencia de determinación. No tenía ningún objetivo concreto.

“Me sentí arrebatada. ¡Tenía que seguirle! Y, ajenos a mi voluntad, mies pies echaron a andar. Obraba así inconscientemente, movida por una fuerza superior a mí misma y, echando corredor adelante, me dirigí a la salida.” (43)

Y así… me vi de pronto dentro del hotel; quise hablar, decir algo, pero mi voz no me obedecía… Aquellos dedos no soltaban mi mano… Advertí vagamente que subía por una escalera…, oí luego una llave… Y de repente me hallé sola con aquel desconocido en un cuarto extraño de un hotel cuyo nombre ignoro todavía.” (57)

Desde la perspectiva del sujeto racional calculador, desde la razón instrumental del que por ejemplo busca pareja o amor en una plataforma electrónica, este descontrol emocional y pérdida de la voluntad, es sorprendente. Sin embargo, esta fuerza capaz de someter cualquier voluntad es central en toda la historia. En el caso de ella, podríamos confundirla con el amor loco (amour fou); en el caso de él con la obsesión, la adicción o la locura.

“Sin esa horrible casualidad, tampoco yo hubiera sospechado nunca con cuánta avidez, con cuánta desesperación, con cuán desalada furia, un hombre que se sabe perdido se afana todavía en chupar una vez más las rojas gotas de la vida; alejada hacía veinte años de las fuerzas demoníacas de la existencia, nunca hubiera comprendido cuán magnífica y fantásticamente la naturaleza junta muchas veces el calor y el frío, la muerte y la vida, la alegría y el dolor en unos breves momentos. Y aquella noche estuvo tan llena de lucha y de palabras, de pasión y de cólera, de odio y de lágrimas, de promesas y de embriaguez, que pareció haber durado mil años. Hundidos en el abismo, dando tumbos, el uno deseando locamente la muerte, el otro absolutamente ajeno a lo que había de acontecer, salimos ambos de aquel mortal tumulto transformados con otros sentidos y otros sentimientos” (59).

Tras una noche de amor furtivo (no sabemos si de sexo, aunque se intuye), la luz del día hace visible la locura, la confusión, la duda, y también la vergüenza. Mrs. C. huye despavorida del hotel, asustada, pero también, aunque no lo sabe todavía, llena de esperanza. La imaginación le decide su destino. Accede a ayudar al joven desconocido, le dará el dinero que necesita para saldar algunas de sus deudas. Irá a despedirlo a la estación la tarde de su partida. Pero otra vez el azar le juega una mala pasada. Cuando llega a la Estación el tren está partiendo. Él no está. Nadie la espera.

Veinte años después, puede confesárselo: “… ahora sé claramente que… lo que entonces me lastimó en lo más vivo fue… el desencanto…, el desencanto de que el joven hubiese partido tan fácilmente, sin resistencia alguna…, así, sin el menor intento de permanecer a mi lado, que él, tan humilde y respetuoso, se aviniese a alejarse de mí a la primera invitación… en vez de…, en vez de llevarme consigo…; que me respetase, en fin, como a una santa aparecida en su camino… y no…, no viese ya en mí a la mujer.” (81-82) Ella le hubiera seguido hasta el fin del mundo.

Desgarradora la escena, desgarradora la confesión. Mrs. C. no pudo renunciar al sueño del amor. Su imaginación, callada, le había mostrado la posibilidad de la pasión, del deseo. De nuevo, tras el letargo como mujer, ser deseada. Pero la vida, ah!, siempre nos sorprende. No hubo menospreció, no hubo ignorancia… solo traición. Otra pasión fue mucho más fuerte. Pero la del joven desconocido es otra historia no menos desconcertante**.

 

** Esta historia se puede complementar con la breve novela de otro grandísimo escritor: El jugador, de F. Dostoievski.

 

Stefan Zweig (2001) Veinticuatro horas en la vida de una mujer. Barcelona: Acantilado.

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