¿Qué es el amor? “El amor es como la lotería, la felicidad buscada por los locos y los idiotas”

Me hubiera apostado algo grande a que la afirmación del título de esta entrada encabezaba (o cerraba) Rojo y negro o La Cartuja de Parma de Stendhal, pero cuando la he buscado no he sabido encontrarla (agradeceré si alguien puede confirmar la referencia). Sea como sea, y quienquiera que sea el autor, démosla por una afirmación digna de comentario.

Afirmar que el amor es una lotería (como mucha gente puede pensar), y que solo los insensatos creen que así pueden encontrar la felicidad, nos confronta, en primer lugar, con la afirmación de O. Paz sobre el amor como azar hecho necesidad y, en segundo lugar, con la idea de F. Alberoni de que con el amor-enamoramiento se puede revolucionar y transformar una vida, la propia, con la que no nos sentimos a gusto o nos incomoda (ver entradas anteriores).

La afirmación se refiere a una actitud no inteligente para buscar un fin (que se supone valioso y preciado, como es la felicidad), una actitud propia de quien, seguramente por limitación, no es capaz de lograrlo por otros medios. Ante la impotencia [y no quiero decir incapacidad porque no siempre los límites vienen de uno mismo] por cambiar una situación vital que no nos satisface o que nos resulta anodina, o…, uno/a se la juega al azar: se apuesta por el amor como el camino más corto para alcanzar la felicidad, la dicha o la plenitud vital. En determinadas circunstancias puede parecer el único camino con sentido posible. Es muy relevante tener en cuenta que el amor suele ser siempre fuente de sentido.

De hecho, el amor, tal y como se nos ha enseñado (narrado y “guionizado”) parece tener el poder de dar sentido a la vida, de llenarla de valor, de hacernos feliz: el todo por la parte, la eudaimonia –como práctica y estilo de vida- a través del amor (romántico). Se parte de la (pre)concepción de que la felicidad (como el amor) es algo —un estado, una posesión, un “objeto”— que no se tiene y que, por tanto, se puede obtener, pues parece evidente que otros lo tienen. Para no ser “reduccionista”, y limitar la felicidad o el amor a una posesión, aunque que sea inmaterial, supongamos que se trata de un “estado”: ser feliz, estar enamorado. Aun así, parece que de alguna manera se trata de algo que se puede tener, alcanzar o disfrutar (en lugar de ver en ello algo en lo que se puede “estar” como por gracia, más un don que un logro individual).

La experiencia (propia, narrada u observada) muestra en muchas ocasiones que el enamoramiento-amor tiene un efecto radical, revolucionario, en la vida de las personas. Hay un antes y un después. Durante el tiempo en que se está llevando a cabo la transformación-revolución, la promesa de un futuro mejor es innegable. Además, el amor posee tal prestigio (el matrimonio Beck lo denomina “la religión de nuestros tiempos” –ver su libro El normal caos del amor-) que mucha gente no está dispuesta a renunciar a él (y por él, eso sí, son capaces de renunciar a bienes, trabajo y familia).

[Es evidente, pero este es otro tema, que en un mundo-sociedad donde cada vez más la relación amorosa es, en buena parte, una relación contractual, esto es, un pacto, un acuerdo entre dos partes que ponen en relación sus capitales –a veces en usufructo mutuo-, este pacto-relación está sometido a las reglas del interés –que dura mientras las dos partes se sienten satisfechas, felices, beneficiadas…-. También está regido por el cálculo –lo que pones tú y lo que pongo yo -, y por tanto, cada vez más, el enamoramiento ciego, radical, ¿desinteresado?, se hace más difícil. Hay quien insinúa que solo los pobres –o principalmente los pobres porque tienen menos que perder- se enamoran radicalmente, románticamente.]

Para salvar la “locura del amor”, para controlar con la voluntad humana (con la propia decisión) la dosis de lotería y azar que tiene todo encuentro amoroso (en el sentido de dos “yo” que se encuentran, se atraen y se enamoran), Octavio Paz proponía hacer del azar necesidad. “Tu serás mi baby” (nena o nene), como en una canción. Claro que, seguramente, no se trata de una decisión-elección dejada en manos de la lotería, sino que requiere, previamente a la decisión, el arte de saber elegir, de tener criterio para apostar y tentar la suerte que se requiere en la apuesta que se hace. La suerte hay que aprender a tenerla, si no será como la lotería de los insensatos. Saber cerrar las opciones que la vida te ofrece (tomar decisiones, elegir y renunciar), limitarse y enfilar el camino de la felicidad (eudaimonia, teniendo como ejemplo a los que merecen ser imitados) son algunas de las pocas “violencias”(revoluciones) que merece la pena ejercer con la propia vida.

 

En la próxima entrada sobre el amor, “Eros vs. Ágape” (o “Ágape vs. Eros”), nos sumergiremos en las profundidades culturales de nuestra tradición amorosa. Trataremos de obtener más claves para responder a la pregunta ¿qué es el amor?, sobre su naturaleza y, sobre todo, para entender por qué se nos presenta –y se experimenta a veces- de manera tan paradójica y contradictoria.

 

 

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