Contra la autenticidad_2/2

Desde la perspectiva desarrollada por Javier Gomá, “la lucha por la liberación individual reñida por el hombre occidental durante los últimos tres siglos no ha tenido como consecuencia todavía su emancipación moral (… ). Nuestra época ha consumado una civilización no represora (… )“ (Gomá, 2009:11), sí, pero no ha sabido recomponer los “mores” que den sentido y orientación a la vida social.

Al contrario, el resultado de esta liberación masiva de individualidades no emancipadas ha desembocado en el que Gomá considera un interesantísimo fenómeno, el de la vulgaridad. “Llamo vulgaridad a la categoría que otorga valor cultural a la libre manifestación de la espontaneidad estético-instintiva del yo.” (Gomá, 2009: 67). No obstante, la vulgaridad debe ser trascendida, ya que es un punto de partida, no de llegada, la base del edificio social, pero no su altura. En su obra, Gomá ofrece una propuesta de reforma del yo, desde la “vulgaridad trascendida hacia la ejemplaridad igualitaria”, para recuperar parte de solidez en la vida social. [La propuesta es enormemente interesante pero no podemos desarrollarla aquí]. En este sentido, hay que pedir un respeto a la vulgaridad, pues es el producto de la liberación y de una extensa democratización del espíritu, esto es, la vulgarización generalizada del gusto y de las costumbres. (Gomá, 2009: 67)

“En la vulgaridad, pues, hay que reconocer el genio de la igualdad (la lucha por la igualdad), el prodigio civilizatorio involucrado (…) “ y se puede recomendar también que tenga presente que esa denostada vulgaridad –esa grosera espontaneidad del yo, esa liberación excesivamente directa de instintos elementales, esa molesta ausencia de mediaciones culturales y simbólicas- es una emanación eminente –no siempre grata pero profundamente ética: ofendiendo el buen gusto se rinde a veces homenaje a la justicia –del nuevo humanismo democrático. “ (Gomá, 2009:70)

[Podría suceder, esta es la esperanza de Gomá, que a una subjetividad hastiada de sí misma, como es la moderna y que ha conocido todos los excesos del yo, la imagen de una cotidianidad luminosa (…) al alcance de todo el mundo, de una existencia dichosa (…), normal, amable (…) pudiera llegar a tener un embriagador efecto estético y despertara en esa subjetividad que se ha hecho un problema para sí misma un apetito de finitud y de sus vulgares placeres]

La mayoría de edad del hombre se resume en la palabra deber -¿quién negaría este aserto?-, deberes profesionales, familiares, ciudadanos. El deber es algo que nos precede y nos trasciende, que cumplimos en conciencia sin sentir inclinación…

En el día a día no cabe esperar nada nuevo. Más aún, lo nuevo se presenta como peligroso o potencialmente amenazante. En lugar de soñar con crear un mundo, se esfuerza uno por retener, conservar y cuidar lo que ha producido. Toda novedad es perturbadora cuando ya se posee lo esencial. ¡Sin novedad! (Gomá, 2007: 97)

El deber es compatible tanto con el placer a corto plazo que no compromete como con la satisfacción moral por la rectitud de toda una vida, pero raramente con la emoción y el fervor del alma, que requieren un tiempo, un hábito y una libertad para expansionarse que la responsabilidad no se concede. No es exagerado decir, en fin, que se necesita un temple de todo un héroe para tomar la decisión ética. (Gomá, 2007:98)

Veamos, brevemente, a juicio de este autor, algunas de las condiciones que han hecho posible esta situación:

“Las genealogías, las arqueologías y las etimologías –tres de las modalidades de la lucidez postmoderna- nos han enseñado el oculto origen de todos los saberes y la ilegitimidad de todos los poderes, los mezquinos condicionantes de los deseo y de los sentimientos del hombre, las turbias motivaciones de su comportamiento, y los injustos presupuestos ideológicos de las culturas. Nos han hecho más conscientes y más libres -¡eterno tributo de homenaje por ello!- pero han dejado sin resolver la cuestión palpitante antes referida, que se resume en la reforma de la vulgaridad y a la que solo se llega atravesando un poco ingenuamente la nube luminosa del escepticismo, el relativismo y el pluralismo que la lucidez trae consigo.” (Gomá, 2009: 13)

La propuesta que se nos hace para la superación de la vulgaridad que ha venido de la mano de la “ética de la autenticidad” no es fácil de aceptar, nada fácil de aceptar para el hombre moderno que está sumido en los embrujos de los mass media, en las exigencias de la moda y a las presiones de la mayoría de los ejemplos que nos rodean. La reforma comportaría la renuncia a los instintos, a la espontaneidad, a la liberación de la subjetividad. Gomá nos diría que para ello hay que salir del gineceo, aquel en el que estaba perdido Aquiles antes de aceptar su mortalidad y de entregarse a la vida de la Polis y a la muerte segura que le aguardaba en Troya. Esto implica algo así como pasar de una ociosidad subvencionada (como en la que vive el adolescente en las sociedades capitalistas), abierta a un infinito de posibilidades (las promesas del mundo y sus tentaciones), a una renuncia “ética” que conlleva una doble especialización, que debería ser propia de la vida madura: la del corazón y la del trabajo, fundar una casa y desarrollar un oficio al servicio de la comunidad. Esta debería de ser “la economía de la polis”.

El planteamiento puede parecer conservador (y no creo que por ello debiera ser descalificado), pero creo que este es un juicio precipitado y, si se me permite la petulancia, poco sabio o bastante ignorante. Me explico.

Buena parte de la responsabilidad, en mi opinión bastante dramática y algo patética de cómo se encuentran (o se puede describir que se encuentran) las sociedades del Atlántico Norte (y el camino por donde enfilan las que les quieren imitar) en lo que se refiere a la falta de “compromiso ético y político” de muchos de sus ciudadanos, tiene que ver con la época romántica en la que “el yo se descubre como totalidad subjetiva y no se deja asimilar a una función social. [Y continua Gomá] Cuaja entonces un concepto de subjetividad que se identifica con la extravagancia (S. Mill) –libertad sin límites, originalidad, espontaneidad, rebeldía y exaltación de la diferencia- y que, aunque claramente inadecuado para los fines civilizatorios, se ha generalizado en nuestra época como forma canónica de autoconciencia subjetiva.” (Gomá, 2009:14)

[También podríamos referirnos a ello, si se nos permite la broma, como el friquismo social en el que vivimos sumergidos.]

Es gracioso recordar, como hace Gomá, cómo S. Mill en su “canto a la libertad” (On liberty) consideraba que “el mayor peligro de nuestro tiempo se muestra bien en el escaso número de personas que se deciden a ser excéntricas”. No deja de tener gracia, digo, el “pánico” que mostraba tener S. Mill a la vista de lo que ha sucedido. “Es lo contrario: la segunda tendencia de la igualdad ha hecho que la autoconciencia romántica del individuo, arreglada en un principio para el artista y para el genio, figuras excepcionales y socialmente marginales, se haya extendido en la sociedad democrática a todo ciudadano, gracias también a unas condiciones socio-económicas históricamente favorables que permiten acumular productividad sobrante y no demandan ya a nadie, no sólo como ayer a una clase privilegiada, la represión de los instintos.” (Gomá, 2009: 80-81). Ahora, como afirmaba la cita con la que iniciábamos estas dos entradas, son millones es excéntricos satisfechos con su condición, excusados del esfuerzo de la virtud en nombre de la autenticidad.

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Sobre el tema “represión-liberación” de los instintos me parece importante recordar lo siguiente:

Norbert Elias en El proceso de civilización contempla el desarrollo de la Modernidad –desde el Renacimiento al s. XIX- como un gran progreso de la civilización occidental, construida sobre la represión de los instintos básicos del individuo, quien soporta, primero, la coacción externa de la violencia del príncipe y, más tarde, la coacción interna o autocoacción, esto es, el control sentimental de los individuos con las resortes de la vergüenza, el pudor y el asco…

Freud y Elias coinciden en desconocer la función educativa, ética y civilizadora de la sociedad, convertida en sus escritos en pura “ideología” que busca la dominación del individuo, el cual, en libertad, sin coacciones, con sus instintos liberados, recuperaría su antigua felicidad.

Marcuse en Eros y civilización (continua con la radicalización del subjetivismo romántico y antisocial hasta el paroxismo) (…) Acaba soñando con un mundo en que sean eliminadas las tradicionales dos instituciones de la eticidad: el trabajo y la familia, para culminar una liberación total del sujeto (Gomá, 2009: 60-61)

Los movimientos contraculturales de los años 60 extremarán alguna de estas posturas: “Sí parece irreversible la supresión del principio de autoridad, bendecido por todas las leyes morales y jurídicas… así como irreversibles el desprestigio de la coacción represora y la exaltación de la autenticidad y la espontaneidad ética y estética, acompañados de la generalización de los valores típicos de una adolescencia detenida en el estadio estético, reacia a incorporarse a unas instituciones de la eticidad –amor ético y trabajo productivo- que han perdido entretanto su sacralidad y su aura, y que se presentan solo como una opción, y no de las más atractivas, entre otras igualmente dignas, que se ofrecen a una subjetividad consciente de su derecho soberano a elegir la forma de vida que prefiera y que ya o se deja intimidar (…)” (Gomá, 2009: 63)

El individuo moderno (convencido de que su yo tiene sus fuentes en la interioridad sin mediación de ninguna instancia ni externa ni superior) no acepta ningún código externo que pueda decirle cómo ha de hacer uso de su libertad, la cual es vivida como un fin en sí misma.

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El resultado de estos procesos nos sitúa muy lejos del punto de salida en el que la vulgaridad podía exigir un respeto (junto con la autenticidad –que Taylor cree que es posible salvar-), pues en este momento se puede equiparar a “el sentimiento de igualación de cada miembro dentro de la masa, pero siempre que se repare que cada yo es igual al otro paradójicamente en el deseo de ser distinto, original, singular, etc. He aquí una masa integrada por una cantidad innumerable de autoconciencias irrepetibles, estéticamente únicas. El resultado, que da el tono a la contemporánea vulgaridad democrática, es una masa de subjetividades o un subjetivismo de masas; todos idénticos en su pretensión de ser únicos. Al pretenderse diferentes, se confirman pertenecientes al “montón” de la medianía sin virtud. (Gomá, 2009:81)

Como vemos, Javier Gomá es muy crítico con esta situación a la que se le podría achacar buena parte del “malestar” de nuestra situación presente: “La causa de nuestro actual descontento no reside, como creyeron los frankfurtianos, en la alienación del hombre común sino, por el contrario, en la notoria ausencia de ella y en el cansancio de la vida de una subjetividad dominada por su espontaneidad liberada, detenida en su progreso vital, descomprometida y sin estímulos para educar su deseo de una gratificación estético-instintiva inmediata.” (Gomá, 2009:124)

El temor de Stuart Mill se ha invertido, lo que escasea ahora no es la extravagancia, sino las personas que son capaces de asumir la dura normalidad ética, esto es, personas dispuestas a abandonar el diletantismo juvenil, un estado de perpetua adolescencia (Aquiles en el gineceo), y que tengan la virtud –y tal vez también el valor-, como decíamos más arriba, de “especializarse en la profesión y en el corazón dentro de la economía de la polis”.

Otra dimensión importante del dramatismo de esta situación (denunciada por otros muchos autores: el mismo Taylor, los comunitaristas, Richard Sennett, H. Arendt, P. Berger, etc.) es que “la cultura tardomoderna ha desplazado la normatividad ética al ámbito jurídico-externo (teoría de la justicia, teoría de la acción comunicativa) y no tolera, ofendida y escandalizada, intento alguno de intromisión en la esfera íntima de la persona, ni recomendaciones de virtud, ni (…) ni (…)” (Gomá, 2009:108)

Una parte de la explicación de por qué hemos llegado a esta situación la encontramos en lo que se ha llamado la “invención de la vida privada” [En afinidad electiva con este proceso, hemos de tener presentes “las fuentes del yo” tal y como Ch. Taylor describe el proceso]

El yo privado es ahora la fuente de toda normatividad, como si el universo de los arquetipos platónicos se hubiera refugiado en la descubierta intimidad del hombre… Lo nuevo es esa autonomía del yo respecto al orden exterior político y su plena soberanía sobre sí mismo, su destino, su libertad interior y su búsqueda de la felicidad, que pertenece a un originario estado de naturaleza. Y de otro lado, como segundo pilar fundante de la modernidad, la invención recíproca del Estado coactivo, entendido como artefacto creado por un pacto entre los hombres con la finalidad pragmática de asegurar su subsistencia y su convivencia exterior, autónomo de la moral pero sin jurisdicción sobre la conciencia y el corazón de los ciudadanos. (Gomá, 2009: 114)

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El dualismo moderno asume su formulación canónica en la obra jurídica de Kant .

También en Hans Kelsen y Max Weber. Dominación legal de Weber y Teoría pura del derecho de Kelsen perpetúan el dualismo kantiano en el s. XX. Durkheim, en polémica con Tarde, defenderá el hecho social como algo exterior y coercitivo. Si, desde estas concepciones, aplicamos la racionalidad instrumental a la vida social, no nos ha de extrañar que, si pensamos un poco, nos salga más a cuenta ser, permítaseme decirlo así, unos chorizos, que unos ciudadanos honrados, pues puede salir más “barato” pagar lo que está socialmente estipulado que lo que se pierde siendo honrado.

[A nuestro alrededor se producen docenas de estos casos en la vida política y económica. ¿Recuerdan alguno?]

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Como en el veredicto de Taylor, arriba apuntado, la propuesta de Gomá también pasa por no olvidar que “el yo en su configuración práctica depende, de hecho, de las costumbres de la polis a la que pertenece, y en segundo lugar, que debe orientar su libertad hacia la virtud; en suma, mores y virtus…” [que Gomá concreta y muestra su vinculación en su teoría de la ejemplaridad pública. También es aquello de lo que, como hemos subrayado al empezar esta entrada, nos falta en las sociedades modernas].

En definitiva, junto al sacrificio (y negación de la autenticidad) antes abogado, se trataría también de poder demostrar el interés que tienen “la uniformidad de la vida de los hombres por más que no tenga poetas que la canten” (ni anuncios que nos la “vendan”, ni películas que nos la muestren –pues seguramente no tendrían público-, ni celebridades que la celebren.)

[Esta situación] “se debe, sin duda, a la asociación que la modernidad estableció desde el principio entre subjetividad y excentricidad de vida, que es la forma en que la aristocracia moral siempre se comprendió a sí misma (… ) Esta asociación entre subjetividad y extravagancia se remonta, en efecto, a ese protorromanticismo en el que el hombre adquirió conciencia de sí mismo determinando los que, para él, serán desde entonces los límites de toda experiencia posible. El hombre premoderno se convierte en un “yo” cuando se descubre a sí mismo como una totalidad subjetiva (…) [y] se afirma en abierta diferenciación con el mundo (…) No solo diferente del mundo, también diferente de los demás hombres” (Gomá, 2009: 229)

Herder, Jacobi, hermanos Schlegel, Novalis, Schiller, Goethe, Hölderlin, Fichte, Schelling, Schleiermacher, entre otros, contribuyeron en Alemania a perfilar una representación de la subjetividad moderna tomando presadas las propiedades que Kant atribuye en exclusiva al genio. Desde entonces nos hemos acostumbrado a hallar lo subjetivo de la subjetividad en esos rasgos de independencia, originalidad inimitable, innatismo, espontaneidad creadora y ausencia de aprendizaje. Como el genio, el verdadero yo es único, irrepetible, y se sitúa por encima de “la violencia de las reglas” comunes y compartidas (morales y sociales) porque, en cuanto autolegislador absolutamente autónomo, tiene capacidad de inventarse su propia ley. Lo subjetivo de la subjetividad se encuentra ahora en lo diferente, lo especial, lo peculiar de cada uno de nosotros: ser individual es ser distinto, original, excepcional, y tener experiencia equivale a experimentar la propia singularidad incomunicable. (Gomá, 2009: 231-232)

La situación es que el progreso tecnológico (…) permite cubrir las necesidades vitales básicas casi sin trabajar (…), la flexibilización del código amoroso ha dado franquicia a nuevas modalidades de unión afectiva (… ) protegidas por la ley (…), etc. [Una de las consecuencias es que] El yo carece de estímulos para abandonar el estilo de vida adolescente y tiende a hacer de ese estadio provisional de liberación estético-instintiva una situación permanente del yo, el cual vive en sociedad pero sin socializarse (…) La unidad de las buenas costumbres se encuentra fragmentada en un politeísmo de preferencias, opciones, modas, lo cual es en un sentido positivo –la poliarquía aleja el peligro del despotismo- pero acarrea también la división del homo democraticus en dos almas, el subjetivismo y la vulgaridad… (Gomá, 2009:243)

La autenticidad (que tiene muchos significados) es uno de los resultados no previstos de la modernidad. Su gran prestigio se debe, como se ha mostrado, a que suponemos que ella revela la interioridad de la persona, o mejor, que en ser auténtico consiste ser verdaderamente humano: una subjetividad que se expresa y se manifiesta, sin límites y sin ataduras. Sin embargo, los supuestos bienes de la autenticidad (idolatrada en nuestras sociedades) son más que cuestionables, tanto a nivel social como personal. Creo que es preferible –y lo digo como opinión-, frente a la búsqueda de la autenticidad, esforzarse por tener una vida sencilla (y si se quiere vulgar) que pueda ser valiosa y llena de sentido no solo para la subjetividad (el “yo”) presente, sino para los que nos rodean y para los que nos sucederán. Aunque ello implicase prescindir de una vida “auténtica”. Independientemente, claro está, de la preocupación por encontrar el auténtico sabor a chorizo, del chorizo auténtico hecho con los auténticos métodos tradicionales y con ingredientes puros (sin manipulación industrial) y genuinos, es decir, auténticos.

 

[Nota: En esta segunda entrada he querido dar a Gomá el protagonismo que se merece. En el futuro recopilaré los textos en los que Ch. Taylor viene a explicar, con su particular perspectiva e interpretación, el proceso aquí apuntado por Javier Gomá (a quien la posteridad, esa dama que corteja, le ofrecerá sus servicios)]

 

BIBLIOGRAFÍA

Taylor, Charles (1994) La ética de la autenticidad. Barcelona: Ediciones Paidós.

Taylor, Ch. (2006) [1989] Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna. Barcelona: Paidós.

Charles Taylor (2003) Las variedades de la religión hoy Barcelona: Piados Studio

Gomá Lanzón, J. (2007) Aquiles en el gineceo. Valencia: Pre-Textos

Gomá, J. (2009) Ejemplaridad pública. Madrid: Taurus.

 

 

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