¿Qué es el amor? El amor es un arte.

En la tradición que nos habla del amor casi como una dimensión religiosa de la vida humana (más adelante hablaré de la diferencia entre el amor eros –deseo de- y el amor ágape –don-), y en la que el amor es la respuesta a la vida, encontramos “el arte de amar” de Erich Fromm. Para Fromm el amor es la respuesta al problema de la existencia humana: el aislamiento, el miedo, la incerteza en la que vivimos… en definitiva, la soledad. El amor nos ofrece la posibilidad de trascender la vida individual y de unirnos a “otro”.

Se sigue de ello, casi como de un teorema, que este amor no puede ser una “sensación” (emoción) que te asalta, sino un amor que requiere de un aprendizaje y de un esfuerzo, contrariamente a lo que se suele creer del amor. El amor requiere de un arte que hay que conocer y practicar, es decir, exige el dominio de una teoría y de una práctica.

Entre los elementos comunes que hay que “saber”, y que forman parte de las diversas formas de amor, destacan: el cuidado (del otro), la responsabilidad, el respeto y el conocimiento. Para saber amar hay que tener presentes –y aplicar- estos cuatro ingredientes básicos. El amor, en este sentido, no es esencialmente –dice Fromm- una relación con una persona específica, sino una actitud, una orientación del carácter que determina el tipo de relación de una persona con el mundo como totalidad, y no solo con el objeto amoroso.

[Nota: Ni que decir tiene que en esta concepción del amor, de la cual valoro el hecho de que se haga hincapié en la necesidad de esfuerzo y de aprendizaje para desarrollar eso que llamamos amor –un proceso, como veremos más adelante-, es fundamental la experiencia que se ha tenido durante la infancia. Sin una experiencia básica de amor incondicionado –“soy querido”- difícilmente se puede desarrollar de mayor el arte de amar. De ser esto verdad, deja a muchas personas fuera, o con serias dificultades, de poder practicar en la edad adulta (o en la adolescencia) tan fundamental arte de la vida. Sí, es posible que con mucho esfuerzo, como el que requiere aprender a tocar el violín de mayor, se pueda llegar a cierta práctica, pero… lamentablemente, de ser así, no se tiene la misma destreza que puede tener quien lo ha “disfrutado” desde pequeño. El amor condicionado por nuestro pasado.]

Contrariamente a lo que en nuestra tradición occidental se suele pensar del amor, que es una especie de reacción emocional espontánea, una emoción que nos posee o incluso a la que es imposible negarse, E. Fromm afirma que el amor ha de ser esencialmente un acto de voluntad, la decisión de dedicar completamente la vida a la de otra persona.

[Uf, aunque muchas madres y padres estarán de acuerdo en esto de “dedicarle la vida a otra persona”, en nuestro mundo “mercantilizado”, cada vez tiene más presencia la idea del amor confluente (A. Giddens), la idea de un amor que se comparte y dura, mientras las dos partes se sienten a gusto y están interesadas en mantener esa relación porque resulta positiva y favorable a las dos partes. Parece razonable acabar una relación cuando se vuelve letal para una de las partes o para las dos. Seguramente, Fromm lo tacharía de una especie de “egoisme a deux” que se confunde con amor e intimidad. De hecho, en su libro El arte de amar, dedica una parte (la tercera) a mostrar como la sociedad capitalista y de mercado hace imposible, y casi niega, la posibilidad del arte de amar]

Este acto de voluntad y de dedicación al arte de amar, la “práctica” del amor, requiere, como todo arte, tener o ser capaz de desarrollar las siguientes aptitudes: disciplina (para dar dirección a la vida, porque de lo contrario puede resultar caótica); concentración (para poder atender con intensidad a una o a unas pocas actividades, pues el hacer demasiadas nos alejan de uno mismo); paciencia (no percibir como una pérdida de tiempo el no actuar con rapidez pues el “cuidado” requiere lentitud, atención minuciosa); y saber aprender de lo marginal, de lo que no siempre está en el centro (aprender de forma indirecta).

En definitiva, la propuesta de Erich Fromm, apela al coraje de apostar por determinados valores (esos que se insinúan en las exigencias del arte de amar) que serían incompatibles con los que (desde su tradición crítica) imperan en las sociedades capitalistas, especialmente centradas y gobernadas por la razón instrumental, y preocupadas por la obtención de beneficios (del tipo que sean) de forma inmediata. Esto suele derivar, así lo cree Fromm, en una personalidad egoísta y narcisista.

[Nota: Sin duda que esta perspectiva ha de resultar familiar a las personas que hayan tenido una formación, digámosle, cristiana del amor (ágape en el sentido antes aludido). También está más cerca de una mentalidad moderna, en el sentido de ilustrada, que a concepciones del amor más próximas al romanticismo –y a la centralidad del yo como fuente de valor y sentido- o de la post-modernidad. Volveré sobre estas cuestiones.].

 

Fromm, E. (1956 ) The art of Loving.

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