¿Qué es el amor? El amor es hacer del azar necesidad.

Octavio Paz, en su libro La llama doble, que trata del amor y del erotismo, viene a decirnos que el amor consiste en hacer del azar necesidad (“transformar lo involuntario en voluntad… la servidumbre en libertad” pág. 74; “aceptación voluntaria de una fatalidad” pág. 127 ). Son muchas las resonancias filosóficas que semejante afirmación nos puede suscitar. Podríamos pensar a Cupido en términos de un enviado por los dioses para ejecutar su voluntad (¡nadie puede escapar a la voluntad del dios!) o como una especie de duendecillo que con sus dardos confirma la arbitrariedad del destino, del Karma o como queramos llamar al ciego amor. ¡Zas! Cuando menos uno/a se lo espera, salta el amor, incuestionable, rotundo, así, como un destino o una necesidad de la que no se puede escapar. Esta es una forma clásica en como el amor ha sido tematizado en las novelas, en el cine o en algunas canciones. “Cuando el amor llega así de esa manera, uno no se da ni cuenta…”

No obstante, la sentencia octaviana hace referencia a un hecho de la voluntad. Es la voluntad, el poder de decisión humano el que apuesta, insensatamente, para hacer del azar, de la contingencia de la vida, una necesidad y un destino. Ese encuentro fortuito o inesperado, esa persona que se ha cruzado en nuestra vida –o que ya llevaba tiempo en ella-, pero que podría no haber aparecido o no estar, que podría desaparecer porque es prescindible, sustituible y para nada necesaria en nuestra vida (en alguna de nuestras posibles y múltiples vidas), esa persona, digo, hago que sea una persona por mi amada (y espero ser correspondido/a, claro está). Apuesto por hacer de nuestro amor una necesidad, un destino. Esta apuesta, que O. Paz califica de insensata, es la única manera de conseguir escapar de un amor “imaginario” (vivido principalmente en la imaginación, aunque no por ello carente de emociones -véase la entrada en este blog “El amor es un juego solitario”, el 7 octubre 2013 dentro de “Sobre el amor”-), un amor que es una especie de prisión en la que los otros son solo fantasmas. Para escapar de lo que puede resultar una condena hay que apostar por la libertad, la propia no, sino la del otro, dice Paz, un sacrificio sin virtud.

Entiendo que esta (del amor) es la apuesta, voluntaria (porque puede no hacerse o puede hacerse apostando por diferentes sujetos), para hacer del azar necesidad. Es un sacrificio sin virtud porque comporta apostar por algo que implica renuncia y esfuerzo (voluntad, trabajo) y no se hace ni por cumplir con el deber, ni por obtener un bien (que se considera objetivo, como la salud, o el valor). Debería de ser evidente que la apuesta no se hace al azar, esto es, que no se escoge la primera persona que se cruza en tu camino, sino que se apuesta por aquella/s persona/s que, por múltiples motivos (personales o, seguramente, azarosos) nos despierta simpatía o creemos que merece la pena que sean “amados”. En cualquier caso, hay que apostar (y podría no hacerse y mantenerse uno al margen o, simplemente, dejarse llevar un tiempo por las emociones o el placer de los sentidos o… eso que apetece) y la apuesta, para que tenga valor, implica sacrificio. A cambio, se puede obtener el vivir con alguien real, un ser humano y una vida con (algo) de sentido. También, nos dice también O. Paz, el amor permite transcender  a la muerte.

 

[Nota: Con los hijos, con los que también hay que hacer esa apuesta, parece más fácil, y la decisión como más necesaria… han nacido y ahí están  (o los has “adoptado” –pues no creo que haya diferencia-); pero si se piensa un poco, está claro, creo yo, que también hay que hacer la misma apuesta que comporta el mismo sacrificio.]

En la próxima entrada me centraré en la idea del “amor como un arte”, de Erich Fromm (muy próxima, de algún modo, a esta idea de O. Paz), para quien también el amor es la única solución válida al problema de la existencia humana, el problema de la soledad (o vivir con fantasmas, que para el caso es lo mismo).

 

Paz, Octavio (1993), La llama doble. Amor y erotismo. Barcelona, Seix Barral.

 

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