¿Qué es el amor? Un invento de los hombres para dominar a las mujeres (por F. Núñez)

Afirmar que el amor es un invento de los hombres para dominar a las mujeres, puede resultar provocador, ciertamente, pero en este caso no es mi intención provocar. Se trata de una afirmación (más que una definición del amor) que encierra una reflexión que quiero explicitar, porque nos ha de permitir pensar y abrir caminos de exploración sobre este complejo concepto que es el amor.

La idea original, para mi original, la encontré por primera vez en uno de los sabios libro-panfleto que el maestro Agustín García Calvo publicó en su entrañable editorial Lucina en el año 1984. La curiosa y particular reflexión de Agustín García llevaba por título “El amor y los 2 sexos”. Es importante que el 2 se escriba con números, pues la distinción cuantitativa-numérica de los sexos, si es que ha de haber dos, tiene mucho que ver para García Calvo con la entrada de los sexos y los sentimientos en la esfera de las Ideas (en mayúscula) y de las Instituciones (del Estado, puntualizaría este autor).

Sea lo que sea el amor, para Agustín se nos presenta (a las almas comunes de la gente del pueblo, como él diría) como un cúmulo indiferenciado y no definido de sensaciones y sentimientos. De entrada es ciego porque es carente de “Idea” visible y de palabra que lo defina. El sujeto, hombre o mujer, niño o niña, no sabe muy bien lo que le pasa. Vendría a ser ese amasijo de… eso que a veces hay entre el pecho y el estómago y también algo en la cabeza (pero poco claro), cuando un joven pre- o adolescente ha entrado en contacto con otros que le… atraen.

Pero eso que te pasa –es importante tener en cuenta que es algo que pasa, sin que dependa de nuestra individualidad o voluntad– es algo que cambia de situación en cuanto (el amor) sabe su nombre. Ah, eso que te pasa, suele decirte alguien (aunque seguramente estamos más que habituados a verlo en la televisión y en el cine) es Amor, así, una vez más, en mayúscula. Y de este modo el amor queda institucionalizado, se convierte (también) en Idea del amor y empieza a dirigir nuestra experiencia. El sentimiento amoroso, sea esto lo que quiera que sea, se convierte en “idea de si mismo”, y lo expresamos en forma de un: “(yo, fulanito/a de tal) te quiero (a ti, menganito/a de cual”). Y claro, al ser idea, adopta también algunas de las características de las ideas: es uno (tiene una presencia-forma), es general, es eterno, intemporal, etc. Y en el acto ritual, cuando declaras el amor, ¡atención!, ha de ser pronunciado, exactamente, “te quiero” (I love you, Je t’aime, Ich liebe dich…). Cualquier añadido o variante puede desprestigiar y menoscabar el acto.

[Nota: A Agustín García Calvo le molesta cualquier proceso de institucionalización, especialmente si esta no forma parte de lo que podría ser una tradición –tradición frente y opuesto a Historia, a Cultura-, las maneras de hacer del pueblo, en minúscula, no sometidas al dominio del Estado y el Poder. No es nada fácil esta distinción. Personalmente me cuesta pensar en cualquier proceso humano que no forme parte de una institución –en el sentido en que Berger y Luckmann estudian estos procesos estructuralmente humanos- y las instituciones, en este sentido antropológico y fundamental, más que “matar” aquello que pasa, lo hacen posible, lo hacen humano y lo dotan de sentido.]

Para García Calvo esta “caída” en la Institución, coincide con la separación también institucional de los sexos y el dominio masculino (patriarcado universal, que también podríamos llamar machismo).

De hecho, como todo lo que entra a formar parte de este lado de la Cultura (que no es tradición sino Historia), que está en poder del dominio masculino y que está al servicio del Poder y del Estado [esto es, la Realidad, como también diría Agustín], la Idea del amor es una [sutil y perversa, si se quiere] invención de los hombres, dominantes, para las mujeres, sometidas (42). Sólo para seguridad del dominio y sometimiento, dice Agustín García, puede servir el Amor mayúsculo. Sin vigilancia ni sometimiento se asegura el Señor la posesión, la obediencia y la fidelidad de su mujer (o mujeres). La ley del señor se convierte en deseo, se interioriza y no se vive como dominación. Por eso las mujeres se hacen mucho más cargo que los hombres del amor y por eso saben también mucho más del tema y son más fieles a la Idea del Amor. Dicho de otro modo (nietzscheanamente), la idea se graba con hierro en la conciencia y se hace obligación moral.

Recientemente, también el pensamiento feminista ha subrayado esta dimensión dominadora (al servició de los hombres) de la idea del amor. Mari Luz Esteban, antropóloga y feminista, lo expone con brillantez en su libro crítica del pensamiento amoroso. Bajo la idea de “pensamiento amoroso” engloba la que desde hace un par de siglos se ha ido configurando como la forma dominante en las sociedades occidentales de concebir los relaciones humanas y de representar los vínculos personales. “Conjunto de símbolos, nociones y teorías en torno al amor que permea todos los espacios sociales y institucionales e influye en las prácticas de la gente, estructurando unas relaciones desiguales de género, clase y etnia y un modo concreto y heterosexual de entender el deseo, la identidad y, en definitiva, el sujeto” (Esteban, 2011: 23).

La perspectiva feminista que (re)presenta aquí M. L. Esteban, y sobre la que quiero abrir este camino de reflexión, quiere hacer del amor una experiencia donde haya cabida para la negociación y que no sea vivido, el amor, como un sentimiento que te arrastra y que pueda llegar a arrasar la vida [seguramente sea así, por lo que Agustín decía, en más mujeres que hombres]. En este sentido se propone que redefinamos el amor como un proceso en el que tiene cabida la razón, la experiencia, la práctica que como un hecho irreversible, una especie de dato… de factum sin salida. Sobre este tema quiero seguir indagando en sucesivas entradas.

Para la perspectiva feminista, el amor idealizado (ese amor fuertemente tematizado y estandarizado en el cine y la literatura) que ha dominado buena parte de nuestra cultura emocional se ha convertido, contrariamente al espacio de liberación que pretendía ser, en una trampa para muchas mujeres, en un engaño, dice M. L. Esteban, por sus consecuencias negativas y a veces devastadoras. No se trata de renunciar al amor, sino de buscarle otras formas.

Un último apunte. Pensemos cómo de paradójico resulta que de la mano de la supuesta liberación sexual (el amor y el sexo han andado siempre de la mano), el resultado haya sido que cuando las “mujeres heterosexuales de clase media se encuentran en una posición históricamente inédita, pues nunca han sido más soberanas de su cuerpo y emociones… [pero] a la vez están dominadas emocionalmente por los hombres de un modo que no tiene precedentes…” (Illouz, 2012:311).

El surgimiento de un “campo sexual” diferenciado, aunque muy relacionado con el “mercado matrimonial”, en el que los hombres tienen grandes ventajas, pues pueden permanecer en él más tiempo resistiéndose o negándose a formar vínculos estables, ha resultado poco ventajoso para las mujeres (Illouz, 2012: 315).

[Nota: Personalmente, no deja de sorprenderme la “lucidez” de García Calvo y la confirmación “empírica” de algunas de sus razonamientos, o mejor, de lo que nos descubre, como él diría, la razón común.]

Insisto en que hay que tomar la afirmación “el amor un invento de los hombres…” como una invitación a pensar, para entender una de las muchas dimensiones del amor.

Seguimos.

 

Bibliografía:

García Calvo, A. (1984) El Amor y los 2 sexos. Madrid: Lucina.

Esteban, M. L. (2011) Crítica del pensamiento amoroso. Barcelona: Ediciones Bellatera.

Illouz, E. (2012). Por qué duele el amor. Una explicación sociológica. Madrid: Katz.

 

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