Fantasías de amor. “Borrar el tiempo” (por F. Núñez)

Era una tarde de verano tan luminosa que podía leerse en la celda con las celosías cerradas. El mundo dormía la siesta. Sólo las cigarras y el crujir de la tierra bajo el sol infatigable irrumpían en el silencio y perturbaban la paz de siglos encerrada entre los gruesos muros de piedra del monasterio. Era el cuarto verano que pasaba parte de mis vacaciones en ese lugar que parecía haberse sustraído al paso del tiempo. No era ni pretendía ser original, pues semejante retiro se había puesto de moda hacía ya algunos años, hasta el extremo de llegar a limitar la estancia a un máximo de tres semanas. Tres semanas para sustraerse del mundo, para entrar en un espacio anclado en el pasado, extendiendo entre mi vida y esos días la distancia insalvable de los años.

Había escogido aquel monasterio por las celosías que cubrían sus ventanas; desde mi celda podía ver la tarde sin ser visto, podía ver los campos, los árboles, el cielo, el aire y permanecer ajeno, tan lejano como en el vientre de una madre. Me recogía en el monasterio para borrar el tiempo, para tener en mi vida un vacío de tres semanas: veintiún días de no-existencia. Tenía cuarenta y dos años, el pelo algo cano, la vida más o menos solucionada, mujer, hijos, el piso casi pagado, un retiro para los fines de semana y el verano, y un coche con ochenta mil kilómetros para hacer los traslados. Vivía sin ilusión y estaba harto de todo. Tampoco en esto era muy original.

Por la mañana temprano, a las ocho, anunciándose el calor de la tarde, el autobús me había dejado en la carretera nacional a unos dos kilómetros del monasterio; hacía, pues, apenas seis horas que había llegado, y me parecía haber envejecido entre aquellas paredes; no tenía nada que hacer, ni pensaba hacerlo. Tumbado en la cama, casi vencido por el sueño, contemplaba por el enrejado un mundo yermo. A las siete, la cena; después, tal vez un paseo para ganar con el cansancio un reposo y un sueño poco merecido, del cual estaba ya a punto de tomar un adelanto. Entonces llamaron a la puerta, di permiso para que pasaran, y un joven vestido con el hábito de la orden, de unos veintitantos años, dijo que venía a traerme unas toallas que se olvidaron dejarme por la mañana. Todo en él me pareció agradable. Sin mediar palabra dejó las toallas en su sitio, se dirigió hacia la puerta, me pidió perdón por las molestias, y desapareció tras ella. Seguí dormitando hasta casi las seis, y al volver plenamente a la conciencia, sentí como si en mi estéril alma algo hubiera sucedido. Evoqué la imagen del joven monje, volví a cerrar los ojos y decidí ducharme pues no lo había hecho pese a la caminata y el sudor de la mañana; deambulé por vacíos e inútiles pensamientos y a las siete menos cinco, listo para la cena, me dirigí hacia el refectorio con la ilusión, todavía no muy concreta, de volver a ver al joven monje que trajo las toallas a la hora de la siesta. Mientras daban gracias por los alimentos que íbamos a tomar, abundantes y muy suculentos, me sentí algo decepcionado al comprobar que la única persona con quien en esos momentos deseaba algún trato no iba a compartir la mesa con nosotros.

Afortunadamente las reglas de la orden no permiten una gran expansión en estas circunstancias, por lo que pude cenar sin ser molestado. Al acabar la cena se nos invitó a ir a la capilla, invitación que decliné a cambio de un paseo por unos alrededores que conocía bien de años anteriores. Decidí ir a tomar un café al pueblo en cuyo término territorial estaba el monasterio. Había unos tres kilómetros que recorría en poco más de media hora. Tenía el tiempo suficiente para tomar tranquilamente el café y llegar antes de las diez, hora en que se cerraba la puerta del convento hasta las cinco de la mañana del día siguiente.

Llegué justo dos minutos antes de que las campanas anunciaran la hora del cierre, cuando el monje encargado estaba levantando los hierros que sujetaban las dos gruesas puertas a los muros y se disponía a cerrarlas. Un fogonazo de alarma recorrió todo mi cuerpo cuando reconocí al portero. Como no había motivo para semejante disturbio, recuperé rápidamente el tono y aproveché la ocasión para cruzar con él algunas palabras. Le pregunté su nombre y me contestó que hermano Gilberto, le dije que no lo recordaba de años anteriores, aunque sabía muy bien que no estaba, y me confirmó que no hacía un año que pertenecía a la orden. Aprovechando la veteranía, y con cierto tono paternal al que mi trabajo como profesor me había acostumbrado, seguí mirando sin ser visto, no siquiera me preguntó mi nombre, que le dije yo al final, como por amabilidad, antes de despedirme. Esa noche me acosté, si no feliz, ilusionado. Algo empezaba a brillar en mi interior.

Pasé una semana en el más absoluto hastío. Como ya he dicho ningún propósito constructivo me traía hasta aquí, no había libros en mi equipaje, ni el propósito de leer. No había visitado la biblioteca, y en cuanto al trato social, que por lo demás evitaba, nada tenía en común con santos y sabios. Simplemente dejaba pasar unas tras otras, con lentitud, pero sin pausa, las veinticuatro horas del día. Podría decir que me aburría; mi vida interior hacía tiempo que había sido clausurada para mejor cumplimiento de las exigencias del mundo donde vivía. Así, pues, no me deleitaba en los goces del espíritu, pues en éste no había flores que recoger, y en la aridez de mi alma crecía la más caótica y vulgar de las malezas. Pasaba las horas hastiado, entre ensoñaciones vanas y pensamientos fútiles, esperando los toques de campana en que la rutina establecida rompía la monotonía.

Durante los siete días transcurridos desde mi llegada no había vuelto a ver al hermano Gilberto, que sí había acudido alguna vez a mi recuerdo o protagonizado alguna de mis estúpidas fantasías: en una de ellas fuimos monjes budistas en Nepal, compartíamos una riquísima vida espiritual y practicábamos con maestría artes marciales.

Esa mañana, mientras me limpiaba los dientes, decidí que saldría a su encuentro, así que por la noche, a eso de las diez, acudiría como por casualidad a la puerta principal del convento. A las siete en punto, como estaba establecido, me dirigí hacia el comedor para tomar el desayuno. Veinte minutos más tarde, al tiempo que quería levantarme para marchar a dar el paseo de la mañana, mi mirada tropezó entre los comensales, con sorpresa e inusitada alegría, con los ojos oscuros y serios de Gilberto. Me pareció que hacía tiempo que me observaba. Desde ese momento hasta que me levanté de la mesa malhumorado al tomar conciencia de mi persona, debí comportarme como un perfecto idiota. Al llegar a mi celda comprendí lo doblemente ingenuo que había sido: por creerme observado todo el rato (no me atreví a comprobarlo), y por querer darle a mis actos una apariencia, digamos, interesante, que posiblemente no tenían. Intuí, y tuve miedo, que si algún interés tenía yo para Gilberto, era el misterio que en ese lugar el desconocimiento me otorgaba. Me avergoncé de mí mismo, y esa vergüenza me produjo rabia.

Como sabía aparentar en público pese al estado de ánimo, pues a lo largo del curso realizaba no pocas funciones teatrales, y me costaba derogar mis decisiones (gracias a ello seguía haciendo algo), a las diez menos cuarto, como quien no quiere la cosa, me dirigí a las inmediaciones de la entrada. Enseguida me di cuenta de que el portero no era Gilberto, cuyo aspecto empezaba a serme familiar por haber estado presente a lo largo del día en los diferentes ágapes. Con la intención de averiguar algo me acerqué a su lado y le comenté lo hermoso de esa hora del crepúsculo y demás obviedades como que él no era el de la semana pasada. Este hermano, de mucha más edad, y aburridamente parlanchín, me dio todo tipo de explicaciones, acompañadas siempre de algún comentario impertinente. Entre los santos y sabios varones había que añadir los mojigatos y chafarderos, con los que tampoco tenía nada en común.

En cualquier caso me bastaba la información obtenida, el hermano Gilberto, siguiendo un escrupuloso orden rotativo, esta semana sería el encargado de ayudar al padre Antonio, bibliotecario del monasterio. Por la noche, junto con cierta ansiedad, había renacido en mí el interés por los libros y la lectura.

A las ocho y diez del octavo día, después del desayuno y un breve paseo que no fue más que una espera inquieta, husmeaba en los ficheros que custodiaban la puerta de la vieja biblioteca. Tras larga y tortuosa deliberación consideré que el mejor efecto y buena imagen -debía hacerme propaganda- lo conseguiría pidiendo en préstamo las obras completas de San Juan de la Cruz y, para consultar en la sala, unos ejemplares en alemán e inglés de comentaristas de Kant y Hegel que mi memoria guardaba.

No había errado en mis suposiciones y era Gilberto el encargado de llevar a la mesa los ejemplares solicitados por un público de rancios hombres doctos que acudían a ese lugar con erudito interés. Entregué al padre Antonio las hojas de demanda debidamente rellenadas, uso que todavía recordaba. Me comentó el interés de dos de los ejemplares solicitados; supuso bien al suponer cómo me ganaba la vida, aunque erró totalmente en el propósito que en aquellos momentos me movía, si bien -dicho sea de paso- propósito al fin, tras largo tiempo de inercia. Se me indicó la mesa donde, en breve, me serían entregados por el joven ayudante: muchacho poco apto, según se me insinuó, para el trato ceñudo y lento con nuestros sabios antepasados. A los siete minutos, con una seriedad que contrariaba la opinión que de él tenía el padre bibliotecario, Gilberto me trajo en un par de viajes los libros requeridos. Le di las gracias e hice algún estúpido comentario sobre la cantidad y el peso de los libros; y aunque no me dijo nada su sonrisa me subyugó el resto de la mañana. Disimulé entre las páginas amarillentas y de característico olor a humedad durante un tiempo prudencial que se me hizo infinito para no extrañar con fugaz visita a los sesudos lectores y bibliotecario. Reservé algunos libros para posterior consulta y salí con el ejemplar de lectura bajo el brazo.

Salí de allí con un único objetivo: hablar con Gilberto. Supuse que esto sólo sería posible entre aproximadamente las dos, cuando el comedor estaba ya completamente vacío, y las cuatro de la tarde, hora en que se reanudan las actividades monacales; ése era el espacio de tiempo que, según había observado, los monjes tenían a su libre disposición. Difícil se me presentaba el encuentro, que más me parecía una hazaña, para entablar un contacto cuyo objetivo no tenía nada claro. Nada tenía que decir, y mucho menos que ofrecer, al hermano Gilberto.

Los días siguientes fueron para mí una larga y tensa espera en una tal confusión que mi conciencia sólo recuerda fugaces pero insistentes miradas entre Gilberto y yo, en el comedor o en la biblioteca, donde pasé, incapaz de concentrarme en la lectura de una sola línea, las más incómodas y angustiosas horas de mi vida.

Al despertar del tercer día desde aquella sonrisa, y el décimo de mi estancia en el monasterio, tras una noche de insomnio y sueño inquieto, la ducha fría y un sosegado paseo por el claustro en espera del toque de campana que anunciara el desayuno, junto con un pensamiento inaudito, me devolvieron la tranquilidad: comprendí, y tuve que aceptarlo abiertamente, que estaba enamorado. Si me resultaba difícil creer que toda mi vida estuviese embargada por un estado de ánimo y un desasosiego que creía enterrado en lo más remoto de mi juventud, pues desde entonces nunca más me había sentido enamorado; mucho más me costaba creer que el objeto de mis ansias, aquel que prometía un horizonte nuevo en mi vida, fuera un hombre, o más increíble todavía, un joven monje y en un monasterio.

Como un alma en pena pasé el resto del día, deambulando por pasillos y corredores en busca de un encuentro con el amado, leí insaciablemente el “Cántico espiritual” de San Juan de la Cruz, y me repetí una y otra vez para gozar mi pena, que la dolencia de amor sólo se cura con la presencia y la figura. No me deparó el destino ese consuelo, para llagar mi llaga con bálsamo divino.

Por la noche de ese día de cauces desbordados, cuando la deliciosa pena de amor me consumía en el camastro de la celda, cuando en tenerlo entre mis brazos soñaba, cuando más grato era mi próximo futuro, llamaron a la puerta con el aviso de que una señora que decía ser mi esposa esperaba al otro lado del teléfono que con su color rojo resaltaba en las paredes de la sala de recepción. ­Cielos! eran las diez y media del undécimo día, y el sexto que no llamaba a casa para dar noticias mías. Acudí presto, pues no me gusta hacer esperar en el teléfono. En total no creo que pasaran más de dos minutos cuando aún no había alcanzado mi oreja el auricular y oí la voz de mi esposa que cariñosamente me recriminaba mi olvido y abandono del hogar. Los niños, en casa de los suegros, bien; Atalía, la pequeña, de seis años, un tanto resfriada, sin importancia; el perro, un patán callejero, quien más me echaba de menos; que ya sólo faltaban diez días para sus vacaciones y para que pudiéramos de nuevo estar todos juntos, que qué bien ¿verdad?, que un abrazo, que llamara, que me quería, que me cuidara, que hasta pronto.

Hasta pronto. Estas fueron las palabras, si lo demás no bastaba, que volvieron el desbordamiento a su cauce. Sumido en el más vacío y negro de los pensamientos volví a mi celda tras dar las gracias al monje que estaba de guardia en la sala de recepción. Me quite la camisa, zapatos y pantalones y me tumbé en la cama. Hacía, pese al fresco del lugar, un calor sofocante. Afortunadamente me quedé rápidamente dormido; sólo recuerdo que una noche oscura empezó a reinar en el horizonte.

Me desperté con el alba. Era jueves. Hice la bolsa de viaje. Me despedí del monje que estaba para estos menesteres, alegando asunto de familia urgente para justificar mi repentina y precipitada marcha. A las siete y media llegué al pueblo. En el único bar abierto tomé un café con leche y comí un pastel que me aseguraron ser típico del lugar y estar recién hecho. El primer autobús a la capital salía a las ocho y diez. A las nueve y treinta y seis me subí en un tren. A las ocho y cinco de la tarde, con sólo diecinueve minutos de retraso llegaba a Barcelona. Cogí un taxi, y en media hora, llegué a casa. Diez minutos más tarde llegó mi sorprendida esposa. Aduje “morriña” y aburrimiento para justificar la fantasmagórica aparición. Esa noche hicimos el amor. En algún momento pensé en Gilberto.

 

 

 

 

 

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