FUTBOL. FIFA World cup. ¿Panem et circenses? (por F. Núñez)

Pan y circo, pan y espectáculo… pan y fútbol. El hecho de que ya en la Roma clásica se repartiera un poco de trigo gratis entre la población pobre, aunque libre, es decir, una minoría, y se ofreciera entretenimiento para rebajar tensiones sociales –a la vez que los que así actuaban ganaban en prestigio y consideración- puede hacernos pensar que algunas dinámicas sociales han cambiado muy poco. Pero para salvar las distancias, y entender el presente, debemos matizar.

Las sociedades y culturas grecorromanas han sido durante siglos fuentes seminales e inspiradoras para el mundo occidental, y aún más allá de estas fronteras. Aún así, no deja de sorprender que entre las demandas de la población estuviera el espectáculo como un elemento casi de primera necesidad. No me queda claro en qué nivel de la jerarquía de necesidades humanas situaría Maslow al entretenimiento y diversión, que en su formato romano era ya casi “espectáculo de masas”. Recordemos que son muchas las culturas, de las que en algún momento de nuestra arrogancia “grecorromana” hemos denominado “primitivas”, que reservan una buena cantidad del tiempo comunitario (es decir, todo el tiempo, pues apenas se puede hablar de “privacidad” o tiempo personal) a lo que podemos considerar “diversión”, hablar y reír conjuntamente. Sin duda, esto no es lo mismo que asistir a un “espectáculo” de gladiadores o a una merienda de leones, aunque tienen en común que se trata de un acto social en el que se comparte (y se genera) algún tipo de alegría. Compartir el estado de euforia-alegría sería el dato relevante de lo que se supone que aporta el elemento “circo” de la pareja “pan y circo” (en la que “pan” aporta la satisfacción de las necesidades de subsistencia más básicas).

No sabría recorrer los más de 20 siglos de distancia que separan los varios miles de romanos gritando entusiasmados (con todos los matices que el entusiasmo puede tener) en el Coliseum, de las docenas de miles de… ¿espectadores? ¿forofos? ¿seguidores? ¿ciudadanos?, o lo que quiera que sean, que se reúnen para ver un partido de fútbol de su equipo o selección. Equipo o selección en la que siempre hay que destacar el nombre propio de su/s estrella-crack particular.

Son muchos los siglos de distancia –y grande mi ignorancia- para poder hablar e imaginar qué llevaba a los romanos al circo, qué ritual social se ponía en marcha y qué tipo de satisfacción producían aquellas horas de emoción compartida. Sin duda que hay “rasgos” que compartimos, pero creo que resultaría pobre una simple yuxtaposición. Resalto alguno de los “matices” que creo que nos separan. No pretendo dar LA explicación, sino solo aportar algún elemento para entender mejor los fenómenos que tienen lugar en la “FIFA world cup”.

Lo primero que propongo tener en cuenta es que ahora en el Estadio Arena Fonte Nova, por ejemplo, para ver un partido se reúnen 50 mil individuos (o almas), con nombre propio y pasaporte en regla. Centenares de millones lo siguen por televisión en sus casas o, conscientes muchos de que la alegría (o emoción) compartida se expresa mejor y es más intensa en grupo, delante de enormes pantallas en bares o espacios públicos. Son individuos aunque se cuenten por docenas de miles.

Como individuos y subjetividades (particulares) en las que nos hemos configurado, todos sabemos que nuestras emociones son nuestras y podemos intentar, con cálculo incluido, apartarnos de las tristezas y aumentar las alegrías. Pero el mecanismo del contagio emocional, la mayor intensidad de la emoción compartida y la importancia del ritual social para dotar de sentido nuestros actos, nos lleva a superar la inercia del estar frente a la pantalla en el comedor de casa para buscar la “gran” pantalla (en un espacio público) o el privilegio del directo (que añade importantes dosis del valor de lo “auténtico” y, también, de lo real –no mediado, no reproducido masivamente… por más paradójico que resulte).

Como buenos individuos (autónomos) que somos, y tras casi trescientos años de cultivar esta nuestra singularidad, nuestra integración social y nuestro lugar en el mundo no está en absoluto garantizado. Vivimos juntos, pero nos sentimos únicos y nos suelen molestar o incomodar las diferentes formas de sujeción a la comunidad. Para un individuo romano, o de hace trescientos años (y todavía es así en algunos lugares!), el mundo es cosmos, es decir, un orden jerarquizado donde la necesidad (Dios) gobierna el devenir y nos ubica en el lugar que por naturaleza nos corresponde. Religión, autoridad, educación (paideia) están perfectamente enlazados y responden a la necesidad (seguramente antropológica) de dar un orden al mundo. A muchos de nosotros, modernos, esta experiencia nos resulta extraña, casi molesta, impropia de nuestra dignidad.

El individuo moderno, ese que se reúne en el campo de fútbol o frente a una pantalla (también se le puede encontrar solo frente al televisor, claro está), se distingue –y se construye-, no por lo que es necesario, sino por la contingencia. Dicho de otro modo, cada quien es cada cual. Somos como somos, sí, y nos esforzamos mucho per serlo, pero podríamos ser, todos, desde nuestra igual dignidad, de un modo diferente. De algún modo sabemos (creemos) que está en nuestra mano hacernos. No obstante, nuestra “orgullosa” singularidad, cuando se reúne con otras iguales pero diferentes, puede experimentar momentos de emoción compartida que, pese a ser intensos para cada uno (nada más propio y profundamente auténtico que las emociones), nos hace sentirnos parte de un común (el grupo) que nos transciende (se nos impone como necesidad). Una tensión básica (vivida por muchos como contradicción) bien humana.

El siglo XIX, consciente ya de la desmembración de los individuos del deteriorado cosmos social, se alarmó ante la imprevisibilidad de las masas y de su poder de acción. El psicólogo (social) Gustave Le Bon se hizo famoso por su libro “Psicologia de las masas” donde intentaba descubrir las pautas para entender su comportamiento y hacer posible la “previsión social”. Los nacientes medios de comunicación de masas creyeron que también podría ayudar a garantizar el control de los individuos reagrupados en “masa”. También se erigieron como fuente de entretenimiento y parte del binomio “pan (proporcionado por el salario) y circo (proporcionado por los medios de comunicación y espectáculo de masas –las que ganaban un salario, cómo no-). Le evolución de esta sociedad capitalista podemos denominarla sociedad de consumo.

Entre los resultados de esta situación (entre tantísimos más) tenemos al (pobre) individuo necesitado de darse una identidad (subjetividad) que ya no proporciona su condición humana y su lugar en el cosmos (porque han dejado de existir). Individuo que, por otro lado, se percata del poder de atracción (y de rapto) de la emoción colectiva (que cuando está ritualizada no resulta imprevisible). En este contexto las celebridades (hombres y mujeres famosos, presentes en los diferentes medios de comunicación, ricos las más de las veces, poderosos, carismáticos y con poder de seducción) actúa como canales de la emoción y poderosa fuente de identificación, en el sentido que dan pautas de reconocimiento de la propia identidad y suscitan emociones de simpatía.

En el estadio de Maracaná, cien mil espectadores (individuos) gritan de alegría o indignación y rabia (emocionados) el gol de su estrella o la falta recibida. Reunidos en la catedral de la emoción, cada uno en su butaca, gritan al unísono el gol de la victoria de “su” equipo… de “su” país, o lloran la derrota.

Desconozco cuál pudiera ser la celebridad de un gladiador, pero la de los jugadores de futbol (como la de las estrellas del cine o de la televisión o de la música) puede ser prolongada durante años y aumentada y amplificada enormemente en los diferentes medios de comunicación (el espectáculo de un partido, el anuncio comercial, el twitt provocativo o la entrevista en un plató). Sus figuras, su singularidad y individualidad (no insignificantemente surgida la más de las veces de la nada: “hijo de una familia humilde”) se nos ofrecen como pantalla, como modelo. No hay que ser necesariamente como… basta con poder ser tanto como o a la manera de… Y aún eso pude no ser importante porque, cuando menos, me emociono profundamente yo, y aún más si participo con otros de la emoción, cuando asisto-contemplo y vivo sus hazañas. Goooool!

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