Las razones del amor (por F. Núñez)

Recientemente he leído un libro de H. G. Frankfurt, titulado The Reasons of Love (Princenton University Press, 2004), que me hizo recordar mi tesis de licenciatura en sociología (“El sentit de l’amor en la joventut” -1994-, en la que argumentaba la importancia del amor como fuente de sentido en los jóvenes) y el libro de J. Elster sobre la alquimia de las pasiones (una de cuyas tesis básicas es la centralidad de las pasiones para dar sentido a las cosas). Intento trenzar las dos ideas.

El libro de Frankfurt comienza recordándonos la vieja pregunta socrática (que todavía sigue mareándonos) “¿cómo hay que vivir?”. Suponemos, claro está, que hay formas de vida (estilos, elecciones) que son mejores unos que otros. Aunque puedan haber muchos, y particularizarse cada uno de ellos, no deja de ser significativa la pregunta por si estamos eligiendo aquello que nos conviene, que nos sienta bien. Porque a lo que sí que estaríamos todos dispuestos a acordar es que de lo que se trata es de vivir bien.

Quién no se ha preguntado, más de una vez, si hay que dejarse guiar por la razón o, por el contrario, hay que seguir a lo que nos dicta el corazón. Entre ambos extremos hay muchas opciones, y aún habría que aclarar qué es la “razón” y qué es el “corazón” y qué clase de motivos para tomar decisiones nos proporciona la una y el otro.

Sin entrar en demasiadas disquisiciones, parece estar claro que para que algo nos mueva a la acción debe de importarnos (ser importante) y así nos sentimos inclinados a cuidarlo… Lo queremos. Pero no lo “queremos” en el sentido que “quiero un refresco” en un día de mucho calor, sino que lo considero intrínsecamente valiosos para mi, y quiero cuidarlo, independientemente del beneficio que pueda obtener. El amor, dice Aristóteles, es el querer para alguien el bien, no por uno mismo, sino por él y hacer por su bien todo lo que está en nuestras manos. Esto es a lo que llamamos desinterés.

Preguntémonos, como hace Frankfurt, ¿qué significa “cuidar algo” (o a alguien)? Cuidamos aquello que nos importa, con lo que nos sentimos conectados, fuertemente unidos. Tengamos presente también que nuestra capacidad de cuidar está estrechamente unida a nuestra capacidad de comprometernos. Y también de prometer. Prometer es, de hecho, un compromiso con determinada acción futura: pase lo que pase, me apetezca o no en el futuro, lo tenga fácil o difícil, haré eso que he dicho que haré. Si las promesas dependiesen de las emociones, ¿qué sentido tendrían?

Nota. Téngase en cuenta que la promesa puede, con el tiempo, entrar en conflicto con los sentimientos (de ese momento). Pero el amor, como deseo de “cuidar” algo que nos importa (con lo que nos comprometemos) no puede reducirse a algún tipo de emoción que nos hace apetecible esa cosa (y nos inclina a cuidar de ella). Debería ser posible amar a alguien o a algo sin que nos “gustase”. En otras entradas del blog volveré profusamente con el tema del amor.

Aquello que nos importa es lo que queremos cuidar (tiene nuestra atención) y si hay alguien que es incapaz de cuidar alguna cosa (tener “cura de”) es porque no debe importarle nada. Sin duda nada lo ata a este mundo. De hecho, eso que queremos cuidar, que nos importa, nos marca horizontes y objetivos en el mundo. En definitiva, da sentido a la vida. Si se nos permite un paso más, son las cosas que amamos (las que nos importan y queremos cuidar) las que llenan de sentido nuestra vida. Son un vínculo, sino el vinculo, con el mundo. El amor, en este sentido, implica o comporta importantes “razones” para determinar nuestra acción. Más: es difícil a quién no le importa nada encontrar razones por las que implicarse en algo y al no estar implicado en el cuidado de nada (o nadie) no encuentra razones para que nada le importe (y le muevan a la acción). Es un pez que se muerde la cola. Afortunadamente, hay muchas cosas que nos importan, que importan incluso a los más “desinteresados”, porque tienen valor para la supervivencia. Y además, tengamos presente que hay mucha gente especialmente centrada en el cuidado de si mismo, porque es lo que más le importa, si no lo único.

No debemos olvidar que a veces el amor da razones para que nos siga importando algo o alguien cuyo “amor por él/ella/ello” es poco razonable –y nada aconsejable-. El amor es “cuidado” (me importa y tengo “cura” de ello y me comprometo) pero no se puede cuidar algo que nos destruye, que nos debilita, que en definitiva disminuye nuestra capacidad de cuidar y, por lo tanto, de acción. Desdibuja nuestro sentido. Este es un amor desgraciado. En este caso hay que saber escuchar las razones de la razón.

Esta naturaleza peligrosa del amor (la ambigüedad del amor y de nuestra naturaleza “mito-lógica”) tiene que ver con que el amor no siempre necesita razones, la necesidad de amar, de encontrar sentido, de que las personas y las cosas (o las acciones y las ideas) nos importen, tiene que ver con nuestra manera de estar en el mundo, de vivir y experimentar el mundo (la vida). El amor, así entendido (lejos de ser la “mentira del amor pasión romántico” –volveré sobre ello-) es importante para nosotros porque llena de sentido y significado nuestras vidas. La diferencia entre una y otra persona, entre un objeto u otro, entre hacer una cosa u otra, si la hemos de dirimir con razones vamos a tener muchos problemas para no caer en la cuenta de que casi todo es substituible. La razón instrumental no nos sirve para tomar este tipo de decisiones. En cambio, nada más lejos de esta indiferencia cuando algo o alguien es objeto de nuestro amor, nos importa; estamos emocionalmente implicados y comprometidos. El amor proporciona sentido (último) al mundo y a nuestras acciones (a nuestra vida, en definitiva). De hecho, acabamos siendo aquello que amamos, lo que ocupa nuestra vida, lo que cuidamos, que es por lo que vivimos y luchamos. Parece fácil, pero no lo es.

 

 

 

 

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