Fantasías de amor: “La vendimia” (por F. Núñez)

Viajaban hacinados, hacinados habían nacido y vivido, y la falta de soledad física era, tal vez, lo que mejor los definía. Aquella no era, pues, una situación especial, compartían ahora, una vez más, el espacio estrecho y largo del tren.

Empezaba a salir el sol y con él surgía de nuevo un calor en la sangre que la noche de insomnio y alcohol barato había conseguido apagar. Otros prefirieron el sueño, si bien tampoco les importaba mucho el duro trabajo hacia donde se dirigían los vagones “especiales”.

Dos hombres jóvenes de edad, pero de profundas cicatrices en la mirada y en la piel, se vigilaban uno al otro y vigilaban también un mismo compartimento. Eran muchas circunstancias las que los unían, pero aquella vez no fue su igual deseo motivo de unión, porque no podía ser compartido y ninguno de los dos estaba dispuesto a renunciar a lo único que en los próximos meses podía dar algún sentido a su existencia. Por eso el sol calentó su sangre e hizo surgir el deseo, pero también el miedo y el odio por quien podía ser un leal enemigo. Ya se habían avisado con las miradas y estaba claro para los dos que no laceraban menos que sus navajas, las cicatrices mostraban que la hoja, siempre bien afilada, había sido estrenada alguna vez.

Caminaban de un lado a otro del vagón entre botellas bacías, cuerpos adormecidos, guitarras cansadas y fajos llenos de recuerdos y ropa limpia y bien planchada por última vez durante muchas semanas. Se ignoraban en su presencia física, pero ambos eran, el uno para el otro, una idea constante, un motivo de preocupación y un desencanto. Ninguno de los dos era cobarde, ninguno de los dos esquivó nunca una pelea, bien lo sabían sin conocerlos los que con ellos compartían el vagón; por eso nadie sospechó nada cuando uno de ellos fue encontrado, todavía con la sangre saliendo a borbotones, agarrado a la taza del lavabo, con cuatro puñaladas en la espalda.

Fue un niño de nueve años quien, sin aparente espanto, corrió al compartimento donde su madre todavía dormitaba y le anunció que un hombre muerto yacía en el lavabo. Dos hombres se levantaron en silencio y sin creer mucho en sus palabras acompañaron al muchacho. Aunque auxiliaron al hombre que parecía agarrado con rabia al wáter, poco pudieron hacer con su cuerpo sin vida y que, al contrario que el aire, empezaba a enfriarse. Lo tendieron en el pasillo del vagón; el niño lo miraba fijamente, intentando discernir en el traqueteo rítmico de su cuerpo algún movimiento que delatase la vida, pero no pudo verlo. La novedad se extendió por el tren con la misma velocidad con que éste viajaba y antes de que llegase el revisor junto con un médico, una tal multitud de curiosos se agolpaba ante el cadáver que hicieron muy difícil el acceso para que éstos confirmaran la evidencia de su muerte.

El tren se detuvo en la estación más cercana. Como avisados con antelación se presentó todo un destacamento de la guardia civil que, tras tomar nota de lo sucedido y cursar las diligencias oportunas, dio orden de que el cuerpo fuese trasladado al hospital más próximo. En una vieja maleta de polipiel que los que le habían visto y compartían con él asiento identificaron como su único equipaje, y entre otros papeles y una fotografía de quien debía de ser su madre, se encontró el documento nacional de identidad que hizo posible su identificación, identificación de lo poco que los que con el viajaban no sabían: Número de D.N.I. 38.761.XXX; Nombre: Francisco Javier Requena Martos; Edad: veintisiete años, hijo de Francisco y de Dolores; Estado civil: soltero; Profesión: temporero. Viajaba solo, se dirigía, como todos, a la vendimia, en el sur de Francia, nadie lo conocía sino de verlo por el vagón desde la mañana del día anterior cuando subió al tren en Córdoba. Apenas había hablado con nadie, ni permaneció más de una hora seguida sentado en el asiento del que tomó posesión hacia las once de la citada mañana dando los buenos días a los que allí estaban y dejando su maleta en el altillo correspondiente.

Mientras cargaban el cadáver en la ambulancia que iba a trasladarlo al hospital donde se le realizaría la autopsia, y los casi mil trescientos posibles asesinos se agolpaban en las ventanillas (se había dado la orden de no bajar del tren) y contemplaban la operación en silencio, un silencio hecho de curiosidad e indiferencia, que no de consternación y respeto, Javier Francisco Martínez Díaz, de veintitrésés años de edad, también soltero y temporero, tras haber sido interrogado como lo estaban siendo la mayoría de los que tenían su asiento en el vagón donde fuera cometido el presunto asesinato, se acercó a María Cenizo Montilla, de diecisiete años de edad, soltera y sin profesión reconocida, tal y como acababa de declarar al guardia que la interrogara, y le preguntó, aprovechando la oportunidad que el acontecimiento excepcional y un mínimo motivo de conversación le brindaba, si conocía al pobre colega asesinado.

-No, nadie le conocía; pero parecía buena persona. ¿Sabes cómo se llamaba?

-He oído decir que Francisco Javier, como yo, pero al revés. Y tú, ¿cómo te llamas?

María pareció no oírle.

-Dicen que venía de Córdoba, ¿no es cierto?

-Sí, eso dicen. Y tú, ¿de dónde vienes?

María, absorta en el trabajo de los camilleros, tampoco respondió a la nueva pregunta.

-¿Por qué lo habrán matao? Parecía buena persona.

Javier, con la sensibilidad exacerbada por los acontecimientos y algo irritado y furioso ante la indiferencia de María, intuyó que el calificativo de “buena persona” no se trataba de un juicio moral, sino que escondía todas las simpatías de aquella preciosa muchacha. Se había fijado en Francisco, mientras a él lo ignoraba.

Lo había matado por la espalda -de otro modo hubiera podido perder la pelea- sin darle tiempo de verle la cara, como si se tratase del verdugo que cumple una sentencia: cuatro puñaladas sordas, y ni siquiera dejó escapar un gemido, aceptando lo inevitable del momento de la muerte. Lo había matado para quitarse de en medio un competidor en el propósito común de conquistar a la joven que nada más verla enardeció su deseo y borró toda otra consideración fuera del propósito de obtenerla. Sabedor de que en justa lid se arriesgaba a perder la batalla, decidió apartar el único obstáculo que creía que podía oponerle alguna resistencia. Y sin embargo ahora, aún después de muerto, era mayor enemigo. La frialdad con que aquella muchacha lo trataba, pues ni tan sólo le había dirigido una mirada, le atravesaba el corazón con no menos dolor con que lo hubiera hecho la navaja de Francisco.

-­!Bah! No te preocupes mujer, seguro que era un camello, y se lo han debido de cargar por algún ajuste de cuentas.

Mira, ahí está  el de la nevera. Dime cómo te llamas y te invitaré a tomar algo. ¿Qué quieres?

La ambulancia se alejaba a toda velocidad por la carretera con las luces y la sirena encendidas como si el tiempo todavía importara a su ocupante; algunos coches patrulla de la Guardia Civil también se disponían a marchar, sin otra alternativa que la de detener a todos los ocupantes del tren o dejarlo partir ya. María susurró con desgana su nombre y aceptó la invitación de aquel joven al que por primera vez miraba a la cara como si de un objeto extraño se tratara y que no acaba de identificarse.

– Oye, tú, el de la nevera, tráenos una lata de cerveza y una de…

-Coca-cola -dijo María. Y los dos empezaron a beber en silencio de sus latas.

-Está fresquita, ¿verdad? Con el asunto este llevamos parados más de una hora. De seguir aquí mucho rato llegaremos de noche al campamento. Después tendrán que asignar los alojamientos, tendremos que prepararnos la cena, y querrán que mañana nos levantemos a las seis. – Argumentaba Javier con no poco nerviosismo.

-Tú, viajas con tu padre, ¿no es cierto?

-Sí.

-Es el primer año que vienes.

-Sí.

-Bueno, aunque es duro, también tiene sus ratos buenos. Y pensaba Javier que esos ratos buenos iban a ser ese año los besos y caricias y todo el amor de María. La imagen de sus cuerpos desnudos revolcándose en un baño de luna entre los viñedos le oprimía el corazón. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no besar aquellos labios que bebían en silencio.

Acabadas las bebidas María se dirigió al compartimento donde estaba su padre, y el “hasta luego” con que se despidieron fue por su parte más formal que la expresión de un deseo o la seguridad de que se produjese el acontecimiento. Por su parte, Javier estaba convencido que esas palabras encerraban mucho más que un simple encuentro. Feliz por la impunidad de su crimen que jamás podía ni iba a ser descubierto, tranquila la conciencia por lo que no consideraba un asesinato sino un simple quitar un estorbo de en medio, también se dirigió a su compartimento para deleitarse en la felicidad de un futuro que se estaba cumpliendo según fuera planeado.

El azar o el destino – poco importaba a qué era debida su buena estrella, si es que había alguna diferencia- le llevaron sin tener que hacer nada para ello a conseguir el trabajo en los mismos viñedos. Sus respectivos domicilios, si así podían llamarse a viejas cuadras y almacenes donde se habían instalado mesas, sillas, camastros y algún que otro armario, distaban a penas trescientos metros. La primera noche tuvo, para muchos, como protagonista el sueño, entre ellos se encontraba María; para otros, que no temían ni el cansancio ni el sufrimiento, de los cuales Javier era un ejemplo, fue el protagonista el alcohol, la guitarra y el fuego.

El día siguiente transcurrió con lentitud, no sólo por ser el primero; se sumaron a ello el lánguido pero firme paseo del sol por el cielo, los recuerdos y las abejas revoloteando y clavando sus aguijones, la solidez del peso de millones de granos de uva que doblegaban la espalda y el cuello. María, junto con todas las mujeres y la parte menos joven de los hombres, armados con tijeras de podar y un cubo al lado donde iban dejando los racimos, avanzaban en parejas descubriendo y cortando los frutos; Javier, y el resto de los jornaleros, recogían los cubos llenos y los vaciaban en cuévanos sujetos a la espalda para a su vez abocar la uva en los remolques.

Durante toda la jornada Javier estuvo cerca de María, solícito ayudante de la frágil e inexperta joven, atento a su comportamiento, llegando siempre el primero cuando el grito convenido para ello indicaba que su cubo estaba lleno. El trabajo resultaba tan nuevo y agotador para ella que apenas se dio cuenta de aquella omnipresencia, en ningún momento se sintió observada. En cambio, Javier apenas sentía la fatiga y la dureza del trabajo quedaba en un segundo plano, pues aquella muchacha de camiseta ajustada que resaltaba su abundante seno sin necesidad, en su juventud, de ningún artificio para mantenerse firme, de pantalones cortos que dejaban al descubierto dos buenas muestras de su piel casi de niña, ocupaban toda su atención, realizaba el trabajo absorto por la imaginación y el placer que le proporcionaba anticipar el momento en que el cuerpo delicado de María estaría entre sus brazos y sería suya, porque así lo había decidido, y nada podía cambiar lo que estaba planeado desde el momento en que al subir al tren la vio por casualidad.

María se mostró mucho más alegre y simpática de lo que pareciera la tarde anterior, ello animó a Javier a ir entablando una conversación sin miedo a ser rechazado o, todavía peor, a ser ignorado como lo fuera el otro día. No fue así, al final de la jornada ya habían quedado para por la noche, que era sábado, salir un ratillo de “marcha” por el pueblo; él le enseñaría un par de sitios que estaban bien y que conocía del año pasado. En ello quedaron, a las diez y media, después de la ducha y de la cena, se encontrarían delante del almacén, donde otros también esperarían para bajar al pueblo. A ella le pareció una buena manera de conocer gente y de encontrar algo de diversión; él creía estar realizando su sueño.

Tras la ducha Javier se afeitó y se vistió impecable, lustró las botas hasta que parecieron dos espejos, se desabrochó la camisa hasta el penúltimo botón antes de desaparecer en los pantalones y se cargo al hombro la chupa de cuero. Miró el reloj y como le sobraba tiempo, casi una hora, decidió echar una cabezada, no en vano llevaba dos noches sin apenas dormir. Despertó sobresaltado y aterido, miró el reloj asustado, maldijo con rabia y salió corriendo, tan deprisa que ni él sabía a dónde se dirigía: eran más de las doce. No pasó por el lugar de la cita, y corrió por desahogar su rabia, pues ya no tenía prisa, hasta el pueblo. Entró en un bar de los que por motivo de la llegada de los temporeros no cerraban hasta que el cielo volvía a ser azul, bebió para caer derrotado y despertó, sin saber cómo, en su cama. Se despertó con un mal sueño: durante toda la noche voces de hombre gritaban “María”, “María”. No se levantó a comer; por la tarde, por más que buscó, no encontró a María.

Eran las seis y media de la mañana del lunes, el sueño le volvió a jugar una mala pasada y llegó justo cuando apareció el último grupo de jornaleros. La suerte no estuvo de su parte y aunque fue conducido a la zona donde trabajaran la semana pasada, no encontró a María. Esta vez el malhumor aumentó enormemente el cansancio. Por la noche no tuvo más suerte: cenó deprisa, más por exigencia del estómago que por deseo de la voluntad, buscó a María por todas partes, preguntó por ella incluso a su padre que encontró tomando el fresco y fumando junto con otros hombres a la luz de una hoguera; todo lo que supo es que no estaba.

Esa noche durmió poco, esperó la salida del sol junto a los almacenes donde se guardaban los tractores. Cuando el tercer grupo se disponía a marchar hacia los campos llegó ella, con la cara de sueño, pero más resplandeciente que nunca. Una sonrisa imperceptible le daba un aire nuevo. Javier se acercó a saludarla, a pedirle perdón por haberla dejado plantada.

– El sábado, no sé cómo, pero me quedé dormío -dijo Javier Francisco atento a su reacción.

– No importa no estoy enfadada -esta era la única respuesta que no esperaba y, aunque no sabía muy bien por qué, también la que menos le gustaba.

– Pero dime, mujer, qué hiciste, dónde te metiste el domingo y ayer por la noche.

– Llevaba más de media hora esperándote cuando ya me fui pa casa. Por el camino me encontré a un chaval, sobrino del dueño, de los que lleva un tractor, y me invitó a bajar con él y unos amigos al pueblo. Tienen coche y, aunque son gabachos, me trataron bien. Michel es muy buena persona.

Por segunda vez aquellas palabras hirieron a Javier como si una navaja afilada se le hundiera en el pecho.

– ¿Y qué has hecho tú con esos gabachos? -y lo dijo en un tono de recriminación que desagradó a María, pero no pareció importarle demasiado.

– ¡Anda éste! Pues pasármelo bien. Mira, ése es Michel.

En ese momento salió del garaje el siguiente tractor que, cargado de hombres y mujeres, iba a partir hacia los viñedos. María se precipitó hacia el conductor, subió a su lado, le beso en los labios y permaneció junto a él. Lo que para todos era una pareja de enamorados, lo revelaban sus gestos, sus miradas, sus sonrisas, para Javier eran los signos inequívocos de la traición. La sorpresa lo paralizó, se quedó estático viendo como se alejaba el tractor, al tiempo que un sentimiento de odio y de venganza le devolvía el pensamiento y lo empujaba a la acción. A ese cerdo que sólo por ser francés ya merecía estar muerto, no le quedaban veinticuatro horas de vida. Y ella, qué hacer con ella, matarla era lo último que hubiera deseado hacer, porque ahora ¿cómo iba a ser suya, si lo había traicionado y humillado, ignorado y menospreciado­? No, no la iba a matar, pero se iba a acordar de él toda la vida. Ese día, el otrora destino feliz de la coincidencia en el campo de trabajo se convirtió para Javier en un infierno, y el placer de la venganza planeada no lograba borrar la impotencia y el dolor de su fracaso.

Llegada la noche, hora en que los enamorados se reúnen para hablar de su amor, para gozarse juntos en ese mundo que solo a ellos les pertenece, María y Michel se besaban mientras la muerte andaba en su búsqueda con un cuchillo de cocina que apretaba con rabia y ocultaba en el bolsillo de su cazadora.

Por la mañana los primeros rayos del sol calentaban un cuerpo frío e inerte que yacía bocabajo junto a una tapia semiderruida que en otro tiempo fuera muralla de la vieja casa de campo. Dos perros que junto al cuerpo ladraban despavoridos dieron la señal de que algo ocurría. Un grupo de madrugadores corrieron hacia el lugar donde los perros ladraban al ver un hombre caído en el suelo. Nada más tocarlo para darle la vuelta la rigidez de los miembros indicaba que aquel hombre hacía horas que estaba muerto. Llevaba un cuchillo de cocina clavado en el pecho. Una mujer lo identificó al verle la cara:

-Es Javier -dijo-, Javier Francisco Martínez, creo que se llamaba; estaba en el almacén de los solteros, en el número cuatro.

No hizo falta la intervención de los Gendarmes y la información adicional que aportó la Guardia Civil, para que entre los temporeros circulase la hipótesis que relacionaba la muerte ocurrida días antes en el tren, con la que acababa de suceder, y se asegurase que el móvil de ambas era un ajuste de cuentas que estaba relacionado con el tráfico de drogas.

Mientras decenas de curiosos miraban cómo una caja de cinc era cargada en un vehículo que pocos hubieran deseado conducir, María susurraba al oído del joven que la acompañaba:

-En el fondo, parecía una buena persona.

 

 

 

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