Matrimonio: ¿Sexo, amor o conversación? (por F. Núñez)

“En el momento de casarse debemos plantearnos esta pregunta: ¿Crees poder conversar con tu mujer hasta que seas viejo? Todo lo demás del matrimonio es transitorio, pues la mayor parte de la vida común está dedicada a la conversación.” (F. Nietzsche, Humano, demasiado humano. 406)

Cuando era estudiante de filosofía y leí este aforismo no me resultó nada convincente, ni tan siquiera sé si lo entendí. Me llamó mucho la atención, eso sí, por eso lo recogí y lo guardé y porque estaba abalado por el prestigio de uno de los grandes. Pero en realidad, estaba mucho más preocupado por el amor y por el sexo.

Ahora creo comprender que se trataba de una lúcida afirmación. Nietzsche estaba advirtiendo a sus contemporáneos de los peligros de una relación, el matrimonio (la pareja), que quisiera fundamentarse en el amor y que pudiera tener el sexo come eje vertebrador. El siglo XX, a las puertas del cual murió Nietzsche, consagró el amor romántico como el motivo principal por el que llevar a cabo un matrimonio. Incluso los reyes se valdrán del amor para elegir pareja (o para renunciar a su corona en nombre del amor). El sexo se consolidará (de la mano científica de psicólogos y médicos) como eje vertebrador de una relación saludable y como base de la felicidad conyugal. No puede haber buena vida matrimonial sin buen sexo. Que amor y sexo son los fundamentos (las causas) de una (buena y con futuro) relación de pareja ha sido consagrado y tematizado por la literatura y el cine a lo largo del s. XX.

Aparco, por el momento, el tema del amor romántico y el sexo y su centralidad en la relación de pareja, me centro en la afirmación de Nietzsche y examino en qué radica su lucidez, más allá del hecho casi trivial de que la vida común está dedicada a la conversación.

[También me remito a las entradas en este blog sobre Ch. Taylor para avalar, si fuera necesario, la centralidad de la conversación en la dimensión expresiva de nuestra vida y a la hora de decidir su sentido y su valor, como ahora también seguiré argumentando].

Desde la distancia y con más edad (cuando el amor deja de ser prioritario si se tiene una vida razonablemente satisfactoria y el sexo pasa a ocupar el lugar que en verdad le corresponde, que es muy por debajo del que se piensa de joven) la centralidad de la conversación en la vida matrimonial (y en todos los ámbitos de la vida en general) se pone de manifiesto. Pero, además, mi paso por la facultad de sociología y mis maestros bergerianos, me permitieron recoger argumentos sólidos para refrendarlo: la importancia del matrimonio en la construcción de la realidad. Me baso en un artículo de P. Berger del que tomé algunas notas hace más de 20 años.

Berger afirmaba –y se proponía demostrar- que el matrimonio era un empresa de construcción de un submundo (en medio del mundo despiadado, como poco después escribiría Ch. Lasch sobre el matrimonio) que permite dotar a la vida de sentido. Home. La idea central es que en la relación/conversación en pareja se construye y mantiene una realidad coherente que es experimentada con sentido por los miembros de la pareja. Se convierte en “su”/”nuestro” mundo. Evidentemente no se trata de un “mundo” particular, sino que tiene su origen en el mundo dado por descontado de donde provienen los miembros de la pareja. La plausibilidad de estos mundos (el de origen y el que recrea la pareja) depende y se mantiene, sin duda, gracias a la conversación. La pareja se autoconfirma en sus identidades (y en caso de no hacerlo, vienen los conflictos y problemas “de pareja”, claro está).

En este sentido, sin necesidad de profundizar más en los argumentos de Berger, creo que queda claro lo importante de la conversación (en la pareja) para configurar un mundo “ordenado” y seguro. El acto dramático en el cual dos extraños se unen y se redefinen a sí mismos (definición bergeriana de matrimonio) es un acto legitimado y anticipado socialmente, explica Berger, y amplificado per una ideología (amor romántico, satisfacción sexual, autodescubrimiento, autorrealización a través del amor y el sexo, familia nuclear, etc.) que se puede encontrar en la mayoría de los estratos sociales (aunque sea con diferentes intensidades).

De este modo, en conversación, los –llamémosles- cónyuges construyen su vida personal y privada y reinterpretan el mundo a partir de ella. Envejecen juntos (a veces por poco tiempo, eso sí) y forjan su alma, sus emociones y su perspectiva del mundo (sus valoraciones), en conversación. Se trata de un proceso que fija un nuevo “mundo” pero que transforma (en parte) el sentido que tenía el mundo anterior al matrimonio. Por ejemplo, la imagen -y relación- que se tiene de los amigos, antes y después del matrimonio, se transforma, a medida que la imagen –y la relación- se mantiene, ahora, en conversación con el otro miembro de la pareja. En este sentido, podemos decir que el matrimonio forja nuevas realidades (que interactúan, también, con la pareja). Este proceso, que es lento, no siempre se percibe con claridad (y es más fácil observarlo desde fuera). Y además, no solo se reinterpreta el pasado, en conversación con la pareja, sino que también se da forma al futuro. Ahora las imaginaciones sobre el futuro, su apertura, se constriñe en la conversación con el otro significativo, “tu pareja”.

Con la llegada de los hijos, si esto tiene lugar, el mundo construido en la relación (matrimonial o de pareja) se torna rápidamente más denso, se hace más plausible [sí, también pueden surgir más conflictos]. De hecho, los de la estabilidad serían algunos de los efectos “nómicos” (lo que popularmente llamamos “sentar cabeza”) de la vida matrimonial, magistralmente descritos por E. Durkheim en su libro sobre el suicidio. El matrimonio pone puertas al campo, es decir, limita el ilimitado campo de acción, da dirección y sentido. Sí, claro está, hay quien considerará que te ata y limita.

No obstante, si nos fijamos bien, creo que lo apunta Berger en el artículo en cuestión, el divorcio suele producirse no tanto porque el matrimonio deje de ser algo importante para uno o para los dos miembros de la pareja, sino porque se quiere que sea algo tan importante (y central en la vida y en el sentido de la vida de las personas) que cuando no es completamente exitoso, cuando “fracasa” en alguno de los aspectos que se suponía que debería de ser centrales en nuestras vidas (el amor, el sexo, el bienestar, la autorrealización…), no se tolera que sea así y se busca una segunda –o mejor, una nueva- oportunidad. Seguramente la conversación ha fracasado, se ha vuelto aburrida o no ha tenido lugar.

[En otra entrada hemos comentado la dificultad añadida que puede suponer que la conversación tenga que darse entre parejas mixtas. Es evidente que el sexo, o el amor, no entiende, aún al contrario, de estas diferencias].

Sea como sea, el matrimonio, la vida en pareja (esa que empieza, según el matrimonio Beck, cuando se comparte lavadora y empiezan los problemas, eso es, las discusiones para decidir qué ropa está sucia y si debe de lavarse a 30 o 60 grados) es una relación social de naturaleza muy inestable, en la durabilidad de la cual intervienen múltiples factores, qué duda cabe, pero en los que la conversación, la posibilidad de conversar con la pareja (¿toda una vida?) es un, sino el, elemento central.

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2 thoughts on “Matrimonio: ¿Sexo, amor o conversación? (por F. Núñez)

  1. En la actualidad parece que las relaciones (siguiendo la metáfora de Bauman) son líquidas, como prácticamente todo lo demás. Consumimos personas como si fuesen objetos y nos olvidamos que justamente la magia de una relación está en ver al otro como un compañero de viaje (en el más puro sentido nietzscheano) por ello, la conversación no puede dejar nunca de fluir, porque con ella fluye todo…

  2. Retroenllaç: L’amor, l’estiu i els divorcis | CESC_Blog de Francesc Núñez Mosteo

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