Fantasías de amor: “Al otro lado del cristal”

Esteban vivía recluido en casa de sus padres, en su pueblo natal, un pueblo no muy grande, de cinco mil habitantes, donde tenía los amigos de toda la vida, con los apenas coincidía en nada. Así que, casi todas las noches, fines de semana incluidos, se los pasaba en el pueblo, aburrido, sin saber, sin querer, sin poder hacer otra cosa que rondar los bares donde pegar la hebra o beber unos gin-tonics. La inspección, de diez a quince minutos de duración, no solía tener éxito. De vuelta a casa consolaba su pequeña decepción con el propósito de una noche de trabajo y estudio: intentaba sacar adelante una tesis doctoral sobre las ánforas romanas para encontrar escape a la millonaria y blindada oficina del banco de la ciudad vecina donde trabajaba. A la decepción seguía el fracaso y su carcomida voluntad no resistía la siempre seductora idea de quitarse el mundo de en medio, con la seguridad de que al despertar, temprano, con el alba, los ánimos serían excelentes. ¿Por qué, pues, resistir a una soledad que por la noche se le agarraba al cuerpo como una niebla espesa? Esteban gustaba de pensar que sus ritmos biológicos, que su talante y su buen ánimo, caían junto al sol al llegar la noche y retornaban al amanecer.

En verdad, lo que añoraba esas noches de frustrado encuentro e imposible trabajo era un amante, o mejor, alguien a quien descubrir y penetrar con la llave del deseo hasta el epicentro de su alma. Esteban no lo ignoraba, sabía el porqué del dolor que le aquejaba y recordaba con nostalgia imposible aquellas sonrisas, aquellas indescifrables miradas, aquellos seres a veces tan hermosos que se le acercaban por decenas a diario para pedirle o entregarle dinero a cambio de variar en un librito que todos contemplaban y guardaban con celo, unas no menos irreales cifras que sus sueños. Y a todos, inexorablemente, veía alejarse tras los blindados cristales de su cárcel. A veces sentía el deseo de coger la mano que al otro lado le tendía unos billetes, pero su aislamiento era tan perfecto que sólo el dinero podía ser alcanzado a través de un cajón rotatorio.

El manejo constante del dinero, la asidua visita de sus hermosos propietarios y su oscura soledad de espesa niebla, hecha de pueblo y cristales blindados, le llevó a concebir la posibilidad de cambiar con dinero la soledad de una noche por una bella amante. No hacía falta ninguna experiencia para comprender lo incomparable de una situación conseguida con dinero, a las fantasías creadas tras los cristales; pero, como sucedía de hecho, sólo el dinero podía traspasar la barrera entre la realidad y el ensueño. Decidió que debía suplir con determinación lo que el azar le negaba como gracia. Una práctica ancestral se le revelaba tan nueva como ignorado el camino para acceder a ella, tan sencilla como imprevisibles sus consecuencias.

Enseguida comprobó que como en casi todos los avatares de la vida es necesaria algún tipo de experiencia, aunque sea ajena, para desenvolverse con soltura y éxito. En el nuevo proyecto de Esteban todo conocimiento del mundo se limitaba a los anuncios del periódico y a un contacto visual con prostitutas de conocidos barrios, aptas sólo para apaciguar un deseo mucho más gastado que el suyo. O al menos así lo creía Esteban desde la gran expectativa suscitada por aquella decisión. Puesto que era posible elegir, la elección iba a ser llevada a cabo de forma escrupulosa y debía de ser acertada: por una vez que alquilaba el amor quería hacerlo en su mejor apariencia y para ello no iba a escatimar el dinero si así era necesario.

El problema de acceder a un mercado donde poder llevar a cabo una elección satisfactoria de quien iba a ser su amante por un día, por una noche, era tan enorme, tan insoluble para sus posibilidades que hubiera llevado a Esteban a renunciar de no ser por la magnitud que el deseo tomaba día a día. Se informó en revistas especializadas compradas en ignotos quioscos y con indiferentes inquisiciones a compañeros de los territorios donde en esos momentos era posible encontrar el objeto que satisficiera su deseo.

Todo estaba mentalmente preparado, había ahora que actuar con meticulosidad para no pagar la precipitación con el fracaso. Una iba a ser la elección y no podía equivocarse. Pero una duda le asaltaba a Esteban: ¿Qué había que elegir tan acertadamente? La amante de sus sueños, en definitiva uno cualquiera de aquellos seres perfectos que con frecuencia veía a través del espeso cristal de la sucursal bancaria donde trabajaba. ¿Bastaba para ello con comprar un bello cuerpo? Sí, debía de ser suficiente, pues siempre que el deseo le oprimía y le agitaba, no era más que una presencia física, y a veces de papel o celuloide, la que en tan penosa situación le colocaba. Por qué dudar ahora cuando iba a enfrentarse cuerpo a cuerpo con los espectros de su fantasía. De qué tenía miedo, pues si pagaba él iba a ser el artífice de su sueño. Esta vez, y gracias al dinero -que ironía- hecho real.

Dispuesto a conseguir su objetivo se lanzó a la calle, no había otro remedio si con absoluto anonimato quería tener posibilidad de elección; debía de transitar por la zona donde según su información podía encontrar la mujer más próxima al ideal que su deseo había forjado. Bastaba pasear sin necesidad de disimular demasiado su propósito, pues a nadie más que a él le producía tanto reparo. Al otro lado del cristal blindado se sentía vulnerable.

Caminaba por calles desconocidas, las luces de la ciudad borraban la noche, el alborotado tránsito inducía a la acción. Empezaba a sentirse a gusto, su sentimiento era un combinado nuevo hecho de repugnancia y curiosidad por los hombres que como él buscaban una mujer que cediera su cuerpo y fingiera amor a cambio de dinero, compasión y deseo por aquellas mujeres de inocente cara y mirada insinuante. La máxima que debía guiar su elección empezaba a difuminarse en su conciencia, el aire fresco de la noche teñido de femeninos olores actuaba como un narcótico en Esteban, y se sentía abatido, descorazonado ante lo que siempre se le había mostrado como la inalcanzable belleza de los extraños que habitan al otro lado del cristal. Inflaba el pecho, se emborrachaba de ese perfume salvaje que abría en su corazón la herida del amor, e indomable brotaba la sangre y henchía el deseo. Caminaba una y otra vez por las mismas calles, ciego a todo lo que no fuera el carmín de unos labios prominentes que pedían ser besados, o sinuosos pechos que le arrastraban a hundirse en ellos, o piernas aterciopeladas donde descubrir el abismo del cuerpo.

Esteban no podía olvidar la facilidad con la que el cajero automático había proporcionado la cantidad de dinero solicitada, y ahora, de repente, se preguntó si con la misma facilidad podría encontrar lo que buscaba; para empezar no sabía que teclas debía de tocar.

Como su metódico e incoherente transitar por las mismas calles no podía engañar ni a la más inexperta de las que allí se concentraban con ánimo mucho más mercantil del que Esteban hubiera deseado, pronto una mujer de abundante cabellera pelirroja le salió al encuentro y le sugirió tomar una copa. Como un rayo abriéndose paso en la tormenta volvió a tener Esteban la claridad de su propósito, la firmeza de su ánimo, pero al mismo tiempo también había sido sellado el negocio de amor que se traía entre manos. El sueño tomaba forma, era ya una mujer con nombre propio, Sara, le dijo que se llamaba.

No aparentaba tener más de veintipocos años, sus labios, muy pintados, destacaban en su cara de niña revoltosa; las muchas pecas, la nariz pequeña y respingona, los ojos oscuros y el pelo perfectamente alborotado, daban al conjunto una apariencia de ingenuidad que asaltaba con violencia, casi dolorosamente, la conciencia de Esteban, quien quería ver en aquella mujer la prostituta que se compra con dinero. En el corto trayecto al bar (al cual nada más entrar se sabía perfectamente que estaba pensado para aquel tipo de encuentros) pudo observar Esteban, con disimulo, el cuerpo de Sara, que en breve estaría entre sus brazos. Se sintió algo decepcionado al percatarse de que su figura no era todo lo “femenina” que hubiera deseado: sobre todo le faltaba pecho y le sobraba cintura. Ningún trato le unía a esa mujer, sólo mediaba entre ellos la sugerencia de tomar una copa, y para colmo esa sugerencia había salido de aquellos labios provocativamente pintados, y no era, ni mucho menos, el resultado de una metódica y escrupulosa elección, tal como por mor del éxito de la empresa fuera planeado. Y sin embargo, se sintió arrastrado hacia una mesa poco iluminada y demasiado estrecha para no sentirse agredido, subyugado por aquella mujer. Se sentía ridículo, avergonzado. Sentados uno junto a otro miraba a todas partes y se sabía sin fuerzas para afrontar a tan solo una distancia de cincuenta centímetros los ojos negros de Sara. Se consideraba, además, en la obligación de entablar conversación, pero le fallaba el guión hasta en lo más esencial de la trama.

-No te había visto nunca por aquí – afirmó Sara con seguridad.

-Sí, es cierto, es la primera vez que vengo – masculló Esteban, e inmediatamente se percató que más parecía una confesión que una respuesta, y sintió como la sangre le subía a la cara y la rabia reforzó su respuesta.

-Todavía no me has dicho cómo te llamas -preguntó Sara.

-Esteban – y nuevamente la rabia se volvió contra sí mismo, pues no era ese el nombre que para la ocasión tenía planeado utilizar.

-Y a qué te dedicas, si no es indiscreción -siguió interrogando Sara, intentando dar salida a una situación incluso para ella embarazosa, pues no era éste el tipo de cliente al que estaba acostumbrada.

-Trabajo en… una oficina. Llevo la contabilidad; es bastante aburrido, ¿sabes?… Y tú, ¿a qué te dedicas?

Como una pedrada inesperada perdió Esteban el control de sus sentidos, se sintió inmovilizado en medio de un abismo oscuro. ¡Santo cielo! -pensó- qué estúpidamente se había dejado llevar por la pregunta fácil. ¿Cómo podía haber sido tan ingenuo, tan…?

 

-Je, je, es fácil adivinarlo -le respondió Sara divertida y sin aparente turbación-: me acuesto por dinero con quien me lo pide y me gusta. N todo el mundo puede hacerlo.

Esteban vio la solución al jeroglífico.

-Y… por cuánto dinero…

-Por cuánto dinero qué – preguntó Sara con una sonrisa que abatió todas las defensas de Esteban, y con una ingenuidad que ambos sabían falsa.

-…te acuestas con quien te lo pide… y te gusta -puntualizó Esteban, nada convencido.

-Pues eso depende de quién me lo pida y de cuánto me guste.

-Y si te lo pido yo – susurró Esteban y sintió como si algo se desatase en su alma: por fin había llegado a la meta, había tecleado ya -eso creía- todas las teclas: Solo hacía falta que los mecanismos funcionasen correctamente.

-Cuando me lo pidas, ya veremos. Depende de la segunda parte…

Esteban se sintió como un cachorro indefenso en manos de un amo cruel, que le obliga a sentarse o a levantar las patitas antes de darle el manjar deseado. El curso de los acontecimientos era bien distinto a como parecía ser necesario: la coquetería de aquella mujer subvertía el orden de las cosas. Esteban luchaba por no sucumbir a la atracción que ella ejercía sobre él, por seguir comprendiendo la situación en términos mercantiles, y por ver a Sara como lo que para él debía seguir siendo: una prostituta. En su bolsillo llevaba el dinero y era un poder suficiente para comprar lo que pretendía.

-Bueno – dijo Sara interrumpiendo el curso de los pensamientos de Esteban – como no te decides a pedirme que me acueste contigo, te haré yo una oferta: si pagas la consumición, la habitación y me das la mitad de lo que llevas encima, pasaremos la noche juntos, y haremos el amor tantas veces cuantas quieras… o cuantas puedas -añadió con algo de sorna.

Por una noche su soledad fue compartida. A la mañana siguiente Esteban volvió a desear aquellos cuerpos con los que sólo podía intercambiar dinero y cifras a través del grueso cristal blindado de su oficina.

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