El lado oculto de la vida (por F. Núñez)

Reflexiones a propósito del libro de Javier Roiz, El Mundo Interno y la Política. (Madrid: Plaza y Valdés, 2013) (ver nota final)

No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que la vida (personal o pública) está llena de contradicciones. O mejor dicho (pues las contradicciones son un formalismo de la razón, una incoherencia o incompatibilidad lógica): la vida está llena de zonas o rincones ocultos y oscuros que no son fáciles de interpretar o de entender. A veces, y en vano, hacemos un esfuerzo desmesurado por dar a la conciencia –poder “ejecutivo”- las riendas de nuestra vida, pero ésta puede resultar un soberano estúpido o muy ignorante de todos los espacios y dimensiones vitales que debe gobernar. Sencillamente, no puede.

No se trata tan solo de constatar que, por ejemplo, el intelectualismo moral (la idea de que si uno “sabe” -y es consciente- no hace el mal o no toma decisiones estúpidas porque “sabe” lo perjudiciales que pueden resultar), no es un camino acertado para entender nuestro comportamiento. Hay, en el gobierno de nuestras vidas, más actores que la conciencia racional. Y no sólo son (o no únicamente) las cambiantes e imprevistas –y a veces también impertinentes- emociones. Las pobres [a las que pronto dedicaré muchas entradas] suelen dejarse dominar y entender por la razón. Tampoco me refiero a ese juicio torcido que, sabiendo lo que me conviene (“sé lo que debería hacer, y si embargo…”) hago todo lo contrario o, como mínimo, no hago lo que sé que debería y me conviene. Este caso tiene mucho que ver la fuerza de las circunstancias, la estupidez y el dejarnos llevar por “las tentaciones”.

No hablo, pues, de esto. Lo que hay que valorar –e indagar- es si, como dice J. Roiz, hay un mundo interno, no visible (porque no se “ve” con los ojos ni de la cara ni de la conciencia, porque no es luz o claridad, sino que no se deja ver o no se ve sin ser oscuro), un mundo descontrolado que influye poderosamente en nuestra vida y es origen de capacidades creativas muy respetables y productivas. Se trataría de “una inteligencia silenciosa que (sin ser la que se mide con los test) forma parte de lo que somos. No se puede medir, ni contar porque no se ajusta al principio de identidad” (pág. 17) . Está muy lejos de la imagen “tradicional”, forjada en el mundo griego, de la conciencia luminosa.

En el libro de Roiz no hay definición de lo que pueda ser este “mundo interno”. No la puede haber. Me recuerda a aquello de lo que “no se puede hablar” (de Wittgenstein) o a lo que es más fácil acercarse de forma negativa, “no es…” (pues las definiciones lo son de lo que se hace presente), o de lo que es más fácil hablar por contraposición a… en este caso, a la consciencia y, en su forma social, a la sociedad vigilante.

La sociedad vigilante [una sugerente metáfora, a mi juicio muy original y un buen complemento a las diferentes maneras en como nos referimos a la modernidad] es el tipo de sociedad que coexiste con la conciencia ejecutiva y “luminosa” (y también individual –un dato a tener muy en cuenta-). Relacionémoslas en términos de “afinidades electivas”, de co-implicación y de dialéctica y no pensemos en términos de causa o efecto.

La sociedad vigilante empieza a desarrollarse en Europa Occidental hacia el s. XIII (Roiz lo ha expuesto en más de uno de sus libros. En la nota final proporciono el enlace a una magnífica conferencia donde lo resume y explica con claridad. La principal idea/metáfora de esta sociedad, nefasta para la vida humana y vida pública en general, es “La vida como guerra” (pág. 138ss). Destaco los siguientes axiomas:

[Os recomiendo leer, esto lo aprendí del sociolingüista Lluís Vicent Aracil, la introducción a La Celestina, esencia de esta concepción de la vida… ¡Interesante y significativo el siglo y la lengua en que está escrito!]

–       La vida es una guerra incesante (vivir es prepararse para lucha, el ciudadano se convierte en un milites)

–       El saber es poder

–       Lo esencial de la vida es el tiempo de vigilia, la letargia es asociada al pérdida de vida…

–       El tiempo histórico y la acción humana están sometidos al principio de identidad aristotélico… (principio que adoptan los pensadores góticos –el gótico coincide con la formación de la sociedad vigilante)

–       La verdadera solución de un problema ha de ser siempre una solución final (Desconfianza de la contingencia, la conciencia vigilante no puede aceptar la duda…los grises) (143)

Tal vez, es también una sugerencia de J. Roiz, el miedo al dolor psíquico (a veces tanto o más insoportable que el dolor físico) empuje a la conciencia a buscar modos de hacerle frente como puede ser el sentimiento (deseo, ilusión…) de la “omnipotencia”, una especie de recurso a la magia para escapar a la limitación y a la contingencia (humana), el ansia de conseguir un poder sin límites (pàg. 27) [poder que, me interesa subrayar, la imaginación consigue muchas veces o los sueños si los interpretamos como realización de los deseos…, aunque, personalmente, me guste más la idea de “laboratorio de emociones y de vida”, como en alguna ocasión he comentado].

A los humanos nos cuesta aceptar una situación bien humana (y muy presente a lo largo de diferentes etapas y momentos de la vida): el desvalimiento. Nos cuesta aceptar esta condición: la del niño, la del enfermo… la de todas aquellas personas que, por una razón u otra –tantas y tantas, no lo olvidemos- no se valen por sí mismas y necesita la ayuda de otro. Humana, la más humana condición. Pero la vivimos como impotencia y con rabia, pues estamos dispuestos a concebir la vida como poder (algo, el poder, la potencia, que se puede medir, calcular… tener o no tener).

Interpreto que esta es una posible reacción, humana, demasiado humana, a la situación de desvalimiento y a la amenaza de la “contingencia” [no olvidemos que las prácticas religiosas, la religión en general, la actitud religiosa –si me apuráis- es un ejercicio de dominación de la contingencia]. La contingencia, no obstante, en el sentido que la entiende Roiz no es una especie de azar o lotería que irrumpe en nuestras vidas como caída del cielo, “como una bendición o maldición objetiva que se desploma del firmamento o surge del más allá como los números que se cantan en los bingos. Lo que nos sale al encuentro, y nos envuelve o arrastra, viene en buena medida producido por la acción de otras personas en medio de un escenario. Un lugar que no es solamente un contexto o un entorno, como hoy se le suele llamar, porque porta en sí significados e intenciones humanas muy intensos. Significados humanos que no pueden ser datados ni identificados con hechos concretos de personas determinadas” (pág. 280). En un escenario de este tipo –en definitiva el de la vida humana- la conciencia no puede ejercer el control, porque claramente hay instancias que no dependen de la voluntad (personal).

[Recuérdese el espacio público de Arendt como un espacio abierto a la libertad, donde es imprevisible el curso de la acción].

En nuestra configuración personal (es decir, en nuestra identidad) en estos escenarios de la vida, pues nos hacemos actuando e interpretando los diferentes papeles, somos más el producto de los papeles que encontramos ya hechos y de las palabras (guiones) que como actores-intérpretes encontramos, que de lo que generamos cuando lo ponemos en escena (Roiz suele recordarnos que sobrevaloramos el poder que nuestros actos psíquicos pueden ejercer en el mundo –¡nótese que lejos estamos de la metafísica “emanantista” del consumidor moderno!, a la que me he referido en alguna otra entrada-). En el coro de la tragedia griega afloraba ese espació imprevisto y no personal de nuestro “fuero interno”, que J. Roiz describe magistralmente. Nuestros espacios públicos internos (otra bonita metáfora), donde fluye lo que no es expresable.

En la expresión humana se pone de manifiesto algo que no está sino en esa encarnación (en esa actuación-interpretación singular, sí), pero el sentido de lo cual trasciende a la acción y a la conciencia individual, no nos pertenece.

[Bien pronto retomaré el tema de la “expresión” a propósito de Ch. Taylor]

Tal vez un budista hablaría de “la luz interior pura e infinita que ilumina la conciencia” (como reza un mantra). No lo sé. Creo que es la respuesta correcta a la posible pregunta.

Tal vez, insisto en mi desconcierto, podamos descubrir algo de todo ello [ja, ja, no es una alusión a Freud, aunque podría serlo, pues Roiz lo considera un maestro] si nos dejamos llevar o ganar por la letargia. La letargia vendría a ser “esa parte de la existencia en la que no estamos vigilantes… cuando nos encontramos ensoñados, dormidos; o cuando estamos sumergidos en el embelesamiento del amor, del arte vivido intensamente o en el arrobamiento ante cualquier visión que nos fascine. (163)… Emerge como un arte de la vida en la que el gobierno del individuo no está en manos de su poder ejecutivo (su memoria y su voluntad) y sí bajo la influencia de componentes de nuestra identidad profundos y sabios… (164)

¿Cómo acceder al mundo interno y dejar que se hagan visibles aspectos invisibles de nuestras vidas? (pág. 181ss). Sin duda, no es un espacio abierto a la conciencia. Lo hemos dicho, no puede, no tiene acceso. Como lo intentó Freud con el inconsciente, hay que buscar el camino indirecto, los sueños, la libre asociación de ideas, las ensoñaciones, los momentos en que es posible esquivar la presión vigilante de la conciencia… [tal vez, aunque Roiz no lo dice, pueda ejercitarse la latencia, practicar-la].

También podemos observar las huellas que lo no consciente deja en el cuerpo (en el “soma”), en el sentido de que muchas enfermedades, desequilibrios físicos –o psíquicos-, deformidades… pueden/deben ser reflejo de nuestro mundo interno. Roiz, así lo afirma.

Y aún nos quedaría practicar el psicodrama (de J. L. Moreno) como “juego de la vida”, en el que la vida debe entenderse como representación, una actuación en la que se pone en juego todo el ser –no sólo se recita el texto-, como cuando el actor conecta con el público, el intérprete emociona al auditorio o el cantaor encuentra el duende. Y así también habría de ser en la vida política. El objetivo de esta indagación, como diría J. Roiz, consiste en entender la vida mejor y encontrar y descubrir cosas que sabemos que están entre nosotros, pero que no alcanzamos a ver ni a ponderar. Si aceptamos esta realidad, la mirada del sociólogo y del politólogo cambiará.

 

Nota:

Conocí la obra de Javier Roiz de casualidad, en el año1992, a raíz de su libro El experimento moderno (Política y psicología a final del s. XX), porque me atrajo el título y la cuidadosa edición de la Editorial Trotta. Un libro extraordinario, muy   original y una herramienta analítica de enorme potencia para interpretar nuestro mundo y nuestras vidas. Por una de esas particularidades de nuestra vida académica, en muchas facultades de ciencias políticas y de sociología ni se le conoce ni, claro está, se le cita.

Entrada en la Wikipedia:

http://es.wikipedia.org/wiki/Javier_Roiz#cite_note-1

Entrevista y conferencia:

https://www.youtube.com/watch?v=tDGWxOec95w

http://www.youtube.com/watch?v=ZrsFZ6GK9KM

 

 

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