Momentos kairóticos (o cómo tomar decisiones difíciles) (F. Núñez)

[Entiendase por momentos kairóticos aquellos en los que hay que decantarse entre alternativas y en los que se trata de aprovechar la oportunidad.

En esta entrada reflexiono a partir del artículo de Ch. Taylor “La conducción de una vida y el momento del bien” incluido en La libertad de los modernos, 2005, Amorrortu. Por razones que no hará falta explicitar, el artículo me hizo pensar en la posibilidad de reducir el prozac gracias a Aristóteles]

¿Cómo hay que vivir? Esta es una pregunta radical y fundamental presente en la reflexión filosófica des de sus orígenes. La reflexión socrática se centra en esta pregunta. En verdad, no hay que ser filósofo para preguntárselo, aunque los no filósofos, como de hecho somos la mayoría de los humanos en el vivir cotidiano -que por definición es poco reflexivo-, no se hacen esta pregunta a no ser que las cosas se pongan feas, muy feas. El vivir diario está abocado a la acción, hacemos esto y aquello y lo hacemos, por norma general, irreflexivamente, pero con la intención, eso sí, de obtener determinadas respuesta por parte de los que nos rodean. Queremos que hagan esto o aquello, que nos quieran, que nos respeten, que nos escuchen, que nos den un trabajo, que nos entiendan y un montón de cosas más.

 

Con más o menos frustración, y sin darnos demasiada cuenta de cómo lo hacemos, vamos, como dice el poeta, haciendo camino. Y aunque, humana condición, hay muchos canales por donde circular, canales que nos han procurado nuestros antepasados, el camino se hace al andar. En los momentos difíciles, que nunca se sabe cuando se presentaran, ni si serán muchos o pocos, hay que improvisar y decidir, tomar decisiones de por dónde hay que andar, porque no está escrito “cómo hay que vivir” en esos momentos y situaciones difíciles (un revés de la vida, en presencia de la muerte, la enfermedad, la brutalidad, el exceso…). En esos momentos no nos suelen servir los criterios que tenemos para tomar decisiones. Suponiendo, claro está, que se tengan criterios y que sean válidos. Así que, cuando las cosas se ponen difíciles (así lo decía Fernando Savater a su hijo Amador), hay que inventar.

Seguramente, nuestros padres y abuelos, nuestros ancestros en general, lo tenían relativamente más fácil para tomar decisiones, incluso las más difíciles. Sencillamente, el repertorio de posibilidades era mucho menor y sus criterios más sólidos (y no entro a juzgar la tiranía que esto podía suponer). Tampoco en su arco de posibilidades había una gran variedad de bienes entre los que elegir, ni en caso de tener que elegir se veían enfrontados a perspectivas éticas (culturalmente) diferentes. Nuestro principal problema es que, como nuestros padres, queremos vivir bien (“pegarnos la buena vida”, claro está) pero muchas veces nos encontramos ante situaciones “inconmensurables”, es decir, no son comparables, pero hay que decidir entre una u otra.

Detengámonos a reflexionar (de la mano de Ch. Taylor) sobre el razonamiento ético, por más que la mayoría de mortales tomen decisiones sin saber muy bien por qué y a veces pueden ir acompañadas de gran sufrimiento y sentimiento de contradicción.

Cuando los filósofos se ponen a pensar sobre “cómo hay que vivir” (y sobre los criterios para tomar esa gran decisión), son muchos los que niegan la diversidad de bienes y sin vacilación apuestan por la unidad (por ejemplo, los utilitaristas y los inspirados por Kant). Frente a ellos, también son legión los que piensan que la diversidad de valores hace imposible arbitrar entre ellos (Taylor, 2005: 284). La tesis de Taylor a este respecto, que quiero compartir, es que se puede forjar una concepción del razonamiento moral que refleje tanto su ineludible diversidad [¿quién puede dudar de ello en nuestro mundo globalizado?] como de la lucha constante por la unidad [¿quién no quiere vivir con integridad, fiel a sus valores, consecuente con sus principios… encontrar una senda que seguir?].

No voy a entrar en detalle de la importancia que en nuestros tiempos postmodernos han tenido las teorías de la benevolencia (utilitarismo –el esfuerzo por una felicidad entendida como ausencia o reducción del sufrimiento y prolongación de una vida próspera-) y las teorías de la justicia (la máxima kantiana de cumplir con las exigencias de la justicia, antes que el “vivir bien”). Recordaré que estas corrientes han centrado una parte importante de nuestra reflexión moral. Parece como si la moralidad se hubiera reducido a estas (dos) cuestiones.

No está nada claro que cuando hemos de tomar decisiones (difíciles) sobre lo que realmente es importante nos sirvan esas (y otras) teorías éticas y nos ayuden a definir bien los límites entre lo que es y no es importante y nos ayuden a tomar la decisión. Ante esta dificultad, Taylor nos propone definir (pàg. 287) lo que denomina “bienes de la vida”, es decir, las acciones, modos de ser y virtudes que realmente nos definen una vida buena. Recordemos que (con una broma de Savater) he dicho que de lo que se trata, a lo que todos aspiramos, es a “pegarnos la buena vida”. Este, sin duda, es el objetivo: ¡vivir bien! Para ello hemos de aclarar qué aspectos de los seres humanos (y de nuestras vidas y de nuestro lugar en el mundo) hacen que unos bienes sean mejores que otros. Se trata de determinar los “bienes constitutivos” (según cuál creamos que es nuestro lugar en el mundo) , los bienes de la vida como tales. Para ello, habrá que situar también nuestra relación con lo sagrado, tanto si nos pensamos criaturas de Dios, como en el caso de vivir, o de creer que vivimos, en un mundo desacralizado.

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Excursus: Los filósofos morales

Segun Taylor, para llegar a la intuición básica de que “esa” es la buena vida es preciso actuar en los dos niveles. La filosofía moral contemporánea se mantiene a distancia de estos dos dominios conexos. “Simplemente parte de nuestras intuiciones y encuentra luego una fórmula con la presunta capacidad de generarlas y tal vez refinarlas en el proceso, hasta alcanzar el equilibrio reflexivo.” (pàg. 288) Este es por ejemplo, el procedimiento de John Rawls ( padre de una influyente teoría de la justicia): evacuar la “metafísica” kantiana (relegando la reflexión sobre la vida y los bienes constitutivos a las tinieblas extra filosóficas). Se da a la justicia o el respeto a los semejantes una posición preponderante y se relega todo lo demás a un rango inferior. Taylor denuncia que se crean capaces de establecer esa prioridad en la estructura misma de su teoría, sin ni siquiera formularla como una proposición (y aún menos demostrarla) (pàg. 289)

El utilitarismo también hace algo parecido de forma diferente. Afirma que es sencillamente obvio que sólo una cosa es importante: la felicidad humana, el placer y la evitación del dolor…

Estas dos posturas disfrutan de una claridad y decidibilidad que permite abordar el cálculo de beneficios, los problemas de la decisión racional y la posibilidad de deducir mandatos morales… y lo hacen manteniéndose al margen del “lóbrego” dominio donde esas intuiciones deberían enunciarse, refinarse o desmentirse.

Para completar el panorama de los filósofos morales, hay que recordar dos familias más: Los que inspirados en Aristóteles quieren redefinir una ética del bien y las virtudes [recordemos a A. MacIntyre]; i los que, inspirados en Nietzsche, impugnan la hegemonía de la benevolencia. Estos elaboran complejas razones para explicar por qué los juicios sobre el bien no tiene valor de verdad y son meros reflejos de posturas de poder (deducen su antihumanismo del supuesto hecho universal de que todos los órdenes intelectuales se imponen sobre el caos, no son más que una lucha por el poder) [Recordemos a Foucault] (pàg. 290)

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No hay que perder la esperanza, aboga Taylor, por reconocer una diversidad de bienes y tratar de construir la unidad de nuestra vida frente a ellos. No es tarea fácil ante los que preconizan la unidad o ante los que cualquier unidad es arbitraria. Se trata de no fijar la posición ante cuestiones tan sustantivas (en las que muchas veces nos encontramos y en las que es difícil decidir), sin menoscabo de la importancia de la justicia u otros temas por el estilo. Digamos que puede haber niveles diferentes, con problemas diferentes. Nos podemos mover entre la necesidad de hacer algo por los derechos humanos, o por cumplir con nuestras tareas domésticas. Las “personas humanas” nos movemos en estos dos terrenos. No solo hay diferencia de importancia entre los bienes, sino también diferentes ocasiones [yo le llamaría “circunstancias”] para invocar el mismo bien. “Por eso la prioridad sistemática conduce al absurdo pragmático”

Interpreto que, y así lo hemos experimentado la mayoría, que no siempre nos sirven las normas (o valores) aprendidos, o los criterios que sabemos aplicar, para tomar decisiones en los momentos difíciles. Somos seres encarnados [también podríamos decir “situados”] y valoramos diferentemente un valor según el momento o circunstancia en que nos encontremos. No es nada fácil elegir razonadamente entre bienes muy distintos (cuando se nos presenta un conflicto, entre por ejemplo alguno de nuestros valores más firmes y la necesidad de nuestra realización personal o tranquilidad vital), ni es fácil no llegar a conclusiones no arbitrarias. Es en estas circunstancias cuando no sirven las normas y preceptos sino que hay que saber explicitar la importancia relativa de nuestra vida. Y para ello tenemos recursos (Taylor, 2005: 295).

Este es el tema clave de la “frónesis” (sabiduría moral) aristotélica. No es fácil explicitar lo que nos lleva a tomar decisiones en contextos de “sabiduría práctica”. [A veces puede no quedarnos más remedio que preguntar a los que saben, porque nosotros no sabemos qué hacer, cómo hay que vivir, porque las cosas se han puesto muy difíciles y no nos sirven las recetas de las que disponemos]. No hay una condición suficiente para la acción. Los bienes en juego (y las consecuencias posibles de la acción) son tan variadas que no hay norma para escoger.

Lo que acabamos de decir no implica que lo que sabemos (o valoramos o creemos) no pueda ayudarnos, o que nuestra vida (y bienes) no esté de alguna forma articulada (y que eso sea algo más que un punto de vista teórico). “Nuestra idea de los bienes de la vida y los bienes constitutivos cobra carnadura y se transmite a través de toda una serie de medios: relatos, leyendas, retratos de figuras ejemplares y sus acciones y pasiones, así como obras artísticas, música, danza, rituales, formas de culto, etc. “ (pàg. 296) [Vivimos en un mundo que siempre nos ha precedido, que ya estaba ahí antes de que naciéramos, de que naciera cualquier individuo]

Además, también nos esforzamos por que nuestra acciones (y los bienes que perseguimos) sea coherentes, y nuestra vida pueda ser vista como una totalidad. Vivimos una vida, queremos ser o convertirnos en un tipo de ser humano. Queremos “llevar” una determinada vida. Vida que, sin duda, no es una línea recta ni está pautada con un mismo ritmo [aunque en retrospectiva podamos o queramos interpretarla con coherencia. Narramos nuestras vidas con coherencia].

La vida contiene, por su misma naturaleza, pasajes kairóticos (pàg. 297), momentos críticos en los que, al haber de decidir entre diferentes posibilidades, hemos de aprovechar las oportunidades que nos brinda. En otro momento, tal vez, hubiéramos tomado otra decisión, pero en esta situación, no podemos hacerlo. Hay que saber leer estos “pasajes”. Y en estos momentos difíciles la forma en cómo hemos articulado nuestra vida nos ayuda a decidir el camino (camino sobre la mar, donde sólo hay estelas, dice el poeta).

La tesis que propone Taylor (que no implica ni eliminar los conflictos, ni afirmar que todos son arbitrables –se entiende que con la razón-) es que tenemos a disposición recursos muy ricos para ayudarnos en las decisiones difíciles (pero que la filosofía moral moderna ha tendido a ignorar). No sólo la articulación de los bienes y de una idea de su importancia relativa, sino también la percepción de la forma de nuestra vida y el ajuste, dentro de ella, de diferentes bienes en distintos lugares y momentos. Nuestra vida forma un todo, la vida que llevamos! (Tayor dixit).

 

 

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2 thoughts on “Momentos kairóticos (o cómo tomar decisiones difíciles) (F. Núñez)

  1. Interesante reflexión, sobre todo la siguiente afirmación creo que da mucho que pensar, cito: “Simplemente parte de nuestras intuiciones y encuentra luego una fórmula con la presunta capacidad de generarlas y tal vez refinarlas en el proceso, hasta alcanzar el equilibrio reflexivo.”

    Pd. Ojo que Rawls lleva ya unos cuantos años muerto ;P

    • Rectifico, no tenía presenta la muerte de Rawls. Gracias.
      Y la frase que subrayas me recuerda a la profecía que se autocumple, a el pez que se muerde la cola. “Intuición” en el contexto, tiene mucho, si interpreto bien, de sentido común forjado en el hábito que acaba justificando (ontologizando?) la fórmula que se supone que genera la intuición. Uf! no sé si he conseguido ser muy claro (si lo veo claro, en definitiva).

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