Fantasias de amor: “Disparo casual” (por F. Núñez Mosteo)

Hará unos tres meses que salí una tarde del trabajo con la intención de ir al cine, no tanto porque me apeteciese ver alguna película en concreto, pues había decidido ser mucho más selectivo, sino por no estar solo, físicamente solo. Esa tarde me bastaba con ver un poco de gente, quería excitar mi imaginación encontrando esa mirada, ese rostro, esa piel, ese cuerpo con cuyo propietario no dudaría en hacer el amor. De hecho, también estaba intentando abandonar este desazonador entretenimiento, pero iba a concederme una licencia.

            Faltaban casi dos horas para la sesión y película escogida, así que pasé por mi apartamento para comer alguna cosa y evitarme la tortura de tener que buscar un restaurante donde por poco dinero no te estropearan el estómago. De paso, aproveché para recoger las fotos que hacia más de un mes tenía en el revelado-en-una-hora de la esquina. Pura bazofia; no las tiré en la primera papelera que encontré‚ porque, primero, no encontré ninguna, y segundo, porque acababa de pagar un dineral por ellas. Sin embargo, entre las veinticuatro -y tres de regalo- fotos que había malgastado fotografiando “perritos cagando y meando” (y entre paréntesis quiero decir que de vez en cuando me gusta disparar todo un carrete en el mínimo tiempo posible y dedicado a un tema monográfico; sólo he conseguido hacerlo en menos de cinco minutos cuando el tema fue “coches de color rojo”; el de “parejas besándose”, además de alguna discusión, me costó casi diez horas), encontré una que estoy seguro no haber hecho a conciencia: la de una mujer que, alejándose de mí por la acera, parece girarse y sonreír al objetivo en el momento de hacer la foto. Por el ángulo en que está  tomada, sin duda que se disparó la cámara sin darme cuenta, pero que si el tema hubiera sido “sonrisas atractivas” no podría conseguir una que la superase. Guardé el resto en el cajón de las “fotos con tema”, me prometí como siempre no volver a malgastar el dinero, y metí tan seductora sonrisa en el bolsillo de la americana.

            Cuando al final de la película encendieron las luces, además de dolor de cabeza, pues con tanto éxito como tenía el la película tuve que sentarme en la tercera fila, si no sacaba espuma por la boca era porque me la tragaba, como me había tragado -y esto era realmente lo que me enfadaba- semejante despropósito. También me avergonzaba haberme dejado convencer por el despliegue publicitario. Para consolarme me convencí de que había venido para ver gente, y no cine, así que salí deprisa y merodeé por la puerta.

            Cuál no sería mi sorpresa cuando ya casi vacío el cine veo salir a la mujer de la fotografía que llevaba en el bolsillo. “­¡Santo cielo -me dije- si lleva el mismo vestido!” Tan inesperado encuentro sobrepasaba todas mis expectativas, no podía conformarme con dejar volar la imaginación, pero estaba clavado en el suelo como una señal de tráfico. Movido por un resorte le di la espalda y sentí vergüenza pensando que pudiera reconocerme. No quiero pensar que semejante majadería tenga que ver con ningún movimiento instintivo, pero así lo hice. Afortunadamente, algo en mi interior respondió con un poco más de bravura y me lancé a su persecución. Intentaba pensar cómo entrar en contacto, aunque todas las palabras y oraciones que había estudiado que se utilizaban para llevar a cabo la función fática del lenguaje, en estas circunstancias no servían para nada.

            Cuando estaba a punto de darle alcance, levantó un brazo, me asusté pensando que era un saludo y aunque no me miraba pensé que se dirigía a mí (nadie podrá culparme por haberme creído un instante el único punto de referencia en el universo); no sé por dónde apareció un taxi y se marchó. ¿Qué otra cosa podía suceder? Por un segundo pensé en seguirla, pero además de que no me hubiera atrevido a hacerlo, no pasó un taxi en los siguientes viente minutos. “Por hoy ya estoy harto de películas”-me dije- y como seguía sin aparecer ningún taxi, me fui a esperar el autobús.

            Durante la espera del autobús (cuando llegué a la parada aún se olía el humo del anterior, pero después de la caminata no iba a coger un taxi) pude comprobar lo mucho que había conseguido mi objetivo: mi imaginación era incontrolable, si es que alguna vez tiene sentido afirmar lo contrario. En cualquier caso esa mujer de la fotografía, además de un papel en el bolsillo (y alguien que andaba por ahí y que posiblemente no volvería a ver –aunque me resistía a aceptar esta evidencia), era una obsesión para mi espíritu; no me la podía quitar de la cabeza, no sólo empezaba a sentirme enamorado (ni que decir tengo que soy enamoradizo) sino que creía que tan tamañas casualidades tenían que significar alguna cosa; ¿qué más hace falta para sentirse enamorado? Me costó (creo que fueron tres gin tonics) meterme en la cama, ya que procuro no hacerlo antes de estar seguro de que voy a dormirme. A esas horas mi amor por la mujer de la fotografía era mayúsculo, y es común de los enamorados el doler por la ausencia de la amada (o del amado, que en estos asuntos de amor creo que poco tienen que ver con el sexo, al genérico, me refiero, pues el otro, del que hacía -ni saberlo quiero- tanto tiempo que no disfrutaba, a buen seguro que hubiera ayudado -no me gusta ser exagerado- a calmar mi pena).

            Antes de continuar con esta historia querría subrayar un rasgo, firmemente asentado, de mis, digámosles, hábitos morales: procuro, cuando explico algún hecho, o algo que me ha sucedido, decir las cosas tal y como han sido. Ya sé que a más de uno le va a parecer una arrogancia o cuando menos una ingenuidad, pero se equivoca o se precipita. Quiero decir que mi versión no es la verdad de los hechos, de acuerdo, se trata sólo de una perspectiva, vale, pero en la que procuro no dejarme llevar ni por mis deseos, ni por mis sentimientos. Vamos, que como me enseñaron de pequeño no suelo decir mentiras.  También sé que no son estos nobles propósitos una misma característica, pero para el caso ambas confesiones tienen un valor parecido.

            A la mañana siguiente decidí llegar tarde al trabajo. Tampoco, por más que me lo hubiera propuesto, hubiera conseguido ser puntual (en este sentido no me importa dar una mala imagen de mi, siempre son poderosas razones las que me obligan a llegar tarde, al trabajo o a una cita, muchos saben a que me refiero). Como buen ciudadano, acostumbro a coger el transporte público (ya he dicho que me gusta atormentarme imaginando situaciones imposibles -historias de amor, para qué vamos a engañarnos- con algunos de esos espectros viajeros) y esa mañana  lo hice con la ilusión de que el destino me concediese una segunda oportunidad. Me hubiera dado cabezazos en la barra a la que me sujetaba cuando vi bajar por la puerta, segundos antes de que se cerrara, a la mujer de mis sueños y que estoy seguro que como en la fotografía me había sonreído; no lo hice por miedo a lastimarme y por que ya se sabe que el destino te juega malas pasadas. Me quedaba la ilusión de pensar que se trataba de alguna vecina y que algún día volvería a encontrarla. ¡Qué tercos somos los que por amor sufrimos!

            Pasé muchas semanas persiguiendo fantasmas entre la gente, pero siempre me confundía, ninguno era la mujer de la fotografía que ahora colgaba en el lugar más visible de mi estudio y de mi alma. Casi me había resignado a olvidarme de ella y a repetir un encuentro fortuito, cuando esta mañana me dirigía, con toda la urgencia con la que el organismo es a veces capaz de alterar nuestra calma, al lavabo de una cafetería céntrica y veo salir por la puerta de “señoras” a la mujer de mi vida; si alguna duda tenía acababa de disiparse. Ya podéis imaginar cómo he maldecido mi suerte y mi lamentable situación, pues sólo podía escoger entre dejarla escapar por tercera vez o, maloliente, plantarme delante de ella y decirle “Hola, te invito a un café con leche”, que sin duda no hubiera dado resultado. Así que, una vez más, he aceptado el curso de los acontecimientos, precipitándolos -¡humana grandeza!- tanto como he  podido. Mi intervención ha sido recompensada y cuando he salido todavía estaba en la barra tomándose el café con leche al que no la había invitado.

            Sin duda pensaréis que soy afortunado, pero no juzguéis antes de que haya acabado de contaros el resto de la historia.

            No soy dado a creer en designios, y siempre he pensado que la suerte depende en gran parte de uno mismo, al menos en lo que a los negocios de amor se refiere, en los que nunca he sido afortunado, pero no he acusado tanto a mi mala estrella, como a mi natural retraído y a una falta de seguridad ante quienes ostentan su natural belleza, que nada tiene que ver con el talante del espíritu o la bondad del corazón. También he conocido brillantes cabezas que eran verdaderos estúpidos en la tarea de vivir.

            Así, pues, absolutamente falto de confianza en mis posibilidades de éxito para entrar en contacto no efímero con la mujer que apresuradamente se bebía el café con leche y reclamaba al camarero para pagar, aunque convencido de que algo debía de hacer ante la insistencia del azar por meter a esa mujer en mi vida, me he lanzado a su encuentro con determinación, casi con fiereza, pero sin ningún propósito o plan concreto. Me he puesto a su lado y como en ese momento toda su atención estaba centrada en el camarero que le entregaba el tiquete con una cifra desmesurada para un café con leche, no se me ha ocurrido otra cosa que decirle: “Si me permite, la invito yo “. Demasiado tarde me he percatado que mi exceso de educación había imprimido un tono poco adecuado al objetivo que perseguía, que como ya he dicho no sabía exactamente cuál era. Un sexto sentido, o un mínimo de lucidez que a veces conservo, me advertía que por ahí no iban bien las cosas. Ella me ha mirado con extrañeza, y ha respondido que no veía claro el motivo que justificase mi invitación.

            -Cierto, pero déjame que te invite y luego te explico por qué -he insistido y al mismo tiempo cambiaba el tipo de relación.

            -De acuerdo -ha consentido ella- pero sigo pensando que tu impulso no va ha ser demasiado justificado.

            -Te equivocas, a no ser que creas que una buena modelo no se merece que la inviten, aunque sólo sea a un café con leche- le he respondido intentándole dar un halo misterioso a mi cuestión.

            -Si lo que pretendes es proponerme algún tipo de trabajo te advierto por adelantado que no estoy en paro, ni dispuesta para el pluriempleo, ni…

            -No, no, no se trata de eso -me he apresurado a decir- digamos que el trabajo ya está hecho.

            -Bueno, a ver, déjate de misterios y vamos al grano.

            Y es que éste era exactamente el problema: que nunca he sabido como ir al granero sin tirarme de cabeza en el grano;  cuando no lo he hecho de forma tan directa, me he limitado a atisbarlo de lejos.

            -Se trata de una fotografía que involuntariamente te tomé un día este verano, y desde que te descubrí en la foto hemos coincidido por ahí varias veces, aunque me pienso que tú no lo debes de haber advertido -he dicho esto último más por prudencia que por convencimiento, pues no me cabía ninguna duda de que alguna de aquellas sonrisas había sido dirigida a mí.

            Esta vez una sonrisa como de superioridad se ha dibujado en sus labios, y su frialdad ha helado mi corazón.

            -Mal lo tienes para justificar este cuento, como no hayas estado estos seis últimos meses, yo llegué antes de ayer, en Nueva York- ha dicho esta vez en un tono cariñoso, como el que regaña a un niño malo, que ha aumentado un poco el calor de mi sangre.

            A punto he estado de caer de bruces al suelo, pero con movimiento felino he recuperado la verticalidad de mi ánimo y no he caído en la trampa; claro, si es que realmente estaba siendo engañado. Sólo había una posibilidad de que esa mujer no fuese la de la fotografía y con la que me había tropezado las anteriores ocasiones: que tuviera una hermana gemela, y ésta era una situación que incluso a mí que soy dado a fantasías, se me auguraba absolutamente improbable.

            No he querido defenderme de su ataque, pues he visto que en ello había la posibilidad  de tener cierto éxito en mi propósito, que ahora tengo claro que no podía ser otro que el de gozar de su alma y de su cuerpo, como quiere cualquier enamorado.

            -No he estado nunca en Nueva York, pero si no crees que tengo una fotografía tuya, sólo hay un modo de demostrarte que no es un engaño, ensenándotela -le  he asertado alegre y triunfal.

            -Muy bien, muéstramela entonces.

            Creo que nunca he tenido mejor ocasión de invitar a uno de mis amores desconocidos a tomar una copa; exaltado por la ocasión que se me brindaba he perdido las riendas.

            -Cuando quieras puedes venir a mi casa y la encontrarás colgada en una pared del estudio.

            -Ya veo, ahora quieres invitarme a cenar.

            -No era esta mi intención -he dicho sin mucho convencimiento- pero no me parece mala idea.

            -Acepto -ha contestado sorprendentemente-, pero no en tu casa; te paso a recoger por ella, me enseñas la foto, y nos vamos a un restaurante.

            -Estupendo. Cuando quieras.

            -¿Esta noche?

            -Esta noche; no es posible antes.

            Le he dado mi dirección y teléfono y nos hemos despedido.

            Hasta que no he vuelto a casa, y con mi música favorita de fondo me he puesto a escribir estas páginas, no he recuperado la tranquilidad necesaria para darme cuenta de lo que realmente me ha pasado. Para empezar, después de haber mirado atentamente la fotografía, tengo serias dudas de que sea la misma mujer con la que he concertado una cita. Consecuente con mis ideales y principios como siempre procuro ser, no puedo ya afirmar que esté enamorado de la mujer con la que hablé esta mañana (y que ahora me doy cuenta que me olvidé de preguntarle el nombre), por lo que empiezo a dudar de que sienta lo que esta mañana sentía, aunque tal vez estos sean dos estados de ánimo independientes, por más que me empeñe en ocasiones de llevar unidos la cabeza y el corazón. En cualquier caso, también ahora me doy cuenta de que era barriguda y fea, y lo que es peor (lo he visto cuando se levantaba del taburete), llevaba los zapatos rozados y sucios.

            Ya sé que puedo seguir buscando a la original, y que posiblemente la impostora no acuda nunca a la cita, pero a veces se nos castiga dándonos lo que más queremos y están llamando al timbre y por las noches nunca suelo recibir visita

 

                                 Francesc Núñez Mosteo

                                Barcelona, Septiembre-1992.

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