Fantasías de amor: “Una tarde de domingo” (por F. Núñez Mosteo)

Detesto las tardes de domingo, y aunque es un sentimiento compartido por muchos, nunca podremos ponernos de acuerdo para eliminarlas del calendario.

Hoy es domingo, por la tarde, y como todas las tardes de domingo estoy en casa, solo, sin saber qué hacer, sin querer hacer nada por saberlo. Generalmente leo, no tanto por afición como para que pase el tiempo más deprisa; estoy resignado a que haya al menos una tarde de domingo a la semana. Temo que alguna vez alguien pueda incluir una o más en el calendario. Algunos amigos me han aconsejado que me case y tenga hijos como el mejor remedio contra el aburrimiento del domingo por la tarde, pero no es de aburrimiento de lo que adolezco y estoy seguro que esta solución ha de comportar otro tipo de problemas. He de confesar que también detesto los niños.

A veces, porque he acabado la lectura y he olvidado de tener a mano una nueva, o porque me da pereza empezar un nuevo libro, voy al cine. En realidad, siempre me da pereza empezar un libro, o tal vez no sólo son los libro nuevos lo que me da pereza empezar, sino cualquier cosa que sea nueva, por más que estoy convencido que debería empezar una nueva vida. Claro que si todos los que pensamos esto nos decidiésemos a hacerlo, el mundo cambiaría de aspecto cada día; me temo que incluso no podría haber mundo, aunque tampoco estoy seguro que no fuese preferible. Digo, pues, que a veces, cuando no leo, el domingo por la tarde, voy al cine.

Cuando ya estoy de vuelta en casa, me arrepiento de haber ido al cine, y me hago el firme propósito de no volver a repetir la experiencia. No es que no me guste el cine, soporto bien la mayoría de las películas, y algunas hasta me entusiasman. No, no es eso. Lo que no me gusta es la gente de la tarde del domingo. Deben de ser los mismos de cada día, pero se comportan diferente, visten diferente, ríen diferente, hablan  diferente y están en diferentes lugares, lo que les hace, tal vez, sentirse diferentes, incluso deben querer ser diferentes, y a mí, que ya no me gustan mucho normalmente, se me hacen insoportables cuando todos parecen ponerse de acurdo para ser distintos.

Vuelvo a casa apesadumbrado, casi deprimido, con una tristeza en el corazón que hasta la mañana siguiente no me desaparece. Una amiga me dice que es inseguridad, que temo lanzarme a las emociones de la vida y que por esto prefiero encerrarme en casa, donde, como en una gran réplica de ladrillo del feto materno, me siento más seguro. Yo le digo que semejante tontería debió aprenderla en el cursillo sobre psicoanálisis que hizo hace un par de veranos. Ella se ríe y me dice que está convencida de ello. Yo acabo por darle la razón, pues he aprendido, sin necesidad de cursillos, que no vale la pena discutir o intentar convencer de lo contrario a aquellos que creen tener sus sentimientos o intuiciones científicamente fundamentados.

En situaciones extremas, cuando la tarde de domingo es tan intensa que incluso consigue colarse dentro de la casa, enciendo la radio para escuchar la retransmisión de algún partido de fútbol. No me interesa nada el fútbol, pero si el locutor es un buen profesional puede llegar a transmitirme un poco la emoción del juego. He cantado el gol de algún equipo del cual la capital que lleva en su nombre no sabría ni tan siquiera situar en el mapa.

Una cosa hay que me gusta hacer la tarde del domingo. Pensaréis que hasta ahora no he sido sincero y que estoy traicionando mis palabras y sentimientos, pero nada tiene esto que ver con la esencia del domingo por la tarde. Os lo diré, aunque estoy seguro que va a decepcionaros: me gusta sentarme al lado del teléfono esperando a que suene. Raramente lo hace, ni los domingos por la tarde, ni en ningún otro día de la semana. Puedo afirmar que la única persona que me llama con cierta regularidad es mi madre y no lo hace a ninguna hora del día en especial. Adivino casi siempre cuando es ella. Diréis que no tiene mucho mérito, pero yo estoy convencido de que se trata de una intuición profunda que es posible gracias a nuestra relación madre/hijo. Y aunque no sé como fundamentarlo, no creo que nadie pueda convencerme de lo contrario.

Esta tarde también confiaba en que la remotísima posibilidad de oír el timbre del teléfono pudiera ocurrir. Se cuentan mayores maravillas, y cualquier cosa cuya probabilidad no sea cero, puede tener un lugar en el mundo, aunque las haya que en toda la eternidad de tiempo que llevamos ya transcurrida, todavía no han sucedido. Bueno, y qué más da, si la esperanza está para poder soportar los largos espacios y tiempos vacíos.

Hoy, domingo por la tarde, a las 7,32h, ha sonado el teléfono. Sobresaltado y con el corazón al borde del infarto he conseguido dejar que sonara tres veces, por darme el placer de oírlo y algún tiempo para pensar quién podía ser, pues estaba seguro que de no era mi madre, por lo de la intuición y porque me había llamado por la mañana y nunca lo hace dos veces en un mismo día.

Al tercer timbrazo he cogido el auricular dispuesto a desvelar el misterio. La emoción, en forma de adrenalina y latidos de corazón, y un poco de mala pata -pues tenía la manos grasientas- ha hecho que el auricular se resbalara de mi mano y cayera al suelo; cuando lo he recuperado una maravillosa voz de mujer, como nunca la había oído por teléfono (la de mi madre es algo ronca y cavernosa) me decía hola y preguntaba por María. Aunque estaba absolutamente convencido de que aquí no vive ninguna María, le he preguntado, haciéndome el despistado, ¿María? ¿Qué María?” Enseguida se ha dado cuenta de que se trataba de un error, me ha pedido disculpas y ha colgado.

Apenas habían transcurrido ocho segundos, ha vuelto a sonar el teléfono. Puedo asegurar que no han sido más de ocho porque tengo una gran percepción del paso del tiempo, si exceptuamos el de la propia vida, cierto, pues han pasado cuarenta y cinco años sin apenas darme cuenta, o tal vez es que no ha pasado nada que me permitiese darme cuenta de que pasaba. Da igual, el hecho es que ha vuelto a sonar el teléfono. Han bastado ocho segundos para que tomase una determinación: por una vez que me llamaba alguien (bien, a excepción hecha de mi madre que no es alguien, pues por el simple hecho de ser mi madre es mucho más que alguien), no iba a dejar que colgase con una disculpa y nada más, aunque sabía que era difícil esperar algo de un desconocido. Mi madre siempre me insistió que no confiara mucho en ellos.

De nuevo la seductora voz volvía a preguntar por María. Le he contestado que era el mismo de antes y que no me llamaba María, sino José, nombre poco original pero que así se llamaba mi padre y mi abuelo, y que estas cosas, ya se sabe, son de familia, y que, en cualquier caso, era el complemento ideal de María. Un poco confundida me ha preguntado que si el teléfono al que llamaba era el 934 322 513, y le he contestado que sí, que ese era el teléfono al que llamaba, pues en efecto es mi número, y me ha pedido nuevamente disculpas pero que perdonase porque debía de tener el número equivocado. Como he visto muy claro que iba a colgar, qué otra cosa podía hacer, le he dicho que esperase un momento, que a la mejor no había tal error, pues estaba llamando al número de teléfono que tenía apuntado. Me ha insistido entonces en que si conocía a María, a lo que le he respondido que no, que no conozco a ninguna María, por más que el nombre es bien común, pero que si no se le había ocurrido suponer que lo que parecía una simple casualidad, que ese número de teléfono que ella pensaba que era el de María, pero que en realidad era el de José, y era, de hecho, el número al que ella llamaba, era algo más que una simple casualidad. Me ha dicho que no entendía lo que quería decir, lo cual no me ha extrañado nada, porque yo tampoco tenía ni idea de lo que quería decir, ni de lo que podría significar, si es que significaba alguna cosa.

A estas alturas de la conversación había tomado la decisión no dejar que terminase la llamada sin conseguir mi objetivo, aunque también es verdad que tenía muy poca confianza en que pudiera conseguir algo más del hecho de que me colgara el teléfono. Además, no sabía que era lo que quería que pasase y no tenía ningún objetivo, si bien aquella voz me tenía embriagado. El amor había explotado en mi pecho.

Entonces le he preguntado que cómo se llamaba y sorprendentemente, supongo que un tanto atolondrada por tan extraña conversación, me ha dicho que Mireia, y yo le he asegurado, a Mireia, que estaba al lado del teléfono esperando su llamada y que si la primera vez no lo había cogido antes y lo había dejado sonar tres veces era por la emoción, que aunque se riese, como lo estaba haciendo, podía asegurarle que decía la verdad, como en verdad decía. Su risa franca me ha permitido deducir que no me creía, y su desconfianza me ha hecho intrépido. Le he hecho notar que pese a mi torpeza en la primera llamada, el destino había previsto una segunda para que lo que tenía que ser se cumpliese, por lo que si no quería ir contra el destino, lo cual era a todas luces además de estúpido imposible -y le he recordado que los estoicos aseguraban que si uno no quería verse como un perro arrastrado por su amo era mejor seguirle libremente-, no tenía otro remedio que quedar conmigo para tomar algo por ahí esa misma tarde. Hemos quedado a las ocho y cuarto delante de la Sagrada Familia, pues los dos, parecía ser, vivíamos bastante cerca.

La media hora de que disponía me ha bastado para tomar una ducha, afeitarme tranquilamente y decidir la ropa con la cual era más conveniente presentarse a la cita. Como sólo disponía de una camisa y unos pantalones limpios me he ahorrado la parte más dolorosa del asunto, así que, vestido como he podido, me he lanzado al encuentro de mi destino y del amor. Justo he puesto el pie izquierdo en la calle, lo que me ha parecido un mal augurio, he caído en la cuenta de que no habíamos concretado donde era “delante de la Sagrada Familia”, ni tampoco cuáles serían las señas de identidad que permitirían identificarnos. Ahora me doy cuenta de que al destino hay que echarle una mano.

Después de haber estado más de una hora dando vueltas a la Sagrada Familia e infringiéndome la horrible tortura de preguntar a toda mujer que parecía pasear sola sin objetivos muy precisos si se llamaba Mireia, con la mala suerte de topar con dos de ellas que así se llamaban, pero que no sabían nada de una cita por teléfono, he optado por volver a casa, con la mala conciencia de haber traicionado al destino, pues me he limitado a preguntar solamente a aquellas mujeres que por algún motivo me resultaban atractivas.

Estáis muy equivocados los que en estos momentos penséis, con férrea lógica, que Mireia no se ha presentado a la cita, que simplemente había aceptado por quitarse a un pesado de encima o que una vez ha colgado el teléfono se ha arrepentido y ha seguido con lo que tenía planeado. No voy a ser yo quien os intente convencer de otra cosa, pero con ello se evidencia cuánto se puede desconocer la humana naturaleza y las leyes que la gobiernan. Sólo algunos ingenuos creen que tomamos decisiones racionales y que lo hacemos sopesando pros y contras, allá ellos.

Al llegar a casa el teléfono estaba sonando de nuevo, rompiendo con todas las estadísticas, pero la mucha emoción, los nervios y las prisas, han impedido que pudiera abrir las tres cerraduras de la puerta antes de que el teléfono dejara de sonar. Decepcionado he ido a la nevera en busca de una coca-cola que animara las pocas horas que quedaban ya de domingo. Aún no había encontrado con que quitar la chapa cuando el ruido celestial ha vuelto a sonar. Con el sobresalto se me ha caído la botella, los cristales y el líquido pegajoso han cubierto el suelo de toda la cocina.  El largo condicionamiento materno para actuar rápido ante la calamidad y el desastre me ha empujado hacia la fregona, pero la fuerza del amor ha sido más grande y en un par de saltos estaba contestando la llamada. Al pobre hombre que preguntaba por una tal María lo he despachado con cajas destempladas, acusándole de no saber tomar bien un número de teléfono y de perturbar el descanso dominical de quien se lo tenía bien merecido. Le he colgado sin darle tiempo a inútiles excusas.

Mañana sin falta llamare a la compañía telefónica, no sea que haya asignado a otro usuario mi número de teléfono. Este es un error que puede llegar a trastornar la vida.

Barcelona, juny de 1993.

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One thought on “Fantasías de amor: “Una tarde de domingo” (por F. Núñez Mosteo)

  1. Acabo de llamar por primera vez en muchos años al número citado. Resulta ser ahora de una empresa de carpintería (metálica, pero da igual) que un tal José de aspecto pseudoreligioso traspasó al dueño hace unos 20 años. Poco después se encontró debajo del patio una mujer que llevaba un medallón con la letra M. Parecía haber muerto de aburrimiento, pero para aclararlo todo me gustaría quedar de nuevo contigo, esta vez detras de la Sagrada Familia.

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