El avaro como precursor del consumista moderno (por F. Núñez Mosteo)

En un cuento infantil, de cuyo título no puedo acordarme, aparecía un avaro que había enterrado un cofre repleto de monedas de oro junto a un árbol en el bosque. Vamos, el típico avaro que obtiene placer guardando y escondiendo su dinero. Cada día, al caer la tarde, se sentaba junto al árbol encima de su tesoro para regocijarse en el placer de pensar en voz alta en el oro que allí tenia escondido y con el que tantos y tantos objetos podría comprar y emprender mil y una industrias. Una mala tarde, unos niños descubrieron como el avaro hablaba a su tesoro escondido y al poco que se alejó de su tesoro lo desenterraron y huyeron con él. Al día siguiente, la tierra removida advirtió al avaro del robo de su cofre y cayó de rodillas llorando con desesperación todo lo que había perdido: su dinero, los mil objetos que había soñado comprar, las grandes empresas que habría podido emprender. Todo le fue arrebatado.

La figura del avaro se nos ha presentado siempre como la de un hombre (y sí, generalmente de sexo masculino) mezquino, tacaño, codicioso, obsesivamente ligado a la materialidad de su dinero (que tiene muy poco de material), casi podríamos decir que al oro del dinero. Una triste figura incapaz de disfrutar de su riqueza porque no sabe o no quiere desprenderse de ella y se esfuerza por conseguir (y acumular)s más y más de lo que sería debido. Un extremo, en la concepción aristotélica del vicio,  del justo medio virtuoso que sería la generosidad o el  desprendimiento. En el otro extremo, una figura no menos denigrada, el derrochador, el que gasta sin contención ni miramiento.

En la crítica tradicional a la avaricia no se ha tenido en cuenta la “modernidad” de la figura del avaro. El avaro es como el consumidor moderno, una persona que ha descubierto que no hay fuente de placer mayor que la imaginación, y que la imaginación, más que la obtención de las cosas mismas, puede proporcionar una satisfacción completa a nuestro deseo. Así el avaro se nos manifiesta como un precursor del consumidor (consumista) moderno.

imaginacio

Avaricia_Durero   

Alberto Durero (1471-1528), Avaricia (1507)

He de decir que buscando por internet sobre la figura del avaro, por ver qué se había escrito sobre él, he descubierto que Kant (http://nodulo.org/ec/2004/n028p03.htm), aunque con otra intención, claro está, apuntaba rasgos de la avaricia que son los que he querido resaltar aquí porque nos lo acercan al consumidor moderno. “«No piensa el avaro –dice Kant (citado en la referencia que he dado)– en el placer que va a disfrutar, sino en cómo será su estado de ánimo después de que lo haya disfrutado. Por el contrario, el derrochador se representa siempre el placer en el momento de ser gozado y es incapaz de pensar cómo será su humor una vez que lo haya disfrutado; esto ni siquiera le pasa por la cabeza». Kant subraya la capacidad del avaro para imaginar cómo se sentirá una vez desprendido de su dinero, pero es, como en el cuento, la misma capacidad de imaginarse todo el “poder de obtener bienes” que le da su dinero y que tanto placer le reporta. Y es que para Kant [el] «que no posee delicadeza de sentimientos prefiere contentarse con la esperanza de disfrutar el placer y conservar el dinero, antes que experimentar el placer y gastar el dinero». Pero es que Kant está hablando de un mecanismo del placer todavía pre-moderno, que responde a la satisfacción de la necesidad y no al descubrimiento de la fuerza de la imaginación para producir emociones y placer, tanto o más real que el que pueda ofrecernos un “objeto real”.

Para entender cómo de moderno es el avaro, debo resumir, brevemente, algunas de las tesis centrales de Colin Campbell, en extraordinario libro La ética romántica y el espíritu del consumismo moderno. Hay que averiguar cómo los individuos han desarrollado la inagotable capacidad de desear los objetos de consumo.

Aunque los objetos pueden satisfacer necesidades, quién lo duda, el placer no es una capacidad que esté en los objetos, sino en nuestra reacción ante ellos. Pensemos en la diversidad de “placeres o disgustos” que puede ofrecernos un mismo plato de comida o una misma práctica sexual. Por lo tanto, el hedonista moderno sabe (eso es lo que hemos aprendido) que el placer está ligado a las emociones, más que a los objetos. Pero para ello, para no sucumbir en el intento, hemos también de aprender a controlar las emociones, a tenerlas bajo control. El individuo moderno ha de aprender a ser su propio déspota, a controlar los estímulos que experimenta y así el placer que recibe. Esto se hace no manipulando los objetos (que no siempre es posible) sino actuando sobre su significado.  Y también ha de ser capaz, como el avaro, de hacer surgir estímulos en ausencia de sensaciones. Ese es el poder de la imaginación. Como dice Campbell, el hedonista moderno es un artista soñador, sabe crear ilusiones, que aún falsas, se sienten como verdaderas. Así se entiende que para esta especie de soñador (day-dreamer) sea más placentera la espera de la satisfacción (la que supuestamente nos puede dar el objeto) que la satisfacción misma (pues el objeto elimina el placer, como perder el dinero elimina la posibilidad de soñar del avaro).

Así, pues, el consumista, mientras tiene el dinero en su bolsillo o la tarjeta de crédito activa, como el avaro cuando tiene su cofre enterrado bajo tierra, sueña en todo y se regodea con todo lo que el objeto deseado significa para él. “La naturaleza real de los productos es poca cosa comparada con la posibilidad de creer en ellos, del potencial como objeto de ensoñación” (Campbell dixit).

Campbell, C. (1987) The romantic ethic and the spirit of modern consumerism. Oxford, UK: Blackwell.

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