Fantasías de amor. “Adelaida” (por F. Núñez Mosteo)

[Con este breve cuento, inicio una serie de relatos para seguir poniendo de manifiesto la importancia de la imaginación en el amor y, en general, también en nuestras sociedades consumistas]

Cárcel Modelo, 17 de Julio de 19..

Querido José Manuel,
Supongo que te extrañará, mucho más que el recibir una carta (a esto te tengo acostumbrado) el lugar desde donde está escrita. No, no se trata de una broma, ni tampoco de que haya cambiado de empleo, simplemente estoy cumpliendo una condena de doce meses y un día; espero que en el plazo de un mes -pues hay que descontar la preventiva, las dos semanas que llevo y el buen comportamiento- pueda estar‚ condicional, “en la calle”. Te escribo, pues, desde una celda, sentado en la cama superior de una litera; es de noche y hace mucho calor; el resto de los “colegas” duerme. Podría escribirte una larga carta dándote cuenta de cómo me va por este antro, pero antes voy a contarte por qué motivo estoy aquí, lo que debe de tenerte intrigado y no menos preocupado. Voy a satisfacer tu curiosidad, aunque no sé si conseguiré tranquilizarte.
Fue un sábado a principios de enero de este año, después de comer, cuando aprovechando el agradable tiempo del que hemos disfrutado este invierno, decidí dar un paseo por los alrededores del pueblo. Tomé un café en el bar de la esquina de mi calle, como siempre hago y tantas veces hemos compartido. Allí encontré a nuestro común amigo Ángel que se animó a acompañarme. Tomamos el camino del cementerio. Paseamos un buen rato mientras Ángel disparaba a discreción con su cámara fotográfica.


Hacía por lo menos cinco años que no habíamos entrado en el cementerio así que, como a esas horas suele estar abierto, nos adentramos en ese otro pequeño pueblo donde los vivos guardan a sus muertos y ayudan, al preservar sus restos, a conservar su memoria. Pasear por un cementerio siempre me ha provocado extraños sentimientos, de la muerte no hay más que los signos con que la marcamos los vivos; es algo así como despertar de una pesadilla con un grito de terror y encontrar nada más que el silencio de la habitación.
Paseaba entre los nichos, reconociendo nombres y contemplando  los retratos sustraídos a sus propietarios y paralizados en el tiempo, como Ángel estaba haciendo con numerosas perspectivas y objetos. Las fechas grabadas en las lápidas contradecían los retratos, me costaba asociarlos  con los restos mortales que se suponía que estaban en el interior de las cajas. Tal vez esas imágenes, ancladas en el pasado, eran algún modo de escapar de la muerte, como creen algunas personas. En cualquier caso habían soportado mejor el paso del tiempo. Entre ellas me produjo una fuerte impresión la fotografía color sepia (en su marco de plata y protegida por un cristal)  de una joven de veintiséis años de edad, fallecida cuarenta y dos años atrás, y de arrebatadora belleza. Adelaida Mongai i Rovira, 19..-19.. “Ahora tendría sesenta y ocho años” -pensé- “Perfectamente podría ser mi madre”. Y sin embargo allí estaba, en todo su esplendor, con solo veintiséis años, joven y bella. Me gustaba como pocas mujeres me han gustado a simple vista; era más joven que yo y, en su juventud, reposaba tras una lápida de mármol, pero esa simple piedra levantaba una barrera infranqueable: cuarenta y dos años o toda la eternidad nos separaban.
Volvimos al pueblo, pero mi pensamiento estaba preso en aquel marco de plata, y el recuerdo de lo único que de Adelaida tenía, su juventud y belleza estancada en una fotografía, ocupaba toda mi imaginación y en ella le di vida: tuvimos ocasión de conocernos, de enamorarnos, de amarnos fieramente.
Seguí pensando en ella muchos días y mi gran deseo me hacía incomprensible su inexistencia; me propuse recuperar su recuerdo. En la guía telefónica encontré‚ un Mongai i Rovira, tomé nota de la dirección y un domingo por la mañana llamé a su puerta. Tuve suerte de topar con un hombre afable como más tarde pude comprobar, de unos setenta años de edad, y que con naturalidad me preguntó qué deseaba. No tenía otro remedio que decir la verdad y le expuse el motivo de mi visita: saber si había alguna relación entre él y una tal Adelaida Mongai i Rovira de la que había visto la lápida y una fotografía en el cementerio. Con natural prudencia quiso saber, antes de satisfacer tan singular curiosidad, cuál era el motivo de mi interés. Una vez más no tuve otra alternativa que decir la verdad, aunque no fui, como puedes imaginar, absolutamente sincero. Diserté brevemente sobre la vida y la muerte, lamenté  el mal hado que segó aquella vida tan joven cuya simpatía y belleza, tal y como mostraba la fotografía, me tenían cautivado, que de haber estado viva la joven del retrato -y que la muerte permitía seguir siendo joven- me hubiera gustado conocerla, que… por qué no intentar conocer lo que de ella seguía existiendo. Le convenció mi sincera perorata, le reviví el recuerdo que a su edad era gran parte de su pensamiento, y no tuvo inconveniente (por lo demás por qué había de tenerlo) en confesarme que Adelaida era su hermana pequeña, que murió de un “mal lleig” hacía ya mucho tiempo.
Debí de inspirarle confianza y de resultarle simpático pues me invitó a volver por la tarde, pues justo entonces tenía que ir a misa, y prometió ensañarme las pocas fotografías que conservaba de su hermana. No te podrás creer lo feliz que me sentía, además de estar nervioso como el novio que por primera vez va a visitar a los padres de su bien amada. A las cuatro en punto, así habíamos quedado, llamaba de nuevo a la puerta. Esta vez me abrió una viejecita que parecía que me esperaba, me hizo pasar sin más requerimiento, y mientras me acompañaba hasta el comedor me informó de que también era su hermana. En la mesa del comedor, un comedor que sin duda había conocido sin grandes cambios Adelaida, estaba preparado el café‚ en una gran bandeja, junto a un  álbum de fotos y algunos objetos. Creo que nunca he vivido una tarde tan apasionante. Al salir, eran más de las ocho, Adelaida había dejado de ser para mi un fantasma; en la mano me abrasaba una pequeña medalla que ella llevó colgada en su pecho durante casi veinte años.
Aún pasaron varias semanas hasta que se precipitaron los acontecimientos que me llevaron a la cárcel. Vinieron días de absoluto desconcierto: quería olvidar, pero el olvido no depende de la voluntad, como tampoco el deseo. Además, el fantasma que arrullaba mi soledad con sus caricias y sus besos, que protagonizaba mis sueños, que calmaba mis ansias, había tomado cuerpo. Ponía fin a un desasosiego inútil de años; una luz orientaba mi espeso espíritu hecho de niebla y de fina arena, aunque ese norte encontrado fuese la más irrealizable quimera. Ahora empiezo a vislumbrar lo absurdo de mis sueños, éste es sólo un ejemplo. Aunque me resistía a aceptar las alternativas que una vida “consciente” me ofrecían. En cualquier caso, esa vez el faro no podía guiarme a ningún puerto.
Del mismo modo que la imagen de Adelaida tomó vida en mis fantasías y mis fantasías se hicieron realidad en el recuerdo y el recuerdo se concretaba en objetos, estos objetos (una simple medalla o un poderoso talismán) atizaban mis fantasías y mi deseo de Adelaida, del olor de su piel, de la suavidad de sus cabellos, del sabor de sus besos, del abrazo en su cálido pecho, de sus susurros deshaciéndose en mis oídos e inundando todo mi cuerpo, poco  a poco se hizo insoportable y no me bastaba la imagen de Adelaida, cuya fotografía había robado del cementerio, necesitaba también su cuerpo, bien lo sabe quien conoce el amor y sus tópicas exigencias. Sí, aún me pregunto cómo, pero tuve el valor de hacerlo: un lunes de febrero perturbé la paz de los muertos, soporté el horror que sentía porque una fuerza mayor dirigía mis movimientos, y sustraje de su tumba, que no del tiempo, la calavera de Adelaida con todos los objetos personales que los gusanos habían respetado.
Esa misma semana una casualidad -siempre el azar decidiendo los acontecimientos importantes de la vida- llevó a que se descubriese el robo o la profanación, como de hecho se dijo. Murió el propietario del nicho vecino (noventa y cinco años y tuvo que suceder justamente ese día) y fue a darle el último adiós alguien con vocación frustrada de detective y dotes de observación; anunció y denunció “irregularidades” en la lápida vecina, se comprobó que no estaba bien sujeta … todo lo demás ya puedes imaginártelo. La noticia se extendió por el pueblo como una tormenta de verano y como un rayo se presentó la policía en mi casa con una orden de registro. No habían necesitado hacer grandes conjeturas, como sí se hicieron por el pueblo, para después de interrogar a la familia dar con la respuesta del misterio. Encontraron lo que buscaban y detuvieron al culpable. Sencillamente, otra vez más, no tuve otro remedio que ser sincero. No me creyeron.
El abogado ha sabido sugerirme una ficción que fuese verosímil y aceptable para fiscales y magistrados; según él, el resultado, aunque no el mejor, es aceptable.
Ahora, despierto ya de mi sueño, vivo una pesadilla.
Escríbeme si quieres, o ven a verme, ahora o cuando salga.

Tu turbado amigo, Roberto.

_______

Un amigo, J. F., me ha propuesto escuchar esta canción:

http://www.youtube.com/watch?v=bKK82UqQY2A&feature=youtube_gdata_player

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s