Diez años de Facebook: relación y afecto en la pantalla (por F. Núñez)

Publicado hoy en La Vanguardia digital

Hoy hace justo 10 años que Mark Zuckerberg ponía en funcionamiento, desde su habitación en la Universidad de Harvard, según cuenta la leyenda, un espacio digital de relación social que llamó Facebook. Quería ser una alternativa a los chats, foros, correos electrónicos y otras formas de comunicación que empezaban a mostrar el desgaste y sus límites; un espacio de relación pensado para los jóvenes universitarios como él. Seguro que aquel joven emprendedor no podía imaginar que diez años más tarde sería un multimillonario creador de una de las plataformas de relación social mejor valoradas, con -también según la leyenda- más de mil millones de usuarios.

Para muchos de sus usuarios, Facebook es parte de sus formas de relación social, tan natural como coger un medio de transporte -coche, tren o avión- para trasladarse de una ciudad a otra. Visto con distancia, como desde fuera, no deja de ser maravilloso y sorprendente que ahora podamos estar en Barcelona y una hora y media más tarde encontrarnos en París, en cuatro horas en Moscú, o en siete en Nueva York. Y lo hacemos desplazándonos por el aire dentro de una estructura de hierro que pesa muchas toneladas. El primer viaje que uno hace en avión es fascinante y también puede, claro, resultar terrorífico. Hablando de cuestiones sorprendentes, recuerdo a mi abuelo, maravillado, tocándose ligeramente la boina y dando las buenas noches a los presentadores del telediario. Con los años se dormía delante de la televisión absolutamente aburrido .

Con la misma naturalidad que nos ponemos unas lentillas o calentamos la leche en el microondas, millones de personas abrimos los ordenadores, teléfonos o tabletas para entrar en su espacio de Facebook, ver qué novedades hay, compartir un enlace, hacer una nueva entrada con alguna imagen, noticia o vídeo que nos ha gustado o llamado la atención, añadir comentarios, colgar una foto que acabamos de hacer -o de hacerte- o ver a quién podemos pedir que nos acepte como amigos.

Si sólo has oído hablar de Facebook -o ni tan siquiera eso- y estás en el asiento del metro, la actitud de los pasajeros de delante o de al lado te puede parecer extravagante o incluso que sufren alguna forma de alienación: están absortos, gesticulan, ríen y pulsan con el dedo las pantallas de sus móviles o tabletas.

Esta perspectiva ingenua (“¡cómo puede ser que estén todo el día mirando la pantalla del… móvil!”) es también la de más de un “doctor” e ignora -o quiere ignorar- que en muchos casos lo que se está produciendo es una interacción social. Comunicación, relación entre personas: he enviado un mensaje y espero una respuesta, me han pedido un favor, me han hecho un elogio o me han insultado y estoy dando una respuesta. También, como quien hace un sudoku o un crucigrama, se puede estar jugando, o bien leyendo una novela, o el periódico o simplemente empezando a trabajar. Se pueden hacer centenares de cosas distintas.

La comunicación electrónica nos ha proyectado mucho más allá de la palabra que sale de la boca. Nadie quiere renunciar a la… ternura de una palabra dicha al oído, a la conversación en la sobremesa o en la terraza de un café. No hay motivos para hacer esta renuncia, como tampoco los hay para renunciar a la capacidad de atravesar el espacio y el tiempo para hablar con el amigo o para dar a conocer una opinión. ¿Por qué renunciar a hacer el descubrimiento de la propia pareja en un nuevo mundo? El abanico de posibilidades es enorme .

La vida en la pantalla no aísla necesariamente. Incluso jugar en la pantalla no es, ni mucho menos, una actividad onanista. Si convierto en sociológica una imagen para mí familiar, veo ante mí sentados en el sofá a mis hijos y sobrinos, separados por 15 años de distancia entre el más pequeño y el mayor, jugando cada uno con su pantalla, todos juntos, riendo e interaccionando, mostrando, comentando y enseñándose cosas mutuamente. También son “amigos” en Facebook. Las pantallas han generado entre ellos una densa red de relación y de afecto. Mucha gente no ha podido nunca tener este tipo de relación con familiares y amigos muy cercanos por edad y situación vital. No había un espacio de coincidencia , una actividad común. Sobre estas cuestiones hay más mito -la nostalgia de un pasado que se supone mejor- que realidad.

La tecnología, a menudo, no nos determina a casi nada, y son las formas en cómo las domesticamos, es decir, las incorporamos a nuestra vida diaria, doméstica, las que determinan lo que hacemos y podemos hacer.

Está claro que hay mucha vida más allá de la pantalla. Esto no lo dudan ni los más asiduos a ella, y la mayoría sabe cuáles son los límites de un espacio como el de Facebook en cuanto a la relación social. Hay excepciones, claro, pero no es fácil marcar dónde están los límites entre el bien y el mal. Todos los ámbitos sociales generan sus especímenes sui generis o desencajados . Llámalos frikis si lo prefieres.

Nuestra presentación y vida en pantalla puede generar una imagen -un rol- que no tiene porque ser la que se muestra o tenemos en otros espacios sociales. Pero esto no nos desvirtúa ni nos hace perder un ápice de autenticidad. Hay quien ve en la mediación tecnológica una pérdida de autenticidad o de realidad. Esta fobia tecnológica está presente desde muy al principio de la llamada CMO (comunicación mediada por ordenador). Pero no dejamos de ser “nosotros mismos” , sea eso lo que sea, cuando estamos en casa cenando o duchándonos, dando una clase o en una reunión de trabajo. También, al igual que en la ducha, en la home de Facebook somos uno de esos “nosotros”: reales y auténticos . Hay quien no tiene un gran margen de representación, como muchos actor que sólo tienen una cara y el mismo registro en todos los papeles . Pero también hay quien se transforma, como cuando entra en la cocina o en el despacho, y nos muestra una imagen de sí mismo que sorprende al amigo más cercano . Mucha gente descubre en el Facebook dimensiones de su pareja o de sus hijos que no sabía y algunos confiesan que ni podían imaginar. No estamos hablando de “cambios” de personalidad, sino de sentido del humor, de intereses, de afecciones, de capacidad de interactuar…

Facebook es también un conjunto complejo, de tecnologías y, de momento, un gran negocio. Esto, más allá de la plataforma -red de relaciones sociales (los llamados Social Network Sites, SNS), conlleva unos intereses y unas tramas de acciones sociales que desbordan nuestra perspectiva de usuario, nativo o sobrevenido, de la comunicación electrónica. Privacidad, publicidad, información, algoritmos para generar acciones y tomar decisiones, el carácter indeleble de lo que tiene lugar en la plataforma digital, etc., están también definiendo todo lo que tiene lugar -vida , vida social- en estos entramados de comunicación e interacción entre personas y tecnologías . La innovación tecnológica y los imperativos comerciales generan un flujo muy veloz que es difícil de prever hacia dónde irá. Hace muy pocos años era raro imaginar un adolescente que cuando llegaba a casa y encendía el ordenador no se conectara al Messenger. Muchos de los pobladores jóvenes de las plataformas actuales quizás no han oído ni hablar del Messenger o del Fotolog. Seguro que Mark Zuckerberg, joven emprendedor y ahora empresario multimillonario, está preocupado por el futuro de su negocio y su perdurabilidad. El tiempo es una de las “realidades” que ha resultado transformada por la huella digital. Y también lo que es necesario y esencial en la comunicación humana, más allá del hecho de que sea efectiva , satisfactoria y nos permita compartir el mundo con los que son, por un motivo u otro, significativos para nosotros.

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