Emociones y control social (por F. Núñez)

La mayor parte del tiempo vivimos instalados en el mundo de la vida cotidiana. Se trata, como nos ha mostrado la sociofenomenologia (A. Schüzt), de un mundo que percibimos organizado y del que raramente dudamos. Generalmente, en este “nuestro” mundo, las acciones que llevamos a cabo tienen un motivo pragmático, es decir, solemos actuar para cambiar algo del mundo o para influir en las acciones (los comportamientos y las ideas) de nuestros congéneres. Nuestros intereses, la dominación del mundo de acuerdo con nuestros intereses, es el objeto de nuestras acciones.

Esta introspección fenomenológica no pasó desapercibida al genio griego.  Aristóteles recopiló en su Retórica todo aquello que los griegos aprendieron sobre el arte de la persuasión. La retórica es definida por Aristóteles  como la facultad de considerar en cada caso lo que cabe para persuadir (1355b). La persuasión es un medio para poder decidir o influir en las acciones de los otros. Persuadir es conseguir imponer nuestros intereses en la vida social. Tener, podríamos decir, capacidad de influencia.

Tres son, para el maestro de los que saben, los argumentos retóricos que requieren del arte y de nuestro esfuerzo y que pueden ayudar a persuadir (1356a): lo que (se) demuestra (la fuerza formal-argumental), el carácter del que habla (la manera en como nos presentamos ante los demás y somos percibidos, por ejemplo, como decentes y personas de fiar) y el poner al oyente en cierta disposición. Este tercer argumento retórico consiste, en definitiva,  en suscitar unas u otras pasiones en el oyente a través de nuestro discurso, pues es evidente que no concedemos igual nuestra opinión  (nuestro beneplácito a algo o a alguien) con pena que con alegría, con amor que con odio. Las pasiones son aquello por lo que los humanos cambiamos o diferimos para juzgar (1378a).

De la misma manera que el mundo de la vida cotidiana es un mundo dado por descontado, fundado en una certeza inmediata y en la ausencia de dudas respecto a su naturaleza, la mayoría de los humanos, sin necesidad de estudiar el arte  reflexivo de la retórica, sabemos de la centralidad de las emociones, las que sentimos y somos capaces de suscitar en nuestros interlocutores, para conseguir nuestros propósitos. El control emocional como un modo de dominación. De hecho, esta afirmación puede suponerse implícita en algunos de los modos de dominación descritos por Weber.

Podemos diferir en la bondad de los caminos de la persuasión, pero cualquier padre sabe cómo de útil es infundir amor o temor en un hijo para conseguir variar (o doblegar) su comportamiento, su acción y, claro está, su lógica emocional. Como decíamos en una entrada anterior, la ira –y el temor que puede infundir- puede ser una estrategia de control y de dominación en una relación familiar. No es necesario ningún tipo de reflexión para poder hacer uso de muchos de los argumentos retóricos que nos permiten cambiar el curso de la acción (el resultado de las interacciones) sociales según nuestros intereses.

Y también en la vida política el control emocional, el que ejerce el político sobre si mismo (la imagen que proyecta y que el márqueting político se encarga de cuidar y promover) y el que pretende ejercer sobre los votantes a través de la seducción, es una estrategia fundamental de dominación. No es un secreto que el poder se ejerce mucho mejor cuando funciona como seducción y se hace como por propia voluntad lo que es el interés de otro (recordemos que este tipo de comportamientos vertebran la vida humana).

En definitiva, ya sea como resultado del arte o de la socialización, el control de las emociones es una herramienta clave en el dominio de la vida social. Controlar y suscitar las propias emociones, así como las ajenas, nos puede hacer más eficaces en nuestra capacidad de acción en el mundo de la vida.

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