Sobre el divorcio (por F. Núñez)

Nadie se casa con la intención de separarse o de divorciarse, pero desde hace ya mucho tiempo (en el estado español desde el año 1981) se sabe que, aunque prometas mantenerte fiel y unido toda la vida, la posibilidad de separarse es un hecho. En número de rupturas en España, durante el año 2012 (INE, 2012), asciende a 110.764 (2,4 por cada 1.000 habitantes, parece ser que de las mayores de europa). La mayor parte de estas rupturas de pareja (104.262, un 94,1% del total) son divorcios, que han aumentado un 0,6% respecto al año anterior. La cifra se mantiene por encima de los 100 mil desde el año 2000 (siempre han ido aumentando), y alcanza un máximo de 145.919 en el año 2006, cuando, posiblemente como efecto de la crisis se produce un ligero descenso . Y lo que se dice sobre el matrimonio formal, sirve también para las parejas de hecho.

Para divorciarse/separarse hace falta la posibilidad (formal o no) de hacerlo y, aunque solo sea para separarse, es necesario que se den determinadas condiciones subjetivas (anímicas, psicológicas, etc.) y objetivas (sociales, laborales, económicas, etc.). Las características del divorcio, pues, dependen de la naturaleza del matrimonio, del tipo de contrato o acuerdo que se lleve a cabo. El divorcio no deja de ser la ruptura de ese contrato, acuerdo o pacto previo. En este sentido, el divorcio es un hecho social, y puede ser percibido como problema, pero el fenómeno sociológico, lo que determina la vida social, es el matrimonio, la manera en como se concibe y se permite.

Todas las sociedades tienen maneras de organizar la reproducción y realizar formas de unión (familia) que grantizan una “buena” organización. Desde una perspectiva antropológica, el matrimonio (y la familia) es una manera de organizar la reproducción. También, en términos generales, se contemplan maneras (aunque a veces sean “malas maneras”) de disolver esas uniones. No es lo mimo el repudio, el método “enriqueoctaviano”, u otras formas brutales de deshacerse de la pareja (generalmente de la mujer) que un divorció legal o una separación amistosa.

En las sociedades occidentales contemporáneas, las del Atlántico Norte, la pareja, incluso con matrimonio legal (y poniendo a Dios como testigo) se concibe como una unión temporal, un tipo de relación pura (“amor confluente” en términos de Giddens) que se mantiene mientras los beneficios de la relación son satisfactorios para sus dos miembros, pero que se deshace cuando deja de funcionar. Así, el divorció sería una consecuencia de este comprensión del amor y de la relación más que su causa.

Insistimos que para entender el divorcio, y lo que leva a la gente a divorciarse, hay que tener en cuenta las tradiciones y los contextos sociales. El divorcio, que se da de una forma u otra en todos los tiempos y sociedades, es un fenómeno siempre local y temporal. En las sociedades modernas, el divorció es concomitante a un sentimiento de autonomía por parte del individuo (de libertatd personal), a la voluntad y el derecho de decidir la propia vida (Beck), al deseo de tener una vida satisfactoria y plena, y a una determinada concepción del amor y de la relación de pareja (intimamente unida al sexo y a formas particulares de entender el valor del sexo).

De las dos grandes tradiciones occidentales en la comprensión del amor como fenómeno que lleva a mantenernos unidos a una persona, por un lado el amor como ágape (amor como donación, como esfuerzo de la voluntad, en el sentido, interpreto yo, que Eric Fromm lo califica como un arte en el que hay que entrenarse y practicar) y, por el otro, el amor como eros (amor como deseo de, como deseo de engendrar y poseer al ser amodo pero que como tal cesa o disminuye una vez se ha obtenido lo que se deseaba), de estas dos tradiciones, digo,  la tradición dominante y presente en nuestras representaciones (románticas) y comprensión del amor es el “eros”. Esto puede explicar (Denis de Rougemont, El amor y occidente) una mayor tendencia al divorcio, una facilidad a que se produzca la ruptura (para peder empezar, claro está, una “nueva vida”, un nuevo comienzo, actitud clave del consumidor moderno). En los años 60, en Estados Unidos, el 50% de las parejas se divorciaba el primer año de matrimonio, i hasta el 80% en el siguiente [cito de memòria unos datos que leí hace un tiempo]

En España, la modernización de las conciencias, por decirlo así, llegó un poco más tarde y nuestra comprensión de la pareja y los lazos que la mantienen (en los que la familia juega un papel fundamental) son otros, como es otra nuestra tradición familiar i social. Esto hace que el divorcio o la separación no sea percibida, como en otros países, de la misma mamara (porque tampoco lo es percibido de la mima manera el matrimonio).

Como hemos dicho, también son importantes los factores económicos que hacen sostenible una unión y, en nuestros tiempos, tanto o más importante es si es posible la separación. Las estadísticas parecen demostrar, y habrá que confirmarlo, que la crisis económica ha frenado la tendencia al alza del divorcio, que significativamente alcanzó su máximo en el año 2006, cuando empieza a deshinchares. Como se suele decir popularmente, hipoteca e hijos son dos elementos de cohesión social más fuertes que el amor, y que pueden hacer más duradera la confluencia (por más que emocionalmente los beneficios sean más que dudosos). La pareja, como el divorcio, es una cuestión de principios y valores, pero también de constreñimientos y hechos sociales.

Nadie, como hemos dicho, se casa con la intención de divorciarse (por más que para muchos este sea un horizonte más que probable), y el divorcio es un hecho doloroso y estresante en la vida de las personas que pasan por ello. Sin duda que cuando el amor se rompe, surgen más fácilmente los conflictos latentes y los intereses particulares. “Devuélveme los regalos que te hice” es la punta del iceberg de una ruptura. No hay fórmulas magistrales para un buen divorcio, pero el sentido común apunta a la necesidad del acuerdo y del consentimiento mutuo. Sin olvidar, que el otro y uno mismo, una vez divorciado (o separado) siempre será un “ex” y, para siempre, el padre o madre de nuestros hijos (si se da el caso). Hay que vivir con esa identidad, la de ex, y con el/la/los ex, y saber rehacerla y ajustarse a las nuevas realidades. Se dice fácil, pero se resuelve bastante peor. La confianza, que es el pilar en que la mayoría de parejas basan sus relaciones, es muy difícil de recomponer cuando se rompe. La confianza es un cemento social, un elemento fundamental a la hora de realizar nuestras elecciones pues reduce de forma considerable la cantidad de elecciones posibles, ya sea una persona, un banco, una compañía de seguros o un colegio lo que se tenga que elegir,  siempre es mejor elegir aquello en lo que confiamos. Pero una vez se pierde, se traiciona, es muy difícil de recomponer. Esta es la causa de la ruptura de muchas relaciones (matrimonios o sociedades), y no tiene, no siempre tiene, un fundamento racional, no es solamente cuestión de cálculo.

En este sentido, cuando depositamos la confianza en una persona, como cuando elegimos pareja, reducimos la complejidad del mundo y cerramos muchas de las opciones posibles. Esta es la gracia de la pareja, cerrar puertas, reducir posibilidades, dirigir la acción. Pero también es, para muchas personas, individuos modernos (sometidos a la exigencia de la autonomía y la libertad personal) un elemento de incomodidad, abiertos como quieren estar a las seducciones que ofrece el amor posible (de la mano de la imaginación). No todos los individuos quieren renunciar a esa apertura y posibles nuevos principios [por aquí otra posibilidad de explicar el divorcio y el que haya unas personas más propensas que otras].

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